jueves, 2 de marzo de 2017

Capítulo Nueve
Se  levantaron,  se  ducharon  y juntos  prepararon  el desayuno. A  Tira  no  se  le había pasado  la timidez del todo después de lo que  habían  hecho,  pero a  Tom  eso le parecía encantador. Contempló  a  Tira  mientras ella  freía  el  bacon  y los  huevos; entre tanto,  él  preparó  el  café.  Tira  llevaba  puesta  una  de  las  camisas  de  Tom,  y  él  sólo
llevaba unos  pantalones. -Me  encantas  con esa camisa.  Me  parece que vas a  tener  que  probarte unas cuantas más. -Sin  embargo,  a mí me gustas  más  sin  la  camisa -murmuró ella  mirándolo con dulzura. Tom  no llevaba la prótesis y frunció  el  ceño, no  pudo  evitar sentirse  inseguro. Tira  sacó  los  huevos de  la  sartén  y los puso  en un plato  con el  bacon,  apagó el  gas y se  acercó  a él. -Sigues siendo Tom -dijo  ella  simplemente. Nunca me ha importado lo  de tu brazo,  lo  cual no quiere  decir  que  no sienta lo  que te  pasó. Le  tocó  el  pecho con  suma  ternura. -Me gusta mirarte, Tom.  He  dicho  en  serio  que me  gustas  sin camisa. Tom la miró con  una expresión  en  los ojos  que  dejó  confusa  a Tira. Después,  le acarició  el  cabello  con ternura. -Lo  he hecho todo  mal -dijo  él con voz queda-. Debería  haberte llevado por  ahí, debería haberte  regalado  rosas y  bombones, y  debería haberte  llamado  por  las mañanas para charlar  simplemente. Y  luego  debería haberte comprado un  anillo y pedirte que  te  casaras conmigo.  Lo  he estropeado todo porque  no podía  aguantar más sin acostarme  contigo. A Tira le  sorprendió  la  preocupación  de  Tom. -No te preocupes,  no  pasa nada.  Tom respiró  profundamente y  luego  agachó  la cabeza  para  besarle la  frente  con  ternura. -De  todos  modos,  lo siento. Tira  sonrió  y  se acercó  a él. -Te amo. A  Tom esas palabras se  le  clavaron  en  el  corazón. Contuvo la respiración  y le hundió  los  dedos  en los  hombros.  Inevitablemente,  pensó  en  todos  esos  años desperdiciados  en  los  que  había  tratado a Tira  con desdén. -Eh  -Tira  rió, y  se  zafó de  él. Tom le  soltó  los  hombros.  La expresión que  Tira  vio  en  ese  rostro amado lo preocupó.  Tom no parecía  un  novio feliz,  sino  torturado. Tom  la  apartó  de sí  con  una forzada sonrisa,  que no engañó  a  Tira. -Bueno,  vamos  a desayunar. -Sí,  vamos a  desayunar. Comieron  en silencio,  apenas  intercambiaron  unas  palabras.  Tom se  sirvió  una segunda  taza  de café  y, disculpándose,  salió de la  cocina  mientras  Tira ponía  los cacharros en  el  lavavajillas. Tira supuso  que Tom se  estaba vistiendo y que quería que  ella  hiciera lo  mismo; por tanto,  volvió  al  dormitorio  y  se puso  la  ropa  que  Tom le había quitado la  noche anterior. No comprendía qué  le  pasaba a  Tom, a menos que ahora se estuviera arrepintiendo  de su  proposición matrimonial.  Había oído decir que los hombres a veces decían cosas  que no  sentían a las mujeres  con las  que  querían acostarse. La noche  anterior había sido  una  noche  maravillosa,  una noche de  ensueño.  Ahora,
la  mañana  era sórdida  y vacía.  Tira  se  miró  en  el  espejo  y vio en  sus  ojos  y  en su expresión  una  nueva  madurez,  y sintió  compasión  por  la  joven  que había  ido  a  esa casa  con  él. Tom se detuvo  en  el umbral  de la  puerta y  la contempló. Estaba  completamente vestido, y  llevaba puesta  la  prótesis. -Vamos, te  llevo a tu  casa -dijo él  con voz  queda. -Sí, será  lo  mejor. No hablaron  durante  el  trayecto y,  cuando Tom fue a apagar  el  motor,  Tira  alzó una mano. -No, no  es  necesario  que me acompañes  hasta  la puerta -dijo  ella en tono formal-. Bueno, adiós. Tira  salió del coche, cerró  de  un  portazo  y  le falto poco  para correr  hasta la puerta  de  su  casa. No consiguió meter la  llave en la  cerradura a la primera y  luego las lágrimas le impedían ver. No se dio cuenta de  que Tom la había seguido  hasta que  sintió  su  mano  en la espalda,  ayudándola a entrar  en la  casa. -No,  por  favor...  -dijo  Tira  sollozando. Tom la  estrechó  en  sus  brazos y  la acunó. -No, cielo,  no llores.  Vamos,  no  pasa  nada.  No  llores. Tom la llevó hasta el  sofá  del cuarto de  estar,  se  sentó y  sentó  a  Tira sobre sus  rodillas. -Ni siquiera tengo  que preguntarte  qué estabas pensando  -murmuró  él irritado  consigo  mismo  mientras  secaba  las  lágrimas  de  Tira-.  Lo  he  visto  todo  en  el espejo.  Dios  mío,  puedes  estar segura  de  que  yo lo  siento  tanto  como  tú. -Lo  sé  -dijo ella  con  voz ahogada-. No  te  preocupes, no  tienes  por  qué sentirte culpable,  yo  podría  haberme negado. Tom se  quedó muy quieto. -¿Culpable de  qué? -¡De seducirme! -¡No  me  siento  culpable  de  eso! -¡Claro  que  sí!  -exclamó  ella  agrandando  los  ojos-.  Entonces,  ¿qué  es  lo  que sientes?  -preguntó Tira  arqueando  las cejas. -Que hayas  tenido que  volver  a  casa en traje  de  noche,  sintiéndote como una prostituta  a la  que  he  pagado por una  noche -respondió  Tom irritado-.  Ni  siquiera tenías un  cepillo  de  pelo ni  maquillaje. Tira  lo  miró  con  curiosidad,  Tom  no  dejaba  de  sorprenderla  últimamente. -Bueno,  ahora ya estás  en casa  -dijo  él-.  Vamos, ponte unos  vaqueros  y  una  camisa e iremos  a  Jacobsville  a montar  a  caballo  y a  almorzar  en el  campo. -¿Que  quieres llevarme  a montar a  caballo? -preguntó  Tira con incredulidad. -Bueno,  pensándolo  bien, puede  que no sea una  buena  idea -se corrigió  Tom paseando  la  mirada por el cuerpo  de  Tira  con expresión  insinuante.
-¡Tom! -Está bien, dejemos  de  andarnos con  rodeos. Estás  un  poco dolorida, ¿verdad? -preguntó Tom directamente.  Tira  apartó  la mirada. -Sí. -En ese  caso, comida campestre. Primero  iremos  al rancho a por  una camioneta  y al campo a  comer. Tira  se lo  quedó mirando. Ese día  Tom le parecía  mayor,  pero más  relajado  y más  cercano a  ella  que  nunca.  Tenía  unas  hebras de cabello  plateado  en las  sienes,  y Tira levantó  la  mano para  acariciarlo. -Tengo  casi cuarenta años  -dijo  él. Tira se mordió el labio  inferior  al pensar  en los  años  que podían  llevar  juntos, tener hijos.. Tom le  acarició  la  mejilla  con la  suya, la  besó  y  un  gruñido  de  angustia  escapó de su  garganta.  ¡Cuántos  años  desperdiciados! De  repente,  sonó el  timbre  de la  puerta,  y  los  dos  se  sobresaltaron. -Debe  ser  la señora Lester  -dijo  Tira. -¿En  domingo? Creí que  pasaba los  fines de  semana con su  hermana. Y así era.  Tira  tuvo el  presentimiento  de que  al abrir  la  puerta  su  vida entera  iba a cambiar. Y no  se  equivocó. Charles  Percy estaba delante de  ella  con  las  manos  en  los bolsillos,  con aspecto de haber  envejecido  diez años. -¡Charles!  -exclamó  Tira.  Charles se  fijó  en el traje  de  noche  de  su  amiga  y arqueó las  cejas. -¿No  es  un  poco pronto  para eso? ¿O es que  acabas  de volver  a  casa? -Sí, acaba  de  volver a casa  -dijo  Tom desde  la  puerta  del  cuarto  de  estar. Tira lo  miró  con  aprensión mientras  Tom  se  aproximaba a  Charles sin disimular su enojo. -¿No  es  un  poco  pronto  para las visitas?  -preguntó  Tom. -Tengo  que  hablar con Tira  -respondió  Charles, evidentemente  sin comprender la situación-. Es  urgente.  Tom con  un  gesto,  le  invitó a que  entrara. Charles le lanzó una  furiosa  mirada. -A solas.  Y otra  cosa, ¿qué  haces tú  aquí? Me  sorprende que Tira  hable contigo después  de lo  que tú  y la  víbora  de  tu amiga  le dijisteis en  la  fiesta. -Jill forma  parte del  pasado -contestó Tom mirando  a Tira. -¿Lo es?  -preguntó Charles en tono altanero-.  Es extraño, porque  anda diciendo por  ahí que  cualquier día  de  éstos vas a proponerle  matrimonio. Tira  palideció al momento y dejó de mirar  a  Tom. Tom llamó a  Charles  algo  que hizo  enrojecer a  Tira, y  Charles abrió la puerta del todo.
-Creo que  éste  es un buen  momento para dejar  a  Tira  en  paz. Tom  no  se  movió. -Tira, ¿quieres que me vaya?  Ella  siguió  sin  atreverse  a  mirarlo. Puede que  sea lo  mejor. De  repente, las  dudas  asaltaron  a  Tom.  ¿Estaba Tira realmente  enamorada de Charles?  ¿Había  sido  sólo  puro  deseo  sexual  lo  de  la  noche  anterior  y  ahora  se avergonzaba  de  ello en  presencia de Charles? -Por  favor,  Tom, vete -dijo  Tira  cuando  le  vio  vacilar. Tom miró coléricamente  a Tira  y  luego  a  Charles.  Se  dirigió  a  su  coche  sin añadir una palabra más. Tira  sirvió  café  en el  cuarto  de  estar después de  ponerse  unos  vaqueros  y un jersey. No  podía dejar  de  pensar  en Tom y en  Jill... -¿Qué  ha  pasado?  -le  preguntó  Charles. -Estábamos  prometidos y, en  un  instante, Tom ha desaparecido. -¿Prometidos?  Tira  asintió. Charles  relacionó  el  vestido  de noche con Tom y lanzó  un  gruñido. -Oh, no. Por  favor,  no  me  digas  que  he  metido la  pata  otra  vez. Tira se  encogió  de hombros. -Si  Jill  dice  que le  va  a proponer  matrimonio, ya  no  sé  qué pensar.  Supongo que he sido una  imbécil. -No  debería haber venido.  No debería haber  abierto  la  boca. Lo  siento mucho. -A  todo esto,  ¿por qué  has  venido? -preguntó  ella  de  repente. -Gene ha muerto esta mañana.  He  dejado  a Nessa con una  enfermera y  luego  he hecho los  arreglos  para el  funeral.  He  venido para preguntarte si  podrías  quedarte con Nessa esta  noche. No  quiere estar  sola  y,  por  motivos  evidentes, no  puedo tenerla en mi  casa estando los  dos  solos. -¿Quieres  que vaya a tu  casa a pasar  la noche?  -preguntó Tira. Charles asintió. -¿No  te  importa? -Por  supuesto  que  no  me  importa,  Charles.  Espera  un  momento,  no  tardaré  nada en meter en  una bolsazo  que  voy a necesitar. -Está  bien.  Iremos  en  mi  coche,  no  necesitas  ir  en  el  tuyo.  Mañana  por  la  mañana te traeré. -Nessa  podrá  venir conmigo  si quiere. La  señora Lester la  cuidará. -Te  lo  agradecería mucho. Pero  esta noche no, le  han tenido  que dar  unos sedantes y  está durmiendo,  no quiero sacarla de  casa. -Lo  comprendo. -Tira, ¿quieres que llame a Tom  y le explique  todo  antes  de  que  nos vayamos? -preguntó Charles preocupado. -No, eso  puede  esperar. A  la  mañana siguiente, la  señora Lester encontró  una nota  en la que  Tira  le decía que estaba  en casa de  Charles, pero sin explicarle el  motivo. Por eso,  cuando Tom
llamó, la señora  Lester  le confesó  que Tira  había  pasado  la  noche en  casa de  Charles  y que no había vuelto aún. -Supongo  que le  ha  llegado  el turno -comentó  Tom furioso  antes  de colgar. Hizo una  maleta  y se  subió al  primer  avión que iba  a Austin.  Tenía  que ver  al gobernador  para  hablar  del puesto  de  trabajo  que  le había ofrecido. El  miércoles  tuvo  lugar  el  funeral  de  Gene  y,  por  la  forma  como  Nessa  se aferraba a Charles, Tira  se  dio  cuenta de que  al  menos  la  vida  de ellos  dos  estaba resuelta.  Después de  que la  señora Lester  le contara lo  de la llamada de  Tom y lo furioso que  se  puso  al  enterarse de  que Tira  había  pasado  la  noche en casa  de Charles, ésta  no tenía  ya ninguna esperanza respecto a su futuro  con él. Pasó  los días  siguientes  ayudando a Nessa  a  deshacerse de  las  cosas  de Gene  y  a organizar su  vida.  Charles ayudó  también en  lo  que pudo.  Cuando la  Nochebuena llegó, Tira  estaba sola, triste  y llorando. A  pesar  de  lo  cual,  se  vistió,  se  maquilló  y  fue  a  la  fiesta  del  orfelinato a  la  que había prometido  asistir. Tira no  esperaba encontrar  allí  a  Tom,  y  no lo encontró.  Sin embargo,  lo  hizo Jill, y cargada de  regalos. -Vaya,  encantada de  verte,  Tira  -exclamó  Jill, pero  sin  acercarse porque  aún recordaba  la  taza de  café. -Yo  también me alegro  de  verte,  Jill. Diviértete. -Oh, lo  siento,  pero no  puedo quedarme -explicó  ella  rápidamente-.  He  venido  en lugar  de  Tom.  El  pobrecillo  tiene  dolor de  cabeza y no ha podido  venir. -Tom no  tiene  dolores  de  cabeza, los  da  -respondió Tira  secamente. -Creía  que  sabías  que  los vuelos  le  dan jaquecas  -murmuró  Jill en  tono condescendiente-. Llevo varios  días cuidándolo. Acaba  de volver de  Austin, ha aceptado  el  puesto de  fiscal general. Jill  suspiró  dramáticamente y  añadió: -¡Voy  a  ir  con  el  a  la  fiesta  de  Nochevieja  que da el  gobernador! A Tira le  dieron  ganas de vomitar, su vida se  había convertido  en  una pesadilla. -Bueno, tengo  que marcharme ya -dijo  Jill  rápidamente-,  Tom me está esperando.  En  fin,  que lo  paséis  bien.  Adiós. Aquella,  noche,  cuando  volvió  a  su  casa,  Tira  pasó  media  hora  vomitando.  La náusea  era  algo  nuevo  para ella. Nunca había sentido náuseas,  nunca vomitaba. Sólo podía haber  una explicación.  A las  dos  semanas  de  estar  embarazada de  ella, su  madre empezó  a sentir  náuseas;  incluso  antes de que los médicos  pudieran  estar  seguros de que estaba  embarazada. Tira se  metió  en  la  cama y se  durmió llorando.  Quería tener un  hijo,  pero  estaba tan enfadada con Tom  que le  daban ganas de pegarle un  tiro.  ¡Pobre niño, con  un padre tan sinvergüenza! Se  preparó un  batido  de leche como  comida  de  Navidad  y  se lo  llevó a su  estudio. Llevaba  unos  vaqueros, un jersey y calcetines, y nada de  maquillaje.  Tenía el estómago delicado  y lo  único  que  toleraba era la  leche.
Charles  y Nessa la  habían  invitado a pasar  con  ellos  el  día  de Navidad, pero  Tira había rechazado  la  invitación. Contempló sus  últimas  creaciones. Se  sentó a  la  mesa  de  esculpir  y  se  quedó mirando a una  masa  de  arcilla tapada  con un  trapo  mojado  con  la  que  había  empezado  a trabajar esa  misma  mañana. No  estaba  de humor para  trabajar, pero  no  sabía  qué  otra cosa  podía  hacer. En ese momento,  oyó  unos  golpes  en  la  puerta posterior de la  casa. Frunció  el ceño. La mayoría  de la  gente llamaba al timbre. Se  levantó,  con  el vaso  de  batido de  leche  en  la  mano,  fue  a  la  puerta  posterior  y descorrió  la cadena  antes  de abrir. Tom  se  la  quedó mirando con expresión  inescrutable. Tenía unas  ojeras  muy marcadas. -Es  Navidad,  ¿me  vas a  dejar  pasar?  Llevaba  traje y  corbata.  Estaba  muy elegante. Tira  se encogió de  hombros. -Si quieres... Tira  miró  por encima del hombro por si  le  acompañaba  alguien. -¿Crees  que  voy a  traer  compañía? -Se  me  ha  ocurrido  que Jill  podía estar contigo.  Tom  parpadeó. -Perdona, ya sé  que  tu  vida privada no es  asunto mío  -se  disculpó  Tira  mientras cerraba  la  puerta. Al  darse la  vuelta,  Tira notó  que tenía  la mano  cerrada en un  puño. -Hablando de vidas  privadas,  ¿dónde está Charles?  -preguntó él  con  voz  gélida. -Con  Nessa,  por supuesto -respondió  ella sin  comprender. -¿Qué  está  haciendo  con  ella? -Gene ha muerto  y Nessa necesita a  Charles  más  que nunca -Tira  frunció  el  ceño al  ver a  Simón tan  sorprendido-.  Charles lleva años  enamorado de  Nessa.  Gene  la convenció  para  que  se  casara  con  él  porque, en realidad, lo que  quería  era el  dinero  y la empresa  del padre  de  Nessa. Pero  el  padre  de  ella se  arruinó  y  Gene  empezó  a hacerle la  vida  imposible.  Nessa no se  atrevía a  dejarle porque  sabía que  Gene estaba  delicado del  corazón,  y  Charles  lo  pasó  muy  mal.  Ahora  que  Gene  ya  no  está,  se  van  a  casar  tan pronto  como  puedan. Tom estaba  confuso. -Pero tú  fuiste con  él  a su  casa... -Sí,  a  cuidar  a  Nessa  cuando  murió  Gene  -explicó  ella-.  Charles  dijo  que  no  se vería bien que  pasara  la noche con él  a solas en su  casa,  por  eso  fui. Tom apartó los  ojos de  Tira,  no  podía mirarla.  Había  vuelto a estropearlo todo. -¿Para qué  has  venido? -le  preguntó ella. Tom  se  metió  la  mano  en  el  bolsillo  y  entonces  fue  cuando  notó  el  vaso  con  el batido que  Tira tenía  en  la  mano. -¿Qué es  eso? -Mi  comida de  Navidad. -¿No  vas  a  tomar  pavo?
-No tengo  apetito. Tom arqueó  unas cejas y  los  ojos empezaron  a brillarle  al mirarle  al vientre  con elocuencia. -¿En  serio? Tira  le  arrojó el  batido  a  la  cara.  Tom agachó  la cabeza y el  líquido  acabo  en  las puertas  de  un  armario  de cocina. -¡Te  odio!  -gritó  ella-.  Me  has  seducido y luego me  has  despreciado como  a  un trapo viejo.  Has dejado que Jill te  cuide los dolores  de cabeza  y que pasara  la Nochebuena  contigo.  ¡Bien, pues espero  que te  cases con  ella, sois  tal  para  cual! Tira  empezó  a  sollozar,  había perdido  el control por  completo. Tom  la  rodeó con sus  brazos. -Vamos, vamos,  tranquilízate.  Ya  sé  que los primeros  meses  son duros,  pero  luego te sentirás  mejor.  Te compraré pepinillos en  vinagre, helado,  tostadas y  té, y  todo lo que se  te  antoje. Tira se  quedó muy  quieta. -¿Queeeé? -Estás  embarazada, ¿verdad? Se  te nota...  ¡Y me  dan  ganas de salir  y  gritarlo  a los cuatro  vientos!

jueves, 23 de febrero de 2017

Capítulo Siete
Tira  apenas  lo oyó.  Nuevas sensaciones  sacudían su cuerpo,  exquisitas insinuaciones del placer  que  Tom  podía  ofrecerle. Pero  poco a poco,  empezó  a darse cuenta  de  dónde estaban y de  lo que  estaban haciendo. Contuvo  la  respiración,  consciente  de que tenía los  dedos enterrados en los espesos  y  oscuros  rizos  del  pelo  de  Tom.  Estaba completamente desnuda  y él  la estaba  tocando... -¡Tom! —exclamó  ella. -tttttt. Tom  le  puso la  boca  en la garganta y retiró la mano, hasta  descansarla en  el vientre de  ella.  Respiraba sonoramente.  La  turbulencia  que  Tira vio en sus  ojos  lo sorprendió,  porque el  acostumbrado e impecable control  que  Tom  ejercía  sobre sí mismo  había desaparecido.  Él  vio  la  expresión  de  Tira  y consiguió esbozar una sonrisa. -¿Te sorprende  que podamos  estar así  juntos? -le preguntó  Tom con  voz  queda. -Sí. -Y  a  mí.  Pero  no  te  quiero  así,  tan  falto  de  control que  no  puedo  ver  más  allá  del alivio inmediato. Tom, con  evidente  desgana,  se apartó  de  ella y lanzó una última mirada a su cuerpo desnudo  antes  de  sentarse  en la  cama  dándole a Tira  la espalda. Tira  se  cubrió  con  la  colcha  y  se  mordió  los  labios,  agonizando  de  vergüenza. ¿Cómo  había  ocurrido aquello? ¡Y de  no ser porque  Tom había parado...! Tom se  puso en  pie,  se  estiró  y,  por fin,  se  volvió  de  cara  a  ella.  Tira yacía en la cama con su glorioso  cabello  acariciándole  el  rostro, mirándolo casi con miedo. -No  hay  razón  para  que  me  mires  así,  Tira  -dijo  él  con  voz suave,  con una expresión  tan  tierna  en  los ojos  que a Tira  la  confundió. Tom  se agachó,  tiró  de  la  colcha  hasta  destapar  a  Tira  y luego  la ayudó a levantarse. -Tira, no es  el fin  del mundo. A  continuación,  agarró  el sujetador  sin tirantes que había sacado de  un cajón y, sujetándolo  con la  prótesis, se  lo  colocó  a Tira  con la  mano. -Tendrás que abrochártelo  tú, no  puedo realizar operaciones tan  complicadas -dijo Tom,  con absoluta falta de  compasión de  sí mismo. Ella  le obedeció  como  si  fuera  una  marioneta  y  él el titiritero. Después de  ayudarla  a ponerse  el  vestido  por  la  cabeza,  Tira  se subió el  cabello para  que  Tom le subiera  la  cremallera. Tom  la condujo a la  cómoda  y le  dio  un  cepillo de  pelo.  Ella se  sentó  delante  del espejo,  obedientemente,  y se  cepillo  el cabello. Por último, Tira se pintó los labios de rosa  y  se puso un poco de maquillaje. Tom, mientras  tanto,  la  contemplaba. Cuando  Tira  acabó,  Tom  la  ayudó a ponerse en  pie  y la contempló  de  pies a cabeza. -¿Hace  cuánto  tiempo  que  nos  conocemos? -preguntó  él  con  solemnidad. -Mucho  tiempo. Años  -no  podía  mirarlo.  Se  sentía  como si  no  tuviera voluntad propia,  presa  de  una vulnerabilidad que  le  asustaba-.  Deberíamos  marcharnos. -No  tengas  vergüenza de lo  que  hemos hecho -le  dijo él con voz  queda. Tira parpadeó. -¡Ni  siquiera  te  gusto!  -respondió  ella.  Tom la  atrajo  hacia  sí  y,  apoyándola contra  su cuerpo,  la  acunó mientras  le acariciaba el cabello. -Ssss -le susurró al  oído. Le besó  las  mejillas  y  los ojos  empañados en lágrimas.  Después,  le  levantó la cabeza y contempló las verdes profundidades de aquellos ojos.  Recordó lo suave que era  su  piel  y empezó  a tener dificultad para respirar.  Se  apartó de  ella  un paso  con el fin de que  Tira no  notara  la facilidad con  que  lo  excitaba. Tira extendió un brazo y agarró  un pañuelo de  papel  de encima  de  la  cómoda. -Debo  tener  la  nariz  tan  roja  como  los ojos  -comentó  con voz  ligera  para  romper la  tensión. -Tan  roja como  los  reflejos  de tu maravilloso  pelo  -murmuró él, acariciándoselo-. Quiero  que vengas conmigo  esta  noche.  Pero si de  verdad  no  te  apetece  acompañarme, no  voy a forzarte. Tira  levantó  el  rostro,  sorprendida. -Has  dicho  que me obligarías  a ir. Tom  frunció  el  ceño  ligeramente. -No me  gusta hacerte  llorar.  Hasta  este  momento,  no sabía  que  tenía ese  poder. No me gusta. -He tenido una  semana muy  ajetreada  -dijo ella  evasivamente. -Sí,  yo también.  Ven  conmigo. Lo  pasarás bien. Tira vaciló,  pero sólo  un  minuto. -Está  bien. Tom  bajó un  brazo  y le tomó  la mano.  El contacto  fue electrificante.  Tira  miró a unos  ojos  que  la confundían. -No  pienses -dijo él-. Venga,  vamos. La sacó  de  la habitación, y Tira pensó  que  era la  primera vez que veía  a  Tom comportarse  de forma posesiva  con ella. Le  dolió  mucho,  porque ahora  se  daba  cuenta de qué  era lo  que había echado  tanto de  menos en  su vida.  Tom  era lo  que necesitaba, lo único  que  quería en el  mundo. El largo  trayecto a Jacobsville no  fue tan tenso como  Tira había temido.  Tom habló de  política  y empezó  a hacerle preguntas sobre el  próximo lanzamiento  de una campaña de  recaudación  de  fondos. Tira aún se encontraba muy vulnerable en  la  nueva  relación  que habían establecido;  por este  motivo, cuando  Tom le  preguntó  si  estaría dispuesta a  ayudar en algunos  proyectos  si  él aceptaba el  puesto  de fiscal  general,  Tira  sospechó  inmediatamente  que Tom  estaba utilizando  la atracción  que sentía  por  él  para  que accediera a ayudarlo. Tira  bajó  el rostro  y  clavó los ojos en el  pequeño bolso  de noche. -No sé  si  tendré  tiempo -respondió  ella. Tom la  miró  mientras recorrían  una zona de Jacobsville  con gran profusión de adornos navideños. -¿Qué  otras  cosas tienes  que  hacer  últimamente? -preguntó  Tom. -Puede que  prepare  otra exposición.  Tom, pensativo,  no  dijo  nada. El  rancho de  la familia Kaulitz era  imponente.  Se  extendía  kilómetros y  kilómetros, con una valla blanca rodeando  la casa y  las  sus  inmediaciones adornadas con  guirnaldas de  colores y  flores  de papel. -Antes  no  hacían  estas  cosas  -comentó  ella  mientras  recorrían  el  camino  que daba a la  casa. -Han hecho  muchas  mejoras  desde  que Dorie se  casó con  Corrigan  la Navidad pasada y vinieron  a vivir a  la  casa que  está  al lado de ésta -explicó  Tom. -Y  si  conozco  un  poco  a  Callaghan, él no  habrá  dejado  de  protestar por las mejoras. Tom rió. -A  Cag no  le entusiasma  la decoración. -¿Sigue  sin  comer cerdo? -Sigue  sin comer  cerdo. A  toda  la familia  le  hacía gracia  que  el hermano mayor hubiera  dejado  de comer carne cuando vio la película  del  cerdo  que hablaba,  Babe. -No lo  culpo -murmuró ella-.  Yo  he  visto  la película tres  veces. Tom rió  al  tiempo  que paraba  el coche  delante de  la puerta de  la casa de rancho.  Salió  del vehículo  y notó que Tira  también salía sin esperar a  que  él le abriera la puerta.  Su espíritu  independiente lo  irritaba  a  veces,  pero también le inspiraba respeto. Cuando  ella  empezó a subir los escalones delante de  él,  Tom  le  tomó  la mano  y la mantuvo en la suya mientras  alcanzaban  el  porche, donde Corrigan y Dorie los saludaron con cálidos  abrazos y grandes"  sonrisas.  Tira  sonrió  automáticamente, tan consciente de  la mano  de Tom que  casi flotaba. -Habéis llegado  justo  a  tiempo  -dijo  Corrigan-. Leopold ha  echado whisky  al ponche sin  decírselo a Tess, y no  podéis  imaginaros como se ha puesto  ella.  Está en la cocina echándole  un  sermón  a  Leo  y  le  ha amenazado  con no  volver a prepararle  un pastel en  la  vida. -Leopold  debe  estar  llorando  lágrimas de  sangre  -comentó Tom burlonamente. -Está  rogándole  de rodillas  -Corrigan sonrió traviesamente-.  Se  lo  merece. Entraron  en  la casa  y saludaron  a  Evan  y  a  su  esposa,  Anna, que estaba felizmente embarazada  de su  primer hijo;  también saludaron a los hermanos Ballenger, Calhoun y Justin, con sus esposas Abby y  Shelby, que  juntos  se dirigían  a  la  puerta para  marcharse.  Todos  ellos formaban parte  de familias  fundadoras de la  zona,  muy ricos  y con  mucho  poder  en esa  región. Tira los  conocía de  nombre,  pero  era la  primera
vez que  los  veía en  persona. Le  extrañó que  se  marcharan tan  pronto, la  fiesta  apenas había empezado. Tira buscó  a  Cag y a  Rey con  la mirada  y los  vio justo cuando entraban en la cocina.  A  través  de la  puerta abierta, vio  fugazmente  a Leopold arrodillado  delante  de una joven pelirroja. Tira  rió. Tom,  que acababa de  ver  lo  mismo  que ella, estalló  en carcajadas. -Ven,  no  podemos  perdernos  eso. Mientras  se  abría paso hasta la  cocina,  Tom  saludó a  algunas personas.  Por fin, abrió  la puerta  de  la cocina  y  sus ojos  se  encontraron con un  Leopold  aún  arrodillado, Cag amonestándolo verbalmente  y  un Rey  que  miraba con  expresión de  aprobación. Todos volvieron las cabezas  al  ver  entrar  a  Tira  y  a  Tom.  Leopold,  ruborizado, se puso en  pie. Tess  se puso  seria  al ver  a  Tom, uno  de  los  únicos dos hermanos que conseguía intimidarla. -¡Me  da  igual  lo  que  diga, me  marcho de  aquí! -le  informó  ella,  a  pesar de  su nerviosismo-. El...  Tess  apuntó  a  Leopold  antes  de  continuar. -Él ha echado dos  botellas  de vodka mi  ponche  especial tropical,  y  Evan Tremayne  no  se  dio  cuenta de  que  tenía alcohol hasta  que  se  acabó  el  segundo  vaso  y se cayó  al  sillón  -Tess  se  ruborizó-.  ¡Me ha  dicho  cosas horribles!  Y a  él... La joven volvió  a  señalar a Leopold. -Le ha parecido  divertido  -añadió Tess. -A cualquiera  le daría  risa  ver  a  Evan  Tremayne cayéndose borracho  encima  de un  sillón  -observó Tira-.  Todo el mundo sabe que  es  abstemio. -Eso  no  ha  sido  todo  -continuó  Tess  con  colérica  mirada  azul-.  A  Evan  le  ha gustado  tanto  que le ha dado  un  vaso a  Justin  Ballenger. -¡Oh, Dios  mío! -gruñó  Tom-. Dos de  los  abstemios reconocidos en el  condado. -Justin se ha  puesto  a  tocar la guitarra  y a  cantar una  canción  española.  Shelby le ha quitado la  guitarra  justo a tiempo  -explicó Tess,  cubriéndose el rostro  con  las manos momentáneamente-.  Ha  sido entonces  cuando  Evan  se ha dado  cuenta de  que el ponche  tenía alcohol  y  me  ha  dicho  que deberían  colgarme  de  los  tirantes  del  delantal por hacerle semejante  cosa  a  vuestros  invitados. -Yo hablaré  con Evan. -No,  de ninguna  manera  —interpuso Tira—.  Acabamos  de ver a los  Tremaynes saliendo de  la casa,  acompañados  de los hermanos  Ballenger y  de  sus  esposas. -¡Oh, Dios  mío! -gimió  Leo. -Los  llamaré  para  pedirles disculpas  -prometió  Rey-.  ¡Pero  tú  no puedes irte, Tess! -Sí, claro  que  me  voy -Tess  se  quitó  el delantal y se  lo  tiró  a  Leopold-.  Será mejor que  aprendas a preparar  pasteles  cuanto antes. La  joven señaló  a Cag y  a  Rey  y  añadió: -Puede que tus  hermanos  te  asesinen  cuando  me vaya, y me alegrará  mucho. Espero que te tiren  al  corral y  que  dejen  que te  devoren las  aves  de  rapiña.
Tess  salió de  la cocina y  Leopold  lanzó  un  gruñido. En  silencio, Cag  se  quedó contemplándola mientras  desaparecía  con una  expresión  curiosamente seria.        -Leo,  ¿cómo se  te ha ocurrido  hacer una  cosa así?  -preguntó Rey apesadumbrado. -Sólo  ha  sido  una botella de  vodka, no  dos -protestó  Leopold-.  Y mi  intención era gastarle una broma  a  Tess,  pero  al ver  a  Evan  y  a  Justin...  ¡Al  menos, Calhoun no  lo  ha probado! Quiso disculparse con el  último  comentario.  Calhoun,  antaño  playboy,  era  casi  tan abstemio como  su  hermano  después  del matrimonio. -Da  igual,  porque  también se ha  marchado. De  todos modos, no  te preocupes por eso ahora porque,  en  estos  momentos, tienes  problemas más  apremiantes.  Será  mejor que vayas  a hablar  con  ella. -¡Y rápido!  -añadió  Rey,  sus  ojos negros echando  chispas. -¡Y será mejor  que hagas  que se quede si  noquieres  que te marque  como  voy a marcar al  ganado  que nos han traído hoy! -dijo  Cag. -¡Está bien,  ya  voy, ya  voy! Leopold salió  de la  cocina  en  pos  de  la  joven que se  encargaba de la  casa. -¿No  es demasiado  joven  para  hacerse  cargo  de toda  la casa?  -preguntó Tom a sus  hermanos-.  No debe pasar  de  diecinueve  años. -Tiene veintidós  -dijo  Cag-.  Su padre estaba  trabajando  para nosotros  cuando, de repente, le  dio  un infarto y  murió  en el  acto. Tess  no  tiene familia y sabe cocinar. Nos pareció  la  solución  ideal,  y lo  sería  si  Leo  la dejara  en paz. -¿Por qué  no  puede dejar  de  atormentar a las  mujeres que trabajan  en la  casa? -protestó  Rey. -Algún  día  sentará la  cabeza  -murmuró  Cag  con expresión ausente,  mirando  a  la puerta  posterior  de la casa  que estaba en la cocina-. Y  yo  me  encargaré de que  no vuelva  a molestarla. Tras esas  palabras,  Cag  salió de  la cocina  en busca  de Leo  y Tess. -Le  gusta la chica  -dijo Rey cuando  Cag  se hubo marchado, -aunque no  lo admite. Cree que es  demasiado joven, y a ella  la  asusta  Cag.  En  cierto modo, es  una situación cómica.  Supongo  que  Tess  no  sabe que  tiene el  poder  de, con  sólo  mover un  dedo, puede hacer  lo  que quiera con él. -Ella es muy joven  -comentó  Tira. Rey la  miró. -Sí, lo es. Pero  es justo  lo que Cag  necesita,  una persona a  quien cuidar.  Siempre está  trayendo a casa  perros y  gatos abandonados...  igual  que  hace ella  -Rey  señaló  una cría de  gato  en un  rincón  de  la  cocina, encima  de una  especie  de  cama para crías-.  Tess lo encontró  abandonado en  una  autopista, y  Cag le  compró  la  cama. Están hechos  el  uno para  el otro, pero Leo lo  va a estropear  todo. Aunque  creo  que  el  problema es que  a Leo  ella  le  gusta también y quiere  evitar que Tess  se de  cuenta de  lo  que  Cag  siente por ella. -En fin,  esto  no es  problema nuestro  -le aseguró Tom a su  hermano-. Pero  yo que  tú mandaría  a  Leo  a una  escuela de  cocina.  No  hay  mujer suficientemente  estúpida para  casarse  con  él; y si  aprendiera  a preparar  dulces,  no necesitarías una  criada.
Rey suspiró. -Bueno,  será  mejor  que  vayamos  con los otros invitados,  no  todos se  han  ido. Venga, dejadme  que  os  presente. Corrigan y  Done se Reunieron con  ellos delante del  cuenco  de ponche,  que había sido  vaciado y vuelto  a preparar, esta  vez  sin alcohol.  Dorie estaba tan embarazada como Anna  Tremayne,  y estaba radiante. Ni  siquiera la  fina  cicatriz de su  delicada mejilla  oscurecía su belleza. -Ya  casi nos habíamos  dado por vencidos y,  de  repente...  ¡zas!  -dijo  ella riendo  y mirando a su  esposo  con adoración. -Estamos  como locos  -comentó  Corrigan. La cojera  debida al accidente  que  había sufrido hacía unos años había casi desaparecido, ya  ni siquiera necesitaba  bastón. -Voy  a ser  tío  -murmuró  Tom-.  He visto unos trenes eléctricos  maravillosos  en un  escaparate  de una  tienda  de San Antonio.  A los niños  les  encantan  los trenes. -Sí,  señor,  tanto  a  los niños  como a  las  niñas-murmuró Tira,  sin mencionar  que  ella también  se  había comprado  un  tren. -Me  encantan los trenes  -dijo  Tom, y  miró  a  Corrigan-. ¿Te acuerdas  del tren que nos  compró papá? -Sí,  claro  que me acuerdo  -los dos  hermanos  se  pusieron  a  rememorar. -Esto ya  no  tiene alcohol,  ¿verdad? -preguntó  Tira  mirando al  cuenco  de  ponche  y cambiando  de  tema. -No, adelante,  sírvete  tú  misma  -le dijo  Corrigan sonriéndole  con  afecto. Tira se  sirvió  y también sirvió a  Tom, y siguieron hablando  de generalidades, evitando los  temas  personales. La banda de  música country  de la localidad tocó una  canción  lenta,  y Tom arrastró  a  Tira  al  espacio  reservado  para  bailar, envolviéndola  en  sus  brazos. Tira  sintió  la  prótesis algo  incómoda y se  movió  imperceptiblemente. -¿Te he  hecho  daño?  -preguntó  Tom en  voz baja, soltándola ligeramente-. Perdona,  aún  no  estoy  acostumbrado  a  esta  cosa,  no  controlo  bien  la  fueza  ni  la presión. -No  te  preocupes,  tu  no  me  has  hecho  daño.  Tom  la  miró  a  los  ojos. -Eres  la  única  mujer  que me  ha  visto  sin la  prótesis. En  el hospital,  cuando sólo era  un  muñón... -Has  perdido  parte de  un brazo, pero has salvado  la  vida  -le interrumpió  ella. -Tú  estabas  conmigo. Me hiciste luchar,  me  hiciste  querer  vivir cuando ya  no quería seguir  vivo-recordó  él. Tira apartó la  mirada. -Sé lo  mucho  que Melia significaba para  ti,  Tom,  no  es necesario  que me  lo recuerdes. Secretos, pensó  él.  Guardaba muchos secretos.  Quizá eso era, en  parte,  lo que los separaba. Había  llegado el  momento  de  acortar  las  distancias. -Melia  tuvo  un  aborto.
Tira, sin darse cuenta de  lo  que las palabras  de Tom implicaban,  alzó los ojos con expresión  curiosa. -¿Qué? -Que  la  dejé  embarazada  y  ella  puso  fin  al  embarazo  porque  no  quería  que  se  le estropeara  la  figura.  Aunque,  por  supuesto,  no sabía  si el  niño era mío  o de otro. Podría haber  sido de cualquiera de  sus  amantes. Tira dejó de bailar  y  se lo  quedó  mirando  con expresión atónita. -Me  lo dijo  la  noche  del  accidente  -continuó Tom-. Eso fue  lo  que me distrajo  y lo que  me  hizo  perder  el  control del coche en  la curva. Recuerdo que, durante el segundo antes  del  choque,  pensé que,  destrozada  la  ilusión ya no  merecía la  pena  seguir viviendo. -¿Ilusión? -repitió  Tira. -Sí, la ilusión de  que  mi  matrimonio era  perfecto -respondió  él-.  La  ilusión de  que mi amada esposa  me  quería tanto como  yo  a  ella, de  que quería tener  hijos  conmigo  y pasar  el  resto  de la  vida  junto a  mí. Tom rió fríamente y  prosiguió. -Me  casé  con  una  mujer  egoísta  y  calculadora  a la  que  lo  único  que  le  preocupaba era vivir  rodeada de lujo  y de  amantes.  Le excitaba  tener otros hombres en su  vida  y que yo no lo  supiera.  Se  acostaba con  ellos  en mi  cama. Tira  estaba perpleja. Ella  creía, todo  el  mundo creía, que Tom seguía llorando  la muerte de  Melia  aún,  al  cabo de los años. -No sabes  cómo  siento lo  mucho  que debes haber  pasado  -dijo  Tira  con  los ojos llenos de  lágrimas. -Tú estabas casada con John cuando ocurrió,  pero ibas a verme  al hospital  todos los  días.  Me tomabas  la  mano,  me  hablabas  y  me  obligaste a  levantarme  y a  intentar sobrevivir.  Siempre creí  que  dejaste a  John  por  mí,  y eso  me  hacía  sentirme  culpable. Creí  que  yo era  el  motivo  de  que acabaras  con tu matrimonio. Tira bajó los ojos. -No -respondió  con  voz tensa-.  Tú no  fuiste  el motivo  de  la  ruptura de mi matrimonio. -Al  principio...  ¿estabas  enamorada  de  él? -Me atraía  y le  tenía cariño -confesó  Tira  con voz queda-. Y estaba  decidida  a que nuestro  matrimonio  saliera bien -Tira se  estremeció  y Tom la  atrajo  hacia  sí-. Pensé que...  que no  era suficiente mujer. Tom respiró  profundamente. Ahora sabía  la  verdad sobre  el matrimonio  de John  y  Tira, pero  no  sabía si era el  momento  de avivar el  doloroso  recuerdo. Acarició los labios de  Tira  con los suyos  y  luego  le besó  los párpados. -No llores,  eres  toda una mujer.  Ven aquí, deja que  te lo  demuestre... -¡Tom! Tom le pegó  las caderas a las suyas  y se  estremeció  al sentir  la  violenta reacción de  su  cuerpo al  tocar  el de  ella. Tira jadeó,  pero Tom no  le permitió apartarse.
-¿Te  das  cuenta  de  lo  mucho  que  te  deseo?  -le  susurró  él  al  oído-.  Casi  no te  he  tocado y soy capaz de... -Tú  eres un hombre. -Nunca  me  ha  pasado  con  tanta  rapidez  como  contigo -contestó  él-.  Te  deseo tanto  que casi  me duele  físicamente.  Sí,  Tira, eres toda  una mujer  para  cualquier hombre. Siento  que tu marido  no... No,  no  lo  siento.  Me alegro de  que tu  marido  no pudiera  poseerte. Las  palabras de Tom  la  dejaron atónita. Confusa y  avergonzada,  miró a  su alrededor  por si  alguien los  miraba,  por si  alguien los había oído. -Vamos,  tranquila,  nadie ha notado  nada. Tira respiró  profundamente,  se  sentía  débil.  Apoyó la  cabeza en  el  pecho de Tom y  lanzó  un quedo  gemido. -Hemos  abierto  la  caja  de  Pandora en  tu  habitación,  en  tu  cama  -le susurró Tom al oído-. Nos  deseamos,  Tira. Ella  tragó  saliva. -No puedo. -¿Por qué  no? Tira vaciló,  pero sólo  un  instante. -Yo no  me entrego a las aventuras amorosas, Tom. -No mientas,  cariño  -comentó  él  apenas disimulando  los  celos-. ¿Qué es  si no lo que hay entre  tú y Charles  Percy?

Capítulo Ocho
 Tira dejó  de bailar. No  sabía  por  qué  estaba  enfadada.  Al parecer, cuando sólo unas horas atrás la besó  y  la  acarició  en  su  casa,  creyó  que su respuesta  era la  de  una mujer  con  experiencia.  Se  preguntó qué pensaría  él  si supiera la verdad,  que llevaba esperándole  todos  esos años,  que  jamás  había  deseado a otro hombre. -Vamos, atrévete  a negarlo -dijo  él con  una extraña  luz en  sus ojos. Tira clavó la  mirada en esa amplia y  firme boca. -Piensa lo que quieras  -contestó  ella-, de todos  modos vas  a hacerlo...  De  todos modos, Tom,  deja  que te  recuerde  que no tienes  derecho  a  mencionar  mi relación con Charles. -¿Que  no  tengo  derecho?  ¿Después  de  lo  que  me has  dejado hacerte? Tira enrojeció  visiblemente. -Un  momento de  debilidad... -De  debilidad nada -dijo  él  en voz  baja-.  Estabas  muy  necesitada. ¿Es que  ya  no te apetece hacer  el  amor? -Tom,  por favor.  Esta  noche  no, por favor  -le  rogó  Tira. -¿Estabas  pensando  en  él  cuando  estabas  conmigo? -¡Por supuesto  que no!  -exclamó  ella indignada.
Tom la miró  a los ojos  durante unos  momentos  y se  relajó: -Te creo. Tom  cerró  los  ojos  y  se  movieron  al  ritmo de la  música. A  Tira  le  sorprendió  que  él admitiera su deseo por  ella.  Estaban empezando  una relación  completamente nueva,  aunque  no  sabía  qué pensar  ni si  debía  fiarse  de Tom. Pero  lo que  sentía era tan delicioso que no  podía reprimirlo,  y dejó  que su cuerpo se moviera con el  de  él mientras  inhalaba  su  aroma.  Le acarició el pecho  con la  mano  y le sintió ponerse tenso. -Será  mejor que  no  sigas  -le  susurró  Tom al  oído. Tira  dejó quieta la  mano. -¿Tienes... carne  de  gallina? -le preguntó  ella. -En  algunos sitios  más que en  otros. Tira  le  acarició  el pecho  con la  mejilla  y suspiró. -Tengo  sueño -murmuró  ella cerrando  los  ojos  mientras se movían perezosamente al  son  de  la  música. -¿Quieres  ir  a  casa? -Hemos  estado  aquí  muy  poco. -No importa.  Yo  también he tenido  una semana  muy ajetreada  -Tom la  dejó apartarse-. Venga, vamos a despedirnos  y  a  casa. Encontraron  a  Corrigan y le  pidieron que  se  despidiera de  los  otros  en su  nombre. -Todavía  están tratando de  convencer a Tess  para  que se  quede  -murmuró Corrigan  con sorna-.  Espero  que  lo consigan,  porque  a Dorie  ahora le dan asco  los pasteles. -Deséales  suerte de  mi parte  -dijo Tom-.Bueno, gracias  por la  fiesta.  Es  posible que el  año que viene  celebremos  la Navidad en  mi  casa, en  San  Antonio. -Te  lo recordaré -respondió  Corrigan-.  ¿Y vosotros, habéis  dejado  ya  de pelearos? -De  momento -contestó Tira. -Definitivamente -le  corrigió  Tom. -Bueno,  eso ya  lo veremos  -replicó  Tira. Salieron de  la casa y volvieron a San  Antonio.  Pero  en  vez  de  llevarla  a  su  casa, Tom  la llevó a la  suya. Tira se preguntó por qué no  se opuso, cosa que podía haber hecho. Pero  sentía curiosidad respecto  al  motivo  por  el  que Tom  la  había llevado  allí. -¿Ninguna objeción,  ninguna  pregunta?  -le  preguntó  él cuando  el  ascensor  les dejó  en el  ático. -Supongo  que me  lo  aclararás  todo  en su  momento  -contestó ella, pero  con ligera aprensión  en  la  mirada. -No  te  preocupes, no  voy  a seducirte  a menos que  quieras que  lo  haga. Tira se  ruborizó y  le siguió  al interior  del  piso. Era  la primera  vez que  estaba en casa  de Tom,  algo  que  siempre  había  esperado en vano, hasta  ese  momento.  La  vida privada  de  Tom era tan privada que incluso  sus
hermanos sabían poco  de  ella. El piso  era  enorme; marrones, cremas y  naranjas eran  los colores  predominantes. Tenía grandes pinturas  al  óleo, la  mayoría  paisajes, y  el  mobiliario era de un estilo parecido al  mediterráneo. Tira acarició  el  respaldo de madera de palo  de  rosa del  sofá  tapizado  en terciopelo verde del  cuarto de  estar. -Es precioso  -comentó ella.   -Me  alegra  que  te  guste. Se hizo una pausa durante  la  cual  Tira se  sintió  cada vez  más  nerviosa.  Miró  a Tom y  le  sorprendió  contemplándola. -Me estás poniendo  nerviosa  -Tira  rió  incómoda. -¿Por qué? Ella  se  encogió  de  hombros. -No lo  sé  exactamente. Tom  se acercó a ella  con  decisión. Le  retiró  la  capa  de  los hombros y  le  quitó  el bolso de las manos, tirando  ambas  cosas encima del  sofá.  Y  tiró  su chaqueta antes de levantarle  las manos  a  Tira  y llevárselas a  la  corbata. Ella  vaciló  antes de desabrocharle la  corbata  y tirarla al  sofá. Tom  le  guió las manos a los  botones de  la  camisa. El  silencio  se  hizo  cada  vez  más  tenso  mientras  Tom la  dejaba desabrocharle  la camisa. Pero cuando  Tira fue  a  quitársela,  él sacudió la  cabeza. -No me da aprensión ver  la  prótesis  -dijo  ella  con voz  ronca. Tom  la  atrajo hacia  sí  y  le  cubrió  la boca con  la  suya. Los labios  de  Tom  se  mostraron lentos  y  tiernos. La  besó  rozando  la  adoración, acariciándole la nariz  con la  suya, haciéndola  desear más. Tira enterró los  dedos  en  los espesos cabellos  de  Tom y se  puso  de  puntillas para  besarlo con  más dureza,  más  profundamente. Sintió la  mano de Tom bajarle la  cremallera  del  vestido y  no protestó cuando la prenda  que  la  cubría cayó al  suelo.  Y tampoco protestó  cuando  le  quitó  el  sujetador, que también  cayó  al  suelo dejando  al  descubierto sus  bonitos  y turgentes  senos. Tira  se  descalzó y Tom, tomándola de  la  mano, la  guió  a  su  dormitorio. La  cama era enorme,  cubierta  con  una colcha crema y marrón. Tira  lo  miró  con  deseo  y,  al  mismo  tiempo,  temor.  Quería  confesarle  su inexperiencia con  los hombres, pero  no  sabía  cómo. Él  la  llevó  a  la  cama  y,  después  de  dejarla  allí,  se  llevó  la  mano  al  cinturón. Dejó que los pantalones  cayeran  al suelo y,  cubierto  sólo  con unos  calzoncillos de  seda negros, se  sentó  en  la  cama para  quitarse  los  zapatos y los calcetines. -La camisa  -le susurró  Tira.  Tom  se  tumbó  a su lado. -Me  parece  que no  voy  a poder hacer  esto sin la prótesis  -confesó  él  con voz queda-. Pero  preferiría que  no  la  vieras. ¿Te  importa? Tira  sacudió  la  cabeza.  Así,  tan  cerca,  Tom estaba  irresistible. Le encantó cómo la  miraba,  le  encantó lo  que  la  hizo sentir  al acariciarle el rostro y al susurrarle
junto  a los  pechos. Tira se  arqueó  hacia  él. -¿Vas  a  dejarme  poseerte? Tira  se  mordió  los  labios. -Tom, no  estoy segura... -Sí  que  lo estás  -le  interrumpió  él-.  Me  deseas  tanto como  yo  a ti. -Sí, eso  es  verdad -confesó Tira,  pero  no  pudo  revelarle  su secreto. Tom le  tocó  el pezón y  la  sintió  temblar. -Eres  una criatura  muy  hermosa.  Espero  no  defraudarte. Mientras  Tira  pensaba  en cómo confesarle  que era virgen,  Tom bajó  la  cabeza y le  atrapó un  pecho con  la  boca. Tira  contuvo  la  respiración y  le  clavó  las uñas  en  la  cabeza. Tom alzó  la  cabeza  y  vio  preocupación  en  los  ojos de  ella. -Vamos,  tranquilízate, no  voy  a  hacerte  daño  -dijo  Tom para  tranquilizarse, mientras  se preguntaba qué clase de  amante era Charles Percy para tenerla tan asustada. Volvió  a  bajar  la  cabeza  y,  esta  vez,  Tira  no  protestó.  No  podía.  Todo  era maravilloso. Gimió  y  se  movió  de  placer  mientras Tom seguía  chupándole los  pechos, y acariciándole el  vientre y la  entrepierna. Cuando  Tom le  bajó  las  bragas y  se  bajó  sus calzoncillos,  Tira casi ni se dio cuenta. Las hábiles  caricias  de él la tenían  sobrecogida. Al cabo  de  unos  ardorosos  minutos, Tom  se  colocó  encima de  ella  y le capturó la boca  con  la  suya  al  tiempo  que  la  penetraba. De  una  sensación de  euforia Tira  pasó  a  sentir  puro  dolor.  Le clavó  las uñas en  los hombros mientras gemía  su  nombre.- Pero  Tom había  perdido  el  control,  y empujó  y gritó  al  sentirla envolverlo. -¡Ohhhh! -gimió ella. Tom  se  quedó quieto  un instante, tembló  y  luego  la miró. -¿Te estoy  haciendo daño? -le  susurró sobrecogido-.  ¡Dios mío, no, cariño...!  ¡No, por  favor, no  te  muevas así! Tira  movió  las caderas  para  aliviar  el  dolor; desgraciadamente, al  moverse  le  hizo perder  el  poco control que  le  quedaba y Tom  alcanzó  el  climax. Se  quedó  desolado. -¡Oh,  Dios  mío, Tira, lo  siento! -exclamó  él con los ojos  cerrados y el  cuerpo  tenso dentro de  ella. Tira  lo  sintió  relajarse  encima  de  su  cuerpo,  el  peso  de  Tom  casi  no  la  dejaba respirar. Lloró  en silencio.  El sexo no  tenía nada  de  extraordinario,  era  sólo  una dolorosa experiencia  cuya única finalidad  era darle  placer a un  hombre.  En esos momentos lo  odió y  se  odió a sí  misma por  haber  cedido. -Por  favor, déjame.  Suéltame -jadeó  ella.  Tom respiró profundamente. -No, ni lo  sueñes  -respondió  él  con voz ronca al  cabo  de unos  segundos de vacilación. Miró a  Tira  a  los  ojos  con  una  expresión que  ella no consiguió  interpretar.
-Charles  Percy  no es  tu  amante  -declaró  él. -Yo nunca  he dicho que  lo fuese  -respondió Tira. Tom  levantó ligeramente el cuerpo apoyándose en  la  prótesis  y  se  la  quedó contemplando. Le tocó  el delicado vientre  y bajó la mano hasta los  muslos. Había una mancha  de  sangre  que  llamó  su  atención. -Tom, duele -susurró ella avergonzada.  Tom subió los  ojos y los clavó en los de ella. -Lo  sé. Pero  siguió  moviendo  la  mano  por  los muslos  de  Tira y  la  llevó  hasta  donde  sus cuerpos seguían  unidos. Tira  fue a protestar. -Ssssss  -le susurró  él  e,  ignorando  sus  protestas,  comenzó a tocarla íntimamente. Tira abrió  los  ojos  de  sorpresa  al  sentir un inesperado  placer.  Abrió la  boca  y gimió.  Volvió a  clavarle  las  uñas en  los hombros.  ¡Era  eso!  ¡Era eso!  Tira  cerró  los ojos mientras  temblaba de placer. -Así, muy bien -susurró Tom  mientras Tira seguía estremeciéndose-.  Esta  vez no  va  a dolerte. Vamos,  cielo,  abre  la boca.  Quiero  que me conozcas completamente, quiero  que  sepas todo  lo que  hay que  saber sobre mí. Tom movió las caderas y  la  sintió frotarse  contra él  mientras  sus caricias provocaban  en  ella una dulce tensión. -Voy a enseñarte a sentir  placer. Tira le  rodeó los  muslos  con las  piernas  para ayudarlo,  para  hacerle hundirse  más y más  en ella,  y  jadeó cuando  sintió su excitación  dentro.  Seguía doliéndole  un  poco, pero ya  no  le importaba porque  el  placer  anulaba todo lo  demás.  ¡Lo  deseaba! Se oyó  a  sí  misma  gemir, gritar  y  rogarle. Había perdido  el amor propio  y  la vergüenza.  Tom le  estaba proporcionando  un  placer con el que ni  siquiera había soñado. Le pertenecía,  era parte  de  él. Los movimientos se  hicieron más  rápidos, mas  violentos.  Tom le  susurró  algo junto  a  la  boca,  pero  ella  ya  no podía  oírle. Tira perseguía  una  meta desconocida, rogándole, suplicándole. Tom  cambió  el ritmo  de  sus movimientos,  haciéndolos  más violentos y rápidos aún;  y el  éxtasis arrastró  a Tira  como  una  ola de  blanca  y  ardiente sensación.  Gritó  y gritó  mientras  su  cuerpo  se sacudía  convulsivamente,  presa de  un  placer  indescriptible. Esta  vez, Tira no  sintió el peso  de  él cuando  Tom se  dejó  caer encima  de ella agotado.  Le mantuvo abrazado, temblando. Un  buen  rato  después,  Tom  alzó  la  cabeza  y  la  miró  a  los  ojos.  Sonrió  al  ver sorpresa  en  ellos. -Sí, ha  estado  bien, ¿verdad? Tira se  sonrojó y ocultó  el  rostro  en el  pecho  de él. tom sonrió. -Creía que  no  iba a  terminar nunca.  Jamás  me  he sentido tan saciado  en  mi  vida.
Tira alzó  la cabeza y  la ternura  que  vio en  los ojos de Tom le  sobrecogió. Alzó una mano  y  le acarició  el  rostro bañado en sudor,  pero no  consiguió  hablar. -Debías  ser  la  única virgen de  veintiocho años  en Texas  -murmuró  Tom  en broma-. ¿Has estado  esperándome  todos  estos  años? Tira no quiso admitir  que así era. Suspiró. -Nunca  me  había  apetecido estar con un  hombre  lo suficiente para  acostarme con él -confesó  ella,  evitando una respuesta  directa-.  Supongo  que  tú  habrás perdido cuenta de las  mujeres con las  que te  has  acostado  estos  últimos años. Tom le  acarició  los  labios  con las yemas  de los  dedos. -No me había acostado con nadie  desde la muerte de  Melia. He  salido con Jill, pero  nunca  me  he  acostado  con  ella. -¿Qué? -No muchas  mujeres querrían acostarse con un manco.  Quizá eso  me  haya acomplejado  un  poco,  pero... No  sé, siempre  me  he  sentido  bien  contigo.  Sabía  que, aunque  me mostrara torpe,  tú  nunca te  reirías de mí. -Eso  jamás  -dijo ella  con absoluta  sinceridad. -Bueno,  ahora ya lo  sabes -dijo  Tom. -Sí,  ahora ya  lo  sé. -Siento  haberte hecho daño  -le acarició  una ceja-. Hacía  tanto tiempo  que  no  he podido  evitar  perder el  control.  Me ha sido  imposible  hacer nada.   -Lo  comprendo. -Y  siento  mucho  todas los estúpidos comentarios que  te  he  hecho. Tira se  sintió incómoda. ¿Se estaba disculpando Tom de  haberle hecho el amor? -Quiero  pedirte perdón  -le  susurró  él  junto a la  boca-. No puedes imaginarte lo que he  sentido al  saber  que he sido el  primero  en  tu vida. Preocupada, Tira  frunció  el  ceño. -¿Qué  te  pasa? -le  preguntó Tom al  ver  su  expresión. -No has  utilizado anticonceptivos  -contestó ella. -No.  Creía  que  estabas tomando  la  pildora porque  creía  que  te estabas  acostando con Charles. -Pues  no es  así  -respondió  ella  enrojeciendo. Tom le  puso la  mano  en el vientre con  gesto  posesivo  y  protector. -Si te  he  dejado  embarazada-No tuvo que  acabar la  frase,  Tira  siempre parecía saber lo  que estaba pensando.  Alzó  una  mano  y  le  puso  los  dedos en  los labios. -Tom,  me conoces  de  sobra  -susurró  ella, anticipando  la pregunta  que él  tenía miedo de hacer. Tom suspiró  y,  con  cuidado, salió  de  ella y se  tumbó a su  lado. -Ha  sido equivocación  mía  -dijo  él cuando  vio preocupación en los ojos de Tira-. Quizá  haya sido  el  mayor error  que  he cometido  en  mucho tiempo.  Pero vamos  a arreglarlo.  Si  tienes  aquí  dentro  a mi hijo, no  voy  a permitir  que  lo  críes  tú sola. Nos casaremos tan  pronto  como  consiga  la  licencia.
La  declaración dejó  a  Tira  asombrada.  Sin saber qué contestar,  respiró profundamente. Tom la  miró  fijamente a los ojos. -¿No  quieres a  mi hijo? La  forma  como  lo  dijo  la  hizo  sentir  un  delicioso  cosquilleo  en  el  cuerpo.  Tom había hecho  la  pregunta  con  la  mayor ternura del mundo,  y las  lágrimas  afloraron a los ojos  de  Tira. -Oh, sí,  claro  que sí  -susurró  ella.  Mirándola  con  solemnidad,  Tom le acarició  los suaves y  bonitos senos,  con suma  delicadeza. -En  ese  caso, no  utilizaremos  anticonceptivos -murmuró  Tom. Tira  abrió  los labios confusa. -¿Por  qué te  has entregado  a  mí?  -le preguntó  él  acariciándole los  labios. Preocupada, Tira  se  lo  quedó  mirando. -Creía que  lo  sabías. -Espero  saberlo -ahora, él estaba preocupado-.  La  verdad es que  no tenía intención de  seducirte,  por  si  creías lo  contrario. Sólo quería  besarte  y  quizá acariciarte  un poco,  nada  más. Pero  tú  te has  comportado como un corderito,  sin protestar  hasta que  te  he hecho daño...  ¡Nunca pensé que pudiera dolerte tanto! Empezaste  a  gritar  y a moverte,  y perdí  el  control  por  completo.  Pero  no podía parar... Tom estaba  atormentado. -No te  preocupes,  es normal que  duela la  primera vez  -dijo ella  rápidamente-. Tom, a  unas  mujeres les duele más  que  a  otras,  pero no  pasa  nada.  Supongo  que  yo  he sido  una  de ésas  a  las  que  les duele  más. No  te  preocupes,  ya está. La  mirada de Tom era turbulenta. -Jamás  te  haría daño  intencionadamente,  Tira-susurró él  con  voz  ronca-. Quería que sintieras lo  que estaba  sintiendo  yo,  como si  el sol  hubiera estallado dentro  de  ti. Le  acarició  los  cabellos y  continuó. -Jamás  había  sentido lo  mismo.  Nunca  creí  poder sentir  lo  que  he  sentido  contigo       -Tom  bajó la  cabeza y le  besó  los  labios-.  Dios mío,  quería mimarte y ser  tierno, pero... Llevaba demasiados años  sin  acostarme con nadie y,  desgraciadamente,  me  He portado como  un animal.  ¡Creía  que  tenías  experiencia...! Tira  le besó  los párpados.  Se  acariciaron con las  mejillas  y  la nariz.  Tira  le consoló a besos. -Me  has  hecho  quererlo  -le  susurró  ella  al  oído-. Me  has  hecho desearte. La segunda  vez  no  me  ha  dolido. Tom  la  abrazó  y  tembló. -No quiero  volver  a  hacerte  daño en  la  vida, te lo  juro. Tira  le  rodeó con las  piernas y  sonrió  con expresión  de ensoñación.  Podía  ser que Tom no  estuviera enamorado de  ella, pero  estaba segura  de que sentía  por  ella algo más  que  puro  deseo  sexual. -¿Tom? -¿Mmmm?
-Voy a casarme  contigo.  Tom le  besó la  garganta. -Naturalmente  que vas a casarte  conmigo.  Tira  cerró los ojos  y le tocó la correa de  cuero  que  le  sujetaba la  prótesis. -¿Por  qué no te  la quitas? Tom  levantó  la  cabeza y frunció el  ceño. -Tira... Ella  se  sentó en  la cama, orgullosamente desnuda, y  le  hizo  sentarse a su  lado para  quitarle  la  camisa. Le  vio  tensar  la  mandíbula  mientras  ella  le  desataba  los tirantes de cuero antes  de  quitarle la  prótesis. Después,  le  acarició  lo  que  le  quedaba  de  brazo. -¿En  serio  no  te  da aprensión? -le preguntó  Tom después de que Tira se tumbara y  le hiciera  tumbarse  a  su lado. Ella  se apretó  contra  él. -Tom, ¿te daría  aprensión  si me faltara parte de  un  brazo a mí? Tom se  quedó  pensativo  unos momentos. -No -contestó él  por  fin. -Supongo  que eso responde a tu  pregunta-Tira sonrió-.  Ahora,  vamos a dormir, tengo sueño. Él  rió  en voz  baja. -Y yo. Tom extendió  el  brazo y apagó  la  luz de  la  lámpara  de  la  mesilla de  noche; después,  tiró  de las  ropas  de  cama  para  taparse y taparla  a ella. Tira se  puso  rígida  y él  la atrajo hacia  sí. -¿Qué  es lo  que  te  pasa? -preguntó  Tom inmediatamente. -Tom, ¿tienes  a  alguien que  venga a limpiar? -Claro. Los  martes  y los  jueves. Pero  no te preocupes,  es sábado  por  la noche  y estamos prometidos. -Está bien, de acuerdo.  Tom  la abrazó. -El lunes por la  mañana a primera hora  iremos  a  solicitar la  licencia  y nos casaremos  el  jueves. ¿Quiénes  quieres  que  sean  los testigos  y los padrinos? -Supongo  que  tendrán que  serlo tus  hermanos-gruñó ella. Tom sonrió  maliciosamente. -Da  gracias  a  Dios de  no  haberme rechazado. ¿Recuerdas  lo que  le pasó a Dorie? Tira lo  recordaba perfectamente y cerró  los ojos. -Menos mal.  Tom, ¿estás  seguro  de que  quieres  que  nos  casemos? -Sí,  completamente  seguro.  Y  tú  también. Y ahora duérmete.

HOLA AQUI ESTA EL CAPS ESPERO Y LO LEAN..  HASTA PRONTO 😊

sábado, 11 de febrero de 2017

Capítulo Seis
Después  de consumir  mucho  más whisky del  que debía la  noche  anterior,  Tom se despertó con  el vivo  recuerdo  de  Tira  en  sus  brazos y  lanzó  un  gruñido. Lo  había estropeado  todo una  vez más.  Esta vez,  no  sabía  cómo iba a  arreglarlo.  Jill  se  pasó por su casa y  se  invitó a  almorzar  con él, y trató  de  sonsacarle  el motivo  de su mal  humor. Tom le comentó someramente que había ido a  la  ópera  y que había  tenido  una discusión con Tira, pero  no  se  extendió en detalles.  Jill  le preguntó si  había esperado encontrar a Tira  en  el teatro, pero  Tom le contestó con  una evasiva y alegó que tenía mucho trabajo. Jill  se  puso enferma al temer que Tira  se estuviera adentrando en su  territorio cuando, según ella,  todo iba tan  bien. Llamó  a  Tira  por  teléfono  y  la  señora  Lester  le dijo que  había  ido de  compras.  El resto  fue fácil... Tira, aún enfadada consigo  misma por  la  debilidad  de su  carne,  entró en  un pequeño café en el  centro de la  ciudad a almorzar. El  destino estaba en contra  suya, pensó  cuando,  mientras  tomaba  un  sandwich  y  un café, vio  a Jill  Sinclair entrar en  el establecimiento. -Vaya, ¿cómo estás?  —preguntó Jill  con una  sonrisa inocente-.  ¿Sólo sandwiches en  un café?  ¡Pobrecilla!  Yo he  quedado  con Tom para almorzar en Chez Paul. -En  ese  caso,  ¿por  qué  estás  aquí?  -le  preguntó Tira,  poco dispuesta  a mostrarse amistosa  con su  peor  enemiga. Jill arqueó  sus perfectas  cejas. -Porque,  al  ir a  entrar  a la  tienda  de al  lado a  comprar  una pulsera  de diamantes, te  he  visto  aquí  y  quería  tener  unas  palabras contigo  -mintió Jill-. Verás, a  Tom le disgustó  mucho  encontrarte  anoche  en la ópera.  En  adelante,  ahórrate  arreglar estos encuentros  «accidentales»,  persiguiéndolo  no  vas a conseguir  nada.  ¡Hoy está  de  un humor  de perros! -¡Me  alegro! -contestó  Tira apenas  controlando la  cólera-. ¿Te  apetece tomar un café  conmigo,  Jill?
Con  la  taza  de café en la  mano, Tira  echó el  brazo  hacia atrás y añadió: -¡Toma, te  presento  a la  señorita  Taza de  Café! Al momento,  la taza se estrelló contra  el  suelo,  a pocos  centímetros  de donde estaba Jill, manchándola  de  cafe. -¡Dios  mío, qué torpeza  la  mía!  -exclamó  Tira  con  voz  dulce. Jill,  que  no  había esperado  esa reacción de  Tira,  tragó  saliva. -Bueno, tengo  que  irme  ya. -¡Oh, mira!  -dijo Tira  levantando la cafetera  de plástico  que la  camarera  había dejado  encima  de  la  mesa-.  ¡La  señorita  Cafetera  va  a  seguir  a  la  señorita  Taza  de Café! Jill echó a correr.  De no encontrarse tan deprimida, Tira se habría  echado  a  reír. Tira  le pidió  disculpas  a la  camarera  y le  dejó una enorme propina.  Luego,  salió del café y  se  fue a  su  casa.  Allí,  empezó  a trabajar en  una nueva escultura  para la galería.  No  tenía  que  hacerlo,  pero  el  trabajo  le  daba  algo  que  hacer  para  así  no pasarse todo  el  tiempo recordando  los  besos de  Tom. Al  día  siguiente le  pidieron  asistir a  un  comité  que  iba a  supervisar  las festividades navideñas en  un  refugio infantil  de  la  zona.  Tom era  el presidente del comité y, por ese  motivo, Tira declinó  la  invitación. Pero él la llamó más  tarde  para preguntarle  por  qué  se había negado a ir. Tira estaba  furiosa. -¿Es que  no  lo  sabes?  ¿Crees que me  gusta que  le  pidas  a Jill  que  me  eche  en cara que he  ido a la  ópera persiguiéndote? Se hizo  una  prolongada  pausa. -Le pedí  a  Sherry que  te  diera  esa  entrada, ya  que ella no puede  ir  -confesó Tom-. Si  alguien  estaba  cazando a  alguien,  era  yo. A Tira casi  se  le paró el  corazón. -¿Qué? -Ya  me  has  oído  -Tom  hizo  otra  pausa-.  Ven  a trabajar  conmigo en  el comité,  lo pasarás bien. Sí, Tira sabía  que lo  pasaría  bien, pero  le daba  miedo estar  cerca  de  Tom. -No lo  sé  -respondió  ella  finalmente-.  Últimamente  estás muy raro. -Sí,  lo sé. ¿No podemos  empezar otra  vez?  Tira vaciló. -¿Como qué?  -preguntó directamente. -Como  compañeros de  trabajo.  Como  amigos.  Como  lo  que tú  quieras. Eso era una  especie  de  capitulación.  Quizá  se  hubiera cansado  de  hacerla  que pagase  por  la  muerte  de  John.  Se  debiera  al  motivo  que  se  debiese,  su  vida  estaba vacía sin él.  La  amistad era  mejor  que  nada. -¿Está jill en el  comité? -¡No! -En  ese  caso, de  acuerdo. Lo haré. -¡Estupendo.  Me  pasaré a recogerte para  ir  a  la  reunión  de  mañana por la  noche. -No. Iré  en mi  coche  yo  sola, muchas  gracias.  ¿Dónde es?
Tom  le dio  la dirección y se  despidieron  hasta el  día  siguiente. Tira fue a  la reunión  y se  encontró con varios  amigos que estaban  en el  mismo comité.  Trabajaron durante tres  horas discutiendo la preparación ;  de una fiesta  de Nochebuena  para los  niños,  en la que un anciano de la  localidad iba a hacer  de  Papá Noel.  Tira  iba  a ayudar  a servir  la  comida  y  la  bebida,  e iba  a  preparar  dos  tartas; había  accedido porque  no tenía  otros  planes  para  la  Nochebuena. Otra mujer,  una viuda, también  se  ofreció  voluntaria  para  ayudar; y  dos  hombres,  uno de  ellos  Tom. Después de  la reunión,  Tom  la  acompañó hasta el  coche. -Mis  hermanos celebran  una fiesta de Navidad  el  sábado por la  noche  en Jacobsville, me  han  dicho  que  les  gustaría  que  fueses. -No... Tom  le  selló  los labios  con  un  dedo.  El  gesto  íntimo  la  hizo  temblar. -Charles  podrá sobrevivir sin ti  un  sábado por  la noche, ¿no?  -preguntó él secamente. -Últimamente  no  veo a Charles. -Su  hermano,  Gene,  está  en  el  hospital  -dijo  Tira, sin  acordarse  si  lo  había  mencionado  o  no-.  Nessa no  está  muy  bien y Charles  no quiere dejarla sola. -¿Nessa? -La  mujer de  Gene. Quería contarle  lo de  Nessa  y Charles,  pero no podía revelar  el secreto  de  otro; además,  dejar que  creyera  que ella y  Charles eran amantes era  la  única  protección que tenía. No  podía bajar la  guardia.  Seguía  sin  fiarse de  él.  El cambio  de  actitud de  Tom respecto  a  ella  le sorprendía,  y no  sabía a qué  se  debía. -Entiendo. -No, no  lo  entiendes,  pero da igual.  Bueno, quiero  ir  a  casa,  tengo  frío. Tom la  miró  fijamente al rostro. -Podría ofrecerte una alternativa  -dijo con  voz  suave y aterciopelada. Tira  lo  miró  con  frío  desdén. -No soy propensa a  las aventuras amorosas  pasajeras,  Tom  -declaró Tira directamente-.  Te  lo  digo  por si  se  te  había  pasado  por  la  cabeza. Pareció como  si  a Tom  le hubieran  abofeteado. -¿No? En  ese  caso,  si  tu  aventura  con Charles  Percy no  es  pasajera,  ¿por  qué no se ha casado  contigo? -No quiero volver  a casarme -respondió  Tira con  voz ronca,  apartando la  mirada-. Nunca. Tom vaciló.  Sabía el motivo  de  que  Tira  no  quisiera  volverse  a  casar nunca, había  sido  traicionada.  El  suegro  de  Tira  se lo  había  contado todo pero  Tom no estaba seguro de  que decírselo  fuera lo  acertado en esos  momentos.  Tira  lo miró. -¿Sabe  Jill  que  aún  estás llorando la  muerte de  tu  esposa? -preguntó Tira  con la intención  de  defenderse atacando-. ¿O  se  trata de  un asuntillo  de  poca  importancia? Tom  arqueó  una  ceja. -Tu  caso no  puede  compararse al mío.
-¿No? En  fin,  me voy  a  casa. -Ven a  Jacobsville  conmigo. -¿Para que  se  me ofrezca la cocina  o  la  muerte?  -bromeó ella-.  No,  sé  lo obsesionados  que  estáis  tú y tus  hermanos  con la repostería.  Me  niego  a que  me encierren en  una  cocina. -Te garantizo  que  no  se acercarán  a ti  -le  prometió  él-.  Corrigan ha  contratado una cocinera  que  sabe cocinar  de  todo. -No  durará ni  dos  semanas,  Leopold conseguirá  que se vaya  antes de  eso  -le aseguró  Tira. A  Tom le  gustaba  que Tira  conociese  tan bien  a  sus  hermanos,  que  se interesara  por  la  cosas de  su  familia.  Ella  y Corrigan  eran  amigos  desde hacía  años, incluso  habían salido  juntos  algunas veces,  pero  nunca había  habido  química  entre  ellos. En realidad, Charles Percy siempre  se  había interpuesto  entre  Tira  y los demás hombres. ¿Por qué  no  se había dado  cuenta  de  ello  antes? -Llevas  saliendo  con Charles  desde que dejaste a John  -recordó  Tom en tono ausente. -Charles  es un  buen amigo  -dijo  ella. -Ya, menudo  amigo  -dijo  Tom en  tono  insultante-. ¿Es así  como se  lo  llama ahora? -Tú  deberías  saberlo. ¿Cómo  lo llama  Jill?  Tom, enfadado,  empequeñeció los ojos. -Al menos ella  es  honesta  y  me dice  lo  que quiere  de  mí. Y no  es mi dinero. Tira se  encogió  de hombros. -Cada uno tiene  lo  que se  merece.  Tom  se  quedó  unos momentos mirándola a  los ojos. -La  otra  noche,  respondiste  a  mis  besos.  De  repente,  las  mejillas  de  Tira enrojecieron y apartó la  mirada. -Tengo  que  marcharme. Tom  la  siguió.  No  la  tocó,  pero Tira sintió  en  la espalda el  calor  que emanaba  de él. -¡Deja de  correr! Tira  cerró  los ojos  un instante  antes  de agarrar la  manija  del  coche. -Hace años, creíamos que  éramos  amigos  -dijo Tira  con  voz  ronca-, pero no lo éramos. Tú  sólo  me  tolerabas.  Me  sorprende haber estado  tan ciega para  no  darme cuenta  de  que  tú, simplemente, me  aguantabas. -Tira... Ella  se  volvió  y alzó una  mano. -No te  estoy acusando.  Lo  único que quiero es que sepas que no sufro  porque tú vayas  por ahí  del brazo de Jill. De  repente,  Tom  se  dio  cuenta  de  lo  mucho  que  Tira  había adelgazado  en  los últimos meses. Tenía  un  aspecto  sumamente frágil, parecía  a  punto  de  romperse. -¿Qué  es lo  que  quieres  decir?
-Que no necesito  tu  compasión,  Tom -declaró  Tira  con orgullo-. No  quiero intimidad contigo,  a  pesar  de  lo  que diga Jill  o de  lo  que tú  puedas creer.  Estoy rehaciendo mi vida, he  empezado de  nuevo.  No  quiero volver  al punto  de partida. A  Tom  esas  palabras se le clavaron  como  cuchillos. Tira  hablaba en serio. -Entiendo. -No,  no  lo  entiendes  -replicó ella-. Tú eres  una  especie  de  droga.  Estaba adicta a ti, pero  me  he curado;  de todos  modos,  eres  muy peligroso para mí  incluso  en pequeñas dosis. A  Tom le  dio  un vuelco  el  corazón.  Le  captó  la  mirada  y  se  la  mantuvo. -¿Qué  has  dicho? -Sabes perfectamente lo  que  he  dicho.  No  quiero  volver a estar  obsesionada contigo. Tú tienes  a Jill y  yo  tengo a  Charles, sigamos  con nuestras  vidas  cada  uno por separado. Y por si  tienes dudas,  lo de  la  pistola y  el ratón era  verdad, no una excusa. No me suicidaría por  ti. -Por  favor, eso ya  lo sabía. -Entonces, ¿por  qué...? -¿Sí? Tira se volvió. -¿Por qué continúas  preparando  encuentros  «accidentales»?  No  tiene  sentido. Tom suspiró. -No puedes  olvidar,  ¿verdad?  -preguntó él  despacio. -Lo  estoy  intentando -le aseguró ella-. Pero  cada  vez que estamos  juntos,  la gente murmura.  Fue  muy difícil  para  mí  aguantar  las  consecuencias  de  lo  que  publicaron los periódicos. No  me  apetece  dar pie  a  más  cotillees. -Antes  eso no  te importaba. -Porque  no me  habían  descuartizado  públicamente -respondió  ella-.  Me  han puesto  como si fuera una pobrecilla llorando  por  un  hombre  que  no  le corresponde.  ¡Me han herido  el amor propio! Tom  la miró  entrecerrando los ojos. -¿Cómo sabes  que no te  correspondo, Tira? Tira se  lo quedó  mirando  sin contestar. -Pasaré  a recogerte el  sábado a  las  seis  de  la  tarde  para  ir  ajacobsville  -anunció Tom-. Vístete de  forma elegante, es  una ocasión  formal. -No voy a  ir. -Sí, sí vas a ir  -respondió  Tom con estremecedora  certidumbre. Tom se  dio  media vuelta  y  se dirigió  a  su coche mientras Tira  lo miraba  furiosa. Apenas  faltaba  una  semana  para  Navidad.  Tira  contaba  con  la  preparación de la fiesta  de  los niños  para  animarse, para ayudarse  a  entrar  en el espíritu  navideño.  Tenía un árbol  de  Navidad  artificial en  su  casa;  le  habría gustado uno auténtico, pero era extremadamente alérgica a las plantas coniferas.  El árbol  estaba  encima de  una alfombra roja y  rodeando la  alfombra  había  montado  un  tren  eléctrico,  el que vio  en el escaparate el  día que se encontró con Tom  en la tienda de juguetes.  Ahora,  después de comprarlo, disfrutaba  viéndolo  dar  vueltas. Se  retiró unos pasos y  contempló  la decoración  del  árbol  de  Navidad y  el  tren  a su  alrededor.  Tira  llevaba puesto  un  caftán  dorado  y blanco  que  hacía juego  con  la decoración navideña. Era sábado,  pero no iba  a ir  a  la  fiesta  de  la  familia Kaulitz.  Y  cuando  Tom llamó al  timbre,  Tira había decidido  no dejarle  entrar en  la  casa. -Muy  bonito  -dijo  una voz a sus espaldas. Tira  se volvió  y  encontró  a  Tom, vestido de  gala,  mirándola desde  la  puerta. -¿Cómo... cómo has  entrado?  -tartamudeó ella. -La señora  Lester  ha  tenido la amabilidad  de  dejar la  puerta de  atrás  sin  el cerrojo. Le dije  que íbamos  a salir  juntos,  pero que quizá  se  te  habría olvidado.  La señora  Lester  es un  encanto, una  mujer  muy romántica. -¡Voy a despedirla el  lunes  en el momento  en  que  ponga un  pie en  la  casa!  -exclamó Tira enfadada. -No,  no  vas  a despedirla. Esa mujer  es  un  tesoro.  Tira  se  echó  el  pelo  hacia  atrás. -No voy a  ir  a Jacobsville. -Sí vas a ir. Y  te  vistes... o  te  visto. -Ja!  -Tira  cruzó  los brazos,  desafiándolo. La  idea  pareció  divertir  a  Tom.  La  agarró  del  brazo  y  tiró  de  ella  hasta  su dormitorio, la  hizo entrar  y cerró la puerta.  Tom ya había estado  allí  hacía  un  rato, porque había un vestido  blanco  de  noche  encima de la cama; al lado  del  vestido había unas piezas diminutas de  ropa  interior. -¡Has... has invadido mi  privacidad!  –exclamó  Tira furiosa. -Sí,  lo  he  hecho,  y  ha  sido  muy  instructivo.  No  te  vistes  como  una  sirena,  la mayoría de  la  ropa que tienes son camisas,  camisetas  y vaqueros  -Tom se  la  quedó mirando-.  Me gusta  ese  caftán que  llevas,  pero  no es apropiado  para  la  fiesta  de esta noche. -No  voy  a  ponerme  ese  vestido.  Tom  rió  quedamente. -Sí, antes o después  vas a ponértelo.  Tira  dio unos pasos hacia la  puerta; de repente,  se  encontró pegada a él, clavada  al  suelo. -No voy  a  hacerte  daño  -le  prometió Tom-, pero vas  a ir  a la  fiesta.  -¿Yo...  qué  estás  haciendo? Tira  se había olvidado de  la  cremallera  delantera del  caftán.  Tom  la  bajó  y la prenda  cayó  al  suelo, dejándola completamente  desnuda, a  excepción de  unas diminutas bragas  blancas. Tira  se  quedó perpleja.  Tom  le contempló  el  cuerpo, desde  la  cremosa suavidad de sus pechos, bajando  por  la  suave curva de  la  cintura y  las  redondas  caderas hasta las  largas y  elegantes  piernas. -¡No... no  me mires! -jadeó  ella.  Tom  la  miró  a los  ojos. -¿No  quieres  que  lo haga? -preguntó  Tom con  voz queda. La pregunta sorprendió  a Tira.  Se limitó  a  mirarlo,  viéndola contemplarla  de nuevo de  pies a cabeza  con absoluto  placer.  Tira  tembló  bajo  esa  mirada.
-No te  preocupes,  te  prometo que no voy a  tocarte -dijo Tom con voz  tierna, sorprendido  por la  forma como  Tira estaba reaccionando. Tira respiró  profundamente,  muy quieta,  mientras Tom levantaba la  mano  para acariciarle la  mejilla. Era una  criatura  sorprendente,  pensó Tom  confuso.  Tira estaba avergonzada de estar ahí  desnuda delante de  él.  Se sonrojaba como  una niña  pequeña. Él sabía que no  podía ser totalmente inocente, pero  no  reaccionaba como una mujer con experiencia. El  silencio  en  la habitación  era como  el  silencio en  el ojo  del huracán. Los labios de Tom se mantuvieron muy  cerca de los  de ella  como  si no  estuviera seguro  del siguiente movimiento. Tira  tembló  mientras contemplaba la  amplia curva de  la  boca de Tom. Tom  se movió  ligeramente,  hasta  que el cuerpo de Tira estuvo  completamente  pegado al  suyo,  y la  dejó  sentir  su excitación. Al  momento, la vio  enrojecer  intensamente. -Tira, dime  qué  es lo  que quieres. -No... no  lo  sé  -susurró  ella  con  voz quebrada-. No lo  sé. Tom sintió  moverse  las caderas  de  ella, la  sintió  arquearse contra  él. -¿No  lo  sabes?  -murmuró  Tom-. Tu  cuerpo  sí  lo  sabe.  ¿Quieres  que  te demuestre  lo que  tu cuerpo me está pidiendo que  haga? Tira  no  consiguió contestar,  no  le  salían  las  palabras,  pero  a  Tom no le  hicieron falta.  Con  una  débil  sonrisa,  empezó a acariciarle los pechos.  Tira  tembló y contuvo la respiración,  su  mirada  llena de deseo y,  simultáneamente,  temor. -No voy a  hacerte daño  -le  susurró  él  acariciándole un pezón. Tira  se  aferró  a  sus  hombros y  apoyó  la  cabeza  en  él, y  gimió. -¿Qué  te  pasa? -preguntó  él  con ternura  sin  dejar  de masajearle los  pechos. La expresión del rostro de Tira  lo  inmovilizó. La vio  temblar  con un placer sobrecogedor. Si  Tira estaba excitada, él  también lo estaba.  Se  habían  entregado a un  juego amoroso  relativamente inocente,  pero Tira estaba reaccionando  como si  él estuviera moviéndose  dentro de  ella. -Ven aquí  -dijo  Tom con  urgencia,  tirando  de ella  hacia  la  cama. La tumbó  y  se  tumbó  a su lado. Se  estremeció  incluso antes de  besarla y  comenzó a acariciarla íntimamente. -Tom  -gimió ella, pero se  pegaba a él, se  frotaba contra  él. Tom le  lamió  los pezones y la oyó gritar  de  placer.  Quería  hacerle cosas que jamás  había  querido  hacerle  a otra  mujer. Por  fin, la mano de  Tom se  deslizó por  debajo del elástico  de la  braga, descendiendo lentamente. Ella abrió las  piernas  y gimió cuando Tom empezó  a tocarla;  gimió,  lloró  y se  aferró  a él. Estaba  lista para  recibirlo  y  él  apenas  había empezado.
A  pesar del  placer,  Tom sabía  que  aquello estaba mal. Llevaba mucho  tiempo  sin estar  con una  mujer. Iba a estallar en  un  momento  y  Tira no disfrutaría.  Pero tampoco podía parar. -Tira,  cielo, ahora no.  Así  no.  ¡Por  el  amor  de  Dios,  ayúdame!


Una disculpa no habia podido subir pero aqui esta. Hasta pronto