viernes, 9 de diciembre de 2016

Capítulo Dos

Tira tardó  un  día entero en salir  de su  estupor y  ser  consciente de  dónde  estaba. Era una agradable  habitación de  hospital,  pero no sabía cómo  había llegado allí. Se encontraba desorientada  y tenía  náuseas. El  doctor  Ron  Gaines, un  viejo amigo de  la  familia,  entró en la habitación  seguido de  una enfermera.  El  médico  iba vestido con  pantalones blancos y  una blusa multicolor con muchos  bolsillos. -Tómele la  tensión,  el  pulso  y  la temperatura -dijo el  médico. -Sí,  doctor. Mientras la enfermera se  encargada de  medirle  las  constantes vitales,  el  doctor Gaines hizo unas rápidas anotaciones.  La enfermera  le  indicó los  resultados  y  él, después  de apuntarlos, la invitó  a  salir de  la habitación. El  médico  acercó  una  silla a  la  cama  y  se  sentó. -Creía  que  eras  una  de las mujeres más  equilibradas  que conozco. ¿Qué  demonios te ha pasado? -He  sufrido  un  duro  golpe -confesó  ella  en  voz  baja-.  Ha  sido  algo  inesperado  y, como  una  tonta,  me  he emborrachado. -¡No  me  vengas  con  ésas!  La  mujer  de  la  limpieza  te  encontró  con  una  pistola cargada  en  la mano. -Ah, eso... Se dispuso  a  decirle  que  la  noche  anterior, ebria  como estaba,  le pareció  una cosa  perfectamente lógica  intentar  cazar  a tiros  a un ratón. -Verás...  —empezó  a decir  Tira.  El  médico  suspiró  sonoramente, interrumpiéndola. -Tira,  ha sido un  intento  de  suicidio. Vamos,  cuéntamelo. Ella  parpadeó. -Jamás  se  me  ocurriría suicidarme!  -exclamó  ella  indignada-.  Sólo  estaba  un  poco deprimida, nada más.  Ayer  me enteré  de que Tom me considera responsable  de la muerte de  John. -¿No  sabe  el motivo  de  la  ruptura de  tu  matrimonio? Ella  negó  con la  cabeza. -Por  el  amor  de Dios, ¿por  qué  no se lo  has  dicho? -Lo  afectaría mucho,  John era  su  mejor amigo.  Nunca se  me  había ocurrido que Tom pudiera  culparme  a  mí  de  ello,  hemos sido amigos.  Él  no  quería  ir  más lejos conmigo y  yo  suponía que era porque aún no  había superado  la  muerte  de Melia. He sido  una  estúpida. -Desde  luego,  lo de  anoche sí ha sido  una  estupidez. Tira frunció  el ceño. -Me  has lavado el  estómago. -Sí. -Ahora  entiendo  porque  lo  siento  completamente  vacío.  ¿Por  qué  lo  has  hecho? Sólo  bebí  whisky con  el estómago  vacío. -La señora  de la  limpieza encontró  un  frasco  vacío de  pastillas  tranquilizantes  en el cuarto  de baño  -insistió  el  médico. -Ah,  eso  -murmuró  ella-.  Era  un  frasco  vacío  que  lo  tenía  desde  hace  años, nunca tiro nada; era de  unas  pastillas que me recetó  el doctor James hace  tres  años cuando hice los exámenes  finales. Tira  lo  miró  sin  parpadear y  añadió: -No  soy  una suicida.  Nunca se  me  ocurriría suicidarme.  Sin  embargo,  todo  el mundo tiene  un  límite  y yo alcancé el  mío  anoche, por eso  me  emborraché.  Nunca bebo alcohol y ése  es el  motivo de  que  me afectara  tanto. El médico le tomó la  mano. Justo en ese  momento se  abrió la puerta y Tom Kaulitz  entró  en la habitación.  Tenía  el rostro  pálido  como  la  cera  y  se  quedó  mirando  a Tira sin hablar. No  era culpa  de él, pero  Tira  lo  odiaba por lo  que la había obligado a hacer.  Se  lo dijo con la  mirada,  una  mirada fría, sin  afecto. -¡Sal  de mi habitación!  -le  gritó  ella.  El  médico  agrandó los ojos,  era  la primera  vez que  Tira  le levantaba la  voz a  Tom. -Tira  -dijo  Tom  con incertidumbre. -¡Sal de aquí ahora  mismo!  -repitió ella,  avergonzada de  haber  sido acusada de intento de  suicidio-. ¡Fuera! Histérica, Tira empezó a mover  las  manos. El  médico  decidió poner  remedio a  la  situación  inmediatamente y pulsó  el botón del interfono. -Enfermera,  venga  aquí  inmediatamente.  Traiga  un tranquilizante -después,  miró a  Tom-.  Sal.  Hablaré  contigo  dentro de unos  minutos. Tom se acercó  a la  puerta y,  antes de salir, cedió  el paso  a una  enfermera que entraba  con una jeringuilla. Al salir,  Tom pudo oír desde el  pasillo  los  sollozos de Tira;  allí,  se reunió con  su hermano  Corrigan. La mujer de la limpieza había llamado  a  Corrigan al descubrir a Tira,  y  Corrigan había  llamado  a Tom para  contarle lo  que había  pasado. -¿Qué  ha pasado?  -le  preguntó  Corrigan. -No lo  sé  —respondió  Tom  con  voz ronca.  Su  manga vacía  atrajo  la  atención  dalgunas  personas  al  pasar-.  Me  ha  visto  y  ha  empezado  a  gritar.  Nunca  la  había  visto así. -Nadie la ha  visto así  nunca -dijo Corrigan-.  Jamás  se me  habría pasado  por  la cabeza que una mujer como  Tira  tuviera instintos  suicidas. -¡Qué! -Tom  lo  miró  sin poder creerlo. -¿No  sabías  que  ha  tomado  alcohol con pastillas tranquilizantes?  Y  también  tenía una pistola  en la  mano  cuando  la señora Lester la  encontró. -¿Una... pistola? Estremeciéndose,  Tom  cerró  los  ojos  y se  pasó  una mano  por  el  rostro. No soportaba  pensar en  lo  que  podía  haber  ocurrido.  Estaba convencido de haber provocado en  Tira  esa  reacción.  No podía olvidar  la expresión  de Tira  cuando,  la  noche anterior,  él  la  acusó de  haber matado a John. Tira  no  se  defendió,  pero se  quedó  muy callada y muy pálida. No debería haberla  dejado  sola.  No  debería haberla dicho  nada. La había considerado una mujer fuerte, egocéntrica e  inmune  a las  críticas.  Se  había equivocado. -Ayer fui a verla —confesó  Tom con  voz atormentada-.  Le  eché en cara  su comportamiento después  del divorcio y también que dejara a  John  marcharse  a una plataforma  petrolífera. No  debería haberle dicho  nada,  pero estaba enfadado  porque hace un  tiempo, en  una subasta  de  ganado,  en  broma,  intentó  ponerme celoso;  como  si realmente  creyera que  una mujer como  ella  podría  atraerme. Tom suspiró  y  añadió: -La  consideraba muy dura,  no  creía que  nada de lo que yo dijera  pudiera  afectarla. -Y yo me consideraba  ciego -dijo Corrigan. -¿Qué  quieres decir? Corrigan  miró a su  hermano.  Después, sonrió  y  apartó la  mirada. -Olvídalo. La  puerta  de la  habitación  de Tira se  abrió  y el  doctor Gaines  salió al pasillo. Inmediatamente,  se  acercó a Corrigan  y  a  Tom. -No vuelvas  ahí  dentro  -le ordenó  a Tom-.  Está  al límite  y lo  que  menos  necesita es que  la  empujen. -Yo  no  he hecho  nada  -contestó Tom-. Lo único  que he  hecho  ha  sido  entrar  por la puerta. El doctor Gaines  apretó los  labios.  Miró  a  Corrigan,  que  encogió  los hombros y sacudió  la  cabeza. -Voy a  ver si logro convencerla  para  que vaya  a  ver a una  amiga mía,  una  psicóloga. No  le  vendría mal una  terapia -comentó  Gaines. -No  está  loca  -dijo  Tom ofendido. El doctor Gaines  lo miró  fijamente y frunció el ceño. -Has  sido fiscal  general del estado  durante  cuatro  años.  Eres un  famoso  abogado y un  hombre inteligente.  ¿Cómo puedes ser tan estúpido  al  mismo  tiempo? -¿Podría  decirme alguien  qué es  lo que pasa?  -preguntó Tom. El  doctor  Gaines  miró  a  Corrigan,  que  con  un  gesto  con  la  mano  invitó  al  médico  a realizar el  trabajo sucio. -Tira  nos  matará a  los  dos si  se  entera  de que  se  lo  hemos dicho  -le  dijo Gaines  a Corrigan. -Es mejor eso  que dejarla  morir. -Amén  -Gaines miró  a  Tom,  que  se debatía entre  la confusión  y  la cólera-. Tom, Tira  lleva  años  enamorada de  ti.  Y  yo  también he  pasado años  intentando convencerla  de  que  vendiera el  rancho y de  que dejara  las  recaudaciones  de fondos, porque para  ella  era  la forma de  estar  cerca de ti.  Se  ha matado  a trabajar  porque pensaba que si estabais  en contacto cabía  la  posibilidad  de  que  tú  algún día acabaras enamorándote de ella también.  Sin  embargo, yo  sabía que era imposible que eso ocurriese, ¿me  equivoco? El  médico  miró  a  Corrigan, que  asintió. Tom  se  apoyó contra  la  pared. Sintió como  si  le  hubieran  clavado un  cuchillo. No podía hablar. -En realidad, le has hecho  un favor,  aunque  no  lo  creas  -continuó  el  doctor Gaines-.  Tira  tenía que  darse  cuenta  de  que no puede  seguir  viviendo  de  ilusiones,  y los cambios  que  ha  hecho en  su  vida  recientemente son  prueba  de  que, por  fin, está empezando a aceptar  que no  sientes  nada  por  ella.  Con  el  tiempo, acabará  superándolo. Es  lo  mejor  que ha podido pasarle.  Llevaba semanas  al  borde de una profunda  crisis nerviosa  y,  al final,  ha  estallado. El médico  le puso una  mano en  el  brazo a  Tom. -Sé  que no es culpa  tuya. Tira  es  una mujer  muy  equilibrada, excepto en  lo que  a ti concierne. Pero  si  de  verdad  quieres ayudarla,  mantente alejado de  ella.  Lo  ha pasado muy mal y  necesita  tranquilizarse. El  médico  asintió  en dirección a Corrigan  y  luego  se marchó. Tom seguía sin  moverse,  sin hablar.  Estaba  muy pálido, casi no  creía lo que el médico  le había dicho. Corrigan  le  agarró  del brazo y tiró  de él. -Vamos, de  camino  a tu  oficina  pararemos  para  tomar un  café  en alguna  parte -le dijo Corrigan a  su hermano mayor. Tom  se  dejó llevar. Estaba  destrozado. Unos  minutos más tarde,  estaba  sentado  a  la  mesa  de  un  pequeño café con  su hermano. -Ha  intentado  quitarse  la vida  por  mí -dijo  Tom por  fin. -Pero le ha salido mal. No  volverá a intentarlo,  ya  verás  como  no dejan  que lo haga  -Corrigan se  inclinó hacia delante-.  Tom,  tarde o temprano  tenía que pasarle esto. No  hay mujer  que  aguante  lo  que  ella  ha  aguantado  sin arriesgar  su  salud,  tanto física como  mental.  Si  no le hubieras  dicho  lo  que le  dijiste  anoche,  cualquier  otra  cosa la habría  hecho estallar... estaba  mal. Tom hizo un esfuerzo por  respirar con normalidad. Seguía sin poder  creerlo. Bebió un sorbo  de café ausentemente. -¿Sabías tú todo esto? -le preguntó  a  Corrigan. -No me  lo  había confesado claramente, si es eso  lo  que  estás preguntando -contestó  su  hermano  menor-. Pero,  por la  forma como hablaba  de tí,  era evidente.  Me daba pena. Todos  sabemos lo  mucho que  querías a  Melia,  y también  que  no  has dejado que  ninguna  mujer  se acerque a ti  desde  el  accidente.  Tira  tenía  que  saber  que  no tema posibilidades. Tom  dejó su taza  de  café  en  la mesa. -Ahora  empiezo a comprender  -comentó  Tom  con voz distante-. Siempre estaba  ahí,  aunque  no fuera  necesario.  Trabajaba en  comités  de organismos a  los que yo  pertenecía, realizaba trabajo  voluntario  en  empresas con  las  que yo  tenía negocios. Tom sacudió  la  cabeza y añadió: -No me di cuenta. -Lo  sé. Tom levantó  los ojos. -John también lo  sabía  -dijo  Tom de repente.  Corrigan  vaciló; luego,  asintió. Tom contuvo  la respiración. -¡Dios mío,  fui yo  quien  destrozó  su  matrimonio! -Es posible,   no sé. Tira  nunca  habla  de John -Corrigan se quedó  pensativo unos momentos-. ¿Pero no has  notado  que ella  y  el  padre de  John siguen  estando  muy unidos? El no  la  culpa  de  la  muerte  de  su  hijo. Tom no  quería pensar  en eso. -Fui yo  quien  prácticamente  la  arrojó  a los brazos  de John. -Sí, me acuerdo muy  bien. Parecían tener  mucho en común. -Sí,  me  tenían  a  mí  en  común  -Tom rió amargamente-.  Ella  me  amaba... Bebió un sorbo  de café,  le remordía  terriblemente la  conciencia. -Por  favor,  Tom,  que no  se entere de que te lo  hemos  dicho,  le heriría profundamente  en su  amor propio, y ya  va  a  sufrir  bastante porque...  Tom,  los periódicos se han enterado  de lo que ha  pasado, los  titulares  son espectaculares. Aunque no  le  lleven  el  periódico  para  que lo  lea,  es  muy posible que  alguien acabe diciéndoselo.  Hay gente muy  mala  por el  mundo. Tom apoyó  la  cabeza en  una  mano.  Estaba  agotado. Era el  peor  dia  de su  vida; en  algunos  sentidos,  era peor  que  el  accidente que tan caro  le  había  costado. Corrigan  miró a su  hermano preocupado. -Vamos,  Tom,  no  te  pongas  así,  no  es  culpa  tuya.  Tira  está  sufriendo  las consecuencias  de  la tensión a  la  que se ha  sometido  a  sí  misma. Ya  verás como  se  pone bien. -Me quería  -dijo  Tom  otra vez,  como  si  no  pudiera creerlo. -No  se  puede  obligar a  nadie  a amar. -Tú no  sabes lo que le he  dicho  -le dijo  Tom  a su  hermano  con el rostro contraído-.  Le  he  dicho  que  era  superficial,  fría y  egocéntrica; y  que jamás  querría tener cerca  a una  mujer como ella...  Dios  mío,  cómo  ha  debido  dolerle oír  eso  viniendo de mí. Corrigan  lanzó  un  suspiro. -Bueno, ya  no tiene  solución, es agua pasada. Ahora está  a  salvo  y  aprenderá  a vivir  sin  ti... con  un  poco  de  ayuda. Tom no  dijo  nada. Tira pasó  el resto  del día durmiendo.  Cuando abrió los  ojos,  la habitación  estaba vacía.  Una  suave luz  de pared estaba encendida y Tira se sintió agradablemente adormilada. La enfermera de  noche  entró,  sonriendo, para  tomarle la  temperatura  y el pulso. Le dieron  unas  pastillas. Unos  minutos  más  tarde,  Tira volvió a dormirse. Cuando  se despertó, un hombre alto,  rubio  y apuesto  de ojos oscuros  estaba sentado en  el  borde de la  cama.  Estaba muy guapo con esos  pantalones blancos  y una camisa  roja. -¡Charles,  qué sorpresa!  -Tira sonrió. -¿A quién iba a  contarle yo mis  penas  si  te  suicidaras,  idiota? -murmuró él mirándola enfadado-.  Lo que has hecho  ha  sido  una estupidez. Apoyándose  en un  codo,  Tira  se  incorporó  al tiempo  que emitía un  gruñido. -¡No  he  intentado  suicidarme!  Me  emborraché, eso  es  todo. Y cuando  la  señora Lester  vio  un  frasco  de  pastillas  vacío  se  puso  histérica  -Tira  se  puso  la  mano  en  la boca  al bostezar-.  En  fin, supongo  que  no  puedo  echárselo  en cara.  Yo  aún  tenía  la pistola  en  la  mano y había un  agujero  en la  pared. -¡Una  pistola! -No  grites,  me duele  la cabeza. Sí,  una  pistola -Tira  sonrió  traviesamente-. Iba a pegarle un  tiro  a un ratón. Los  ojos de Charles se  agrandaron. -¿Qué? -Hay un  ratón en la  casa  -explicó  ella-.  He  puesto  trampas por  todas partes,  pero nada, sigue  apareciendo por  la  cocina  constantemente. Después  de  un  par  de copas, me acordé de  una escena en  una película  en la que  John  Wayne  dispara un tiro a una rata; cuando  ya  me  había  bebido  la  mitad de  la  botella, me  pareció perfectamente  lógico disparar a  un  ratón. Tira  se  interrumpió  y rió  débilmente. -Deberías haberme  visto. -Sí, supongo que sí -murmuró  él  fijándose en  los enrojecidos  ojos  de  su  amiga-. Trabajas demasiado,  Tira. Ayudas  a todo  el  mundo  a recaudar  fondos  para  todo tipo de  causas.  Y ahora, a  pesar de  que  estás  preparando las  esculturas  para la  exposición, sigues intentando  cumplir  con  tus  obligaciones  sociales.  Me sorprende  que no  te hayas derrumbado  mucho  antes.  Intenté advertírtelo,  sabes que lo  intenté.  Tira  asintió  y suspiró. -Lo sé. No me había  dado cuenta de lo  mucho que  me  estaba esforzando. -Lo  que necesitas  es  casarte y  tener  una familia, eso  te  mantendrá ocupada.  Tira arqueó las  cejas. -¿Estás  sugiriendo  que  estarías dispuesto  a hacer ese  sacrificio?  Charles  rió. -Quizá fuese lo mejor  para ambos. Los  dos  estamos enamorados de alguien que no  nos  quiere;  al menos,  nos tenemos  mucho  cariño. -Sí, pero  el  matrimonio  debería  basarse en algo  más que  en  eso. Charles se  encogió  de  hombros. -No le  des  más  vueltas,  sólo  era una  idea -se inclinó sobre  ella y  le  dio una palmada  en  la  mano-. Ponte bien, ¿de acuerdo?  Hay una fiesta  la  semana  que  viene a la que quiero que me acompañes.  Ella  va a estar  allí. Tira sabía  quién era «ella»:  la cuñada  de Percy, la  mujer  con la que  se habría casado.  Pero  ella  nunca  se  había  fijado  en  Charles,  a pesar  de lo  guapo que era, y  se había casado  con el medio  hermano de  él. El  medio  hermano  de  Charles  era veinte años mayor que  él  y, en su  círculo, a nadie  le caía  bien.  Ese matrimonio  era un  misterio para todo el  mundo.  -No tengo un vestido para la fiesta.  -Cómprate  uno. Tira vaciló. -Vamos,  yo  te  protegeré de  él -dijo Charles  al  darse cuenta  de  que casi con seguridad Tom estaría en la  fiesta-.  Te juro  por mi  glorioso  Mark VIII rojo que no te dejaré sola  ni un  momento. Ella  le  lanzó  una débil  mirada.  De  todos  era  conocida  la  obsesión de  Charles por ese coche,  ni siquiera dejaba  que  lo  lavaran  en el  garaje.  Lo  lavaba  y lo enceraba él mismo  y  lo llamaba «Big Red». -Bueno,  si  lo  juras por  tu  coche,  de  acuerdo.  Charles sonrió  maliciosamente. -Te dejaré que  lo  conduzcas. -¡Qué honor! -Te  he  traído  unas  flores -añadió  él-.  Una de  las enfermeras  ha  tenido  la amabilidad de  buscar  un  jarrón  para  ponerlas. Ella  le sonrió. -No  me  extraña.  Todas las  mujeres se  vuelven  locas  por  ti. -Menos  la  que  me  gustaría  que  se  volviera  loca  por  mí  -dijo  Charles  con tristeza-. En fin,  ya es  demasiado  tarde. Tira le  tomó la  mano  y  se  la apretó suavemente. -Lo  siento,  Charles. -Y yo -Charles se  encogió  de  hombros-. ¿No  te parece  una verdadera pena?  ¡Mira lo que se  están perdiendo! Tira  sabía  que se  estaba refiriendo  a Tom y a la mujer  que Charles quería, y sonrió. -Sí, ellos  se  lo pierden. Y  sí, estaré  encantada de ir  contigo  a la fiesta. Hoy me dan  el  alta,  ¿quieres  llevarme a  casa? -¡Claro! Pero  cuando  el  médico  entró en la  habitación,  se mostró contrario  a  darle el  alta. Tira  lo  miró  fijamente. -Lo digo  en  serio,  no  tenía ninguna  intención  de  suicidarme. -¿Qué  hay de  la pistola? Habías  disparado  un  tiro. Tira apretó los  labios. -¿Nadie  se ha  fijado en dónde  dio la  bala?  El  médico frunció  el  ceño. -¡El  ratón! -exclamó  Tira-.  ¡Llevo  semanas  persiguiendo a  un  ratón! ¿Es que no te gustan  las  películas  de  John  Wayne? De  pronto,  el médico agrandó  los ojos. -¡Dios mío,  claro! -¡Exacto, claro! El  médico  estalló  en carcajadas. -¿Querías matar al  ratón  a tiros? -Tengo  buena puntería -protestó  ella-;  al menos, cuando estoy sobria.  ¡La  próxima vez no fallaré! -Te recomiendo  que pongas trampas. -Es  demasiado  listo -dijo  ella-.  Ya  lo  he  hecho,  pero  sin  éxito. -Cómprate  un  gato. -Me  dan alergia -confesó  Tira. -¿Qué  me dices  de  esos  aparatos electrónicos  que  emiten unas ondas especiales?  Tira sacudió la cabeza. -También  lo  he  probado  y el  ratón  ha  mordido  el cable. -¿Y no murió  electrocutado?  Tira  arqueó las  cejas. -No. Es  más,  parecía  más sano después  del  incidente.  Apuesto  a que  incluso  le gusta  el veneno.  No,  tengo  que  matarlo a tiros. El médico y  Charles  intercambiaron una  mirada; después,  los  dos  se  echaron  a reír. El  médico  la  vio  a  solas  al  cabo  de  un  rato,  mientras  Charles  sacaba  el  coche  del aparcamiento  para recogerla a ella  a  la  entrada del  hospital. -Sólo  una cosa  más  -dijo el doctor  con voz suave-. Diga  lo  que diga  Tom,  tú no mataste  a  John. Nadie  podría  haber  impedido  lo que  ocurrió. Y lo primero  que  no debería  haber hecho  fue  casarse contigo. -Tom  hacía lo  imposible para que  estuviéramos juntos -dijo  Tira-.  Pensaba  que éramos  la  pareja perfecta. -Tom  no  lo  sabe.  Estoy  seguro  de  que  John  no  se  lo  dijo,  y  también  estoy seguro de que  tú tampoco se  lo  has  dicho. Tira desvió la  mirada. -John  era el  mejor amigo  de  Tom; de  haber  querido que  Tom lo  supiera, se  lo habría  dicho  él  mismo.  Como  no  lo  hizo,  no  me  he  creído  con  derecho  de  hacerlo  yo -Tira  levantó  el  rostro  y  miró  al  médico  a  los  ojos-.  Y  sigo  pensando  lo  mismo,  así  que tú tampoco se  lo vas  a decir,  ¿de acuerdo?  No tenemos  derecho  a destrozarle una ilusión.  Su  vida no  ha  sido  un  lecho  de rosas,  ha  perdido un  brazo  y también a su esposa, a la  que  amaba  con locura. -Aunque no  sé  por  qué -dijo el doctor  Gaines, que  sabía  todo  lo que había que saber  sobre  la  elegante señora Hart,  cosas  que  Tira  tampoco  sabía. -Él la amaba con todo  su corazón -dijo  ella simplemente -. Sobre gustos no  hay nada escrito.  -El médico le  sonrió. -No, supongo  que no. -Sabes  una cosa,  doctor Gaines,  eres  un  buen  hombre.- El rió. -Eso  es lo  que dice  mi  mujer. -Y  tiene  razón. -¿No  tienes  familia?  Tira negó con la cabeza. -Mi  padre murió de  un  infarto  y  mi madre murió  antes  que  él,  de cáncer.  Fue  muy duro  para  mi padre,  la quería  demasiado. -No se  puede querer  demasiado. -El rostro de  Tira mostró  una profunda tristeza. -Sí, sí  que  se puede  -declaró  ella  con  solemnidad-.  Pero  voy a aprender a no hacerlo.- Charles apareció con  su coche  y el  médico  se  despidió de  ellos. -¡Míralo,  me  tiene envidia! -dijo  Charles  con una  sonrisa  maliciosa-.  Quiere mi coche.  Todo el  mundo quiere  mi  coche. ¡Pero  es mío,  sólo  mío! -Charles, estás  demasiado obsesionado con  este coche -le  advirtió  ella. -¡No, no lo  estoy!  Ten cuidado,  me  vas  a dejar marcas en la ventanilla.  Y espero que te  limpies  los  pies antes  de entrar. Tira  no  sabía si reír  o  llorar. -¡Eh, es  una broma!  -exclamó él. Tira dejó escapar  un  suspiro  de alivio. -¡Y el doctor Gaines quería que  yo  fuera  a  ver  a un  psicólogo! -No  necesito  un  psicólogo, a  los  hombres  les  gustan los  coches.  Un  tipo  que conocí  incluso llegó  a  escribirle  una canción  a  su camioneta. Tira contempló el  lujoso interior  del  vehículo  y asintió. -Bueno,  reconozco que  podría  enamorarme de Big Red -apoyó  la cabeza  en  el respaldo del  asiento y  cerró  los  ojos. Charles  dio unas  palmadas  al  volante  de su  coche. -¿Lo  has  oído?  Le  estás  gustando.  Tira  abrió  los  ojos. -En el momento en  que lleguemos  a mi casa, voy a llamar  al  psicólogo.  Charles arqueó las  cejas. -¿También al  psicólogo  le  gusten  los  coches? -¡Me  rindo! Cuando  llegó  a  su  casa,  una  preocupada señora Lester salió a recibirla. -¡Era un  frasco  de pastillas viejo! -le explicó  Tira  a  la  mujer-.  Y la pistola no  era para  suicidarme, sino  para matar  al  ratón de la  cocina. -¿Para el  ratón? -Todavía  no  hemos  podido cazarlo, ¿no? La  señora Lester  enrojeció  y  metió  las manos en  los bolsillos  del  delantal. -Pues parecía  como  si..;  Tira  le  dio  un  abrazo. -Es usted un  encanto  y la adoro.  Pero lo  único que  me  pasó  es  que me emborraché, eso  es todo. -Usted no  bebe nunca  -declaró  la  señora  Lester. -No me quedó  más  remedio -respondió  Tira. La señora Lester  miró  a  Charles. -¿Por culpa  suya? No  debería  estar  con él  si  la  impulsa  a  beber. -¿Lo ves? -dijo  Charles-. También  ella quiere  mi  coche,  por  eso quiere que me vaya.  No puede soportar  verlo día  tras  día.  La  envidia la  corroe... -¿De qué  está  hablando? -preguntó  la señora  Lester con  curiosidad. -De  su  coche. Cree  que  usted  quiere su  coche. La  señora  Lester bufó. -¿Esa cosa  roja  que  corre como  un  rayo? ¡No puedo  imaginarme  a  mí misma en  una cosa  así!  Charles sonrió  maliciosamente. -¿Quiere dar  una vuelta en  mi coche? -preguntó. Charles  pestañeando.  La señora Lester se  echó a reír. -Soy demasiado mayor  para  coches  deportivos. Pero Tira  tiene  la  edad  apropiada. -Sí,  así  es. Y  necesita  que la  mimen. -Le daré  de  comer y la obligaré  a  que descanse.  , No debería haber  dejado  que me convenciera de que  me  fuera  de vacaciones.  ¡La primera vez que  la dejo y  mira lo que pasa!  ¡Y los  periódicos...! De  repente,  se  interrumpió. Tira la  miró  fijamente. -¿Qué  periódicos? La  señora  Lester  y Charles  intercambiaron una mirada. -Verás...  has  salido en los  periódicos -contestó  él  con desgana. Tira  lanzó un  gruñido. -¡Oh,  no!  Seguro  que me  ha  costado  la  exposición. -No,  no es  así  -respondió  Charles-.  Esta  misma  mañana,  antes de ir  al  hospital,  he hablado  con Bob y me  ha  dicho que el  teléfono  no  ha dejado  de sonar  un sólo momento, todo llamadas  preguntando por la  exposición. Al  parecer,  ha sido una  excelente publicidad. -No necesito...  -Puede que  tú  no, pero  el hospital  adonde  va a  ir a  parar  el  dinero  que se recoja con la exposición  sí -le recordó  él-.  ¡Si  sigue  así van  a poder comprar una ambulancia nueva! Tira sonrió, pero sin demasiado ánimo. -Vamos, anímate,  no  es  tan  grave.  Además,  mañana  ya  se  le habrá olvidado a todo el mundo. Lo único  que  tienes  que hacer es no  contestar  el  teléfono  durante un  par  de días. -Sí, supongo que tienes  razón. Bueno,  hasta  el sábado.  Vendré  a recogerte a las seis. -¿Qué  vas a hacer  hasta entonces?  -le  preguntó  Tira  sorprendida,  porque Charles solía pasarse  a  tomar  café  casi todas las  tardes. -Me  voy  a  Memphis  -contestó él  con  un  suspiro-.  Tengo que  encargarme personalmente de un  negocio, así  que voy a estar  fuera una semana entera.  Ya sé que es  un  mal  momento para marcharme,  pero... -No  te  preocupes,  estaré  bien -le aseguró Tira-.  La  señora Lester está  aquí conmigo. -Sí,  ya  sé  que  no  tengo motivos  para  preocuparme  —Charles  sonrió—.  Pero  como yo  tampoco  tengo  padres  ni  hermanos...  supongo  que  tú  eres la  única  familia  que  tengo. -A  mí me pasa lo mismo. Charles la  miró a los ojos  fijamente. -Somos  muy  parecidos, ¿verdad? Y  tampoco somos muy  listos  a la hora  de enamorarnos. -Como  has  dicho  antes, ellos  se  lo  pierden -dijo  Tira  obstinadament e-.  En fin, conduce  con  cuidado.  ¿Vas a  ir  en  Big  Red? Charles negó con  la cabeza. -No me dejan  meterlo en  el  avión. Tira se  echó a reír. -Me  alegro  de  que seas  mi  amigo  -declaró  ella  con  sinceridad. Charles le  estrechó las  manos.  -A  mí  me  pasa  lo  mismo.  Cuídate.  Te  llamaré  durante  la  semana  para  ver cómo  estás,  ¿de  acuerdo?  Y  si  me  necesitas para  lo  que  sea... -Tengo  el  número  de  tu  móvil  -le recordó  ella-.  Pero  no  te  preocupes,  estoy bien. -Entonces,  hasta dentro  de  una  semana.  -Gracias por  traerme a casa.  Charles  encogió  los hombros  y le dedicó una resplandeciente y blanca  sonrisa. -Ha sido  un  placer.

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