Capítulo Uno
El lote de vacas Hereford en la subasta de San Antonio había salido por un precio de ganga, pero Tira Beck permitió, sin siquiera murmurar, que el hombre sentado a su lado se lo llevara. Nunca habría admitido que no necesitaba añadir más cabezas de ganado a la manada de Montana que tenía, y que le llevaba su capataz ya que ella vivía en Texas. Sólo había ido a la subasta porque sabía que Tom Kaulitz iba a estar allí. Normalmente, los cuatro hermanos de Tom en Jacobsville, Texas, eran quienes se encargaban de las ventas; pero Tom, al igual que Tira, vivía en San Antonio, lugar en el que se celebraba la subasta, y por ese motivo estaba él allí. Ya no era ganadero. Seguía siendo alto y bien formado, con anchos hombros y cabeza leonina con espesos cabellos negros ondulados, pero la vacía manga izquierda era testimonio de que sus días como ganadero habían pasado. Cosa que no le impedía ganarse la vida; había sido fiscal general del estado de Texas y era un abogado de fama en todo el país. Ganaba mucho dinero. Su voz, profunda, rica y aterciopelada, le ayuda en los juicios; además de ello, contaba con unos modales engañosamente amables que procuraban un falso sentido de seguridad a los testigos antes de verse descuartizados por él al subirse al estrado. Verbalmente, tenía el instinto de un asesino, y sabía utilizarlo. Por su parte, Tira dedicaba gran parte de su tiempo a las obras de caridad, era independiente económicamente y tenía dinero. Era una mujer divorciada cuyas relaciones con los hombres eran platónicas, y tampoco tenía muchos amigos. Tom Kaulitz y Charles Percy eran los únicos, y Charles estaba perdidamente enamorado de la mujer de su hermano, su cuñada. Tira era la única que lo sabía. Mucha gente creía que ella y Charles tenían relaciones, lo que les hacía mucha gracia a los dos; a ella le servía para ocultarle a Tom sus verdaderos sentimientos. -Has apostado una cantidad ridicula -comentó Tom cuando llevaron al centro del círculo a la siguiente manada de vacas-. ¿Qué es lo que te pasa hoy? -No sé, no puedo concentrarme en esto -respondió Tira-. Desde la muerte de mi padre no he tenido mucho que ver con el rancho de Montana. Incluso he pensado en venderlo. Nunca volverá a vivir allí. -No lo venderás jamás, te unen demasiadas cosas al rancho. Además, tienes un capataz extraordinario que se encarga de todo -observó Tom. Tira se encogió de hombros y apartó de su rostro un mechón del glorioso cabello rojizo que llevaba recogido en un-elegante moño en la nuca. -Sí, eso es verdad. -Pero prefieres pasearte por San Antonio del brazo de Charles Percy -murmuró él con una sonrisa burlona. Tira volvió a Tom sus encantadores ojos verdes, disimulando la secreta esperanza de que pudiera estar celoso. Pero el rostro de Tom no mostró lo que sentía, ni tampoco sus claros ojos grises. Así era siempre. Ocho años atrás, el accidente que le costara el brazo también le costó la vida de su amada esposa, Melia; a pesar de sus pequeñas diferencias, nadie dudaba de su amor por ella. Desde la muerte de Melia, no había salido en serio con ninguna mujer, aunque fuera acompañado de sofisticadas mujeres a fiestas y cenas. -¿Qué te pasa? -le preguntó Tom al notar su desilusión. Tira, que vestía un elegante traje pantalón negro, encogió los hombros. -Nada, sólo que esperaba que te pusieras en pie y amenazaras con matar a Charles si se le ocurriera volver a acercarse a mí -Tira notó la expresión de sorpresa de Tom inmediatamente-. ¡Eh, es una broma! Tom la miró a los ojos un momento y después desvió la mirada hacia la arena. -Estás de un humor muy extraño hoy. Tira suspiró y volvió su atención al programa de la subasta. -Llevo años de un humor extraño. Aunque, por supuesto, no esperaba que lo notaras. Tom cerró su programa de golpe y la miró furioso.
-Me pone enfermo que dejes las cosas a medias. Si quieres decirme algo, dilo directamente. Típico de él ser tan brusco, pensó Tira antes de hacer un gesto de futilidad con la mano. -No vale la pena molestarse -contestó ella con tristeza antes de ponerse en pie-. Bueno, ya he hecho todas las apuestas que iba a hacer. Hasta la vista, Tom. Tira se puso en camino hacia la salida. Muchos ojos la siguieron, y no porque fuera una de las pocas mujeres presentes. Tira era hermosa. A su espalda, Tom gruñó en silencio mientras ella se alejaba. El comportamiento de Tira había despertado su curiosidad. Últimamente la veía más distante, no se parecía en nada a la animada y simpática mujer que había sido su único consuelo tras el accidente que le había costado al vida a Melia. Su esposa había sido lo más importante en el mundo para él, hasta esa última noche en la que ella se traicionó a sí misma, revelando el secreto que destruyó el orgullo de Tom y el amor por su esposa. Como un idiota, creía que Melia se había casado con él por amor; sin embargo, se había casado por su dinero y no había renunciado a su amante. Le había herido en lo más profundo al confesarle su relación amorosa con otro y el aborto al que se había sometido. Incluso se rió al ver su consternación. ¿Acaso creía que podía querer tener un hijo suyo? Dar a luz le habría destrozado el tipo; además, según le dijo con calculadora frialdad, tampoco sabía si el niño era de Tom o de su amante. La verdad lo hirió profundamente. Mientras discutían, Tom apartó los ojos de la carretera un momento; fue entonces cuando el hielo en el asfalto hizo que patinara el coche y que Tom perdiera el control. El coche se salió de la carretera y Melia, que siempre se había negado a abrocharse el cinturón de seguridad, salió despedida del vehículo por el parabrisas. Su muerte fue instantánea. Tom tuvo más suerte, pero el golpe sacó la portezuela de su sitio y un trozo de metal se le clavó en el brazo izquierdo. Tuvieron que amputarle el brazo para salvarle la vida. Tira fue a verlo al hospital tan pronto se enteró de la tragedia. Acababa de iniciar el proceso de su divorcio con John Beck y su presencia en el hospital al lado de Tom había despertado maliciosos rumores sobre su infidelidad. Tira nunca hablaba de su breve matrimonio. Nunca hablaba de John. Tom ya estaba casado cuando se conocieron, y fue Tom quien hizo de Celestina entre John y Tira. John era su mejor amigo, y tenía mucho dinero, igual que Tira, y los dos parecían tener mucho en común. Pero el matrimonio no llegó a durar un mes entero. Nunca preguntó sobre el motivo de la ruptura, pero desde entonces dejó de sentirse cómodo con ella. Tira había resultado ser una mujer superficial y Tom no estaba dispuesto a sufrir por una mujer así, por despampanante que fuera. Por experiencia sabía que el matrimonio no era sólo cuestión de tener una esposa hermosa. John Beck tampoco habló de su matrimonio y, a partir del divorcio, evitó la compañía de Tom. En una ocasión, en una fiesta a la que ambos asistieron, después de beber en exceso llegó a decirle a Tom que era él quien le había destrozado la vida, aunque no le dio ninguna explicación. Llevaban años siendo amigos... hasta que John se casó con Tira. Al poco tiempo del divorcio, John se marchó de Texas y un año después, en la plataforma petrolífera, perdió la vida. La muerte de John pareció dejar a Tira desconsolada y dejó de vérsela en los círculos sociales. Cuando emergió, parecía otra mujer. La vivaz y animosa Tira de antaño se había convertido en una elegante dama que parecía haber perdido su espíritu de lucha. Tira volvió a la Escuela de Arte para terminar sus estudios; pero tres años después de graduarse, no parecía haber hecho gran cosa con el título. No obstante, seguía trabajando incesantemente en obras de caridad, nunca parecía cansarse. Tom se preguntaba si la razón de que trabajara tanto no se debería a que quería evitar tener tiempo para pensar. Inconsciente de los hostiles sentimientos de Tom hacia ella, Tira llegó a su Jaguar plateado y se montó al coche. Se quedó quieta unos minutos con la cabeza apoyada en el volante. ¿Cuándo iba a aceptar que Tom no la quería? Se estaba martirizando a sí misma y tenía que parar. Por fin, admitió que su relación con él no iba a cambiar, tenía que alejarse de Tom, salirse de su círculo. Cada vez que lo veía, era como morir un poco. Llevaba años sufriendo en los que lo único que conseguía era pasar con él un rato de vez en cuando. Vivía un sueño imposible. Tenía que encontrar un camino sola, sin Tom, por mucho que le doliera. Lo primero era vender la propiedad de Montana. Tira la puso a la venta inmediatamente. Su capataz se asoció con un amigo para comprarla. Cuando se vio libre del rancho, Tira no tuvo ya motivos para asistir a las subastas de ganado. Dejó el piso en el que vivía, a sólo dos manzanas de donde vivía Tom, y se compró una elegante casa en las afueras de la ciudad, en la calle Floresville. Era de estilo español con elegantes arcos y una verja de hierro forjado. La casa tenía un patio adoquinado con una fuente en el medio y un estanque. Era un lugar mágico. -Es la clase de casa que merece que viva en ella una familia -le había comentado el agente inmobiliario. Tira no contestó nada. Recordaba la conversación porque sabía que nunca tendría una familia. Iba a ser sólo ella, viviendo en un mundo en el que no había Tom ni esperanza. La casa tardó varias semanas en estar arreglada y decorada. La misma Tira se había encargado de la decoración y, cuando la casa estuvo terminada, era un reflejo de su personalidad. De su verdadera personalidad, no de la imagen que proyectaba al exterior. El papel que cubría las paredes del cuarto de estar tenía el fondo en blanco y un delicado dibujo color azul pastel, la alfombra era gris; el mobiliario era Victoriano, las sillas de palo de rosa y el sofá de terciopelo. El dormitorio principal tenía una cama de dosel de madera de cerezo, con enormes patas redondeadas y un cabecero en madera tallada con motivos florales. Las cortinas eran Priscillas, en estampado rosa y azul. El resto de la casa tenía la misma discreta elegancia de estilo y color. La decoración reflejaba la personalidad de una mujer introvertida, sensible y conservadora; lo que Tira era en el fondo, bajo esa máscara de exuberancia. La casa sólo tenía un defecto, el ratón que vivía en la cocina. Advirtió la presencia del roedor la primera noche que pasó en la casa, estaba comiendo unas migas de galleta que, inadvertidamente, Tira no había limpiado. Compró trampas para ratones con la esperanza de que esos objetos horribles cumplieran su cometido y no la dejaran con un ratón herido en las manos; pero la sabia criatura sorteó las trampas. Probó varios sistemas más, pero sin resultado. A Tira sólo se le ocurrieron dos explicaciones: o el ratón era inteligente, producto de un experimento científico; o era un producto de su imaginación. Casi histérica, rió al pensar que To, después de tantos años, había acabado volviéndola loca. A pesar del ratón, le encantaba su nueva casa. No obstante, aunque estaba siempre muy ocupada, seguía teniendo que enfrentarse a las solitarias noches. Cada día se sentía más oprimida y, a parte del trabajo en la recaudación de fondos para campañas políticas, no tenía aficiones y sí demasiado dinero para ponerse a trabajar ocho horas diariamente. Lo que necesitaba era una actividad que pudiera realizar en su casa, algo que la tuviera ocupada por las noches cuando estaba sola. Pero... ¿qué? Era una lluviosa mañana de lunes. Tira había ido al mercado a comprar verdura cuando, al doblar una esquina, se topó con Corrigan Kaulitz y su nueva esposa, Dorothy. -¡Dios mío qué sorpresa! ¿Qué estáis haciendo aquí en San Antonio? Corrigan sonrió traviesamente. -Comprar ganado -dijo poniéndole la mano en la cintura a una radiante Dorothy-. A propósito, no te hemos visto en la subasta esta vez. He ido en nombre de Tom que, por un motivo que desconozco, lleva bastante tiempo sin ir a las subastas. -Yo tampoco voy ya -contestó Tira con una sonrisa-. La verdad es que he vendido el rancho de Montana. Corrigan lanzó un silbido. -Pero si te encantaba el rancho. Era lo que aún te unía a tu padre. Eso era verdad, y a Tira le había entristecido venderlo por ese motivo. Se cambió de mano la bolsa de la compra. -Quería un cambio de vida. -Ya, ya veo -comentó Corrigan con voz queda-. Pasamos por tu piso para saludarte y fue cuando nos enteramos de que ya no vivías allí. -Sí, me he cambiado. He comprado una casa -contestó Tira. Corrigan empequeñeció los ojos. -¿A un sitio donde no puedas tropezarte con Tom accidentalmente? Tira enrojeció al instante. -Si quieres que te diga la verdad, a un sitio donde no vea a Tom en absoluto -contestó ella directamente-. He roto con el pasado, ya no voy a encontrarme «accidentalmente» con él. Me he hartado de llorar por un hombre que no quiere saber nada de mí. Corrigan pareció sorprendido. Dorothy miró a la otra mujer con silenciosa comprensión. -A la larga, puede que sea lo mejor -dijo Dorie-. Aún eres joven y muy guapa... y el mundo está lleno de hombres. -Sí, es verdad -dijo Tira devolviéndole la sonrisa a Dorie-. Me alegro de que, al final, todo se haya arreglado entre vosotros dos. Siento mucho que estuvierais a punto de romper por culpa mía; en serio, no fue intencionadamente. -Ya lo sé, Tira -contestó Dorie recordando el accidental comentario de Tira en una boutique que hizo que Dorie saliera corriendo en busca de Corrigan. Pero eso ya formaba parte del pasado-. Corrigan me lo explicó todo. El motivo de que pasara lo que pasó fue porque yo no tenía plena confianza en él aún, al contrario que ahora. Dorie vaciló un momento antes de añadir: -Siento mucho lo que te pasa con Tom. Tira enderezó los hombros. -No se puede obligar a una persona a que se enamore de ti -dijo Tira con infinita tristeza en la mirada-. En fin, él tiene la vida que quiere y yo estoy intentando hacer lo mismo. -¿Por qué no preparas una colección de esculturas y montas una exposición? -le sugirió Corrigan. Tira rió. -Hace años que no hago una escultura. Además, no soy suficientemente buena. -Lo eres, y tienes un diploma en arte. Utilízalo. Tira reflexionó. Después de un minuto, sonrió. -La verdad es que me gusta la escultura, y solía vender alguna que otra. -¿Lo ves? Es una solución -Corrigan hizo una pausa-. Aunque claro, también podrías hacer un cursillo de cocina. Tira alzó las manos, sabía lo obsesionados que esos tres hermanos de Corrigan, además de Tom, estaban con la comida. -Diles a Leo, a Cag y a Rey que no tengo intención de convertirme en una cocinera. -Se lo diré. Pero Dorie necesita refuerzos -añadió Corrigan sonriendo a su esposa antes de volverse a Tira-. La habrían encerrado en la cocina si yo no se lo hubiera impedido. -Ni lo sueñes -dijo Tira fingiendo estremecerse-. Dorie, cometiste un gran error al decirles que sabías cocinar. -Al final, ha merecido la pena, ¿no te parece? -comentó Dorie sonriendo radiantemente a su marido. Tira intercambió un par de comentarios más con ellos antes de despedirse. Eran una pareja encantadora, y le tenía mucho cariño a Corrigan, pero le recordaba demasiado a Tom. Tira se apuntó en una academia de escultura para practicar. Al cabo de unas semanas ya esculpía reconocibles bustos. -Tienes una habilidad especial para la escultura -murmuró su profesor contemplando la cabeza de la estrella de cine preferida de Tira-. Se puede ganar dinero con esto, ¿sabías? Mucho dinero. Tira casi lanzó un gruñido. ¿Cómo iba a decirle a ese hombre encantador que ya tenía mucho dinero? Se limitó a sonreír y a darle las gracias por el halago. Pero el profesor puso la escultura en una vitrina donde tenía dignas piezas de sus alumnos aventajados. El propietario de una galería de arte vio la escultura, se puso en contacto con Tira y le ofreció montar una exposición exclusiva de sus piezas. Tira intentó disuadirle, pero la oferta fue demasiado tentadora: Al final, accedió bajo la condición de que el dinero que se recaudara en la exposición fuera a un hospital que se encargaba de gente indigente sin seguro médico. Tira se lanzó a trabajar con ahínco. Pasaba hora tras hora recobrando fuerza en las manos y recuperando la facilidad para el detalle en sus esculturas. Hasta que no acabó una de Tom no se dio cuenta de que era él el modelo. Se quedó mirando su obra con furia contenida y estaba a punto de golpearla con ambos puños cuando sonó el timbre de la puerta. Irritada por la interrupción, cubrió su obra con un paño y fue a abrir, limpiándose de camino la arcilla de las manos. Llevaba el pelo recogido en un moño, pero tenía la blusa manchada de barro. Estaba hecha un desastre: sin maquillar, sin zapatos y con unos viejos vaqueros. Abrió la puerta sin preguntarse quién podía ser y se quedó helada al ver a Tom en el porche. Notó que él llevaba la prótesis que tanto odiaba, y también notó que la mano artificial parecía increíblemente real. Por fin, subió los ojos y los clavó en los de él. Pero no le invitó a pasar, ni siquiera lo sonrió. -¿Qué quieres? -preguntó Tira. Tom lanzó un gruñido. -He venido a ver cómo estás -respondió él-. Se ha notado tu ausencia últimamente. -He vendido el rancho -declaró ella de repente. Tom asintió. -Lo sabía por Corrigan -Tom miró al porche de la casa y al jardín-. Muy bonita. ¿Necesitabas una casa tan grande? Ella ignoró la pregunta. -¿Qué es lo que quieres? —volvió a preguntarle. Tkm notó las manchas de arcilla en su blusa. -¿Te dedicas ahora a la construcción? Tira no sonrió, al contrario de lo que habría hecho en el pasado. -Estoy haciendo esculturas. -Sí, sé que estudiaste arte. Y no se te daba mal. -Estoy muy ocupada -observó ella. Tom arqueó las cejas. -¿Ni siquiera vas a invitarme a un café? Con inquebrantable determinación, Tira contestó: -No tengo tiempo para visitas. Estoy preparando una exposición. -En la galería de Bob Henderson -dijo él-. Sí, lo sabía. Tom alzó las manos cuando ella, con enfado, fue a protestar. -Eh, te aseguro que no sabía que él había visto tu trabajo, no he sido yo quien le he sugerido lo de la exposición. Pero me gustaría ver lo que has hecho; en realidad, me interesa mucho. Tira guardó silencio. Simón suspiró. -Tira, ¿qué es lo que te pasa? Tira se miró a las manos en vez de mirarlo a él. -Vamos, dímelo. Has vendido el rancho, te has cambiado de casa y ya no vas a ningún sitio en el que puedas encontrarte conmigo... Tira lo miró fingiendo sorpresa. -Te aseguro que no lo he hecho por ti -mintió convincentemente-. Necesitaba un cambio en mi vida, eso es todo. El la miró con ojos brillantes. -¿Y el cambio en tu vida incluye olvidarme por completo? -Supongo. No había conseguido superar lo ocurrido en mi matrimonio; los recuerdos me estaban atormentando y tú avivabas ésos recuerdos. Tom arqueó las cejas. -¿Y por qué te atormenta el recuerdo de tu matrimonio? -preguntó él en tono burlón-. John no te importaba nada, te divorciaste de él al mes de la boda y no parecía preocuparte no verlo. A la semana del divorcio, ya estabas paseándote por ahí con Charles Percy. La amargura de la voz de Tom abrió los ojos de Tira respecto a algo que no había visto antes: Tom la culpaba de la muerte de John. Habían transcurrido tres años desde su muerte y era la primera vez que se daba cuenta de lo que Tom pensaba. Era lo último. Se enamoró de ese hombre formidable nada más conocerlo; a partir de entonces, sólo él le había arrebatado el corazón, a pesar de empujarla a casarse con John. Y ahora, al cabo de los años, descubría el motivo por el que Tom mantenía las distancias con ella. -¡De lo que se entera una al cabo de los años! -exclamó ella furiosa-. Así que yo he matado a John, ¿verdad? ¿Es eso lo que crees, Tom? El inesperado ataque tomó totalmente desprevenido a Tom. -Él te quería, pero tú no querías tener nada que ver con él. Al mes de la boda le presentaste los papeles del divorcio. Lo dejaste ir a la plataforma petrolífera, a pesar de saber el riesgo que eso conllevaba, sin intentar detenerlo. Fue entonces cuando me di cuenta de lo superficial y fría que eras. Sí, un pelo maravilloso, un rostro precioso y un cuerpo admirable... y nada más. Nada de compasión y amor sólo para ti misma. Tira casi no podía respirar. Tragó saliva una vez, dos, intentando absorber el horror que contenían las palabras de Tom. —Es la primera vez que dices esto —murmuró ella. —No creía que fuera necesario —respondió él simplemente-. Hemos mantenido una cierta amistad... y espero que sigamos siendo amigos, siempre y cuando te des cuenta de que jamás te permitiré llegar a nada más. No soy masoquista, a pesar de que John lo fuera. Más tarde, cuando se quedara sola, moriría. Lo sabía. Pero en ese momento, el orgullo le evitó más sufrimiento. Antes de que Tom pudiera decir nada, Tira le cerró la puerta y echó el cerrojo. Después, volvió a su estudio. A la mañana siguiente, la mujer de la limpieza, la señora Lester, la encontró encima de la cama con una pistola cargada en las manos y una botella de whisky en la alfombra. La señora Lester corrió al cuarto de baño y encontró el frasco de pastillas tranquilizantes vacío. Descolgó el auricular del teléfono y pidió que enviaran una ambulancia inmediatamente. Cuando la ambulancia se detuvo delante de la casa, Tira seguía inmóvil.
Ahora si aqui esta el capitulo ... enserio una disculpa .. 3 o mas y agrego 😊
Me encatoooooo espero el próximo cap..
ResponderEliminarO.o pobre Tiraaa..
ResponderEliminarSiguela ni bien puedas Virgii :)