Capítulo Siete
Tira apenas lo oyó. Nuevas sensaciones sacudían su cuerpo, exquisitas insinuaciones del placer que Tom podía ofrecerle. Pero poco a poco, empezó a darse cuenta de dónde estaban y de lo que estaban haciendo. Contuvo la respiración, consciente de que tenía los dedos enterrados en los espesos y oscuros rizos del pelo de Tom. Estaba completamente desnuda y él la estaba tocando... -¡Tom! —exclamó ella. -tttttt. Tom le puso la boca en la garganta y retiró la mano, hasta descansarla en el vientre de ella. Respiraba sonoramente. La turbulencia que Tira vio en sus ojos lo sorprendió, porque el acostumbrado e impecable control que Tom ejercía sobre sí mismo había desaparecido. Él vio la expresión de Tira y consiguió esbozar una sonrisa. -¿Te sorprende que podamos estar así juntos? -le preguntó Tom con voz queda. -Sí. -Y a mí. Pero no te quiero así, tan falto de control que no puedo ver más allá del alivio inmediato. Tom, con evidente desgana, se apartó de ella y lanzó una última mirada a su cuerpo desnudo antes de sentarse en la cama dándole a Tira la espalda. Tira se cubrió con la colcha y se mordió los labios, agonizando de vergüenza. ¿Cómo había ocurrido aquello? ¡Y de no ser porque Tom había parado...! Tom se puso en pie, se estiró y, por fin, se volvió de cara a ella. Tira yacía en la cama con su glorioso cabello acariciándole el rostro, mirándolo casi con miedo. -No hay razón para que me mires así, Tira -dijo él con voz suave, con una expresión tan tierna en los ojos que a Tira la confundió. Tom se agachó, tiró de la colcha hasta destapar a Tira y luego la ayudó a levantarse. -Tira, no es el fin del mundo. A continuación, agarró el sujetador sin tirantes que había sacado de un cajón y, sujetándolo con la prótesis, se lo colocó a Tira con la mano. -Tendrás que abrochártelo tú, no puedo realizar operaciones tan complicadas -dijo Tom, con absoluta falta de compasión de sí mismo. Ella le obedeció como si fuera una marioneta y él el titiritero. Después de ayudarla a ponerse el vestido por la cabeza, Tira se subió el cabello para que Tom le subiera la cremallera. Tom la condujo a la cómoda y le dio un cepillo de pelo. Ella se sentó delante del espejo, obedientemente, y se cepillo el cabello. Por último, Tira se pintó los labios de rosa y se puso un poco de maquillaje. Tom, mientras tanto, la contemplaba. Cuando Tira acabó, Tom la ayudó a ponerse en pie y la contempló de pies a cabeza. -¿Hace cuánto tiempo que nos conocemos? -preguntó él con solemnidad. -Mucho tiempo. Años -no podía mirarlo. Se sentía como si no tuviera voluntad propia, presa de una vulnerabilidad que le asustaba-. Deberíamos marcharnos. -No tengas vergüenza de lo que hemos hecho -le dijo él con voz queda. Tira parpadeó. -¡Ni siquiera te gusto! -respondió ella. Tom la atrajo hacia sí y, apoyándola contra su cuerpo, la acunó mientras le acariciaba el cabello. -Ssss -le susurró al oído. Le besó las mejillas y los ojos empañados en lágrimas. Después, le levantó la cabeza y contempló las verdes profundidades de aquellos ojos. Recordó lo suave que era su piel y empezó a tener dificultad para respirar. Se apartó de ella un paso con el fin de que Tira no notara la facilidad con que lo excitaba. Tira extendió un brazo y agarró un pañuelo de papel de encima de la cómoda. -Debo tener la nariz tan roja como los ojos -comentó con voz ligera para romper la tensión. -Tan roja como los reflejos de tu maravilloso pelo -murmuró él, acariciándoselo-. Quiero que vengas conmigo esta noche. Pero si de verdad no te apetece acompañarme, no voy a forzarte. Tira levantó el rostro, sorprendida. -Has dicho que me obligarías a ir. Tom frunció el ceño ligeramente. -No me gusta hacerte llorar. Hasta este momento, no sabía que tenía ese poder. No me gusta. -He tenido una semana muy ajetreada -dijo ella evasivamente. -Sí, yo también. Ven conmigo. Lo pasarás bien. Tira vaciló, pero sólo un minuto. -Está bien. Tom bajó un brazo y le tomó la mano. El contacto fue electrificante. Tira miró a unos ojos que la confundían. -No pienses -dijo él-. Venga, vamos. La sacó de la habitación, y Tira pensó que era la primera vez que veía a Tom comportarse de forma posesiva con ella. Le dolió mucho, porque ahora se daba cuenta de qué era lo que había echado tanto de menos en su vida. Tom era lo que necesitaba, lo único que quería en el mundo. El largo trayecto a Jacobsville no fue tan tenso como Tira había temido. Tom habló de política y empezó a hacerle preguntas sobre el próximo lanzamiento de una campaña de recaudación de fondos. Tira aún se encontraba muy vulnerable en la nueva relación que habían establecido; por este motivo, cuando Tom le preguntó si estaría dispuesta a ayudar en algunos proyectos si él aceptaba el puesto de fiscal general, Tira sospechó inmediatamente que Tom estaba utilizando la atracción que sentía por él para que accediera a ayudarlo. Tira bajó el rostro y clavó los ojos en el pequeño bolso de noche. -No sé si tendré tiempo -respondió ella. Tom la miró mientras recorrían una zona de Jacobsville con gran profusión de adornos navideños. -¿Qué otras cosas tienes que hacer últimamente? -preguntó Tom. -Puede que prepare otra exposición. Tom, pensativo, no dijo nada. El rancho de la familia Kaulitz era imponente. Se extendía kilómetros y kilómetros, con una valla blanca rodeando la casa y las sus inmediaciones adornadas con guirnaldas de colores y flores de papel. -Antes no hacían estas cosas -comentó ella mientras recorrían el camino que daba a la casa. -Han hecho muchas mejoras desde que Dorie se casó con Corrigan la Navidad pasada y vinieron a vivir a la casa que está al lado de ésta -explicó Tom. -Y si conozco un poco a Callaghan, él no habrá dejado de protestar por las mejoras. Tom rió. -A Cag no le entusiasma la decoración. -¿Sigue sin comer cerdo? -Sigue sin comer cerdo. A toda la familia le hacía gracia que el hermano mayor hubiera dejado de comer carne cuando vio la película del cerdo que hablaba, Babe. -No lo culpo -murmuró ella-. Yo he visto la película tres veces. Tom rió al tiempo que paraba el coche delante de la puerta de la casa de rancho. Salió del vehículo y notó que Tira también salía sin esperar a que él le abriera la puerta. Su espíritu independiente lo irritaba a veces, pero también le inspiraba respeto. Cuando ella empezó a subir los escalones delante de él, Tom le tomó la mano y la mantuvo en la suya mientras alcanzaban el porche, donde Corrigan y Dorie los saludaron con cálidos abrazos y grandes" sonrisas. Tira sonrió automáticamente, tan consciente de la mano de Tom que casi flotaba. -Habéis llegado justo a tiempo -dijo Corrigan-. Leopold ha echado whisky al ponche sin decírselo a Tess, y no podéis imaginaros como se ha puesto ella. Está en la cocina echándole un sermón a Leo y le ha amenazado con no volver a prepararle un pastel en la vida. -Leopold debe estar llorando lágrimas de sangre -comentó Tom burlonamente. -Está rogándole de rodillas -Corrigan sonrió traviesamente-. Se lo merece. Entraron en la casa y saludaron a Evan y a su esposa, Anna, que estaba felizmente embarazada de su primer hijo; también saludaron a los hermanos Ballenger, Calhoun y Justin, con sus esposas Abby y Shelby, que juntos se dirigían a la puerta para marcharse. Todos ellos formaban parte de familias fundadoras de la zona, muy ricos y con mucho poder en esa región. Tira los conocía de nombre, pero era la primera
vez que los veía en persona. Le extrañó que se marcharan tan pronto, la fiesta apenas había empezado. Tira buscó a Cag y a Rey con la mirada y los vio justo cuando entraban en la cocina. A través de la puerta abierta, vio fugazmente a Leopold arrodillado delante de una joven pelirroja. Tira rió. Tom, que acababa de ver lo mismo que ella, estalló en carcajadas. -Ven, no podemos perdernos eso. Mientras se abría paso hasta la cocina, Tom saludó a algunas personas. Por fin, abrió la puerta de la cocina y sus ojos se encontraron con un Leopold aún arrodillado, Cag amonestándolo verbalmente y un Rey que miraba con expresión de aprobación. Todos volvieron las cabezas al ver entrar a Tira y a Tom. Leopold, ruborizado, se puso en pie. Tess se puso seria al ver a Tom, uno de los únicos dos hermanos que conseguía intimidarla. -¡Me da igual lo que diga, me marcho de aquí! -le informó ella, a pesar de su nerviosismo-. El... Tess apuntó a Leopold antes de continuar. -Él ha echado dos botellas de vodka mi ponche especial tropical, y Evan Tremayne no se dio cuenta de que tenía alcohol hasta que se acabó el segundo vaso y se cayó al sillón -Tess se ruborizó-. ¡Me ha dicho cosas horribles! Y a él... La joven volvió a señalar a Leopold. -Le ha parecido divertido -añadió Tess. -A cualquiera le daría risa ver a Evan Tremayne cayéndose borracho encima de un sillón -observó Tira-. Todo el mundo sabe que es abstemio. -Eso no ha sido todo -continuó Tess con colérica mirada azul-. A Evan le ha gustado tanto que le ha dado un vaso a Justin Ballenger. -¡Oh, Dios mío! -gruñó Tom-. Dos de los abstemios reconocidos en el condado. -Justin se ha puesto a tocar la guitarra y a cantar una canción española. Shelby le ha quitado la guitarra justo a tiempo -explicó Tess, cubriéndose el rostro con las manos momentáneamente-. Ha sido entonces cuando Evan se ha dado cuenta de que el ponche tenía alcohol y me ha dicho que deberían colgarme de los tirantes del delantal por hacerle semejante cosa a vuestros invitados. -Yo hablaré con Evan. -No, de ninguna manera —interpuso Tira—. Acabamos de ver a los Tremaynes saliendo de la casa, acompañados de los hermanos Ballenger y de sus esposas. -¡Oh, Dios mío! -gimió Leo. -Los llamaré para pedirles disculpas -prometió Rey-. ¡Pero tú no puedes irte, Tess! -Sí, claro que me voy -Tess se quitó el delantal y se lo tiró a Leopold-. Será mejor que aprendas a preparar pasteles cuanto antes. La joven señaló a Cag y a Rey y añadió: -Puede que tus hermanos te asesinen cuando me vaya, y me alegrará mucho. Espero que te tiren al corral y que dejen que te devoren las aves de rapiña.
Tess salió de la cocina y Leopold lanzó un gruñido. En silencio, Cag se quedó contemplándola mientras desaparecía con una expresión curiosamente seria. -Leo, ¿cómo se te ha ocurrido hacer una cosa así? -preguntó Rey apesadumbrado. -Sólo ha sido una botella de vodka, no dos -protestó Leopold-. Y mi intención era gastarle una broma a Tess, pero al ver a Evan y a Justin... ¡Al menos, Calhoun no lo ha probado! Quiso disculparse con el último comentario. Calhoun, antaño playboy, era casi tan abstemio como su hermano después del matrimonio. -Da igual, porque también se ha marchado. De todos modos, no te preocupes por eso ahora porque, en estos momentos, tienes problemas más apremiantes. Será mejor que vayas a hablar con ella. -¡Y rápido! -añadió Rey, sus ojos negros echando chispas. -¡Y será mejor que hagas que se quede si noquieres que te marque como voy a marcar al ganado que nos han traído hoy! -dijo Cag. -¡Está bien, ya voy, ya voy! Leopold salió de la cocina en pos de la joven que se encargaba de la casa. -¿No es demasiado joven para hacerse cargo de toda la casa? -preguntó Tom a sus hermanos-. No debe pasar de diecinueve años. -Tiene veintidós -dijo Cag-. Su padre estaba trabajando para nosotros cuando, de repente, le dio un infarto y murió en el acto. Tess no tiene familia y sabe cocinar. Nos pareció la solución ideal, y lo sería si Leo la dejara en paz. -¿Por qué no puede dejar de atormentar a las mujeres que trabajan en la casa? -protestó Rey. -Algún día sentará la cabeza -murmuró Cag con expresión ausente, mirando a la puerta posterior de la casa que estaba en la cocina-. Y yo me encargaré de que no vuelva a molestarla. Tras esas palabras, Cag salió de la cocina en busca de Leo y Tess. -Le gusta la chica -dijo Rey cuando Cag se hubo marchado, -aunque no lo admite. Cree que es demasiado joven, y a ella la asusta Cag. En cierto modo, es una situación cómica. Supongo que Tess no sabe que tiene el poder de, con sólo mover un dedo, puede hacer lo que quiera con él. -Ella es muy joven -comentó Tira. Rey la miró. -Sí, lo es. Pero es justo lo que Cag necesita, una persona a quien cuidar. Siempre está trayendo a casa perros y gatos abandonados... igual que hace ella -Rey señaló una cría de gato en un rincón de la cocina, encima de una especie de cama para crías-. Tess lo encontró abandonado en una autopista, y Cag le compró la cama. Están hechos el uno para el otro, pero Leo lo va a estropear todo. Aunque creo que el problema es que a Leo ella le gusta también y quiere evitar que Tess se de cuenta de lo que Cag siente por ella. -En fin, esto no es problema nuestro -le aseguró Tom a su hermano-. Pero yo que tú mandaría a Leo a una escuela de cocina. No hay mujer suficientemente estúpida para casarse con él; y si aprendiera a preparar dulces, no necesitarías una criada.
Rey suspiró. -Bueno, será mejor que vayamos con los otros invitados, no todos se han ido. Venga, dejadme que os presente. Corrigan y Done se Reunieron con ellos delante del cuenco de ponche, que había sido vaciado y vuelto a preparar, esta vez sin alcohol. Dorie estaba tan embarazada como Anna Tremayne, y estaba radiante. Ni siquiera la fina cicatriz de su delicada mejilla oscurecía su belleza. -Ya casi nos habíamos dado por vencidos y, de repente... ¡zas! -dijo ella riendo y mirando a su esposo con adoración. -Estamos como locos -comentó Corrigan. La cojera debida al accidente que había sufrido hacía unos años había casi desaparecido, ya ni siquiera necesitaba bastón. -Voy a ser tío -murmuró Tom-. He visto unos trenes eléctricos maravillosos en un escaparate de una tienda de San Antonio. A los niños les encantan los trenes. -Sí, señor, tanto a los niños como a las niñas-murmuró Tira, sin mencionar que ella también se había comprado un tren. -Me encantan los trenes -dijo Tom, y miró a Corrigan-. ¿Te acuerdas del tren que nos compró papá? -Sí, claro que me acuerdo -los dos hermanos se pusieron a rememorar. -Esto ya no tiene alcohol, ¿verdad? -preguntó Tira mirando al cuenco de ponche y cambiando de tema. -No, adelante, sírvete tú misma -le dijo Corrigan sonriéndole con afecto. Tira se sirvió y también sirvió a Tom, y siguieron hablando de generalidades, evitando los temas personales. La banda de música country de la localidad tocó una canción lenta, y Tom arrastró a Tira al espacio reservado para bailar, envolviéndola en sus brazos. Tira sintió la prótesis algo incómoda y se movió imperceptiblemente. -¿Te he hecho daño? -preguntó Tom en voz baja, soltándola ligeramente-. Perdona, aún no estoy acostumbrado a esta cosa, no controlo bien la fueza ni la presión. -No te preocupes, tu no me has hecho daño. Tom la miró a los ojos. -Eres la única mujer que me ha visto sin la prótesis. En el hospital, cuando sólo era un muñón... -Has perdido parte de un brazo, pero has salvado la vida -le interrumpió ella. -Tú estabas conmigo. Me hiciste luchar, me hiciste querer vivir cuando ya no quería seguir vivo-recordó él. Tira apartó la mirada. -Sé lo mucho que Melia significaba para ti, Tom, no es necesario que me lo recuerdes. Secretos, pensó él. Guardaba muchos secretos. Quizá eso era, en parte, lo que los separaba. Había llegado el momento de acortar las distancias. -Melia tuvo un aborto.
Tira, sin darse cuenta de lo que las palabras de Tom implicaban, alzó los ojos con expresión curiosa. -¿Qué? -Que la dejé embarazada y ella puso fin al embarazo porque no quería que se le estropeara la figura. Aunque, por supuesto, no sabía si el niño era mío o de otro. Podría haber sido de cualquiera de sus amantes. Tira dejó de bailar y se lo quedó mirando con expresión atónita. -Me lo dijo la noche del accidente -continuó Tom-. Eso fue lo que me distrajo y lo que me hizo perder el control del coche en la curva. Recuerdo que, durante el segundo antes del choque, pensé que, destrozada la ilusión ya no merecía la pena seguir viviendo. -¿Ilusión? -repitió Tira. -Sí, la ilusión de que mi matrimonio era perfecto -respondió él-. La ilusión de que mi amada esposa me quería tanto como yo a ella, de que quería tener hijos conmigo y pasar el resto de la vida junto a mí. Tom rió fríamente y prosiguió. -Me casé con una mujer egoísta y calculadora a la que lo único que le preocupaba era vivir rodeada de lujo y de amantes. Le excitaba tener otros hombres en su vida y que yo no lo supiera. Se acostaba con ellos en mi cama. Tira estaba perpleja. Ella creía, todo el mundo creía, que Tom seguía llorando la muerte de Melia aún, al cabo de los años. -No sabes cómo siento lo mucho que debes haber pasado -dijo Tira con los ojos llenos de lágrimas. -Tú estabas casada con John cuando ocurrió, pero ibas a verme al hospital todos los días. Me tomabas la mano, me hablabas y me obligaste a levantarme y a intentar sobrevivir. Siempre creí que dejaste a John por mí, y eso me hacía sentirme culpable. Creí que yo era el motivo de que acabaras con tu matrimonio. Tira bajó los ojos. -No -respondió con voz tensa-. Tú no fuiste el motivo de la ruptura de mi matrimonio. -Al principio... ¿estabas enamorada de él? -Me atraía y le tenía cariño -confesó Tira con voz queda-. Y estaba decidida a que nuestro matrimonio saliera bien -Tira se estremeció y Tom la atrajo hacia sí-. Pensé que... que no era suficiente mujer. Tom respiró profundamente. Ahora sabía la verdad sobre el matrimonio de John y Tira, pero no sabía si era el momento de avivar el doloroso recuerdo. Acarició los labios de Tira con los suyos y luego le besó los párpados. -No llores, eres toda una mujer. Ven aquí, deja que te lo demuestre... -¡Tom! Tom le pegó las caderas a las suyas y se estremeció al sentir la violenta reacción de su cuerpo al tocar el de ella. Tira jadeó, pero Tom no le permitió apartarse.
-¿Te das cuenta de lo mucho que te deseo? -le susurró él al oído-. Casi no te he tocado y soy capaz de... -Tú eres un hombre. -Nunca me ha pasado con tanta rapidez como contigo -contestó él-. Te deseo tanto que casi me duele físicamente. Sí, Tira, eres toda una mujer para cualquier hombre. Siento que tu marido no... No, no lo siento. Me alegro de que tu marido no pudiera poseerte. Las palabras de Tom la dejaron atónita. Confusa y avergonzada, miró a su alrededor por si alguien los miraba, por si alguien los había oído. -Vamos, tranquila, nadie ha notado nada. Tira respiró profundamente, se sentía débil. Apoyó la cabeza en el pecho de Tom y lanzó un quedo gemido. -Hemos abierto la caja de Pandora en tu habitación, en tu cama -le susurró Tom al oído-. Nos deseamos, Tira. Ella tragó saliva. -No puedo. -¿Por qué no? Tira vaciló, pero sólo un instante. -Yo no me entrego a las aventuras amorosas, Tom. -No mientas, cariño -comentó él apenas disimulando los celos-. ¿Qué es si no lo que hay entre tú y Charles Percy?
Capítulo Ocho
Tira dejó de bailar. No sabía por qué estaba enfadada. Al parecer, cuando sólo unas horas atrás la besó y la acarició en su casa, creyó que su respuesta era la de una mujer con experiencia. Se preguntó qué pensaría él si supiera la verdad, que llevaba esperándole todos esos años, que jamás había deseado a otro hombre. -Vamos, atrévete a negarlo -dijo él con una extraña luz en sus ojos. Tira clavó la mirada en esa amplia y firme boca. -Piensa lo que quieras -contestó ella-, de todos modos vas a hacerlo... De todos modos, Tom, deja que te recuerde que no tienes derecho a mencionar mi relación con Charles. -¿Que no tengo derecho? ¿Después de lo que me has dejado hacerte? Tira enrojeció visiblemente. -Un momento de debilidad... -De debilidad nada -dijo él en voz baja-. Estabas muy necesitada. ¿Es que ya no te apetece hacer el amor? -Tom, por favor. Esta noche no, por favor -le rogó Tira. -¿Estabas pensando en él cuando estabas conmigo? -¡Por supuesto que no! -exclamó ella indignada.
Tom la miró a los ojos durante unos momentos y se relajó: -Te creo. Tom cerró los ojos y se movieron al ritmo de la música. A Tira le sorprendió que él admitiera su deseo por ella. Estaban empezando una relación completamente nueva, aunque no sabía qué pensar ni si debía fiarse de Tom. Pero lo que sentía era tan delicioso que no podía reprimirlo, y dejó que su cuerpo se moviera con el de él mientras inhalaba su aroma. Le acarició el pecho con la mano y le sintió ponerse tenso. -Será mejor que no sigas -le susurró Tom al oído. Tira dejó quieta la mano. -¿Tienes... carne de gallina? -le preguntó ella. -En algunos sitios más que en otros. Tira le acarició el pecho con la mejilla y suspiró. -Tengo sueño -murmuró ella cerrando los ojos mientras se movían perezosamente al son de la música. -¿Quieres ir a casa? -Hemos estado aquí muy poco. -No importa. Yo también he tenido una semana muy ajetreada -Tom la dejó apartarse-. Venga, vamos a despedirnos y a casa. Encontraron a Corrigan y le pidieron que se despidiera de los otros en su nombre. -Todavía están tratando de convencer a Tess para que se quede -murmuró Corrigan con sorna-. Espero que lo consigan, porque a Dorie ahora le dan asco los pasteles. -Deséales suerte de mi parte -dijo Tom-.Bueno, gracias por la fiesta. Es posible que el año que viene celebremos la Navidad en mi casa, en San Antonio. -Te lo recordaré -respondió Corrigan-. ¿Y vosotros, habéis dejado ya de pelearos? -De momento -contestó Tira. -Definitivamente -le corrigió Tom. -Bueno, eso ya lo veremos -replicó Tira. Salieron de la casa y volvieron a San Antonio. Pero en vez de llevarla a su casa, Tom la llevó a la suya. Tira se preguntó por qué no se opuso, cosa que podía haber hecho. Pero sentía curiosidad respecto al motivo por el que Tom la había llevado allí. -¿Ninguna objeción, ninguna pregunta? -le preguntó él cuando el ascensor les dejó en el ático. -Supongo que me lo aclararás todo en su momento -contestó ella, pero con ligera aprensión en la mirada. -No te preocupes, no voy a seducirte a menos que quieras que lo haga. Tira se ruborizó y le siguió al interior del piso. Era la primera vez que estaba en casa de Tom, algo que siempre había esperado en vano, hasta ese momento. La vida privada de Tom era tan privada que incluso sus
hermanos sabían poco de ella. El piso era enorme; marrones, cremas y naranjas eran los colores predominantes. Tenía grandes pinturas al óleo, la mayoría paisajes, y el mobiliario era de un estilo parecido al mediterráneo. Tira acarició el respaldo de madera de palo de rosa del sofá tapizado en terciopelo verde del cuarto de estar. -Es precioso -comentó ella. -Me alegra que te guste. Se hizo una pausa durante la cual Tira se sintió cada vez más nerviosa. Miró a Tom y le sorprendió contemplándola. -Me estás poniendo nerviosa -Tira rió incómoda. -¿Por qué? Ella se encogió de hombros. -No lo sé exactamente. Tom se acercó a ella con decisión. Le retiró la capa de los hombros y le quitó el bolso de las manos, tirando ambas cosas encima del sofá. Y tiró su chaqueta antes de levantarle las manos a Tira y llevárselas a la corbata. Ella vaciló antes de desabrocharle la corbata y tirarla al sofá. Tom le guió las manos a los botones de la camisa. El silencio se hizo cada vez más tenso mientras Tom la dejaba desabrocharle la camisa. Pero cuando Tira fue a quitársela, él sacudió la cabeza. -No me da aprensión ver la prótesis -dijo ella con voz ronca. Tom la atrajo hacia sí y le cubrió la boca con la suya. Los labios de Tom se mostraron lentos y tiernos. La besó rozando la adoración, acariciándole la nariz con la suya, haciéndola desear más. Tira enterró los dedos en los espesos cabellos de Tom y se puso de puntillas para besarlo con más dureza, más profundamente. Sintió la mano de Tom bajarle la cremallera del vestido y no protestó cuando la prenda que la cubría cayó al suelo. Y tampoco protestó cuando le quitó el sujetador, que también cayó al suelo dejando al descubierto sus bonitos y turgentes senos. Tira se descalzó y Tom, tomándola de la mano, la guió a su dormitorio. La cama era enorme, cubierta con una colcha crema y marrón. Tira lo miró con deseo y, al mismo tiempo, temor. Quería confesarle su inexperiencia con los hombres, pero no sabía cómo. Él la llevó a la cama y, después de dejarla allí, se llevó la mano al cinturón. Dejó que los pantalones cayeran al suelo y, cubierto sólo con unos calzoncillos de seda negros, se sentó en la cama para quitarse los zapatos y los calcetines. -La camisa -le susurró Tira. Tom se tumbó a su lado. -Me parece que no voy a poder hacer esto sin la prótesis -confesó él con voz queda-. Pero preferiría que no la vieras. ¿Te importa? Tira sacudió la cabeza. Así, tan cerca, Tom estaba irresistible. Le encantó cómo la miraba, le encantó lo que la hizo sentir al acariciarle el rostro y al susurrarle
junto a los pechos. Tira se arqueó hacia él. -¿Vas a dejarme poseerte? Tira se mordió los labios. -Tom, no estoy segura... -Sí que lo estás -le interrumpió él-. Me deseas tanto como yo a ti. -Sí, eso es verdad -confesó Tira, pero no pudo revelarle su secreto. Tom le tocó el pezón y la sintió temblar. -Eres una criatura muy hermosa. Espero no defraudarte. Mientras Tira pensaba en cómo confesarle que era virgen, Tom bajó la cabeza y le atrapó un pecho con la boca. Tira contuvo la respiración y le clavó las uñas en la cabeza. Tom alzó la cabeza y vio preocupación en los ojos de ella. -Vamos, tranquilízate, no voy a hacerte daño -dijo Tom para tranquilizarse, mientras se preguntaba qué clase de amante era Charles Percy para tenerla tan asustada. Volvió a bajar la cabeza y, esta vez, Tira no protestó. No podía. Todo era maravilloso. Gimió y se movió de placer mientras Tom seguía chupándole los pechos, y acariciándole el vientre y la entrepierna. Cuando Tom le bajó las bragas y se bajó sus calzoncillos, Tira casi ni se dio cuenta. Las hábiles caricias de él la tenían sobrecogida. Al cabo de unos ardorosos minutos, Tom se colocó encima de ella y le capturó la boca con la suya al tiempo que la penetraba. De una sensación de euforia Tira pasó a sentir puro dolor. Le clavó las uñas en los hombros mientras gemía su nombre.- Pero Tom había perdido el control, y empujó y gritó al sentirla envolverlo. -¡Ohhhh! -gimió ella. Tom se quedó quieto un instante, tembló y luego la miró. -¿Te estoy haciendo daño? -le susurró sobrecogido-. ¡Dios mío, no, cariño...! ¡No, por favor, no te muevas así! Tira movió las caderas para aliviar el dolor; desgraciadamente, al moverse le hizo perder el poco control que le quedaba y Tom alcanzó el climax. Se quedó desolado. -¡Oh, Dios mío, Tira, lo siento! -exclamó él con los ojos cerrados y el cuerpo tenso dentro de ella. Tira lo sintió relajarse encima de su cuerpo, el peso de Tom casi no la dejaba respirar. Lloró en silencio. El sexo no tenía nada de extraordinario, era sólo una dolorosa experiencia cuya única finalidad era darle placer a un hombre. En esos momentos lo odió y se odió a sí misma por haber cedido. -Por favor, déjame. Suéltame -jadeó ella. Tom respiró profundamente. -No, ni lo sueñes -respondió él con voz ronca al cabo de unos segundos de vacilación. Miró a Tira a los ojos con una expresión que ella no consiguió interpretar.
-Charles Percy no es tu amante -declaró él. -Yo nunca he dicho que lo fuese -respondió Tira. Tom levantó ligeramente el cuerpo apoyándose en la prótesis y se la quedó contemplando. Le tocó el delicado vientre y bajó la mano hasta los muslos. Había una mancha de sangre que llamó su atención. -Tom, duele -susurró ella avergonzada. Tom subió los ojos y los clavó en los de ella. -Lo sé. Pero siguió moviendo la mano por los muslos de Tira y la llevó hasta donde sus cuerpos seguían unidos. Tira fue a protestar. -Ssssss -le susurró él e, ignorando sus protestas, comenzó a tocarla íntimamente. Tira abrió los ojos de sorpresa al sentir un inesperado placer. Abrió la boca y gimió. Volvió a clavarle las uñas en los hombros. ¡Era eso! ¡Era eso! Tira cerró los ojos mientras temblaba de placer. -Así, muy bien -susurró Tom mientras Tira seguía estremeciéndose-. Esta vez no va a dolerte. Vamos, cielo, abre la boca. Quiero que me conozcas completamente, quiero que sepas todo lo que hay que saber sobre mí. Tom movió las caderas y la sintió frotarse contra él mientras sus caricias provocaban en ella una dulce tensión. -Voy a enseñarte a sentir placer. Tira le rodeó los muslos con las piernas para ayudarlo, para hacerle hundirse más y más en ella, y jadeó cuando sintió su excitación dentro. Seguía doliéndole un poco, pero ya no le importaba porque el placer anulaba todo lo demás. ¡Lo deseaba! Se oyó a sí misma gemir, gritar y rogarle. Había perdido el amor propio y la vergüenza. Tom le estaba proporcionando un placer con el que ni siquiera había soñado. Le pertenecía, era parte de él. Los movimientos se hicieron más rápidos, mas violentos. Tom le susurró algo junto a la boca, pero ella ya no podía oírle. Tira perseguía una meta desconocida, rogándole, suplicándole. Tom cambió el ritmo de sus movimientos, haciéndolos más violentos y rápidos aún; y el éxtasis arrastró a Tira como una ola de blanca y ardiente sensación. Gritó y gritó mientras su cuerpo se sacudía convulsivamente, presa de un placer indescriptible. Esta vez, Tira no sintió el peso de él cuando Tom se dejó caer encima de ella agotado. Le mantuvo abrazado, temblando. Un buen rato después, Tom alzó la cabeza y la miró a los ojos. Sonrió al ver sorpresa en ellos. -Sí, ha estado bien, ¿verdad? Tira se sonrojó y ocultó el rostro en el pecho de él. tom sonrió. -Creía que no iba a terminar nunca. Jamás me he sentido tan saciado en mi vida.
Tira alzó la cabeza y la ternura que vio en los ojos de Tom le sobrecogió. Alzó una mano y le acarició el rostro bañado en sudor, pero no consiguió hablar. -Debías ser la única virgen de veintiocho años en Texas -murmuró Tom en broma-. ¿Has estado esperándome todos estos años? Tira no quiso admitir que así era. Suspiró. -Nunca me había apetecido estar con un hombre lo suficiente para acostarme con él -confesó ella, evitando una respuesta directa-. Supongo que tú habrás perdido cuenta de las mujeres con las que te has acostado estos últimos años. Tom le acarició los labios con las yemas de los dedos. -No me había acostado con nadie desde la muerte de Melia. He salido con Jill, pero nunca me he acostado con ella. -¿Qué? -No muchas mujeres querrían acostarse con un manco. Quizá eso me haya acomplejado un poco, pero... No sé, siempre me he sentido bien contigo. Sabía que, aunque me mostrara torpe, tú nunca te reirías de mí. -Eso jamás -dijo ella con absoluta sinceridad. -Bueno, ahora ya lo sabes -dijo Tom. -Sí, ahora ya lo sé. -Siento haberte hecho daño -le acarició una ceja-. Hacía tanto tiempo que no he podido evitar perder el control. Me ha sido imposible hacer nada. -Lo comprendo. -Y siento mucho todas los estúpidos comentarios que te he hecho. Tira se sintió incómoda. ¿Se estaba disculpando Tom de haberle hecho el amor? -Quiero pedirte perdón -le susurró él junto a la boca-. No puedes imaginarte lo que he sentido al saber que he sido el primero en tu vida. Preocupada, Tira frunció el ceño. -¿Qué te pasa? -le preguntó Tom al ver su expresión. -No has utilizado anticonceptivos -contestó ella. -No. Creía que estabas tomando la pildora porque creía que te estabas acostando con Charles. -Pues no es así -respondió ella enrojeciendo. Tom le puso la mano en el vientre con gesto posesivo y protector. -Si te he dejado embarazada-No tuvo que acabar la frase, Tira siempre parecía saber lo que estaba pensando. Alzó una mano y le puso los dedos en los labios. -Tom, me conoces de sobra -susurró ella, anticipando la pregunta que él tenía miedo de hacer. Tom suspiró y, con cuidado, salió de ella y se tumbó a su lado. -Ha sido equivocación mía -dijo él cuando vio preocupación en los ojos de Tira-. Quizá haya sido el mayor error que he cometido en mucho tiempo. Pero vamos a arreglarlo. Si tienes aquí dentro a mi hijo, no voy a permitir que lo críes tú sola. Nos casaremos tan pronto como consiga la licencia.
La declaración dejó a Tira asombrada. Sin saber qué contestar, respiró profundamente. Tom la miró fijamente a los ojos. -¿No quieres a mi hijo? La forma como lo dijo la hizo sentir un delicioso cosquilleo en el cuerpo. Tom había hecho la pregunta con la mayor ternura del mundo, y las lágrimas afloraron a los ojos de Tira. -Oh, sí, claro que sí -susurró ella. Mirándola con solemnidad, Tom le acarició los suaves y bonitos senos, con suma delicadeza. -En ese caso, no utilizaremos anticonceptivos -murmuró Tom. Tira abrió los labios confusa. -¿Por qué te has entregado a mí? -le preguntó él acariciándole los labios. Preocupada, Tira se lo quedó mirando. -Creía que lo sabías. -Espero saberlo -ahora, él estaba preocupado-. La verdad es que no tenía intención de seducirte, por si creías lo contrario. Sólo quería besarte y quizá acariciarte un poco, nada más. Pero tú te has comportado como un corderito, sin protestar hasta que te he hecho daño... ¡Nunca pensé que pudiera dolerte tanto! Empezaste a gritar y a moverte, y perdí el control por completo. Pero no podía parar... Tom estaba atormentado. -No te preocupes, es normal que duela la primera vez -dijo ella rápidamente-. Tom, a unas mujeres les duele más que a otras, pero no pasa nada. Supongo que yo he sido una de ésas a las que les duele más. No te preocupes, ya está. La mirada de Tom era turbulenta. -Jamás te haría daño intencionadamente, Tira-susurró él con voz ronca-. Quería que sintieras lo que estaba sintiendo yo, como si el sol hubiera estallado dentro de ti. Le acarició los cabellos y continuó. -Jamás había sentido lo mismo. Nunca creí poder sentir lo que he sentido contigo -Tom bajó la cabeza y le besó los labios-. Dios mío, quería mimarte y ser tierno, pero... Llevaba demasiados años sin acostarme con nadie y, desgraciadamente, me He portado como un animal. ¡Creía que tenías experiencia...! Tira le besó los párpados. Se acariciaron con las mejillas y la nariz. Tira le consoló a besos. -Me has hecho quererlo -le susurró ella al oído-. Me has hecho desearte. La segunda vez no me ha dolido. Tom la abrazó y tembló. -No quiero volver a hacerte daño en la vida, te lo juro. Tira le rodeó con las piernas y sonrió con expresión de ensoñación. Podía ser que Tom no estuviera enamorado de ella, pero estaba segura de que sentía por ella algo más que puro deseo sexual. -¿Tom? -¿Mmmm?
-Voy a casarme contigo. Tom le besó la garganta. -Naturalmente que vas a casarte conmigo. Tira cerró los ojos y le tocó la correa de cuero que le sujetaba la prótesis. -¿Por qué no te la quitas? Tom levantó la cabeza y frunció el ceño. -Tira... Ella se sentó en la cama, orgullosamente desnuda, y le hizo sentarse a su lado para quitarle la camisa. Le vio tensar la mandíbula mientras ella le desataba los tirantes de cuero antes de quitarle la prótesis. Después, le acarició lo que le quedaba de brazo. -¿En serio no te da aprensión? -le preguntó Tom después de que Tira se tumbara y le hiciera tumbarse a su lado. Ella se apretó contra él. -Tom, ¿te daría aprensión si me faltara parte de un brazo a mí? Tom se quedó pensativo unos momentos. -No -contestó él por fin. -Supongo que eso responde a tu pregunta-Tira sonrió-. Ahora, vamos a dormir, tengo sueño. Él rió en voz baja. -Y yo. Tom extendió el brazo y apagó la luz de la lámpara de la mesilla de noche; después, tiró de las ropas de cama para taparse y taparla a ella. Tira se puso rígida y él la atrajo hacia sí. -¿Qué es lo que te pasa? -preguntó Tom inmediatamente. -Tom, ¿tienes a alguien que venga a limpiar? -Claro. Los martes y los jueves. Pero no te preocupes, es sábado por la noche y estamos prometidos. -Está bien, de acuerdo. Tom la abrazó. -El lunes por la mañana a primera hora iremos a solicitar la licencia y nos casaremos el jueves. ¿Quiénes quieres que sean los testigos y los padrinos? -Supongo que tendrán que serlo tus hermanos-gruñó ella. Tom sonrió maliciosamente. -Da gracias a Dios de no haberme rechazado. ¿Recuerdas lo que le pasó a Dorie? Tira lo recordaba perfectamente y cerró los ojos. -Menos mal. Tom, ¿estás seguro de que quieres que nos casemos? -Sí, completamente seguro. Y tú también. Y ahora duérmete.
HOLA AQUI ESTA EL CAPS ESPERO Y LO LEAN.. HASTA PRONTO 😊
Había renunciado a las mujeres. Pero, como todos los hombres, tenía una debilidad, y la suya era Tira Beck. Siempre la había considerado una superficial y veleidosa mujer de la alta sociedad, hasta enterarse de que Tira, secretamente, había estado reservando su amor para él. En contra de su propia voluntad, TOM se vio hechizado por ella. No obstante, sabía que aquella maravillosa mujer no iba a rendirse a sus pies... a menos que fuera para toda la vida.
jueves, 23 de febrero de 2017
sábado, 11 de febrero de 2017
Capítulo Seis
Después de consumir mucho más whisky del que debía la noche anterior, Tom se despertó con el vivo recuerdo de Tira en sus brazos y lanzó un gruñido. Lo había estropeado todo una vez más. Esta vez, no sabía cómo iba a arreglarlo. Jill se pasó por su casa y se invitó a almorzar con él, y trató de sonsacarle el motivo de su mal humor. Tom le comentó someramente que había ido a la ópera y que había tenido una discusión con Tira, pero no se extendió en detalles. Jill le preguntó si había esperado encontrar a Tira en el teatro, pero Tom le contestó con una evasiva y alegó que tenía mucho trabajo. Jill se puso enferma al temer que Tira se estuviera adentrando en su territorio cuando, según ella, todo iba tan bien. Llamó a Tira por teléfono y la señora Lester le dijo que había ido de compras. El resto fue fácil... Tira, aún enfadada consigo misma por la debilidad de su carne, entró en un pequeño café en el centro de la ciudad a almorzar. El destino estaba en contra suya, pensó cuando, mientras tomaba un sandwich y un café, vio a Jill Sinclair entrar en el establecimiento. -Vaya, ¿cómo estás? —preguntó Jill con una sonrisa inocente-. ¿Sólo sandwiches en un café? ¡Pobrecilla! Yo he quedado con Tom para almorzar en Chez Paul. -En ese caso, ¿por qué estás aquí? -le preguntó Tira, poco dispuesta a mostrarse amistosa con su peor enemiga. Jill arqueó sus perfectas cejas. -Porque, al ir a entrar a la tienda de al lado a comprar una pulsera de diamantes, te he visto aquí y quería tener unas palabras contigo -mintió Jill-. Verás, a Tom le disgustó mucho encontrarte anoche en la ópera. En adelante, ahórrate arreglar estos encuentros «accidentales», persiguiéndolo no vas a conseguir nada. ¡Hoy está de un humor de perros! -¡Me alegro! -contestó Tira apenas controlando la cólera-. ¿Te apetece tomar un café conmigo, Jill?
Con la taza de café en la mano, Tira echó el brazo hacia atrás y añadió: -¡Toma, te presento a la señorita Taza de Café! Al momento, la taza se estrelló contra el suelo, a pocos centímetros de donde estaba Jill, manchándola de cafe. -¡Dios mío, qué torpeza la mía! -exclamó Tira con voz dulce. Jill, que no había esperado esa reacción de Tira, tragó saliva. -Bueno, tengo que irme ya. -¡Oh, mira! -dijo Tira levantando la cafetera de plástico que la camarera había dejado encima de la mesa-. ¡La señorita Cafetera va a seguir a la señorita Taza de Café! Jill echó a correr. De no encontrarse tan deprimida, Tira se habría echado a reír. Tira le pidió disculpas a la camarera y le dejó una enorme propina. Luego, salió del café y se fue a su casa. Allí, empezó a trabajar en una nueva escultura para la galería. No tenía que hacerlo, pero el trabajo le daba algo que hacer para así no pasarse todo el tiempo recordando los besos de Tom. Al día siguiente le pidieron asistir a un comité que iba a supervisar las festividades navideñas en un refugio infantil de la zona. Tom era el presidente del comité y, por ese motivo, Tira declinó la invitación. Pero él la llamó más tarde para preguntarle por qué se había negado a ir. Tira estaba furiosa. -¿Es que no lo sabes? ¿Crees que me gusta que le pidas a Jill que me eche en cara que he ido a la ópera persiguiéndote? Se hizo una prolongada pausa. -Le pedí a Sherry que te diera esa entrada, ya que ella no puede ir -confesó Tom-. Si alguien estaba cazando a alguien, era yo. A Tira casi se le paró el corazón. -¿Qué? -Ya me has oído -Tom hizo otra pausa-. Ven a trabajar conmigo en el comité, lo pasarás bien. Sí, Tira sabía que lo pasaría bien, pero le daba miedo estar cerca de Tom. -No lo sé -respondió ella finalmente-. Últimamente estás muy raro. -Sí, lo sé. ¿No podemos empezar otra vez? Tira vaciló. -¿Como qué? -preguntó directamente. -Como compañeros de trabajo. Como amigos. Como lo que tú quieras. Eso era una especie de capitulación. Quizá se hubiera cansado de hacerla que pagase por la muerte de John. Se debiera al motivo que se debiese, su vida estaba vacía sin él. La amistad era mejor que nada. -¿Está jill en el comité? -¡No! -En ese caso, de acuerdo. Lo haré. -¡Estupendo. Me pasaré a recogerte para ir a la reunión de mañana por la noche. -No. Iré en mi coche yo sola, muchas gracias. ¿Dónde es?
Tom le dio la dirección y se despidieron hasta el día siguiente. Tira fue a la reunión y se encontró con varios amigos que estaban en el mismo comité. Trabajaron durante tres horas discutiendo la preparación ; de una fiesta de Nochebuena para los niños, en la que un anciano de la localidad iba a hacer de Papá Noel. Tira iba a ayudar a servir la comida y la bebida, e iba a preparar dos tartas; había accedido porque no tenía otros planes para la Nochebuena. Otra mujer, una viuda, también se ofreció voluntaria para ayudar; y dos hombres, uno de ellos Tom. Después de la reunión, Tom la acompañó hasta el coche. -Mis hermanos celebran una fiesta de Navidad el sábado por la noche en Jacobsville, me han dicho que les gustaría que fueses. -No... Tom le selló los labios con un dedo. El gesto íntimo la hizo temblar. -Charles podrá sobrevivir sin ti un sábado por la noche, ¿no? -preguntó él secamente. -Últimamente no veo a Charles. -Su hermano, Gene, está en el hospital -dijo Tira, sin acordarse si lo había mencionado o no-. Nessa no está muy bien y Charles no quiere dejarla sola. -¿Nessa? -La mujer de Gene. Quería contarle lo de Nessa y Charles, pero no podía revelar el secreto de otro; además, dejar que creyera que ella y Charles eran amantes era la única protección que tenía. No podía bajar la guardia. Seguía sin fiarse de él. El cambio de actitud de Tom respecto a ella le sorprendía, y no sabía a qué se debía. -Entiendo. -No, no lo entiendes, pero da igual. Bueno, quiero ir a casa, tengo frío. Tom la miró fijamente al rostro. -Podría ofrecerte una alternativa -dijo con voz suave y aterciopelada. Tira lo miró con frío desdén. -No soy propensa a las aventuras amorosas pasajeras, Tom -declaró Tira directamente-. Te lo digo por si se te había pasado por la cabeza. Pareció como si a Tom le hubieran abofeteado. -¿No? En ese caso, si tu aventura con Charles Percy no es pasajera, ¿por qué no se ha casado contigo? -No quiero volver a casarme -respondió Tira con voz ronca, apartando la mirada-. Nunca. Tom vaciló. Sabía el motivo de que Tira no quisiera volverse a casar nunca, había sido traicionada. El suegro de Tira se lo había contado todo pero Tom no estaba seguro de que decírselo fuera lo acertado en esos momentos. Tira lo miró. -¿Sabe Jill que aún estás llorando la muerte de tu esposa? -preguntó Tira con la intención de defenderse atacando-. ¿O se trata de un asuntillo de poca importancia? Tom arqueó una ceja. -Tu caso no puede compararse al mío.
-¿No? En fin, me voy a casa. -Ven a Jacobsville conmigo. -¿Para que se me ofrezca la cocina o la muerte? -bromeó ella-. No, sé lo obsesionados que estáis tú y tus hermanos con la repostería. Me niego a que me encierren en una cocina. -Te garantizo que no se acercarán a ti -le prometió él-. Corrigan ha contratado una cocinera que sabe cocinar de todo. -No durará ni dos semanas, Leopold conseguirá que se vaya antes de eso -le aseguró Tira. A Tom le gustaba que Tira conociese tan bien a sus hermanos, que se interesara por la cosas de su familia. Ella y Corrigan eran amigos desde hacía años, incluso habían salido juntos algunas veces, pero nunca había habido química entre ellos. En realidad, Charles Percy siempre se había interpuesto entre Tira y los demás hombres. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello antes? -Llevas saliendo con Charles desde que dejaste a John -recordó Tom en tono ausente. -Charles es un buen amigo -dijo ella. -Ya, menudo amigo -dijo Tom en tono insultante-. ¿Es así como se lo llama ahora? -Tú deberías saberlo. ¿Cómo lo llama Jill? Tom, enfadado, empequeñeció los ojos. -Al menos ella es honesta y me dice lo que quiere de mí. Y no es mi dinero. Tira se encogió de hombros. -Cada uno tiene lo que se merece. Tom se quedó unos momentos mirándola a los ojos. -La otra noche, respondiste a mis besos. De repente, las mejillas de Tira enrojecieron y apartó la mirada. -Tengo que marcharme. Tom la siguió. No la tocó, pero Tira sintió en la espalda el calor que emanaba de él. -¡Deja de correr! Tira cerró los ojos un instante antes de agarrar la manija del coche. -Hace años, creíamos que éramos amigos -dijo Tira con voz ronca-, pero no lo éramos. Tú sólo me tolerabas. Me sorprende haber estado tan ciega para no darme cuenta de que tú, simplemente, me aguantabas. -Tira... Ella se volvió y alzó una mano. -No te estoy acusando. Lo único que quiero es que sepas que no sufro porque tú vayas por ahí del brazo de Jill. De repente, Tom se dio cuenta de lo mucho que Tira había adelgazado en los últimos meses. Tenía un aspecto sumamente frágil, parecía a punto de romperse. -¿Qué es lo que quieres decir?
-Que no necesito tu compasión, Tom -declaró Tira con orgullo-. No quiero intimidad contigo, a pesar de lo que diga Jill o de lo que tú puedas creer. Estoy rehaciendo mi vida, he empezado de nuevo. No quiero volver al punto de partida. A Tom esas palabras se le clavaron como cuchillos. Tira hablaba en serio. -Entiendo. -No, no lo entiendes -replicó ella-. Tú eres una especie de droga. Estaba adicta a ti, pero me he curado; de todos modos, eres muy peligroso para mí incluso en pequeñas dosis. A Tom le dio un vuelco el corazón. Le captó la mirada y se la mantuvo. -¿Qué has dicho? -Sabes perfectamente lo que he dicho. No quiero volver a estar obsesionada contigo. Tú tienes a Jill y yo tengo a Charles, sigamos con nuestras vidas cada uno por separado. Y por si tienes dudas, lo de la pistola y el ratón era verdad, no una excusa. No me suicidaría por ti. -Por favor, eso ya lo sabía. -Entonces, ¿por qué...? -¿Sí? Tira se volvió. -¿Por qué continúas preparando encuentros «accidentales»? No tiene sentido. Tom suspiró. -No puedes olvidar, ¿verdad? -preguntó él despacio. -Lo estoy intentando -le aseguró ella-. Pero cada vez que estamos juntos, la gente murmura. Fue muy difícil para mí aguantar las consecuencias de lo que publicaron los periódicos. No me apetece dar pie a más cotillees. -Antes eso no te importaba. -Porque no me habían descuartizado públicamente -respondió ella-. Me han puesto como si fuera una pobrecilla llorando por un hombre que no le corresponde. ¡Me han herido el amor propio! Tom la miró entrecerrando los ojos. -¿Cómo sabes que no te correspondo, Tira? Tira se lo quedó mirando sin contestar. -Pasaré a recogerte el sábado a las seis de la tarde para ir ajacobsville -anunció Tom-. Vístete de forma elegante, es una ocasión formal. -No voy a ir. -Sí, sí vas a ir -respondió Tom con estremecedora certidumbre. Tom se dio media vuelta y se dirigió a su coche mientras Tira lo miraba furiosa. Apenas faltaba una semana para Navidad. Tira contaba con la preparación de la fiesta de los niños para animarse, para ayudarse a entrar en el espíritu navideño. Tenía un árbol de Navidad artificial en su casa; le habría gustado uno auténtico, pero era extremadamente alérgica a las plantas coniferas. El árbol estaba encima de una alfombra roja y rodeando la alfombra había montado un tren eléctrico, el que vio en el escaparate el día que se encontró con Tom en la tienda de juguetes. Ahora, después de comprarlo, disfrutaba viéndolo dar vueltas. Se retiró unos pasos y contempló la decoración del árbol de Navidad y el tren a su alrededor. Tira llevaba puesto un caftán dorado y blanco que hacía juego con la decoración navideña. Era sábado, pero no iba a ir a la fiesta de la familia Kaulitz. Y cuando Tom llamó al timbre, Tira había decidido no dejarle entrar en la casa. -Muy bonito -dijo una voz a sus espaldas. Tira se volvió y encontró a Tom, vestido de gala, mirándola desde la puerta. -¿Cómo... cómo has entrado? -tartamudeó ella. -La señora Lester ha tenido la amabilidad de dejar la puerta de atrás sin el cerrojo. Le dije que íbamos a salir juntos, pero que quizá se te habría olvidado. La señora Lester es un encanto, una mujer muy romántica. -¡Voy a despedirla el lunes en el momento en que ponga un pie en la casa! -exclamó Tira enfadada. -No, no vas a despedirla. Esa mujer es un tesoro. Tira se echó el pelo hacia atrás. -No voy a ir a Jacobsville. -Sí vas a ir. Y te vistes... o te visto. -Ja! -Tira cruzó los brazos, desafiándolo. La idea pareció divertir a Tom. La agarró del brazo y tiró de ella hasta su dormitorio, la hizo entrar y cerró la puerta. Tom ya había estado allí hacía un rato, porque había un vestido blanco de noche encima de la cama; al lado del vestido había unas piezas diminutas de ropa interior. -¡Has... has invadido mi privacidad! –exclamó Tira furiosa. -Sí, lo he hecho, y ha sido muy instructivo. No te vistes como una sirena, la mayoría de la ropa que tienes son camisas, camisetas y vaqueros -Tom se la quedó mirando-. Me gusta ese caftán que llevas, pero no es apropiado para la fiesta de esta noche. -No voy a ponerme ese vestido. Tom rió quedamente. -Sí, antes o después vas a ponértelo. Tira dio unos pasos hacia la puerta; de repente, se encontró pegada a él, clavada al suelo. -No voy a hacerte daño -le prometió Tom-, pero vas a ir a la fiesta. -¿Yo... qué estás haciendo? Tira se había olvidado de la cremallera delantera del caftán. Tom la bajó y la prenda cayó al suelo, dejándola completamente desnuda, a excepción de unas diminutas bragas blancas. Tira se quedó perpleja. Tom le contempló el cuerpo, desde la cremosa suavidad de sus pechos, bajando por la suave curva de la cintura y las redondas caderas hasta las largas y elegantes piernas. -¡No... no me mires! -jadeó ella. Tom la miró a los ojos. -¿No quieres que lo haga? -preguntó Tom con voz queda. La pregunta sorprendió a Tira. Se limitó a mirarlo, viéndola contemplarla de nuevo de pies a cabeza con absoluto placer. Tira tembló bajo esa mirada.
-No te preocupes, te prometo que no voy a tocarte -dijo Tom con voz tierna, sorprendido por la forma como Tira estaba reaccionando. Tira respiró profundamente, muy quieta, mientras Tom levantaba la mano para acariciarle la mejilla. Era una criatura sorprendente, pensó Tom confuso. Tira estaba avergonzada de estar ahí desnuda delante de él. Se sonrojaba como una niña pequeña. Él sabía que no podía ser totalmente inocente, pero no reaccionaba como una mujer con experiencia. El silencio en la habitación era como el silencio en el ojo del huracán. Los labios de Tom se mantuvieron muy cerca de los de ella como si no estuviera seguro del siguiente movimiento. Tira tembló mientras contemplaba la amplia curva de la boca de Tom. Tom se movió ligeramente, hasta que el cuerpo de Tira estuvo completamente pegado al suyo, y la dejó sentir su excitación. Al momento, la vio enrojecer intensamente. -Tira, dime qué es lo que quieres. -No... no lo sé -susurró ella con voz quebrada-. No lo sé. Tom sintió moverse las caderas de ella, la sintió arquearse contra él. -¿No lo sabes? -murmuró Tom-. Tu cuerpo sí lo sabe. ¿Quieres que te demuestre lo que tu cuerpo me está pidiendo que haga? Tira no consiguió contestar, no le salían las palabras, pero a Tom no le hicieron falta. Con una débil sonrisa, empezó a acariciarle los pechos. Tira tembló y contuvo la respiración, su mirada llena de deseo y, simultáneamente, temor. -No voy a hacerte daño -le susurró él acariciándole un pezón. Tira se aferró a sus hombros y apoyó la cabeza en él, y gimió. -¿Qué te pasa? -preguntó él con ternura sin dejar de masajearle los pechos. La expresión del rostro de Tira lo inmovilizó. La vio temblar con un placer sobrecogedor. Si Tira estaba excitada, él también lo estaba. Se habían entregado a un juego amoroso relativamente inocente, pero Tira estaba reaccionando como si él estuviera moviéndose dentro de ella. -Ven aquí -dijo Tom con urgencia, tirando de ella hacia la cama. La tumbó y se tumbó a su lado. Se estremeció incluso antes de besarla y comenzó a acariciarla íntimamente. -Tom -gimió ella, pero se pegaba a él, se frotaba contra él. Tom le lamió los pezones y la oyó gritar de placer. Quería hacerle cosas que jamás había querido hacerle a otra mujer. Por fin, la mano de Tom se deslizó por debajo del elástico de la braga, descendiendo lentamente. Ella abrió las piernas y gimió cuando Tom empezó a tocarla; gimió, lloró y se aferró a él. Estaba lista para recibirlo y él apenas había empezado.
A pesar del placer, Tom sabía que aquello estaba mal. Llevaba mucho tiempo sin estar con una mujer. Iba a estallar en un momento y Tira no disfrutaría. Pero tampoco podía parar. -Tira, cielo, ahora no. Así no. ¡Por el amor de Dios, ayúdame!
Después de consumir mucho más whisky del que debía la noche anterior, Tom se despertó con el vivo recuerdo de Tira en sus brazos y lanzó un gruñido. Lo había estropeado todo una vez más. Esta vez, no sabía cómo iba a arreglarlo. Jill se pasó por su casa y se invitó a almorzar con él, y trató de sonsacarle el motivo de su mal humor. Tom le comentó someramente que había ido a la ópera y que había tenido una discusión con Tira, pero no se extendió en detalles. Jill le preguntó si había esperado encontrar a Tira en el teatro, pero Tom le contestó con una evasiva y alegó que tenía mucho trabajo. Jill se puso enferma al temer que Tira se estuviera adentrando en su territorio cuando, según ella, todo iba tan bien. Llamó a Tira por teléfono y la señora Lester le dijo que había ido de compras. El resto fue fácil... Tira, aún enfadada consigo misma por la debilidad de su carne, entró en un pequeño café en el centro de la ciudad a almorzar. El destino estaba en contra suya, pensó cuando, mientras tomaba un sandwich y un café, vio a Jill Sinclair entrar en el establecimiento. -Vaya, ¿cómo estás? —preguntó Jill con una sonrisa inocente-. ¿Sólo sandwiches en un café? ¡Pobrecilla! Yo he quedado con Tom para almorzar en Chez Paul. -En ese caso, ¿por qué estás aquí? -le preguntó Tira, poco dispuesta a mostrarse amistosa con su peor enemiga. Jill arqueó sus perfectas cejas. -Porque, al ir a entrar a la tienda de al lado a comprar una pulsera de diamantes, te he visto aquí y quería tener unas palabras contigo -mintió Jill-. Verás, a Tom le disgustó mucho encontrarte anoche en la ópera. En adelante, ahórrate arreglar estos encuentros «accidentales», persiguiéndolo no vas a conseguir nada. ¡Hoy está de un humor de perros! -¡Me alegro! -contestó Tira apenas controlando la cólera-. ¿Te apetece tomar un café conmigo, Jill?
Con la taza de café en la mano, Tira echó el brazo hacia atrás y añadió: -¡Toma, te presento a la señorita Taza de Café! Al momento, la taza se estrelló contra el suelo, a pocos centímetros de donde estaba Jill, manchándola de cafe. -¡Dios mío, qué torpeza la mía! -exclamó Tira con voz dulce. Jill, que no había esperado esa reacción de Tira, tragó saliva. -Bueno, tengo que irme ya. -¡Oh, mira! -dijo Tira levantando la cafetera de plástico que la camarera había dejado encima de la mesa-. ¡La señorita Cafetera va a seguir a la señorita Taza de Café! Jill echó a correr. De no encontrarse tan deprimida, Tira se habría echado a reír. Tira le pidió disculpas a la camarera y le dejó una enorme propina. Luego, salió del café y se fue a su casa. Allí, empezó a trabajar en una nueva escultura para la galería. No tenía que hacerlo, pero el trabajo le daba algo que hacer para así no pasarse todo el tiempo recordando los besos de Tom. Al día siguiente le pidieron asistir a un comité que iba a supervisar las festividades navideñas en un refugio infantil de la zona. Tom era el presidente del comité y, por ese motivo, Tira declinó la invitación. Pero él la llamó más tarde para preguntarle por qué se había negado a ir. Tira estaba furiosa. -¿Es que no lo sabes? ¿Crees que me gusta que le pidas a Jill que me eche en cara que he ido a la ópera persiguiéndote? Se hizo una prolongada pausa. -Le pedí a Sherry que te diera esa entrada, ya que ella no puede ir -confesó Tom-. Si alguien estaba cazando a alguien, era yo. A Tira casi se le paró el corazón. -¿Qué? -Ya me has oído -Tom hizo otra pausa-. Ven a trabajar conmigo en el comité, lo pasarás bien. Sí, Tira sabía que lo pasaría bien, pero le daba miedo estar cerca de Tom. -No lo sé -respondió ella finalmente-. Últimamente estás muy raro. -Sí, lo sé. ¿No podemos empezar otra vez? Tira vaciló. -¿Como qué? -preguntó directamente. -Como compañeros de trabajo. Como amigos. Como lo que tú quieras. Eso era una especie de capitulación. Quizá se hubiera cansado de hacerla que pagase por la muerte de John. Se debiera al motivo que se debiese, su vida estaba vacía sin él. La amistad era mejor que nada. -¿Está jill en el comité? -¡No! -En ese caso, de acuerdo. Lo haré. -¡Estupendo. Me pasaré a recogerte para ir a la reunión de mañana por la noche. -No. Iré en mi coche yo sola, muchas gracias. ¿Dónde es?
Tom le dio la dirección y se despidieron hasta el día siguiente. Tira fue a la reunión y se encontró con varios amigos que estaban en el mismo comité. Trabajaron durante tres horas discutiendo la preparación ; de una fiesta de Nochebuena para los niños, en la que un anciano de la localidad iba a hacer de Papá Noel. Tira iba a ayudar a servir la comida y la bebida, e iba a preparar dos tartas; había accedido porque no tenía otros planes para la Nochebuena. Otra mujer, una viuda, también se ofreció voluntaria para ayudar; y dos hombres, uno de ellos Tom. Después de la reunión, Tom la acompañó hasta el coche. -Mis hermanos celebran una fiesta de Navidad el sábado por la noche en Jacobsville, me han dicho que les gustaría que fueses. -No... Tom le selló los labios con un dedo. El gesto íntimo la hizo temblar. -Charles podrá sobrevivir sin ti un sábado por la noche, ¿no? -preguntó él secamente. -Últimamente no veo a Charles. -Su hermano, Gene, está en el hospital -dijo Tira, sin acordarse si lo había mencionado o no-. Nessa no está muy bien y Charles no quiere dejarla sola. -¿Nessa? -La mujer de Gene. Quería contarle lo de Nessa y Charles, pero no podía revelar el secreto de otro; además, dejar que creyera que ella y Charles eran amantes era la única protección que tenía. No podía bajar la guardia. Seguía sin fiarse de él. El cambio de actitud de Tom respecto a ella le sorprendía, y no sabía a qué se debía. -Entiendo. -No, no lo entiendes, pero da igual. Bueno, quiero ir a casa, tengo frío. Tom la miró fijamente al rostro. -Podría ofrecerte una alternativa -dijo con voz suave y aterciopelada. Tira lo miró con frío desdén. -No soy propensa a las aventuras amorosas pasajeras, Tom -declaró Tira directamente-. Te lo digo por si se te había pasado por la cabeza. Pareció como si a Tom le hubieran abofeteado. -¿No? En ese caso, si tu aventura con Charles Percy no es pasajera, ¿por qué no se ha casado contigo? -No quiero volver a casarme -respondió Tira con voz ronca, apartando la mirada-. Nunca. Tom vaciló. Sabía el motivo de que Tira no quisiera volverse a casar nunca, había sido traicionada. El suegro de Tira se lo había contado todo pero Tom no estaba seguro de que decírselo fuera lo acertado en esos momentos. Tira lo miró. -¿Sabe Jill que aún estás llorando la muerte de tu esposa? -preguntó Tira con la intención de defenderse atacando-. ¿O se trata de un asuntillo de poca importancia? Tom arqueó una ceja. -Tu caso no puede compararse al mío.
-¿No? En fin, me voy a casa. -Ven a Jacobsville conmigo. -¿Para que se me ofrezca la cocina o la muerte? -bromeó ella-. No, sé lo obsesionados que estáis tú y tus hermanos con la repostería. Me niego a que me encierren en una cocina. -Te garantizo que no se acercarán a ti -le prometió él-. Corrigan ha contratado una cocinera que sabe cocinar de todo. -No durará ni dos semanas, Leopold conseguirá que se vaya antes de eso -le aseguró Tira. A Tom le gustaba que Tira conociese tan bien a sus hermanos, que se interesara por la cosas de su familia. Ella y Corrigan eran amigos desde hacía años, incluso habían salido juntos algunas veces, pero nunca había habido química entre ellos. En realidad, Charles Percy siempre se había interpuesto entre Tira y los demás hombres. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello antes? -Llevas saliendo con Charles desde que dejaste a John -recordó Tom en tono ausente. -Charles es un buen amigo -dijo ella. -Ya, menudo amigo -dijo Tom en tono insultante-. ¿Es así como se lo llama ahora? -Tú deberías saberlo. ¿Cómo lo llama Jill? Tom, enfadado, empequeñeció los ojos. -Al menos ella es honesta y me dice lo que quiere de mí. Y no es mi dinero. Tira se encogió de hombros. -Cada uno tiene lo que se merece. Tom se quedó unos momentos mirándola a los ojos. -La otra noche, respondiste a mis besos. De repente, las mejillas de Tira enrojecieron y apartó la mirada. -Tengo que marcharme. Tom la siguió. No la tocó, pero Tira sintió en la espalda el calor que emanaba de él. -¡Deja de correr! Tira cerró los ojos un instante antes de agarrar la manija del coche. -Hace años, creíamos que éramos amigos -dijo Tira con voz ronca-, pero no lo éramos. Tú sólo me tolerabas. Me sorprende haber estado tan ciega para no darme cuenta de que tú, simplemente, me aguantabas. -Tira... Ella se volvió y alzó una mano. -No te estoy acusando. Lo único que quiero es que sepas que no sufro porque tú vayas por ahí del brazo de Jill. De repente, Tom se dio cuenta de lo mucho que Tira había adelgazado en los últimos meses. Tenía un aspecto sumamente frágil, parecía a punto de romperse. -¿Qué es lo que quieres decir?
-Que no necesito tu compasión, Tom -declaró Tira con orgullo-. No quiero intimidad contigo, a pesar de lo que diga Jill o de lo que tú puedas creer. Estoy rehaciendo mi vida, he empezado de nuevo. No quiero volver al punto de partida. A Tom esas palabras se le clavaron como cuchillos. Tira hablaba en serio. -Entiendo. -No, no lo entiendes -replicó ella-. Tú eres una especie de droga. Estaba adicta a ti, pero me he curado; de todos modos, eres muy peligroso para mí incluso en pequeñas dosis. A Tom le dio un vuelco el corazón. Le captó la mirada y se la mantuvo. -¿Qué has dicho? -Sabes perfectamente lo que he dicho. No quiero volver a estar obsesionada contigo. Tú tienes a Jill y yo tengo a Charles, sigamos con nuestras vidas cada uno por separado. Y por si tienes dudas, lo de la pistola y el ratón era verdad, no una excusa. No me suicidaría por ti. -Por favor, eso ya lo sabía. -Entonces, ¿por qué...? -¿Sí? Tira se volvió. -¿Por qué continúas preparando encuentros «accidentales»? No tiene sentido. Tom suspiró. -No puedes olvidar, ¿verdad? -preguntó él despacio. -Lo estoy intentando -le aseguró ella-. Pero cada vez que estamos juntos, la gente murmura. Fue muy difícil para mí aguantar las consecuencias de lo que publicaron los periódicos. No me apetece dar pie a más cotillees. -Antes eso no te importaba. -Porque no me habían descuartizado públicamente -respondió ella-. Me han puesto como si fuera una pobrecilla llorando por un hombre que no le corresponde. ¡Me han herido el amor propio! Tom la miró entrecerrando los ojos. -¿Cómo sabes que no te correspondo, Tira? Tira se lo quedó mirando sin contestar. -Pasaré a recogerte el sábado a las seis de la tarde para ir ajacobsville -anunció Tom-. Vístete de forma elegante, es una ocasión formal. -No voy a ir. -Sí, sí vas a ir -respondió Tom con estremecedora certidumbre. Tom se dio media vuelta y se dirigió a su coche mientras Tira lo miraba furiosa. Apenas faltaba una semana para Navidad. Tira contaba con la preparación de la fiesta de los niños para animarse, para ayudarse a entrar en el espíritu navideño. Tenía un árbol de Navidad artificial en su casa; le habría gustado uno auténtico, pero era extremadamente alérgica a las plantas coniferas. El árbol estaba encima de una alfombra roja y rodeando la alfombra había montado un tren eléctrico, el que vio en el escaparate el día que se encontró con Tom en la tienda de juguetes. Ahora, después de comprarlo, disfrutaba viéndolo dar vueltas. Se retiró unos pasos y contempló la decoración del árbol de Navidad y el tren a su alrededor. Tira llevaba puesto un caftán dorado y blanco que hacía juego con la decoración navideña. Era sábado, pero no iba a ir a la fiesta de la familia Kaulitz. Y cuando Tom llamó al timbre, Tira había decidido no dejarle entrar en la casa. -Muy bonito -dijo una voz a sus espaldas. Tira se volvió y encontró a Tom, vestido de gala, mirándola desde la puerta. -¿Cómo... cómo has entrado? -tartamudeó ella. -La señora Lester ha tenido la amabilidad de dejar la puerta de atrás sin el cerrojo. Le dije que íbamos a salir juntos, pero que quizá se te habría olvidado. La señora Lester es un encanto, una mujer muy romántica. -¡Voy a despedirla el lunes en el momento en que ponga un pie en la casa! -exclamó Tira enfadada. -No, no vas a despedirla. Esa mujer es un tesoro. Tira se echó el pelo hacia atrás. -No voy a ir a Jacobsville. -Sí vas a ir. Y te vistes... o te visto. -Ja! -Tira cruzó los brazos, desafiándolo. La idea pareció divertir a Tom. La agarró del brazo y tiró de ella hasta su dormitorio, la hizo entrar y cerró la puerta. Tom ya había estado allí hacía un rato, porque había un vestido blanco de noche encima de la cama; al lado del vestido había unas piezas diminutas de ropa interior. -¡Has... has invadido mi privacidad! –exclamó Tira furiosa. -Sí, lo he hecho, y ha sido muy instructivo. No te vistes como una sirena, la mayoría de la ropa que tienes son camisas, camisetas y vaqueros -Tom se la quedó mirando-. Me gusta ese caftán que llevas, pero no es apropiado para la fiesta de esta noche. -No voy a ponerme ese vestido. Tom rió quedamente. -Sí, antes o después vas a ponértelo. Tira dio unos pasos hacia la puerta; de repente, se encontró pegada a él, clavada al suelo. -No voy a hacerte daño -le prometió Tom-, pero vas a ir a la fiesta. -¿Yo... qué estás haciendo? Tira se había olvidado de la cremallera delantera del caftán. Tom la bajó y la prenda cayó al suelo, dejándola completamente desnuda, a excepción de unas diminutas bragas blancas. Tira se quedó perpleja. Tom le contempló el cuerpo, desde la cremosa suavidad de sus pechos, bajando por la suave curva de la cintura y las redondas caderas hasta las largas y elegantes piernas. -¡No... no me mires! -jadeó ella. Tom la miró a los ojos. -¿No quieres que lo haga? -preguntó Tom con voz queda. La pregunta sorprendió a Tira. Se limitó a mirarlo, viéndola contemplarla de nuevo de pies a cabeza con absoluto placer. Tira tembló bajo esa mirada.
-No te preocupes, te prometo que no voy a tocarte -dijo Tom con voz tierna, sorprendido por la forma como Tira estaba reaccionando. Tira respiró profundamente, muy quieta, mientras Tom levantaba la mano para acariciarle la mejilla. Era una criatura sorprendente, pensó Tom confuso. Tira estaba avergonzada de estar ahí desnuda delante de él. Se sonrojaba como una niña pequeña. Él sabía que no podía ser totalmente inocente, pero no reaccionaba como una mujer con experiencia. El silencio en la habitación era como el silencio en el ojo del huracán. Los labios de Tom se mantuvieron muy cerca de los de ella como si no estuviera seguro del siguiente movimiento. Tira tembló mientras contemplaba la amplia curva de la boca de Tom. Tom se movió ligeramente, hasta que el cuerpo de Tira estuvo completamente pegado al suyo, y la dejó sentir su excitación. Al momento, la vio enrojecer intensamente. -Tira, dime qué es lo que quieres. -No... no lo sé -susurró ella con voz quebrada-. No lo sé. Tom sintió moverse las caderas de ella, la sintió arquearse contra él. -¿No lo sabes? -murmuró Tom-. Tu cuerpo sí lo sabe. ¿Quieres que te demuestre lo que tu cuerpo me está pidiendo que haga? Tira no consiguió contestar, no le salían las palabras, pero a Tom no le hicieron falta. Con una débil sonrisa, empezó a acariciarle los pechos. Tira tembló y contuvo la respiración, su mirada llena de deseo y, simultáneamente, temor. -No voy a hacerte daño -le susurró él acariciándole un pezón. Tira se aferró a sus hombros y apoyó la cabeza en él, y gimió. -¿Qué te pasa? -preguntó él con ternura sin dejar de masajearle los pechos. La expresión del rostro de Tira lo inmovilizó. La vio temblar con un placer sobrecogedor. Si Tira estaba excitada, él también lo estaba. Se habían entregado a un juego amoroso relativamente inocente, pero Tira estaba reaccionando como si él estuviera moviéndose dentro de ella. -Ven aquí -dijo Tom con urgencia, tirando de ella hacia la cama. La tumbó y se tumbó a su lado. Se estremeció incluso antes de besarla y comenzó a acariciarla íntimamente. -Tom -gimió ella, pero se pegaba a él, se frotaba contra él. Tom le lamió los pezones y la oyó gritar de placer. Quería hacerle cosas que jamás había querido hacerle a otra mujer. Por fin, la mano de Tom se deslizó por debajo del elástico de la braga, descendiendo lentamente. Ella abrió las piernas y gimió cuando Tom empezó a tocarla; gimió, lloró y se aferró a él. Estaba lista para recibirlo y él apenas había empezado.
A pesar del placer, Tom sabía que aquello estaba mal. Llevaba mucho tiempo sin estar con una mujer. Iba a estallar en un momento y Tira no disfrutaría. Pero tampoco podía parar. -Tira, cielo, ahora no. Así no. ¡Por el amor de Dios, ayúdame!
Una disculpa no habia podido subir pero aqui esta. Hasta pronto
Suscribirse a:
Entradas (Atom)