martes, 6 de diciembre de 2016

Capítulo Uno

 El  lote  de  vacas  Hereford  en  la subasta  de  San Antonio  había salido  por  un precio  de  ganga, pero  Tira  Beck  permitió,  sin  siquiera  murmurar, que el hombre sentado  a su lado se  lo  llevara.  Nunca  habría  admitido  que no necesitaba añadir  más cabezas  de  ganado a  la  manada de  Montana  que tenía, y  que le  llevaba su  capataz ya que ella vivía en  Texas.  Sólo  había  ido  a la  subasta  porque  sabía que Tom Kaulitz iba  a estar  allí.  Normalmente,  los cuatro hermanos  de  Tom  en Jacobsville, Texas,  eran quienes se  encargaban  de las ventas;  pero  Tom,  al  igual que Tira,  vivía en  San  Antonio, lugar  en  el  que  se celebraba la  subasta,  y  por  ese motivo estaba él  allí. Ya no  era ganadero.  Seguía siendo alto  y  bien formado,  con anchos  hombros y cabeza  leonina con  espesos  cabellos  negros  ondulados,  pero  la  vacía  manga izquierda era testimonio  de que  sus  días como  ganadero  habían pasado. Cosa  que no le  impedía ganarse la  vida; había sido  fiscal general del  estado de  Texas y  era un abogado de fama  en todo  el país.  Ganaba mucho dinero.  Su voz, profunda,  rica  y aterciopelada, le ayuda  en  los  juicios; además  de ello,  contaba con unos  modales  engañosamente amables que procuraban un falso sentido de  seguridad a  los  testigos  antes de  verse descuartizados  por él al subirse  al estrado.  Verbalmente, tenía  el instinto  de un asesino, y  sabía  utilizarlo. Por  su  parte,  Tira  dedicaba gran  parte de  su  tiempo  a las obras de  caridad, era independiente económicamente y  tenía dinero. Era una mujer  divorciada  cuyas relaciones  con  los  hombres  eran platónicas, y  tampoco tenía muchos amigos. Tom Kaulitz y  Charles  Percy  eran  los únicos,  y  Charles estaba  perdidamente  enamorado de la mujer  de  su hermano,  su  cuñada. Tira  era  la  única que lo sabía.  Mucha gente  creía que ella  y  Charles tenían relaciones,  lo que les  hacía  mucha gracia a  los dos; a  ella  le  servía para  ocultarle  a  Tom  sus verdaderos sentimientos. -Has  apostado  una  cantidad ridicula -comentó Tom cuando  llevaron al  centro del círculo  a la  siguiente  manada de  vacas-.  ¿Qué  es  lo que  te  pasa  hoy? -No sé, no  puedo concentrarme  en  esto  -respondió Tira-. Desde la muerte  de  mi padre  no he  tenido mucho  que ver con el  rancho  de  Montana.  Incluso he pensado en venderlo. Nunca volverá a  vivir  allí. -No lo venderás jamás,  te  unen demasiadas cosas  al rancho. Además, tienes  un capataz  extraordinario  que se  encarga  de  todo  -observó  Tom. Tira  se  encogió  de  hombros y  apartó  de  su  rostro  un  mechón  del glorioso  cabello rojizo que  llevaba  recogido en un-elegante  moño en la  nuca. -Sí,  eso es verdad. -Pero prefieres  pasearte  por San  Antonio  del  brazo de Charles  Percy  -murmuró él con  una  sonrisa  burlona. Tira  volvió  a  Tom  sus encantadores ojos  verdes, disimulando la  secreta esperanza de que pudiera estar celoso. Pero el  rostro de Tom no  mostró  lo que sentía, ni tampoco  sus claros  ojos  grises. Así era siempre.  Ocho  años atrás,  el  accidente  que le costara el  brazo  también le  costó  la  vida  de  su  amada esposa,  Melia; a pesar  de  sus  pequeñas diferencias, nadie dudaba  de su  amor por ella.  Desde la muerte de Melia,  no  había salido en serio con  ninguna  mujer,  aunque  fuera  acompañado de sofisticadas mujeres  a fiestas y  cenas. -¿Qué  te  pasa? -le  preguntó Tom al notar su  desilusión. Tira, que  vestía  un  elegante  traje  pantalón negro, encogió los hombros. -Nada,  sólo  que  esperaba  que  te  pusieras  en pie  y amenazaras con matar  a Charles  si  se le ocurriera volver  a  acercarse  a mí -Tira  notó la  expresión de sorpresa de Tom  inmediatamente-. ¡Eh,  es  una broma! Tom  la  miró  a los ojos un  momento y  después  desvió  la mirada  hacia la  arena. -Estás  de un  humor  muy  extraño hoy. Tira  suspiró  y  volvió su  atención al programa de  la subasta. -Llevo años de  un humor extraño.  Aunque,  por supuesto, no  esperaba que lo notaras. Tom cerró  su programa de  golpe  y la  miró  furioso.
-Me pone  enfermo  que  dejes las  cosas  a  medias. Si quieres decirme  algo,  dilo directamente. Típico de  él  ser  tan brusco, pensó  Tira antes  de hacer un  gesto de  futilidad con la mano. -No vale  la  pena molestarse  -contestó  ella  con tristeza antes  de ponerse en  pie-. Bueno,  ya  he  hecho  todas las apuestas  que  iba  a hacer. Hasta  la  vista,  Tom. Tira  se  puso  en  camino hacia  la  salida.  Muchos  ojos  la  siguieron,  y no porque fuera  una de  las pocas  mujeres presentes. Tira  era hermosa. A su  espalda,  Tom  gruñó en silencio mientras  ella  se  alejaba. El  comportamiento de Tira  había despertado  su  curiosidad. Últimamente  la veía  más distante,  no se parecía  en  nada a  la  animada y  simpática  mujer  que había  sido su único  consuelo  tras  el accidente  que  le había  costado  al  vida a  Melia.  Su  esposa  había sido  lo  más  importante en  el mundo  para él,  hasta esa  última noche  en la que  ella se traicionó a sí  misma, revelando  el  secreto que  destruyó  el  orgullo de Tom  y el  amor  por  su  esposa. Como  un idiota,  creía  que Melia se  había casado con  él por amor;  sin embargo,  se había casado  por su  dinero  y no  había renunciado a  su amante. Le había herido  en lo más  profundo  al confesarle su  relación  amorosa con otro  y el aborto al que se  había sometido. Incluso  se  rió al  ver  su  consternación.  ¿Acaso  creía que  podía querer tener un hijo suyo?  Dar a  luz  le  habría destrozado  el  tipo; además,  según le  dijo con  calculadora frialdad, tampoco  sabía si  el  niño era de Tom o de su amante. La verdad  lo  hirió  profundamente. Mientras discutían,  Tom apartó los  ojos de la carretera  un momento;  fue  entonces cuando  el hielo en el asfalto  hizo que patinara el coche y que  Tom  perdiera  el control.  El  coche se salió de  la carretera  y  Melia, que siempre  se  había  negado  a abrocharse el  cinturón de seguridad, salió despedida del vehículo por el parabrisas.  Su  muerte fue instantánea. Tom tuvo  más suerte,  pero el golpe sacó  la portezuela  de su  sitio y  un  trozo de  metal  se  le  clavó en  el  brazo izquierdo. Tuvieron que  amputarle  el  brazo para  salvarle  la  vida. Tira  fue  a  verlo al  hospital  tan  pronto  se enteró  de  la tragedia.  Acababa de iniciar  el  proceso  de su  divorcio con John Beck  y su  presencia en el  hospital  al  lado de Tom había despertado maliciosos  rumores  sobre  su  infidelidad. Tira nunca  hablaba  de  su  breve matrimonio. Nunca hablaba de  John.  Tom  ya estaba casado  cuando  se conocieron, y fue Tom  quien  hizo de  Celestina  entre  John y Tira. John era su  mejor  amigo,  y tenía  mucho dinero,  igual  que Tira, y los  dos  parecían tener  mucho en  común. Pero  el  matrimonio  no llegó  a  durar un  mes entero. Nunca preguntó sobre  el  motivo  de la  ruptura, pero  desde entonces  dejó  de sentirse cómodo con ella. Tira  había resultado ser  una  mujer  superficial  y  Tom no estaba dispuesto a sufrir  por una  mujer así,  por  despampanante que fuera. Por  experiencia sabía  que el  matrimonio no  era  sólo cuestión de tener  una esposa hermosa. John  Beck tampoco  habló de  su  matrimonio y,  a partir del divorcio, evitó  la compañía  de Tom.  En  una  ocasión,  en  una fiesta  a la  que  ambos asistieron,  después  de beber  en exceso  llegó  a decirle a  Tom  que  era él quien le  había destrozado  la  vida, aunque no le  dio ninguna  explicación. Llevaban  años siendo  amigos... hasta que  John  se  casó  con  Tira.  Al  poco  tiempo del divorcio,  John se  marchó  de Texas y  un año después,  en  la  plataforma petrolífera, perdió la  vida. La muerte  de  John  pareció dejar a  Tira  desconsolada  y dejó de  vérsela en los círculos sociales.  Cuando  emergió,  parecía  otra  mujer.  La vivaz y animosa Tira de antaño  se había  convertido  en  una  elegante  dama  que  parecía  haber  perdido  su  espíritu de lucha.  Tira volvió  a  la Escuela de Arte para  terminar  sus estudios; pero tres  años después  de  graduarse,  no  parecía  haber  hecho  gran  cosa  con  el  título.  No  obstante, seguía trabajando incesantemente  en obras  de caridad,  nunca  parecía  cansarse. Tom se preguntaba si  la  razón de que  trabajara  tanto no  se  debería a  que quería  evitar tener  tiempo  para pensar. Inconsciente de  los hostiles  sentimientos  de  Tom hacia  ella,  Tira llegó  a su Jaguar  plateado  y se  montó  al  coche.  Se quedó  quieta  unos  minutos  con la  cabeza apoyada en  el  volante. ¿Cuándo  iba a  aceptar  que  Tom  no  la quería? Se  estaba  martirizando  a sí  misma  y tenía que  parar.  Por fin,  admitió  que  su  relación  con  él  no  iba  a cambiar,  tenía que alejarse de  Tom,  salirse  de  su  círculo. Cada vez que lo veía, era como morir un  poco.  Llevaba años  sufriendo en los  que  lo  único que  conseguía  era pasar con él  un  rato de  vez  en  cuando.  Vivía un sueño  imposible. Tenía que encontrar  un camino sola, sin  Tom,  por  mucho  que le  doliera. Lo  primero era vender  la  propiedad  de Montana.  Tira  la  puso  a  la  venta inmediatamente. Su  capataz se asoció  con un  amigo para  comprarla. Cuando se  vio  libre del rancho,  Tira  no  tuvo  ya motivos  para  asistir a  las  subastas de  ganado. Dejó  el  piso  en el  que  vivía,  a  sólo dos  manzanas  de donde  vivía  Tom,  y  se compró una  elegante casa  en  las  afueras  de  la ciudad,  en  la  calle Floresville.  Era de estilo español  con elegantes arcos y  una verja  de  hierro  forjado. La  casa tenía un patio adoquinado con  una  fuente  en el medio  y un  estanque. Era  un  lugar  mágico. -Es la  clase  de casa que  merece que  viva  en ella  una familia  -le había comentado el agente  inmobiliario. Tira  no contestó nada. Recordaba  la  conversación  porque sabía  que  nunca  tendría  una familia. Iba  a  ser sólo ella, viviendo  en un  mundo  en el  que  no  había  Tom ni esperanza. La casa  tardó varias  semanas en estar  arreglada y decorada.  La  misma  Tira se había  encargado  de  la  decoración y, cuando  la  casa  estuvo terminada,  era un reflejo de su  personalidad. De  su  verdadera  personalidad, no  de  la  imagen  que  proyectaba  al exterior. El papel que  cubría  las  paredes  del  cuarto  de estar tenía  el  fondo en blanco  y un delicado  dibujo  color  azul  pastel, la  alfombra era gris; el  mobiliario  era Victoriano, las sillas  de palo de  rosa  y  el sofá  de  terciopelo. El dormitorio principal tenía  una cama  de dosel de  madera  de cerezo, con enormes patas  redondeadas y  un  cabecero  en  madera tallada con  motivos  florales. Las  cortinas eran Priscillas, en  estampado rosa  y  azul.  El resto de la  casa tenía  la misma  discreta  elegancia  de  estilo y color.  La  decoración reflejaba la  personalidad de una  mujer  introvertida,  sensible y conservadora;  lo que Tira era  en  el  fondo, bajo esa  máscara de exuberancia. La casa  sólo tenía  un  defecto,  el ratón  que vivía en  la cocina.  Advirtió  la presencia del roedor la  primera  noche  que  pasó  en  la  casa,  estaba  comiendo  unas  migas de galleta que,  inadvertidamente,  Tira  no había limpiado. Compró  trampas para  ratones con la  esperanza de que  esos  objetos  horribles cumplieran  su cometido y  no  la dejaran  con un  ratón herido en  las  manos; pero  la sabia criatura  sorteó las trampas.  Probó  varios sistemas más,  pero  sin resultado.  A  Tira  sólo se le  ocurrieron  dos explicaciones:  o el ratón era  inteligente, producto de un  experimento  científico; o era un  producto  de su  imaginación. Casi  histérica, rió  al  pensar  que To, después de tantos  años,  había acabado volviéndola loca. A  pesar  del ratón, le  encantaba su  nueva casa. No  obstante, aunque  estaba siempre  muy  ocupada,  seguía teniendo  que enfrentarse a las  solitarias  noches.  Cada día se sentía  más oprimida y, a parte del  trabajo  en la  recaudación de fondos  para campañas  políticas, no  tenía aficiones y sí  demasiado  dinero  para ponerse  a trabajar ocho horas diariamente.  Lo  que necesitaba  era  una  actividad  que pudiera realizar  en  su casa, algo  que la  tuviera  ocupada por las  noches  cuando estaba  sola.  Pero... ¿qué? Era una lluviosa  mañana de lunes.  Tira  había  ido  al  mercado  a  comprar verdura cuando,  al  doblar  una esquina,  se  topó  con Corrigan  Kaulitz y  su nueva  esposa,  Dorothy. -¡Dios mío  qué  sorpresa!  ¿Qué  estáis  haciendo aquí  en  San  Antonio?   Corrigan  sonrió  traviesamente. -Comprar  ganado -dijo  poniéndole  la  mano  en  la  cintura a una radiante  Dorothy-. A  propósito,  no  te  hemos  visto en  la  subasta  esta  vez.  He  ido  en  nombre  de  Tom  que, por un motivo  que desconozco,  lleva bastante  tiempo  sin  ir a  las subastas. -Yo tampoco voy  ya -contestó  Tira con  una  sonrisa-. La verdad es  que  he  vendido el rancho  de  Montana. Corrigan  lanzó  un  silbido. -Pero si  te  encantaba el  rancho. Era lo  que aún  te  unía  a tu padre. Eso  era  verdad,  y a Tira  le había entristecido venderlo  por  ese  motivo.  Se  cambió de mano la  bolsa de  la  compra. -Quería  un  cambio de vida. -Ya,  ya  veo  -comentó Corrigan  con  voz queda-. Pasamos por tu  piso  para saludarte y fue  cuando  nos  enteramos  de  que ya  no  vivías  allí. -Sí,  me he cambiado.  He  comprado  una casa  -contestó Tira. Corrigan empequeñeció  los  ojos. -¿A  un  sitio  donde no  puedas  tropezarte  con Tom accidentalmente?  Tira enrojeció al  instante. -Si quieres  que  te diga  la verdad, a un sitio donde no vea a  Tom en  absoluto -contestó ella directamente-.  He  roto con  el  pasado,  ya no voy a encontrarme «accidentalmente»  con él. Me  he  hartado  de llorar  por  un hombre  que no quiere  saber nada de mí. Corrigan  pareció  sorprendido.  Dorothy  miró  a  la  otra  mujer con silenciosa comprensión. -A la  larga,  puede que  sea  lo  mejor -dijo Dorie-. Aún eres joven  y muy guapa...  y el mundo  está  lleno  de  hombres. -Sí, es  verdad  -dijo  Tira devolviéndole la  sonrisa a  Dorie-.  Me alegro  de que, al final, todo se  haya  arreglado  entre  vosotros  dos.  Siento mucho  que estuvierais a punto de  romper por culpa  mía;  en  serio,  no  fue intencionadamente. -Ya lo sé,  Tira  -contestó Dorie recordando  el  accidental  comentario de Tira en una boutique que hizo que Dorie saliera corriendo  en busca de Corrigan. Pero eso ya formaba  parte del  pasado-.  Corrigan me  lo explicó todo.  El  motivo  de  que  pasara  lo  que pasó  fue  porque yo  no  tenía  plena confianza en él  aún,  al contrario  que  ahora. Dorie vaciló  un  momento antes de añadir: -Siento  mucho lo  que te  pasa con Tom. Tira enderezó los  hombros. -No  se  puede obligar  a una  persona a  que  se enamore  de  ti -dijo  Tira  con infinita tristeza  en  la  mirada-.  En  fin,  él  tiene  la  vida  que  quiere  y  yo  estoy  intentando  hacer  lo mismo. -¿Por qué  no preparas  una colección de  esculturas  y  montas una exposición? -le sugirió Corrigan. Tira rió. -Hace  años  que no hago  una  escultura. Además,  no  soy  suficientemente buena. -Lo  eres, y tienes  un  diploma en  arte. Utilízalo.  Tira reflexionó. Después  de un minuto, sonrió. -La  verdad es  que  me  gusta la  escultura,  y  solía vender alguna que  otra. -¿Lo  ves?  Es  una  solución  -Corrigan  hizo una pausa-.  Aunque  claro,  también podrías hacer  un  cursillo de  cocina. Tira  alzó  las  manos,  sabía  lo  obsesionados  que  esos  tres  hermanos  de  Corrigan, además de  Tom, estaban  con  la  comida. -Diles  a Leo,  a  Cag  y a  Rey que  no  tengo  intención  de convertirme en  una cocinera. -Se  lo  diré. Pero Dorie necesita  refuerzos  -añadió Corrigan sonriendo  a su esposa antes de  volverse  a  Tira-.  La  habrían  encerrado en la cocina si  yo  no  se  lo hubiera impedido. -Ni  lo  sueñes  -dijo  Tira  fingiendo  estremecerse-. Dorie,  cometiste un  gran error al decirles que sabías  cocinar. -Al  final,  ha merecido la  pena, ¿no  te parece? -comentó  Dorie  sonriendo radiantemente a su  marido. Tira  intercambió  un par de  comentarios  más  con ellos  antes de despedirse. Eran una  pareja  encantadora,  y  le  tenía mucho cariño  a  Corrigan, pero  le  recordaba demasiado  a  Tom. Tira  se  apuntó en  una academia  de escultura para  practicar. Al  cabo  de  unas semanas ya  esculpía reconocibles  bustos. -Tienes una habilidad especial para  la  escultura -murmuró  su profesor contemplando  la  cabeza de  la estrella  de  cine preferida de  Tira-.  Se  puede  ganar dinero  con esto, ¿sabías?  Mucho  dinero. Tira casi  lanzó un  gruñido. ¿Cómo  iba  a decirle a ese hombre encantador que ya tenía mucho dinero? Se  limitó  a sonreír  y a darle las gracias  por el halago. Pero  el profesor puso  la  escultura en una  vitrina donde  tenía dignas piezas  de  sus alumnos  aventajados.  El propietario  de  una galería  de arte vio  la escultura,  se  puso  en contacto  con  Tira y  le  ofreció  montar una  exposición  exclusiva  de  sus piezas.  Tira intentó  disuadirle,  pero  la  oferta  fue  demasiado  tentadora:  Al  final,  accedió  bajo  la condición  de  que  el dinero  que  se  recaudara  en la exposición  fuera a  un hospital  que se encargaba de  gente indigente sin  seguro  médico. Tira  se  lanzó  a  trabajar con ahínco.  Pasaba hora  tras  hora  recobrando  fuerza en las manos  y  recuperando  la  facilidad para el  detalle  en sus  esculturas. Hasta que no  acabó una de  Tom no  se dio  cuenta de que era él  el modelo.  Se quedó  mirando  su  obra  con furia contenida y estaba  a punto  de golpearla con ambos puños  cuando sonó el  timbre de la  puerta. Irritada  por  la  interrupción,  cubrió  su obra con  un  paño  y  fue a abrir,  limpiándose de camino la arcilla  de las  manos. Llevaba el  pelo recogido en un  moño,  pero tenía la blusa manchada de barro. Estaba hecha  un  desastre:  sin maquillar,  sin zapatos y con unos viejos  vaqueros. Abrió la  puerta sin  preguntarse  quién  podía  ser y  se  quedó  helada al  ver  a  Tom en  el  porche.  Notó  que  él  llevaba  la  prótesis  que  tanto  odiaba,  y  también  notó  que  la mano artificial parecía  increíblemente real. Por  fin, subió los  ojos y  los  clavó en  los  de  él.  Pero  no  le  invitó  a  pasar,  ni  siquiera lo sonrió. -¿Qué  quieres?  -preguntó Tira.  Tom lanzó  un  gruñido. -He venido a ver  cómo  estás  -respondió  él-.  Se  ha notado  tu  ausencia últimamente. -He vendido  el  rancho  -declaró ella  de repente.  Tom asintió. -Lo  sabía  por  Corrigan  -Tom miró  al  porche  de  la  casa  y  al  jardín-.  Muy  bonita. ¿Necesitabas  una casa  tan grande? Ella  ignoró  la  pregunta. -¿Qué  es  lo  que quieres?  —volvió a  preguntarle.  Tkm  notó  las  manchas de arcilla en  su  blusa. -¿Te dedicas ahora a la  construcción? Tira  no  sonrió, al  contrario de  lo  que habría  hecho  en  el  pasado. -Estoy haciendo  esculturas. -Sí,  sé  que  estudiaste  arte.  Y  no  se  te  daba  mal. -Estoy  muy  ocupada  -observó  ella. Tom arqueó  las cejas. -¿Ni siquiera vas a invitarme a  un  café? Con inquebrantable determinación,  Tira contestó: -No tengo  tiempo para  visitas. Estoy  preparando  una  exposición. -En  la  galería de Bob  Henderson  -dijo él-.  Sí,  lo  sabía. Tom alzó  las  manos  cuando  ella, con  enfado,  fue a protestar. -Eh,  te aseguro que no  sabía  que  él  había  visto tu  trabajo, no  he sido  yo  quien le he  sugerido lo  de  la exposición. Pero  me  gustaría  ver  lo  que has  hecho;  en  realidad,  me interesa mucho. Tira guardó  silencio. Simón suspiró. -Tira, ¿qué  es lo  que te  pasa? Tira  se  miró  a  las manos en  vez  de  mirarlo a  él. -Vamos,  dímelo.  Has vendido  el  rancho,  te  has  cambiado  de  casa  y ya  no  vas  a ningún sitio  en  el que puedas  encontrarte conmigo... Tira  lo  miró  fingiendo  sorpresa. -Te aseguro  que no lo  he  hecho por  ti  -mintió  convincentemente-.  Necesitaba un cambio  en  mi  vida,  eso  es  todo. El  la miró con  ojos  brillantes. -¿Y el cambio en tu  vida  incluye olvidarme por  completo? -Supongo.  No  había  conseguido  superar lo  ocurrido  en  mi matrimonio; los recuerdos  me estaban  atormentando y tú  avivabas  ésos  recuerdos. Tom arqueó  las cejas. -¿Y por  qué te  atormenta el recuerdo de tu  matrimonio? -preguntó  él  en  tono burlón-.  John  no  te importaba  nada,  te  divorciaste  de él al  mes de la  boda  y  no  parecía preocuparte  no  verlo.  A  la  semana  del divorcio,  ya estabas paseándote por  ahí  con Charles  Percy. La  amargura  de  la voz  de Tom abrió  los ojos  de  Tira  respecto  a algo  que  no había  visto antes:  Tom la  culpaba de la  muerte de John. Habían  transcurrido tres años desde  su  muerte  y era la primera vez que se daba  cuenta de lo que Tom pensaba. Era lo último.  Se  enamoró  de ese hombre  formidable  nada más  conocerlo;  a partir de entonces, sólo  él le  había  arrebatado  el corazón, a pesar  de  empujarla a casarse con  John. Y ahora, al  cabo de los  años, descubría  el  motivo  por  el que Tom mantenía las distancias  con  ella. -¡De  lo  que  se  entera  una  al  cabo  de  los  años!  -exclamó  ella  furiosa-.  Así  que  yo he matado  a John,  ¿verdad? ¿Es  eso lo  que crees,  Tom? El inesperado  ataque  tomó totalmente desprevenido  a Tom. -Él  te  quería, pero  tú  no  querías tener nada que  ver  con él. Al  mes  de  la boda le presentaste los papeles del divorcio.  Lo  dejaste  ir  a la  plataforma petrolífera,  a pesar de saber  el riesgo  que  eso  conllevaba,  sin  intentar  detenerlo.  Fue  entonces  cuando me di cuenta  de lo  superficial y fría  que  eras.  Sí,  un  pelo maravilloso,  un  rostro  precioso  y un  cuerpo admirable...  y nada  más.  Nada de compasión y amor  sólo para  ti  misma. Tira  casi  no  podía respirar.  Tragó saliva  una vez,  dos,  intentando absorber el horror  que contenían las  palabras de  Tom. —Es la  primera  vez que  dices  esto  —murmuró ella. —No creía  que  fuera necesario  —respondió  él simplemente-. Hemos  mantenido una cierta amistad... y  espero  que sigamos  siendo amigos, siempre  y  cuando te  des cuenta  de  que  jamás  te  permitiré llegar  a nada más. No  soy  masoquista, a  pesar de  que John lo fuera. Más tarde, cuando  se  quedara  sola, moriría.  Lo  sabía.  Pero  en  ese  momento,  el orgullo le  evitó  más sufrimiento. Antes  de  que Tom pudiera decir nada,  Tira  le  cerró la  puerta  y  echó  el  cerrojo. Después,  volvió  a  su  estudio. A  la  mañana  siguiente, la  mujer de  la  limpieza,  la  señora  Lester, la  encontró encima de  la  cama  con  una pistola  cargada  en  las  manos  y una  botella de  whisky  en  la alfombra. La  señora Lester corrió  al cuarto  de  baño y encontró el frasco  de pastillas tranquilizantes vacío.  Descolgó el auricular  del  teléfono  y  pidió  que enviaran una ambulancia  inmediatamente. Cuando  la ambulancia  se  detuvo  delante  de la  casa, Tira seguía inmóvil.

Ahora si aqui esta el capitulo ... enserio una disculpa .. 3 o mas y agrego 😊

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