Capítulo Dos
Tira tardó un día entero en salir de su estupor y ser consciente de dónde estaba. Era una agradable habitación de hospital, pero no sabía cómo había llegado allí. Se encontraba desorientada y tenía náuseas. El doctor Ron Gaines, un viejo amigo de la familia, entró en la habitación seguido de una enfermera. El médico iba vestido con pantalones blancos y una blusa multicolor con muchos bolsillos. -Tómele la tensión, el pulso y la temperatura -dijo el médico. -Sí, doctor. Mientras la enfermera se encargada de medirle las constantes vitales, el doctor Gaines hizo unas rápidas anotaciones. La enfermera le indicó los resultados y él, después de apuntarlos, la invitó a salir de la habitación. El médico acercó una silla a la cama y se sentó. -Creía que eras una de las mujeres más equilibradas que conozco. ¿Qué demonios te ha pasado? -He sufrido un duro golpe -confesó ella en voz baja-. Ha sido algo inesperado y, como una tonta, me he emborrachado. -¡No me vengas con ésas! La mujer de la limpieza te encontró con una pistola cargada en la mano. -Ah, eso... Se dispuso a decirle que la noche anterior, ebria como estaba, le pareció una cosa perfectamente lógica intentar cazar a tiros a un ratón. -Verás... —empezó a decir Tira. El médico suspiró sonoramente, interrumpiéndola. -Tira, ha sido un intento de suicidio. Vamos, cuéntamelo. Ella parpadeó. -Jamás se me ocurriría suicidarme! -exclamó ella indignada-. Sólo estaba un poco deprimida, nada más. Ayer me enteré de que Tom me considera responsable de la muerte de John. -¿No sabe el motivo de la ruptura de tu matrimonio? Ella negó con la cabeza. -Por el amor de Dios, ¿por qué no se lo has dicho? -Lo afectaría mucho, John era su mejor amigo. Nunca se me había ocurrido que Tom pudiera culparme a mí de ello, hemos sido amigos. Él no quería ir más lejos conmigo y yo suponía que era porque aún no había superado la muerte de Melia. He sido una estúpida. -Desde luego, lo de anoche sí ha sido una estupidez. Tira frunció el ceño. -Me has lavado el estómago. -Sí. -Ahora entiendo porque lo siento completamente vacío. ¿Por qué lo has hecho? Sólo bebí whisky con el estómago vacío. -La señora de la limpieza encontró un frasco vacío de pastillas tranquilizantes en el cuarto de baño -insistió el médico. -Ah, eso -murmuró ella-. Era un frasco vacío que lo tenía desde hace años, nunca tiro nada; era de unas pastillas que me recetó el doctor James hace tres años cuando hice los exámenes finales. Tira lo miró sin parpadear y añadió: -No soy una suicida. Nunca se me ocurriría suicidarme. Sin embargo, todo el mundo tiene un límite y yo alcancé el mío anoche, por eso me emborraché. Nunca bebo alcohol y ése es el motivo de que me afectara tanto. El médico le tomó la mano. Justo en ese momento se abrió la puerta y Tom Kaulitz entró en la habitación. Tenía el rostro pálido como la cera y se quedó mirando a Tira sin hablar. No era culpa de él, pero Tira lo odiaba por lo que la había obligado a hacer. Se lo dijo con la mirada, una mirada fría, sin afecto. -¡Sal de mi habitación! -le gritó ella. El médico agrandó los ojos, era la primera vez que Tira le levantaba la voz a Tom. -Tira -dijo Tom con incertidumbre. -¡Sal de aquí ahora mismo! -repitió ella, avergonzada de haber sido acusada de intento de suicidio-. ¡Fuera! Histérica, Tira empezó a mover las manos. El médico decidió poner remedio a la situación inmediatamente y pulsó el botón del interfono. -Enfermera, venga aquí inmediatamente. Traiga un tranquilizante -después, miró a Tom-. Sal. Hablaré contigo dentro de unos minutos. Tom se acercó a la puerta y, antes de salir, cedió el paso a una enfermera que entraba con una jeringuilla. Al salir, Tom pudo oír desde el pasillo los sollozos de Tira; allí, se reunió con su hermano Corrigan. La mujer de la limpieza había llamado a Corrigan al descubrir a Tira, y Corrigan había llamado a Tom para contarle lo que había pasado. -¿Qué ha pasado? -le preguntó Corrigan. -No lo sé —respondió Tom con voz ronca. Su manga vacía atrajo la atención dalgunas personas al pasar-. Me ha visto y ha empezado a gritar. Nunca la había visto así. -Nadie la ha visto así nunca -dijo Corrigan-. Jamás se me habría pasado por la cabeza que una mujer como Tira tuviera instintos suicidas. -¡Qué! -Tom lo miró sin poder creerlo. -¿No sabías que ha tomado alcohol con pastillas tranquilizantes? Y también tenía una pistola en la mano cuando la señora Lester la encontró. -¿Una... pistola? Estremeciéndose, Tom cerró los ojos y se pasó una mano por el rostro. No soportaba pensar en lo que podía haber ocurrido. Estaba convencido de haber provocado en Tira esa reacción. No podía olvidar la expresión de Tira cuando, la noche anterior, él la acusó de haber matado a John. Tira no se defendió, pero se quedó muy callada y muy pálida. No debería haberla dejado sola. No debería haberla dicho nada. La había considerado una mujer fuerte, egocéntrica e inmune a las críticas. Se había equivocado. -Ayer fui a verla —confesó Tom con voz atormentada-. Le eché en cara su comportamiento después del divorcio y también que dejara a John marcharse a una plataforma petrolífera. No debería haberle dicho nada, pero estaba enfadado porque hace un tiempo, en una subasta de ganado, en broma, intentó ponerme celoso; como si realmente creyera que una mujer como ella podría atraerme. Tom suspiró y añadió: -La consideraba muy dura, no creía que nada de lo que yo dijera pudiera afectarla. -Y yo me consideraba ciego -dijo Corrigan. -¿Qué quieres decir? Corrigan miró a su hermano. Después, sonrió y apartó la mirada. -Olvídalo. La puerta de la habitación de Tira se abrió y el doctor Gaines salió al pasillo. Inmediatamente, se acercó a Corrigan y a Tom. -No vuelvas ahí dentro -le ordenó a Tom-. Está al límite y lo que menos necesita es que la empujen. -Yo no he hecho nada -contestó Tom-. Lo único que he hecho ha sido entrar por la puerta. El doctor Gaines apretó los labios. Miró a Corrigan, que encogió los hombros y sacudió la cabeza. -Voy a ver si logro convencerla para que vaya a ver a una amiga mía, una psicóloga. No le vendría mal una terapia -comentó Gaines. -No está loca -dijo Tom ofendido. El doctor Gaines lo miró fijamente y frunció el ceño. -Has sido fiscal general del estado durante cuatro años. Eres un famoso abogado y un hombre inteligente. ¿Cómo puedes ser tan estúpido al mismo tiempo? -¿Podría decirme alguien qué es lo que pasa? -preguntó Tom. El doctor Gaines miró a Corrigan, que con un gesto con la mano invitó al médico a realizar el trabajo sucio. -Tira nos matará a los dos si se entera de que se lo hemos dicho -le dijo Gaines a Corrigan. -Es mejor eso que dejarla morir. -Amén -Gaines miró a Tom, que se debatía entre la confusión y la cólera-. Tom, Tira lleva años enamorada de ti. Y yo también he pasado años intentando convencerla de que vendiera el rancho y de que dejara las recaudaciones de fondos, porque para ella era la forma de estar cerca de ti. Se ha matado a trabajar porque pensaba que si estabais en contacto cabía la posibilidad de que tú algún día acabaras enamorándote de ella también. Sin embargo, yo sabía que era imposible que eso ocurriese, ¿me equivoco? El médico miró a Corrigan, que asintió. Tom se apoyó contra la pared. Sintió como si le hubieran clavado un cuchillo. No podía hablar. -En realidad, le has hecho un favor, aunque no lo creas -continuó el doctor Gaines-. Tira tenía que darse cuenta de que no puede seguir viviendo de ilusiones, y los cambios que ha hecho en su vida recientemente son prueba de que, por fin, está empezando a aceptar que no sientes nada por ella. Con el tiempo, acabará superándolo. Es lo mejor que ha podido pasarle. Llevaba semanas al borde de una profunda crisis nerviosa y, al final, ha estallado. El médico le puso una mano en el brazo a Tom. -Sé que no es culpa tuya. Tira es una mujer muy equilibrada, excepto en lo que a ti concierne. Pero si de verdad quieres ayudarla, mantente alejado de ella. Lo ha pasado muy mal y necesita tranquilizarse. El médico asintió en dirección a Corrigan y luego se marchó. Tom seguía sin moverse, sin hablar. Estaba muy pálido, casi no creía lo que el médico le había dicho. Corrigan le agarró del brazo y tiró de él. -Vamos, de camino a tu oficina pararemos para tomar un café en alguna parte -le dijo Corrigan a su hermano mayor. Tom se dejó llevar. Estaba destrozado. Unos minutos más tarde, estaba sentado a la mesa de un pequeño café con su hermano. -Ha intentado quitarse la vida por mí -dijo Tom por fin. -Pero le ha salido mal. No volverá a intentarlo, ya verás como no dejan que lo haga -Corrigan se inclinó hacia delante-. Tom, tarde o temprano tenía que pasarle esto. No hay mujer que aguante lo que ella ha aguantado sin arriesgar su salud, tanto física como mental. Si no le hubieras dicho lo que le dijiste anoche, cualquier otra cosa la habría hecho estallar... estaba mal. Tom hizo un esfuerzo por respirar con normalidad. Seguía sin poder creerlo. Bebió un sorbo de café ausentemente. -¿Sabías tú todo esto? -le preguntó a Corrigan. -No me lo había confesado claramente, si es eso lo que estás preguntando -contestó su hermano menor-. Pero, por la forma como hablaba de tí, era evidente. Me daba pena. Todos sabemos lo mucho que querías a Melia, y también que no has dejado que ninguna mujer se acerque a ti desde el accidente. Tira tenía que saber que no tema posibilidades. Tom dejó su taza de café en la mesa. -Ahora empiezo a comprender -comentó Tom con voz distante-. Siempre estaba ahí, aunque no fuera necesario. Trabajaba en comités de organismos a los que yo pertenecía, realizaba trabajo voluntario en empresas con las que yo tenía negocios. Tom sacudió la cabeza y añadió: -No me di cuenta. -Lo sé. Tom levantó los ojos. -John también lo sabía -dijo Tom de repente. Corrigan vaciló; luego, asintió. Tom contuvo la respiración. -¡Dios mío, fui yo quien destrozó su matrimonio! -Es posible, no sé. Tira nunca habla de John -Corrigan se quedó pensativo unos momentos-. ¿Pero no has notado que ella y el padre de John siguen estando muy unidos? El no la culpa de la muerte de su hijo. Tom no quería pensar en eso. -Fui yo quien prácticamente la arrojó a los brazos de John. -Sí, me acuerdo muy bien. Parecían tener mucho en común. -Sí, me tenían a mí en común -Tom rió amargamente-. Ella me amaba... Bebió un sorbo de café, le remordía terriblemente la conciencia. -Por favor, Tom, que no se entere de que te lo hemos dicho, le heriría profundamente en su amor propio, y ya va a sufrir bastante porque... Tom, los periódicos se han enterado de lo que ha pasado, los titulares son espectaculares. Aunque no le lleven el periódico para que lo lea, es muy posible que alguien acabe diciéndoselo. Hay gente muy mala por el mundo. Tom apoyó la cabeza en una mano. Estaba agotado. Era el peor dia de su vida; en algunos sentidos, era peor que el accidente que tan caro le había costado. Corrigan miró a su hermano preocupado. -Vamos, Tom, no te pongas así, no es culpa tuya. Tira está sufriendo las consecuencias de la tensión a la que se ha sometido a sí misma. Ya verás como se pone bien. -Me quería -dijo Tom otra vez, como si no pudiera creerlo. -No se puede obligar a nadie a amar. -Tú no sabes lo que le he dicho -le dijo Tom a su hermano con el rostro contraído-. Le he dicho que era superficial, fría y egocéntrica; y que jamás querría tener cerca a una mujer como ella... Dios mío, cómo ha debido dolerle oír eso viniendo de mí. Corrigan lanzó un suspiro. -Bueno, ya no tiene solución, es agua pasada. Ahora está a salvo y aprenderá a vivir sin ti... con un poco de ayuda. Tom no dijo nada. Tira pasó el resto del día durmiendo. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba vacía. Una suave luz de pared estaba encendida y Tira se sintió agradablemente adormilada. La enfermera de noche entró, sonriendo, para tomarle la temperatura y el pulso. Le dieron unas pastillas. Unos minutos más tarde, Tira volvió a dormirse. Cuando se despertó, un hombre alto, rubio y apuesto de ojos oscuros estaba sentado en el borde de la cama. Estaba muy guapo con esos pantalones blancos y una camisa roja. -¡Charles, qué sorpresa! -Tira sonrió. -¿A quién iba a contarle yo mis penas si te suicidaras, idiota? -murmuró él mirándola enfadado-. Lo que has hecho ha sido una estupidez. Apoyándose en un codo, Tira se incorporó al tiempo que emitía un gruñido. -¡No he intentado suicidarme! Me emborraché, eso es todo. Y cuando la señora Lester vio un frasco de pastillas vacío se puso histérica -Tira se puso la mano en la boca al bostezar-. En fin, supongo que no puedo echárselo en cara. Yo aún tenía la pistola en la mano y había un agujero en la pared. -¡Una pistola! -No grites, me duele la cabeza. Sí, una pistola -Tira sonrió traviesamente-. Iba a pegarle un tiro a un ratón. Los ojos de Charles se agrandaron. -¿Qué? -Hay un ratón en la casa -explicó ella-. He puesto trampas por todas partes, pero nada, sigue apareciendo por la cocina constantemente. Después de un par de copas, me acordé de una escena en una película en la que John Wayne dispara un tiro a una rata; cuando ya me había bebido la mitad de la botella, me pareció perfectamente lógico disparar a un ratón. Tira se interrumpió y rió débilmente. -Deberías haberme visto. -Sí, supongo que sí -murmuró él fijándose en los enrojecidos ojos de su amiga-. Trabajas demasiado, Tira. Ayudas a todo el mundo a recaudar fondos para todo tipo de causas. Y ahora, a pesar de que estás preparando las esculturas para la exposición, sigues intentando cumplir con tus obligaciones sociales. Me sorprende que no te hayas derrumbado mucho antes. Intenté advertírtelo, sabes que lo intenté. Tira asintió y suspiró. -Lo sé. No me había dado cuenta de lo mucho que me estaba esforzando. -Lo que necesitas es casarte y tener una familia, eso te mantendrá ocupada. Tira arqueó las cejas. -¿Estás sugiriendo que estarías dispuesto a hacer ese sacrificio? Charles rió. -Quizá fuese lo mejor para ambos. Los dos estamos enamorados de alguien que no nos quiere; al menos, nos tenemos mucho cariño. -Sí, pero el matrimonio debería basarse en algo más que en eso. Charles se encogió de hombros. -No le des más vueltas, sólo era una idea -se inclinó sobre ella y le dio una palmada en la mano-. Ponte bien, ¿de acuerdo? Hay una fiesta la semana que viene a la que quiero que me acompañes. Ella va a estar allí. Tira sabía quién era «ella»: la cuñada de Percy, la mujer con la que se habría casado. Pero ella nunca se había fijado en Charles, a pesar de lo guapo que era, y se había casado con el medio hermano de él. El medio hermano de Charles era veinte años mayor que él y, en su círculo, a nadie le caía bien. Ese matrimonio era un misterio para todo el mundo. -No tengo un vestido para la fiesta. -Cómprate uno. Tira vaciló. -Vamos, yo te protegeré de él -dijo Charles al darse cuenta de que casi con seguridad Tom estaría en la fiesta-. Te juro por mi glorioso Mark VIII rojo que no te dejaré sola ni un momento. Ella le lanzó una débil mirada. De todos era conocida la obsesión de Charles por ese coche, ni siquiera dejaba que lo lavaran en el garaje. Lo lavaba y lo enceraba él mismo y lo llamaba «Big Red». -Bueno, si lo juras por tu coche, de acuerdo. Charles sonrió maliciosamente. -Te dejaré que lo conduzcas. -¡Qué honor! -Te he traído unas flores -añadió él-. Una de las enfermeras ha tenido la amabilidad de buscar un jarrón para ponerlas. Ella le sonrió. -No me extraña. Todas las mujeres se vuelven locas por ti. -Menos la que me gustaría que se volviera loca por mí -dijo Charles con tristeza-. En fin, ya es demasiado tarde. Tira le tomó la mano y se la apretó suavemente. -Lo siento, Charles. -Y yo -Charles se encogió de hombros-. ¿No te parece una verdadera pena? ¡Mira lo que se están perdiendo! Tira sabía que se estaba refiriendo a Tom y a la mujer que Charles quería, y sonrió. -Sí, ellos se lo pierden. Y sí, estaré encantada de ir contigo a la fiesta. Hoy me dan el alta, ¿quieres llevarme a casa? -¡Claro! Pero cuando el médico entró en la habitación, se mostró contrario a darle el alta. Tira lo miró fijamente. -Lo digo en serio, no tenía ninguna intención de suicidarme. -¿Qué hay de la pistola? Habías disparado un tiro. Tira apretó los labios. -¿Nadie se ha fijado en dónde dio la bala? El médico frunció el ceño. -¡El ratón! -exclamó Tira-. ¡Llevo semanas persiguiendo a un ratón! ¿Es que no te gustan las películas de John Wayne? De pronto, el médico agrandó los ojos. -¡Dios mío, claro! -¡Exacto, claro! El médico estalló en carcajadas. -¿Querías matar al ratón a tiros? -Tengo buena puntería -protestó ella-; al menos, cuando estoy sobria. ¡La próxima vez no fallaré! -Te recomiendo que pongas trampas. -Es demasiado listo -dijo ella-. Ya lo he hecho, pero sin éxito. -Cómprate un gato. -Me dan alergia -confesó Tira. -¿Qué me dices de esos aparatos electrónicos que emiten unas ondas especiales? Tira sacudió la cabeza. -También lo he probado y el ratón ha mordido el cable. -¿Y no murió electrocutado? Tira arqueó las cejas. -No. Es más, parecía más sano después del incidente. Apuesto a que incluso le gusta el veneno. No, tengo que matarlo a tiros. El médico y Charles intercambiaron una mirada; después, los dos se echaron a reír. El médico la vio a solas al cabo de un rato, mientras Charles sacaba el coche del aparcamiento para recogerla a ella a la entrada del hospital. -Sólo una cosa más -dijo el doctor con voz suave-. Diga lo que diga Tom, tú no mataste a John. Nadie podría haber impedido lo que ocurrió. Y lo primero que no debería haber hecho fue casarse contigo. -Tom hacía lo imposible para que estuviéramos juntos -dijo Tira-. Pensaba que éramos la pareja perfecta. -Tom no lo sabe. Estoy seguro de que John no se lo dijo, y también estoy seguro de que tú tampoco se lo has dicho. Tira desvió la mirada. -John era el mejor amigo de Tom; de haber querido que Tom lo supiera, se lo habría dicho él mismo. Como no lo hizo, no me he creído con derecho de hacerlo yo -Tira levantó el rostro y miró al médico a los ojos-. Y sigo pensando lo mismo, así que tú tampoco se lo vas a decir, ¿de acuerdo? No tenemos derecho a destrozarle una ilusión. Su vida no ha sido un lecho de rosas, ha perdido un brazo y también a su esposa, a la que amaba con locura. -Aunque no sé por qué -dijo el doctor Gaines, que sabía todo lo que había que saber sobre la elegante señora Hart, cosas que Tira tampoco sabía. -Él la amaba con todo su corazón -dijo ella simplemente -. Sobre gustos no hay nada escrito. -El médico le sonrió. -No, supongo que no. -Sabes una cosa, doctor Gaines, eres un buen hombre.- El rió. -Eso es lo que dice mi mujer. -Y tiene razón. -¿No tienes familia? Tira negó con la cabeza. -Mi padre murió de un infarto y mi madre murió antes que él, de cáncer. Fue muy duro para mi padre, la quería demasiado. -No se puede querer demasiado. -El rostro de Tira mostró una profunda tristeza. -Sí, sí que se puede -declaró ella con solemnidad-. Pero voy a aprender a no hacerlo.- Charles apareció con su coche y el médico se despidió de ellos. -¡Míralo, me tiene envidia! -dijo Charles con una sonrisa maliciosa-. Quiere mi coche. Todo el mundo quiere mi coche. ¡Pero es mío, sólo mío! -Charles, estás demasiado obsesionado con este coche -le advirtió ella. -¡No, no lo estoy! Ten cuidado, me vas a dejar marcas en la ventanilla. Y espero que te limpies los pies antes de entrar. Tira no sabía si reír o llorar. -¡Eh, es una broma! -exclamó él. Tira dejó escapar un suspiro de alivio. -¡Y el doctor Gaines quería que yo fuera a ver a un psicólogo! -No necesito un psicólogo, a los hombres les gustan los coches. Un tipo que conocí incluso llegó a escribirle una canción a su camioneta. Tira contempló el lujoso interior del vehículo y asintió. -Bueno, reconozco que podría enamorarme de Big Red -apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos. Charles dio unas palmadas al volante de su coche. -¿Lo has oído? Le estás gustando. Tira abrió los ojos. -En el momento en que lleguemos a mi casa, voy a llamar al psicólogo. Charles arqueó las cejas. -¿También al psicólogo le gusten los coches? -¡Me rindo! Cuando llegó a su casa, una preocupada señora Lester salió a recibirla. -¡Era un frasco de pastillas viejo! -le explicó Tira a la mujer-. Y la pistola no era para suicidarme, sino para matar al ratón de la cocina. -¿Para el ratón? -Todavía no hemos podido cazarlo, ¿no? La señora Lester enrojeció y metió las manos en los bolsillos del delantal. -Pues parecía como si..; Tira le dio un abrazo. -Es usted un encanto y la adoro. Pero lo único que me pasó es que me emborraché, eso es todo. -Usted no bebe nunca -declaró la señora Lester. -No me quedó más remedio -respondió Tira. La señora Lester miró a Charles. -¿Por culpa suya? No debería estar con él si la impulsa a beber. -¿Lo ves? -dijo Charles-. También ella quiere mi coche, por eso quiere que me vaya. No puede soportar verlo día tras día. La envidia la corroe... -¿De qué está hablando? -preguntó la señora Lester con curiosidad. -De su coche. Cree que usted quiere su coche. La señora Lester bufó. -¿Esa cosa roja que corre como un rayo? ¡No puedo imaginarme a mí misma en una cosa así! Charles sonrió maliciosamente. -¿Quiere dar una vuelta en mi coche? -preguntó. Charles pestañeando. La señora Lester se echó a reír. -Soy demasiado mayor para coches deportivos. Pero Tira tiene la edad apropiada. -Sí, así es. Y necesita que la mimen. -Le daré de comer y la obligaré a que descanse. , No debería haber dejado que me convenciera de que me fuera de vacaciones. ¡La primera vez que la dejo y mira lo que pasa! ¡Y los periódicos...! De repente, se interrumpió. Tira la miró fijamente. -¿Qué periódicos? La señora Lester y Charles intercambiaron una mirada. -Verás... has salido en los periódicos -contestó él con desgana. Tira lanzó un gruñido. -¡Oh, no! Seguro que me ha costado la exposición. -No, no es así -respondió Charles-. Esta misma mañana, antes de ir al hospital, he hablado con Bob y me ha dicho que el teléfono no ha dejado de sonar un sólo momento, todo llamadas preguntando por la exposición. Al parecer, ha sido una excelente publicidad. -No necesito... -Puede que tú no, pero el hospital adonde va a ir a parar el dinero que se recoja con la exposición sí -le recordó él-. ¡Si sigue así van a poder comprar una ambulancia nueva! Tira sonrió, pero sin demasiado ánimo. -Vamos, anímate, no es tan grave. Además, mañana ya se le habrá olvidado a todo el mundo. Lo único que tienes que hacer es no contestar el teléfono durante un par de días. -Sí, supongo que tienes razón. Bueno, hasta el sábado. Vendré a recogerte a las seis. -¿Qué vas a hacer hasta entonces? -le preguntó Tira sorprendida, porque Charles solía pasarse a tomar café casi todas las tardes. -Me voy a Memphis -contestó él con un suspiro-. Tengo que encargarme personalmente de un negocio, así que voy a estar fuera una semana entera. Ya sé que es un mal momento para marcharme, pero... -No te preocupes, estaré bien -le aseguró Tira-. La señora Lester está aquí conmigo. -Sí, ya sé que no tengo motivos para preocuparme —Charles sonrió—. Pero como yo tampoco tengo padres ni hermanos... supongo que tú eres la única familia que tengo. -A mí me pasa lo mismo. Charles la miró a los ojos fijamente. -Somos muy parecidos, ¿verdad? Y tampoco somos muy listos a la hora de enamorarnos. -Como has dicho antes, ellos se lo pierden -dijo Tira obstinadament e-. En fin, conduce con cuidado. ¿Vas a ir en Big Red? Charles negó con la cabeza. -No me dejan meterlo en el avión. Tira se echó a reír. -Me alegro de que seas mi amigo -declaró ella con sinceridad. Charles le estrechó las manos. -A mí me pasa lo mismo. Cuídate. Te llamaré durante la semana para ver cómo estás, ¿de acuerdo? Y si me necesitas para lo que sea... -Tengo el número de tu móvil -le recordó ella-. Pero no te preocupes, estoy bien. -Entonces, hasta dentro de una semana. -Gracias por traerme a casa. Charles encogió los hombros y le dedicó una resplandeciente y blanca sonrisa. -Ha sido un placer.
Aqi estal otro capitulo
Que se guarda Tira de Jhon!
ResponderEliminarSiguelaa ;)
Mmm esto se pone cada vez mas interesante, me encantaaa espero el próximo cap..
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