Se levantaron, se ducharon y juntos prepararon el desayuno. A Tira no se le había pasado la timidez del todo después de lo que habían hecho, pero a Tom eso le parecía encantador. Contempló a Tira mientras ella freía el bacon y los huevos; entre tanto, él preparó el café. Tira llevaba puesta una de las camisas de Tom, y él sólo
llevaba unos pantalones. -Me encantas con esa camisa. Me parece que vas a tener que probarte unas cuantas más. -Sin embargo, a mí me gustas más sin la camisa -murmuró ella mirándolo con dulzura. Tom no llevaba la prótesis y frunció el ceño, no pudo evitar sentirse inseguro. Tira sacó los huevos de la sartén y los puso en un plato con el bacon, apagó el gas y se acercó a él. -Sigues siendo Tom -dijo ella simplemente. Nunca me ha importado lo de tu brazo, lo cual no quiere decir que no sienta lo que te pasó. Le tocó el pecho con suma ternura. -Me gusta mirarte, Tom. He dicho en serio que me gustas sin camisa. Tom la miró con una expresión en los ojos que dejó confusa a Tira. Después, le acarició el cabello con ternura. -Lo he hecho todo mal -dijo él con voz queda-. Debería haberte llevado por ahí, debería haberte regalado rosas y bombones, y debería haberte llamado por las mañanas para charlar simplemente. Y luego debería haberte comprado un anillo y pedirte que te casaras conmigo. Lo he estropeado todo porque no podía aguantar más sin acostarme contigo. A Tira le sorprendió la preocupación de Tom. -No te preocupes, no pasa nada. Tom respiró profundamente y luego agachó la cabeza para besarle la frente con ternura. -De todos modos, lo siento. Tira sonrió y se acercó a él. -Te amo. A Tom esas palabras se le clavaron en el corazón. Contuvo la respiración y le hundió los dedos en los hombros. Inevitablemente, pensó en todos esos años desperdiciados en los que había tratado a Tira con desdén. -Eh -Tira rió, y se zafó de él. Tom le soltó los hombros. La expresión que Tira vio en ese rostro amado lo preocupó. Tom no parecía un novio feliz, sino torturado. Tom la apartó de sí con una forzada sonrisa, que no engañó a Tira. -Bueno, vamos a desayunar. -Sí, vamos a desayunar. Comieron en silencio, apenas intercambiaron unas palabras. Tom se sirvió una segunda taza de café y, disculpándose, salió de la cocina mientras Tira ponía los cacharros en el lavavajillas. Tira supuso que Tom se estaba vistiendo y que quería que ella hiciera lo mismo; por tanto, volvió al dormitorio y se puso la ropa que Tom le había quitado la noche anterior. No comprendía qué le pasaba a Tom, a menos que ahora se estuviera arrepintiendo de su proposición matrimonial. Había oído decir que los hombres a veces decían cosas que no sentían a las mujeres con las que querían acostarse. La noche anterior había sido una noche maravillosa, una noche de ensueño. Ahora,
la mañana era sórdida y vacía. Tira se miró en el espejo y vio en sus ojos y en su expresión una nueva madurez, y sintió compasión por la joven que había ido a esa casa con él. Tom se detuvo en el umbral de la puerta y la contempló. Estaba completamente vestido, y llevaba puesta la prótesis. -Vamos, te llevo a tu casa -dijo él con voz queda. -Sí, será lo mejor. No hablaron durante el trayecto y, cuando Tom fue a apagar el motor, Tira alzó una mano. -No, no es necesario que me acompañes hasta la puerta -dijo ella en tono formal-. Bueno, adiós. Tira salió del coche, cerró de un portazo y le falto poco para correr hasta la puerta de su casa. No consiguió meter la llave en la cerradura a la primera y luego las lágrimas le impedían ver. No se dio cuenta de que Tom la había seguido hasta que sintió su mano en la espalda, ayudándola a entrar en la casa. -No, por favor... -dijo Tira sollozando. Tom la estrechó en sus brazos y la acunó. -No, cielo, no llores. Vamos, no pasa nada. No llores. Tom la llevó hasta el sofá del cuarto de estar, se sentó y sentó a Tira sobre sus rodillas. -Ni siquiera tengo que preguntarte qué estabas pensando -murmuró él irritado consigo mismo mientras secaba las lágrimas de Tira-. Lo he visto todo en el espejo. Dios mío, puedes estar segura de que yo lo siento tanto como tú. -Lo sé -dijo ella con voz ahogada-. No te preocupes, no tienes por qué sentirte culpable, yo podría haberme negado. Tom se quedó muy quieto. -¿Culpable de qué? -¡De seducirme! -¡No me siento culpable de eso! -¡Claro que sí! -exclamó ella agrandando los ojos-. Entonces, ¿qué es lo que sientes? -preguntó Tira arqueando las cejas. -Que hayas tenido que volver a casa en traje de noche, sintiéndote como una prostituta a la que he pagado por una noche -respondió Tom irritado-. Ni siquiera tenías un cepillo de pelo ni maquillaje. Tira lo miró con curiosidad, Tom no dejaba de sorprenderla últimamente. -Bueno, ahora ya estás en casa -dijo él-. Vamos, ponte unos vaqueros y una camisa e iremos a Jacobsville a montar a caballo y a almorzar en el campo. -¿Que quieres llevarme a montar a caballo? -preguntó Tira con incredulidad. -Bueno, pensándolo bien, puede que no sea una buena idea -se corrigió Tom paseando la mirada por el cuerpo de Tira con expresión insinuante.
-¡Tom! -Está bien, dejemos de andarnos con rodeos. Estás un poco dolorida, ¿verdad? -preguntó Tom directamente. Tira apartó la mirada. -Sí. -En ese caso, comida campestre. Primero iremos al rancho a por una camioneta y al campo a comer. Tira se lo quedó mirando. Ese día Tom le parecía mayor, pero más relajado y más cercano a ella que nunca. Tenía unas hebras de cabello plateado en las sienes, y Tira levantó la mano para acariciarlo. -Tengo casi cuarenta años -dijo él. Tira se mordió el labio inferior al pensar en los años que podían llevar juntos, tener hijos.. Tom le acarició la mejilla con la suya, la besó y un gruñido de angustia escapó de su garganta. ¡Cuántos años desperdiciados! De repente, sonó el timbre de la puerta, y los dos se sobresaltaron. -Debe ser la señora Lester -dijo Tira. -¿En domingo? Creí que pasaba los fines de semana con su hermana. Y así era. Tira tuvo el presentimiento de que al abrir la puerta su vida entera iba a cambiar. Y no se equivocó. Charles Percy estaba delante de ella con las manos en los bolsillos, con aspecto de haber envejecido diez años. -¡Charles! -exclamó Tira. Charles se fijó en el traje de noche de su amiga y arqueó las cejas. -¿No es un poco pronto para eso? ¿O es que acabas de volver a casa? -Sí, acaba de volver a casa -dijo Tom desde la puerta del cuarto de estar. Tira lo miró con aprensión mientras Tom se aproximaba a Charles sin disimular su enojo. -¿No es un poco pronto para las visitas? -preguntó Tom. -Tengo que hablar con Tira -respondió Charles, evidentemente sin comprender la situación-. Es urgente. Tom con un gesto, le invitó a que entrara. Charles le lanzó una furiosa mirada. -A solas. Y otra cosa, ¿qué haces tú aquí? Me sorprende que Tira hable contigo después de lo que tú y la víbora de tu amiga le dijisteis en la fiesta. -Jill forma parte del pasado -contestó Tom mirando a Tira. -¿Lo es? -preguntó Charles en tono altanero-. Es extraño, porque anda diciendo por ahí que cualquier día de éstos vas a proponerle matrimonio. Tira palideció al momento y dejó de mirar a Tom. Tom llamó a Charles algo que hizo enrojecer a Tira, y Charles abrió la puerta del todo.
-Creo que éste es un buen momento para dejar a Tira en paz. Tom no se movió. -Tira, ¿quieres que me vaya? Ella siguió sin atreverse a mirarlo. Puede que sea lo mejor. De repente, las dudas asaltaron a Tom. ¿Estaba Tira realmente enamorada de Charles? ¿Había sido sólo puro deseo sexual lo de la noche anterior y ahora se avergonzaba de ello en presencia de Charles? -Por favor, Tom, vete -dijo Tira cuando le vio vacilar. Tom miró coléricamente a Tira y luego a Charles. Se dirigió a su coche sin añadir una palabra más. Tira sirvió café en el cuarto de estar después de ponerse unos vaqueros y un jersey. No podía dejar de pensar en Tom y en Jill... -¿Qué ha pasado? -le preguntó Charles. -Estábamos prometidos y, en un instante, Tom ha desaparecido. -¿Prometidos? Tira asintió. Charles relacionó el vestido de noche con Tom y lanzó un gruñido. -Oh, no. Por favor, no me digas que he metido la pata otra vez. Tira se encogió de hombros. -Si Jill dice que le va a proponer matrimonio, ya no sé qué pensar. Supongo que he sido una imbécil. -No debería haber venido. No debería haber abierto la boca. Lo siento mucho. -A todo esto, ¿por qué has venido? -preguntó ella de repente. -Gene ha muerto esta mañana. He dejado a Nessa con una enfermera y luego he hecho los arreglos para el funeral. He venido para preguntarte si podrías quedarte con Nessa esta noche. No quiere estar sola y, por motivos evidentes, no puedo tenerla en mi casa estando los dos solos. -¿Quieres que vaya a tu casa a pasar la noche? -preguntó Tira. Charles asintió. -¿No te importa? -Por supuesto que no me importa, Charles. Espera un momento, no tardaré nada en meter en una bolsazo que voy a necesitar. -Está bien. Iremos en mi coche, no necesitas ir en el tuyo. Mañana por la mañana te traeré. -Nessa podrá venir conmigo si quiere. La señora Lester la cuidará. -Te lo agradecería mucho. Pero esta noche no, le han tenido que dar unos sedantes y está durmiendo, no quiero sacarla de casa. -Lo comprendo. -Tira, ¿quieres que llame a Tom y le explique todo antes de que nos vayamos? -preguntó Charles preocupado. -No, eso puede esperar. A la mañana siguiente, la señora Lester encontró una nota en la que Tira le decía que estaba en casa de Charles, pero sin explicarle el motivo. Por eso, cuando Tom
llamó, la señora Lester le confesó que Tira había pasado la noche en casa de Charles y que no había vuelto aún. -Supongo que le ha llegado el turno -comentó Tom furioso antes de colgar. Hizo una maleta y se subió al primer avión que iba a Austin. Tenía que ver al gobernador para hablar del puesto de trabajo que le había ofrecido. El miércoles tuvo lugar el funeral de Gene y, por la forma como Nessa se aferraba a Charles, Tira se dio cuenta de que al menos la vida de ellos dos estaba resuelta. Después de que la señora Lester le contara lo de la llamada de Tom y lo furioso que se puso al enterarse de que Tira había pasado la noche en casa de Charles, ésta no tenía ya ninguna esperanza respecto a su futuro con él. Pasó los días siguientes ayudando a Nessa a deshacerse de las cosas de Gene y a organizar su vida. Charles ayudó también en lo que pudo. Cuando la Nochebuena llegó, Tira estaba sola, triste y llorando. A pesar de lo cual, se vistió, se maquilló y fue a la fiesta del orfelinato a la que había prometido asistir. Tira no esperaba encontrar allí a Tom, y no lo encontró. Sin embargo, lo hizo Jill, y cargada de regalos. -Vaya, encantada de verte, Tira -exclamó Jill, pero sin acercarse porque aún recordaba la taza de café. -Yo también me alegro de verte, Jill. Diviértete. -Oh, lo siento, pero no puedo quedarme -explicó ella rápidamente-. He venido en lugar de Tom. El pobrecillo tiene dolor de cabeza y no ha podido venir. -Tom no tiene dolores de cabeza, los da -respondió Tira secamente. -Creía que sabías que los vuelos le dan jaquecas -murmuró Jill en tono condescendiente-. Llevo varios días cuidándolo. Acaba de volver de Austin, ha aceptado el puesto de fiscal general. Jill suspiró dramáticamente y añadió: -¡Voy a ir con el a la fiesta de Nochevieja que da el gobernador! A Tira le dieron ganas de vomitar, su vida se había convertido en una pesadilla. -Bueno, tengo que marcharme ya -dijo Jill rápidamente-, Tom me está esperando. En fin, que lo paséis bien. Adiós. Aquella, noche, cuando volvió a su casa, Tira pasó media hora vomitando. La náusea era algo nuevo para ella. Nunca había sentido náuseas, nunca vomitaba. Sólo podía haber una explicación. A las dos semanas de estar embarazada de ella, su madre empezó a sentir náuseas; incluso antes de que los médicos pudieran estar seguros de que estaba embarazada. Tira se metió en la cama y se durmió llorando. Quería tener un hijo, pero estaba tan enfadada con Tom que le daban ganas de pegarle un tiro. ¡Pobre niño, con un padre tan sinvergüenza! Se preparó un batido de leche como comida de Navidad y se lo llevó a su estudio. Llevaba unos vaqueros, un jersey y calcetines, y nada de maquillaje. Tenía el estómago delicado y lo único que toleraba era la leche.
Charles y Nessa la habían invitado a pasar con ellos el día de Navidad, pero Tira había rechazado la invitación. Contempló sus últimas creaciones. Se sentó a la mesa de esculpir y se quedó mirando a una masa de arcilla tapada con un trapo mojado con la que había empezado a trabajar esa misma mañana. No estaba de humor para trabajar, pero no sabía qué otra cosa podía hacer. En ese momento, oyó unos golpes en la puerta posterior de la casa. Frunció el ceño. La mayoría de la gente llamaba al timbre. Se levantó, con el vaso de batido de leche en la mano, fue a la puerta posterior y descorrió la cadena antes de abrir. Tom se la quedó mirando con expresión inescrutable. Tenía unas ojeras muy marcadas. -Es Navidad, ¿me vas a dejar pasar? Llevaba traje y corbata. Estaba muy elegante. Tira se encogió de hombros. -Si quieres... Tira miró por encima del hombro por si le acompañaba alguien. -¿Crees que voy a traer compañía? -Se me ha ocurrido que Jill podía estar contigo. Tom parpadeó. -Perdona, ya sé que tu vida privada no es asunto mío -se disculpó Tira mientras cerraba la puerta. Al darse la vuelta, Tira notó que tenía la mano cerrada en un puño. -Hablando de vidas privadas, ¿dónde está Charles? -preguntó él con voz gélida. -Con Nessa, por supuesto -respondió ella sin comprender. -¿Qué está haciendo con ella? -Gene ha muerto y Nessa necesita a Charles más que nunca -Tira frunció el ceño al ver a Simón tan sorprendido-. Charles lleva años enamorado de Nessa. Gene la convenció para que se casara con él porque, en realidad, lo que quería era el dinero y la empresa del padre de Nessa. Pero el padre de ella se arruinó y Gene empezó a hacerle la vida imposible. Nessa no se atrevía a dejarle porque sabía que Gene estaba delicado del corazón, y Charles lo pasó muy mal. Ahora que Gene ya no está, se van a casar tan pronto como puedan. Tom estaba confuso. -Pero tú fuiste con él a su casa... -Sí, a cuidar a Nessa cuando murió Gene -explicó ella-. Charles dijo que no se vería bien que pasara la noche con él a solas en su casa, por eso fui. Tom apartó los ojos de Tira, no podía mirarla. Había vuelto a estropearlo todo. -¿Para qué has venido? -le preguntó ella. Tom se metió la mano en el bolsillo y entonces fue cuando notó el vaso con el batido que Tira tenía en la mano. -¿Qué es eso? -Mi comida de Navidad. -¿No vas a tomar pavo?
-No tengo apetito. Tom arqueó unas cejas y los ojos empezaron a brillarle al mirarle al vientre con elocuencia. -¿En serio? Tira le arrojó el batido a la cara. Tom agachó la cabeza y el líquido acabo en las puertas de un armario de cocina. -¡Te odio! -gritó ella-. Me has seducido y luego me has despreciado como a un trapo viejo. Has dejado que Jill te cuide los dolores de cabeza y que pasara la Nochebuena contigo. ¡Bien, pues espero que te cases con ella, sois tal para cual! Tira empezó a sollozar, había perdido el control por completo. Tom la rodeó con sus brazos. -Vamos, vamos, tranquilízate. Ya sé que los primeros meses son duros, pero luego te sentirás mejor. Te compraré pepinillos en vinagre, helado, tostadas y té, y todo lo que se te antoje. Tira se quedó muy quieta. -¿Queeeé? -Estás embarazada, ¿verdad? Se te nota... ¡Y me dan ganas de salir y gritarlo a los cuatro vientos!