miércoles, 28 de diciembre de 2016

Capítulo Cuatro

El día que Tira  empezó a llevar  sus esculturas  a la  galería de  Bob  Henderson, Illuminatíons,  llovía.  Estaba  tan deprimida  que ni  siquiera  notaba las  gotas de  agua  en el  rostro.  Sólo faltaban dos semanas  para  Navidad y se sentía  triste  y  sola.  Unos meses  antes  habría  llamado por  teléfono a  Tom para  almorzar  juntos,  pero ya  no podía  hacerlo. Estaba sola.  Sólo  podía  contar  con  Charles;  pero  aunque  lo  quería  mucho, era  como salir  con  un  hermano. Se acercó  con  la  última  caja  a la  puerta trasera de la galería,  que Lilliam Day estaba sujetando  para que pasara. -Ésta es  la última, Lilliam -le  dijo  Tira  mirando a su  alrededor,  examinando  el abigarrado  almacén-. Casi  no  puedo creer que haya podido  hacer  todo  esto. -Sí,  es  mucho trabajo -Lilliam  sonrió.  Lilliam  se  agachó al  lado de una  de las cajas y frunció el  ceño al ver  lo que  había  dentro. -¿Quieres  incluir  esta  pieza? -preguntó  Lilliam  indicando el  busto de Tom. -Sí,  quiero  incluirla.  No  la  quiero,  me  gustaría  venderla. Sabiamente, Lilliam  no hizo  más  comentarios  al  respecto. -En ese caso,  la  colocaré junto  a las  demás.  Los catálogos ya  están  impresos  y han quedado  perfectos,  lo he comprobado  personalmente. Todo está listo,  incluyendo el cóctel de  la  inauguración  y el  aviso a los  medios de comunicación.  El buffet  estará decorado con motivos navideños. Medios  de  comunicación.  Tira apretó  los  dientes. No  soportaba la  idea de ver a ningún  miembro  de  la  prensa. Lilliam  se  dio cuenta  de su  aprensión. -No te  preocupes,  los  he seleccionado.  Nadie te va  a hacer preguntas capciosas,  y todo lo  que van a publicar  va a  ser  sobre  la  exposición,  nada  más. Tira se  relajó visiblemente. -¿Qué  haría yo sin ti?  -preguntó  con sinceridad. Lilliam sonrió traviesamente. -Ni  se  te  ocurra intentarlo.  Estamos  encantados  de que  expongas  aquí. Dado que  Tom era socio de Bob  Henderson  en la  galería de arte, a Tira  le importaba su opinión sobre la muestra. No habían  hablado desde el  día de la  fiesta, Tira  no  había  contestado a su  llamada  telefónica, y  había temido  que  quisiera suspender  la exposición por ello,  pero  Tom no lo había hecho. A pesar  de  los esfuerzos,  los  sentimientos  de  Tira  por  él  no habían cambiado, seguía estando tan enamorada  como  siempre;  sin embargo,  ahora  lo disimulaba mejor. La noche de  la inauguración llegó.  Tira estaba hecha  un  manojo  de  nervios y se alegro  de que Charles estuviera  a  su  lado,  aunque no por Tom, no creía que  asistiera  a la inauguración  habiendo  allí  periodistas. Sin embargo,  el  destino  le jugó  una mala  pasada, privándola  de  la compañía  de Charles  que,  en  el último  momento y visiblemente  consternado, llamó  para  decir que no podía acompañarla. -No puedes  hacerte  idea  de  lo  mucho  que  lo  siento, pero a Gene  le ha  dado un infarto. -Oh, Charles, lo  siento. -No tienes  por  qué  sentirlo, sabes que no  nos  tenemos mucho cariño. Pero es  mi hermano y  no hay nadie más  que  pueda cuidarlo, no  puedo dejar  a Nessa  sola  en esta situación.
-¿Cómo está? -Por  el  momento,  sin cambios.  Ahora mismo  me  voy al  hospital.  Nessa  está  con él y Gene le está  haciendo  la  vida imposible,  como de  costumbre, a pesar  de  estar  en la cama. -Si puedo  hacer algo... -Gracias, Tira,  pero de  momento no puedes  hacer  nada.  Siento  no  poder acompañarte. De  todos  modos,  no  creo  que  Tom vaya.  Tú  no  te apartes  de Lilliam,  ella te cuidará  bien. Tira sonrió. -Sí, lo sé. Bueno,  llámame para  decirme cómo sigue  todo, ¿de acuerdo? -Por  supuesto.  Adiós. Era  la primera  vez que  Tira  iba  a  aparecer en público  sola después  del  escándalo del  supuesto  intento de  suicidio y  seguía sintiéndose  incómoda con  la gente. En  fin,  al  menos  Tom  no estaría  allí para  complicar  las  cosas, pensó  Tira .mientras se montaba  en su  Jaguar. La galería estaba a  rebosar.  No  era difícil  identificar a  las  personas que podían pagar  los  cuatro  dígitos que las  esculturas  costaban  de las  que no podían  hacerlo.  Tira fingió  no notarlo.  Aceptó  una  copa  de caro champán, se bebió  la  mitad y,  con Lilliam, fue a charlar  con los invitados. No  le  ayudó mucho  que  las  dos primeras  personas  a  las  que  vio  fueran Tom  y Jill.  -Oh,  Dios  mío  -murmuró  apretando  los dientes—.  ¡Por qué ha tenido  que venir! Lilliam  le  agarró  del  brazo. -No dejes  que te  intimide. ¡Sonríe, cielo!  Sobreviviremos. -¿Lo crees  de  verdad? Tira consiguió sonreír fríamente  cuando  Tom y Jill  se  plantaron delante de  ella y Lilliam. -Ha  sido  un  detalle  por  tu  parte  venir  a la  inauguración  —le  dijo  Lilliam  a  Tom. Tom la  miró. -Teniendo  en  cuenta  que soy dueño de  la  mitad del  negocio,  se  habría notado mucho  -después,  volvió  la  atención  a  Tira-.  ¿Has  venido  sola?  ¿Dónde  está  tu  rubia sombra? Tira sabía  que se  refería  a Charles. -No ha podido venir. -¿A  la inauguración  de tu exposición? Tira  respiró profundamente. -A su hermano  le ha dado un infarto y está  en el  hospital,  si es  que tanto te interesa. Los  ojos de  Tom  brillaron  momentáneamente. -Y  tú has  tenido que  venir  aquí en vez  de estar  a  su  lado,  qué  pena. -No necesita  a alguien  a su  lado, quien  lo necesita  es Nessa. Jill  se acercó  más  a  Tom. -Hemos  venido  para echar un  rápido vistazo  a tu trabajo... de camino  a la ópera -dijo  Jill  mirando  al  alto  hombre  que  la  acompañaba.
Tira bajó la  mirada  momentáneamente.  Le  encantaba  la  ópera. En el  pasado, había ido  con  Tom en  numerosas ocasiones.  Sintió  una  profunda  opresión  en  el  pecho. -¿Ya  no  vas  a  la ópera?  -le preguntó  Tom a  Tira  fríamente. Ella  se  encogió  de  hombros. -No tengo  tiempo. -Ya lo  he notado. Ni siquiera  tuviste  tiempo para llamarme  para  ver cómo  estaba después  de que  ese lunático  se  volviera loco en el  juicio. Tira  no podía  mirarlo. -No se  puede hacer  daño a alguien  que  es  de acero. -Y tú estabas  fuera del país  cuando  ocurrió.  Por fin,  Tira  alzó  el rostro y lo  miró a los ojos. -Sí,  estaba  en Nassau con  Charles divirtiéndome. Los  ojos de  Tom  echaron chispas. Antes  de que  la  discusión se  saliera de  tono, Lilliam se interpuso entre ambos diplomáticamente. -¿Has  tenido  tiempo  de  echar un  vistazo?  -le preguntó a Tom. -Hemos  visto  casi  todo  -respondió  Jill  por él-. Incluso el busto  de Tom, aunque me extraña que  lo  quiera  vender. Yo no me  separaría  de algo tan  personal, teniendo en cuenta su  amistad.  En  fin, dadas  las  circunstancias... Automáticamente,  Tira echó el brazo hacia atrás  con la intención  de  tirarle la copa de champán  a  la  cara,  pero  Tom  le  agarró la  muñeca. -Nada  de peleas  -le dijo  apretando los  dientes, después  miró a  Jill-. Jill, espérame  a la  salida, ¿de acuerdo? -Está bien, como quieras.  ¡Dios mío, qué agresiva  es! -pero se  alejó  de  allí rápidamente. -¡Haz el  favor de controlar  los nervios!  -le  ordenó  Tom a  Tira-. ¿Es  que no te das  cuenta de  que  los  periodistas te están mirando? -Me  importan un bledo  los periodistas -le  espetó ella-.  Si esa  mujer vuelve  a acercarse a mí otra  vez, te juro  que  le  tiraré  el  cuenco  de  ponche  a la cabeza. Tom le  soltó  la  muñeca, sus  ojos  brillaron. -Sí, este comportamiento es  más propio de ti.  Tira se  ruborizó, notando que  Lilliam  se alejaba de  ella  para  dejarla a solas con  Tom. -¿Por qué  has venido? -le preguntó  ella  furiosa. -Para  no  dar  lugar a  que  la gente especule  sobre por qué no  he  asistido  a la inauguración -explicó  él-. Sería  perjudicial  para  ambos,  teniendo  en  cuenta  lo  que  ya se ha  publicado sobre nosotros. Tira alzó  el rostro  y lo  miró  fríamente cuando  el  se refirió  a  lo  que ella  quería olvidar. -Ya  has cumplido, así que  márchate.  Y llévate  a  esa bruja. -¿Celosa? La  expresión de Tira  endureció. -¡Ni lo  sueñes!
Simón  la  contempló con  expresión  extrañamente taciturna. -Has  adelgazado  -observó  él-.  Tienes  más  aspecto de  viuda  que de celebridad esta  noche. ¿Por  qué vas  vestida  de  negro? -Porque  me  he  dado  cuenta  de que  tenías razón, debería  haber llorado  la  muerte de  mi  marido. Como  no  lo  hice antes,  lo  hago ahora. Creo  que voy a  pasarme  el resto  de la vida llorándolo,  jamás volveré a  mirar  a  otro  hombre. ¿Contento?  Tom frunció el ceño. -Tira... -¡Tira! Los  dos  se volvieron al oír  aquella voz  tan  familiar.  Harry  Beck,  el  suegro de  Tira, se  acercó  a ellos  sonriendo y abrazó  a  su nuera.  Luego le  estrechó la  mano  a  Tom. -¡Me  alegro  de  veros a los dos!  -Harry  los  saludó con entusiasmo-.  Muñeca,  te  has superado a ti misma. Harry indicó  las esculturas y añadió: -Siempre he  sabido  que tenías  mucho talento,  pero  esto  es  propio de un  genio. A  Tom le  sorprendió  el  sincero entusiasmo de Harry  por  la obra de Tira, le sorprendió  su  falta  de  hostilidad  hacia ella.  ¿Acaso  no  le  importaba  que  esa mujer hubiera  matado  a su  hijo? -Me  alegro  de verte, Tom  -dijo  Harry  con  una sonrisa-. Hacía mucho  que no nos veíamos. -Tom  se  va ya,  lo están esperando  -anunció  Tira  mirándolo  fijamente. -Tira, alguien te  está  llamando  -le  dijo  Harry a su  nuera,  indicando  a Lilliam que agitaba la  mano  en  su  dirección desde  el otro extremo  de  la sala. -Ah, sí, es  Lilliam. Harry, te  ruego que me  disculpes  -pero ignoró  por  completo  a Tom. Los  dos hombres se  la  quedaron  mirando mientras  se  alejaba. -Me alegro  de ver que tiene  mejor aspecto -dijo Harry  con un suspiro-. Desde lo del hospital me  tenía  muy preocupado. -¿En  serio te  importa lo  que le  pase?  -le  preguntó  Tom con  curiosidad. Se  hizo  evidente  que  la pregunta  tomó  por  sorpresa  a  Harry. -¿Cómo no iba  a  importarme? Es  mi  nuera,  siempre  la he tenido  mucho cariño. -Se  divorció  del John al  mes  de  casarse  y le  dejó  marchar  a esa plataforma  en  el mar  -contestó Tom-. John  murió allí. Harry se  lo  quedó  mirando. -Bien,  pero  Tira  no tiene  la culpa. -¿No? -¿Por qué  tanta amargura? —quiso  saber  Harry-.  Pero bueno, Tom,  ¿acaso crees que  Tira  no  intentó cambiarlo?  John debería  haberle  confesado la  verdad antes de casarse  en  vez  de dejar  que  se  enterase  de  esa manera. Tom no  comprendió. -¿Enterarse de  qué? Jill lanzó  una furiosa  mirada a  Tom desde  la  puerta, pero  éste,  con  un  gesto, le indicó que  esperase  un  momento más; después,  se volvió  a Harry  de  nuevo. -¿Enterarse de  qué?  -repitió  Tom. -De  que  John era homosexual,  por  supuesto  -respondió  Harry sorprendido. Tom palideció visiblemente. -¿Tira  no  te  lo  había  dicho?  —preguntó  Harry antes de  suspirar-.  Típico  de ella. Supongo  que no quería  desilusionarte,  aunque ello significara que le perdieras  el respeto a ella.  No,  supongo  que no podía decírtelo. Si John hubiera aceptado lo que era... pero  no  lo  hizo.  John quería ser  lo  que  creía  que  yo  quería  que  fuese, nunca comprendió  que yo lo  quería,  y siempre lo  querría,  al  margen  de sus inclinaciones sexuales. Tom volvió  el rostro  y  sus  ojos encontraron a Tira,  y  sintió  un profundo  dolor. -¡Dios mío! -exclamó  Tom al  darse  cuenta  de  lo  que  había  hecho. -Vamos, Tom, no te  pongas  así  -le dijo  Harry-. Lo que le pasó  a  John  no  fue culpa  de nadie. Aunque  quizá yo  sí  sea culpable en parte,  debería  haberme  dado cuenta de lo  preocupado  que él  estaba y haber  hecho  algo  por  ayudarlo. Tom lanzó  un suspiro.  Qué idiota  había  sido. -Tira debería habértelo dicho -continuó Harry-.  Eres  un adulto  y,  como tal, no necesitas que te  protejan de  la  verdad.  Pero Tira  siempre ha sido así, incluso con John,  siempre tratando  de  protegerlo. Tira  habría  continuado casada  de no  ser  porque John insistió en que  se divorciaran. -Yo creía  que era ella quien  había  pedido  el  divorcio. -Lo  hizo  John  en  nombre  de  ella.  Tom  se  pasó  una  mano  por  el  cabello.  Sudaba, debía ser  porque  hacía  calor  en  la  galería. -¿Te encuentras  bien?  -le preguntó  Harry preocupado. -Sí,  estoy  bien. Era  mentira, jamás volvería  a estar bien.  Miró  a  Tira  con expresión  de  suma angustia. Ella  no  lo  miró. Jill,  notando que  había un  problema,  se  acercó  a Tom  y  le agarró del  brazo. -¿Nos  vamos ya?  Vamos a  llegar  con  la  ópera  empezada. -Sí,  vamonos -respondió  Tom. Tom miró  a  Jill  y  se  dio cuenta  de  una  cosa  más en  contra  suya: estaba  saliendo con la peor enemiga  de  Tira  en aquella ciudad. Por  supuesto,lo había  hecho intencionadamente, para molestar  a  Tira.  Ahora, ‘después de  conocer la verdad,  se sintió  culpable. -Hola.  Soy Jill  Sinclair, ¿nos  conocemos?  -preguntó  Jill  a Harry sonriendo. -No,  no  nos conocíamos.  Yo... -Bueno, vamonos -interpuso  Tom bruscamente-.  Hasta  la  vista,  Harry. -Bien, hasta  la  vista.  Buenas noches. -¿Quién es? -le  preguntó  Jill  a Tlm mientras se  dirigían  a la  puerta. -Un viejo  amigo. Oye,  espera  un  momento, enseguida  vuelvo. -¡Tom..,! -Es un  momento -le prometió él.
Tom  se  acercó  a una de las  vendedoras  de la galería.  La  petición  que le hizo sorprendió  a  la  mujer, pero  accedió.  Al  cabo de  un minuto,  volvió al  lado  de Jill  y  ambos salieron  de la galería. -La  mitad de  las  esculturas  están  vendidas  ya  -murmuró Jill-.  Va  a  ganar  una fortuna con  la  exposición. -El  dinero  que saque  lo  va  a  donar a  un  hospital -respondió  Tom en  tono ausente. -Puede permitírselo. Además,  ayudará  a  mejorar  su imagen,  cosa  que necesita desesperadamente. -Ése  no  es el  motivo  por el que va a dar  el dinero de la exposición  -repuso Tom.  Jill  se  encogió de  hombros. -Lo  que tú digas,  querido.  ¡Oh, qué  frío!  Sólo  faltan  dos  semanas  para  la  Navidad -Jill alzó  el rostro  para  mirarlo-. Espero que  me  regales  algo  bonito. -Yo que tú  no contaría  con ello.  Lo  más seguro es  que no  pase aquí  la Navidad -respondió Tom  con  poca  sinceridad. Jill suspiró. —Bueno,  qué se le va  a hacer. Puede que vaya a Connectícut  a pasar  la Navidad con mi tía.  ¡Me encanta  la nieve! Tira vio a  Tom marcharse con  Jill. Se  alegraba de que  se hubiera  ido,  quizá ahora pudiera  disfrutar. Lillian  le  estaba  lanzando  extrañas  miradas;  y  cuando  Harry  se  acercó  a  ella  para despedirse,  también  parecía estar  raro. -¿Qué  pasa, Harry? -le  preguntó Tira. Harry decidió no decir  nada, era  mejor  que  lo  hiciera Tom.  Además, estaba cansado  de  hablar del  pasado, era  demasiado  doloroso. Harry  sonrió  a su  nuera. -Cielo, es  una magnífica exposición,  vas a  ganar  una fortuna. -Gracias, Harry.  Lo he  pasado  muy bien  preparándola. Llámame, ¿de  acuerdo? Harry se inclinó hacia  ella  y  le dio  un  beso en  la mejilla. -Sabes que lo  haré.  ¿Cómo  está  Charlie? -Su  hermano  ha  sufrido un  infarto.  Está  pasando  un mal  momento. -Cuánto lo  siento.  Charlie siempre  me ha caído  bien. -Le diré  que  le mandas  recuerdos  -dijo  Tira. Harry sonrió. -Sí,  díselo.  Bueno, cuídate. -Y  tú  también. Hacía el  final de la velada, Tira estaba más tranquila,  a pesar  del  doloroso recuerdo  de  su  discusión  con  Tom y  de los  insidiosos comentarios  de Jill. Los imaginó  a  los  dos en el  lujoso piso  de Tom entregándose  a  una  ardiente  pasión.  La imagen  la  hizo sentirse  enferma.  Tom nunca  la  había besado, nunca  la había acariciado.  Tira  llevaba  años  viviendo como  una religiosa reclusa,  con el  corazón y el orgullo destrozados.
-¡Qué éxito!  -exclamó  Lilliam entusiasmada,  sacando a  Tira  de  su ensimismamiento-.  Has vendido  tres  cuartas  partes  de  la  obra. -Sí, estoy encantada -dijo Tira  con sinceridad-. Todo el  dinero  va  a ir  al Saint Marks. -Van a estar  encantados. Tira  estaba  paseándose  por  la  galería con  el encargado. La  mayoría  de  la  gente se había  marchado,  algunos  rezagados  se estaban dirigiendo a la  puerta. Tira  vio que el busto de  Tom  tenía  la  señal  de «vendido» y  el corazón  le  dio un  vuelco. -¿Quién lo ha  comprado? -preguntó  Tira-.  No ha  sido Jill  Sinclair, ¿verdad? -No -le  aseguró  Lilliam-. No  sé  quién  lo ha comprado;  si  quieres,  puedo ir  a  mirar. -No, gracias,  no  es necesario  -respondió Tira, reprimiendo  su  curiosidad-.  Me  da igual  quién  lo haya comprado, lo  único  que  quiero  es  tenerlo fuera  de mi  vista. ¡Y tampoco  quiero  volver a ver a  Tom  en  la  vida! Lilliam  suspiró, pero  luego sonrió  a  Tira  y  le  ofreció  un café.

Otro mas :)

lunes, 19 de diciembre de 2016

Capítulo Tres

La  semana transcurrió  despacio hasta  la fiesta con  fines  benéficos  el  sábado por la  tarde.  Iba a ser una fiesta  por  todo lo  alto, la  organizaba la familia  Carlisle, una familia  de  alcurnia  que hacía  muchas  benéficas  para el  hospital.  Su enorme  mansión estaba en  las afueras, en  el  sur  de  San  Antonio,  con  enormes jardines y un  estanque de patos.  A  Tira le  gustaba  ir a aquella  casa, pero  sabía  que Tom  estaba en  la  lista de invitados.  Iba a ser difícil el  trato con él  después  de  todo lo que había pasado. Iba  a ser  difícil aparecer  en  público. Sin  embargo, estaba dispuesta a  hacer  su  aparición  a lo  grande.  Había cubierto su exquisito  cuerpo  con  un vestido  de  noche  de terciopelo  negro con  adornos de  encaje en el pecho.  Un alfiler  de  brillantes,  que  hacía  juego  con  los  pendientes  y  la  gargantilla, le recogía  el pelo  en un  moño.  Tenía aspecto de  mujer rica y sofisticada, y  Charles le guiñó  un  ojo  al  verla aparecer  con un chai  de  terciopelo sobre los  hombros.  A  pesar  de ser  noviembre, el  tiempo era excepcionalmente  caluroso,  por  lo que el chai era suficiente. Charles también estaba muy guapo  con el  esmoquin, pensó Tira  contemplándolo. -¿No  te parece  que hacemos  una  pareja estupenda?  -murmuró  Charles  mirándose a sí mismo al lado de Tira  en  el  espejo  del vestíbulo-.  Es una pena que  no  estemos enamorados. -No te  preocupes,  sobreviviremos  a la  fiesta -le aseguró  ella. -Sólo  si bebo lo  suficiente  -dijo él  con triste  humor. Al  momento  se fijó  en la  expresión  de Tira  y  disculpó. -Perdona, Tira. -No es  necesario qué  te  disculpes  -respondió  ella  con  una  sonrisa-. Hice  una tontería  y tuve la  mala  suerte de que me pillaran.  Aguantaré  los  comentarios.  Pero pase  lo que pase, no  me dejes  a solas con Tom,  ¿de  acuerdo? -Cuenta  con  ello. -No  estés tan preocupada,  la  gente ya  se ha  olvidado  del incidente -le  dijo Charles  mientras  conducía  en dirección  a  la  propiedad de  la  familia  Carlisle—.  Ahora todos están ocupados con  seguir el  desarrollo  del  último escándalo político  de la  zona. -¿Qué  escándalo  político? -preguntó  Tira-.  ¿Y  cómo  estás  tú  enterado  si has pasado una  semana fuera? -Porque el ayudante  de nuestro  gobernador ha  participado  en  una conferencia  sobre  los problemas  de  las  ciudades  en  Memphis.  Lo he tenido de compañero  de  vuelo  en  el  viaje  de  vuelta  -contestó  Charles  sin  quitar  los  ojos  de  la carretera-. Al parecer, el  fiscal general  ha  intervenido en un juicio  por  un favor a un amigo.  Consiguió la  libertad provisional para un  individuo que  cumplía sentencia por asalto a  mano  armada;  pero cuando el delincuente salió,  fue  directamente a  su  casa  y mató  a  su  mujer  por haber  atestiguado  contra  él.  Ahora está  en  la cárcel otra  vez y al ayudante del  gobernador  van  a  intentar  aplastarlo. -Oh,  Dios mío. Pero sí  el  ayudante  lo  único que  ha  hecho ha  sido intentar  ayudar a una persona... -Cierto.  Pero  el  partido  de  la  oposición va  a utilizarlo  para crucificarlo.  Según mis noticias,  va  a  presentar  la  dimisión en  cualquier  momento. -Qué pena  -dijo  Tira  con honestidad-. Ha  hecho un trabajo magnífico. Lo  conocí hace  unos  meses y me  pareció  que  teníamos  mucha suerte  de  tener alguien así.  Ahora, si  dimite,  el gobernador  tendrá  que  nombrar a alguien que  lo sustituya. -Sí,  eso es  lo que hará. Un criado salió para  aparcar  el  coche de  Charles y  éste  se  debatió  entre entrar con  Tira  en  la casa  o  acompañar  al  joven  para  asegurarse  de  que no  le  hiciera  el menor arañazo  a  Big  Red. -Vamos, ve  con  él -le  dijo  Tira  en  tono  de  resignación-.  Te esperaré  aquí, en  las escaleras. -Eres un encanto -murmuró Charles,  soplándole  un  beso-.  No  hay  muchas  mujeres que  puedan  comprender  la  pasión  de  un  hombre  por  su  coche.  Bueno,  vamos  a  aparcar el coche,  hijo. Una  expresión de  indignación  asomó  al  rostro  del  criado. -¡Está enamorado  de su coche! -le  explicó  Tira-.  No puede separarse  de él, no  se moleste  por  ello. El criado esbozó  una amplia  sonrisa  y se  sentó al  volante. Fue  mala suerte que Tom llegase mientras Tira aún  esperaba a Charles a que volviera  de  aparcar.  Estaba impresionante,  como de  costumbre. Llevaba la prótesis  y, reflexionando,  Tira notó que últimamente la  llevaba puesta  con  gran frecuencia; pasó mucho tiempo después  del  accidente sin soportarla. La  mujer  que lo  acompañaba era  Jill  Sinclair, una  mujer  de la  alta  sociedad, rica  y divorciada dos  veces,  con cabello negro corto y ojos  oscuros, y  una  figura que despertaba  el  interés de  los hombres.  Tom parecía  contento  con su compañera, porque le  sonreía  mientras  subían  la  escalinata  de la  entrada. No vio a Tira  hasta llegar  arriba; cuando  la vio,  no pudo  disimular  su  sorpresa. Tira no  dejó mostrar  sus  sentimientos, a pesar de lo mucho que le  dolía verlo; sobre  todo, ahora  que la prensa  había  expuesto  al  público  tantos  aspectos de  su  vida. Tira  sonrió,  asintió  ligeramente  a la  pareja e, intencionadamente,  se  volvió en  dirección a Charles y  al  criado, que  se acercaban  a  la  casa. Charles  subió  los  escalones  y  agarró a  Tira  del brazo. -Perdona la  tardanza -le  dijo Charles. -No  te  preocupes,  sé  que  adoras  a  tu  coche -respondió ella con una  cálida sonrisa-. Te  comprendo. -Eres única  -murmuró  él. En  ese instante,  Charles le agarró  la  mano  con fuerza y,  cuando  Tira  miró  al interior de la casa  a través de la puerta abierta,  se  dio cuenta  del  porqué.  El  medio hermano  de  Charles estaba allí, y  también su  cuñada,  que parecía  triste. -Gene  -dijo  Charles a  su hermano-,  me alegro  de  verte. Se estrecharon  la  mano. Gene  era  alto, de  aspecto serio  y con  cabellos canos.  La mujer  a su  lado era  diminuta, rubia y  encantadora, y  tenía  la  mirada castaña  más trágica  que Tira  había visto en  su  vida. -Hola,  Nessa  -le  dijo  Charles a  su  cuñada. -Hola, Charles;  hola, Tira. Los  dos tenéis  muy  buen  aspecto  -respondió  Nessa  con voz débil y  muy dulce-.  A quinientos  dólares la pareja, creo  que van a  recaudar bastante dinero. -Sí -respondió  Tira con  una amplia  sonrisa-.  Me  parece que el  hospital  va  a  poder comprar  dos ambulancias y también va  a  poder contratar los servicios de  otra enfermera. -Y todo para  indigentes  -interpuso Gene  Marlow-.  Para  gente  incapaz  de  invertir un  céntimo en  su  propia salud. Los  tres  lo  miraron como si  estuviera loco.  Él, enrojeciendo  y con  enfadada mirada,  añadió: -Si  me disculpáis... tengo  que ir  a  hablar con  Todd Groves  respecto  a un  contrato. ¡Nessa, no te  quedes ahí  como  un  palo! Venga,  vamos. Nessa  apretó  los dientes cuando  Gene  la  agarró  del brazo. Charles parecía  a punto de  darle un  puñetazo  a  su hermano ahí mismo.  Tira lo  agarró  para evitar  un escándalo. -Charles, estoy  muerta  de hambre  -dijo  rápidamente,  intercambiando  una mirada con Nessa-.  ¡Vamos, llévame adonde está  la  comida! Charles  vaciló  un  instante,  momento  que  Gene  aprovechó  para  arrastrar  a  Nessa hacia  un  grupo de  hombres. -¡Maldito sea!  -exclamó Charles  entredientes,  con el  rostro contorsionado. Tira  acarició de su  mano  con  gentileza. -Eh,  no  quieres  dar  un  espectáculo,  ¿verdad? Venga,  vamonos  antes  de  que  a Nessa  le causes  más  problemas  de los  que  ya  tiene. Charles lanzó  un  suspiro. -¿Por qué  se  casó  con  él? ¿Por  qué? -Por  el  motivo  que  sea,  ya  no  importa.  Venga,  vamos. Tira lo  arrastró  hacia un buffet  donde  la  comida  y el champán  estaban elegantemente  colocados. -Los  beneficios se  van  a  ir  en esto -murmuró  Tira preocupada, notando  que también había caviar. Charles se inclinó  sobre  ella. -Es  sucedáneo  de  caviar, y  el champán  no  es de  marca. -¡Charles! -Tira no  pudo evitar  reír. Pero  en ese momento,  al  levantar  los  ojos, se  encontró  con los grises de  Tom,  y su humor se  disipó.  Mientras la miraba a distancia,  parecía indignado con  ella, como  si la culpase  por lo  que  los  periódicos habían publicado  sobre  ella  y sobre  la posible conexión  de su intento  de  suicidio  con  Tom. Charles»  bailaba el vals divinamente.  Notó  que  la  gente la  miraba  y, sin duda alguna,  comentaba sobre el  supuesto  «intento de  suicidio». Al  principio,  Tira  se  sintió incómoda,  pero pronto se  dio  cuenta  de  que  la opinión  de  la mayoría de  aquella  gente  no le importaba.  Ella  sabía  la  verdad  de lo  que  había  pasado,  y también  Charles.  Si  los demás  querían  creer que era una  mujer débil e  indefensa incapaz de  hacerle frente  a la vida,  allá  ellos. -¿Te  molesta que te  vean acompañado de una mujer  que tanto interés ha despertado  últimamente  y  por  un motivo nada envidiable?  -bromeó Tira  cuando  se encontraron delante  del  buffet con  otra  copa de  champán. -Las  mujeres de dudosa reputación me  fascinan -contestó Charles  con una sonrisa. Al  alzar la  mirada,  vio a  su  hermano  y a  Nessa,  y apretó  la  mandíbula.  Los  dos  se dirigían  a  la puerta  y Nessa  parecía  haber  llorado. -No,  Charles,  no  puedes  hacerlo  -le  advirtió  Tira  agarrándole  del  brazo  para evitar que los  siguiera. -Debería dejarle. -Esa  decisión  la tiene  que tomar ella. Charles  miró  a Tira  con  expresión  preocupada. -Nessa  no es  como  tú, no  tiene  tanto  valor  ni es tan independiente.  Es  muy  tímida
y tierna, y la  gente se  aprovecha de  ella. -Y  tú quieres  protegerla. Lo  comprendo, pero  no puedes  hacerlo  esta noche. -¡Maldita  sea!  -exclamó  Charles  con  voz ahogada,  grave y  ronca. Tira se  inclinó sobre él  para reconfortarle con su cariño. -Lo  siento.  No  sabes cuánto  lo siento. Charles le puso el  brazo  sobre los hombros. -Un  día  lo  haré  -prometió él. -¡Vaya,  Charles, estás guapísimo! -exclamó  Jill  Sinclair,  lo que  los obligó a volverse-.  ¿Qué tal lo estás  pasando? -De  maravilla  -contestó Charles, disimulando el desagrado  que esa mujer  le provocaba-. ¿Y  tú? -Oh,  estupendamente,  Tom  es  el  acompañante  perfecto  -Jill  suspiró y miró  a Tira entrecerrando los  ojos-.  Últimamente  vamos juntos  a todas partes,  hay muchas obras de  caridad en esta época  del  año. ¿Y  tú,  Tira, cómo  estás?  Sentí  mucho lo  que  te pasó. Evidentemente,  Jill estaba disfrutando  viendo  a  Tira  tan  tensa.  Alzó  la  voz  con el fin  de  atraer la  atención  de  las  parejas  que había delante  de  la  mesa  del  buffet: -Es una vergüenza que los periódicos armaran tanto  revuelo  sobre tu  intento  de suicidio.  La  humillación  de  que saquen  a  la  luz pública  los sentimientos  de una debe  ser horrible.  Y  todos esos cotilleos  sobre  que  querías  morir  porque Tom no  te correspondía... Pobre Tom, le  sentó  fatal  que le  pusieran  de  malo  de  la  película.  ¡Él  no tiene la  culpa de no estar  enamorado de ti! El inesperado  ataque  había tomado  a Tira  por  sorpresa, lo  que  le  impidió contestar.  Pero  a  Charles no. -Eres  despreciable  -le  dijo  con  frío  veneno-.  ¿Por  qué  no  vas a  clavarle las garras a otro? Charles  agarró  del brazo a  Tira  y se  la  llevó de allí. Tom  estaba hablando  con un hombre,  los  dos se  encontraban al  lado de  la puerta hacia la  que Charles  cataba llevando  a Tira.  Tom  se  interrumpió en mitad de una frase  y se fijó  en  la  palidez de  tira con  preocupación  y  curiosidad. Iba a hablar, pero  Charles se  le  adelantó: -No te  molestes en echar  más leña  al fuego,  tu  amiguita ha hecho un  buen trabajo. Charles  prosiguió  la  marcha  y  Tira  no  miró  a  Tom,  casi  ni  veía  por  donde  iba. Hasta el  ataque de Jill,  había  creído  poder sobrevivir la  fiesta. -¡Vaya  víbora!  -murmuró Charles mientras  descendían  la escalinata. -El  mundo está lleno de  víboras  -murmuró  Tira-.  ¡Y lo  que les  gusta  envenenar  a  la gente! No había ningún criado a  la  vista  y  Charles  lanzó un gruñido. -Voy  a  tener que  ir  a por el coche. No  te  muevas,  enseguida vuelvo. -No te  preocupes,  estoy  mejor  ahora  que hemos  salido. Charles  le lanzó  una mirada preocupada  e inmediatamente  empezó  a  rodear  la casa  en  dirección  a la  zona  donde estaban aparcados los coches.
Tira  se  ciñó  el chai a  los hombros  porque  el aire  era fresco. No  era  propio de  ella perder el espíritu de  lucha, pero eso  era lo que  le  había pasado  con  Jill. Charles  debía haberlo notado;  de lo  contrario, no la  habría sacado de  la fiesta  con tanta rapidez. Se  sobresaltó al  oír pasos a sus espaldas,  sabía que era  Tom.  Cerró los  ojos y deseó que  la tierra  la tragara. -¿Qué  te ha dicho?  -preguntó  él, sin andarse con  rodeos. Tira se negó  a darse la vuelta,  se negó a mirarlo. La humillación  de  que Tom supiera lo  que  ella  sentía  por  él  era sofocante.  Después  de tantos  años de  adorarlo en secreto,  ahora el  mundo entero sabía que estaba enamorada  de  Tom.  Y  lo  peor de todo era que  seguía  amándolo. -Te he  preguntado  que  qué  te  ha  dicho -repitió  él  plantándose delante  de  ella. Tira levantó los ojos y los clavó  en  la corbata de él, no  se  atrevió  a mirar más arriba.   -Pregúntaselo a ella. Oyó  un  suspiro  ronco y le vio meter la mano en  el  bolsillo  del pantalón. -Esto  no  es  propio  de  ti. No  tienes  por  costumbre huir  ni  llorar,  diga  lo  que  diga la gente. Te  defiendes  y atacas, eso es  lo  que haces  siempre.  ¿Por  qué  te  vas  ahora? Tira alzó una mirada  cansada y se  odió a sí  misma  por  el  vuelco  que le dio  el corazón  al  contemplar  ese  amado  rostro. -No me  importa lo que  la gente piense de mí  -dijo  ella  con voz ronca-, y mucho menos tratándose de alguien tan  malicioso  como  tu  amiguita.  Y sí, de una  forma  u otra me he pasado  la vida luchando, pero  estoy  cansada. Estoy  cansada de  todo. La  falta  de  espíritu  en  Tira  lo  preocupó. -No  puedes  estar preocupada por  lo  que han  dicho los periódicos  -dijo  Tom con voz profunda  y extrañamente tierna. -¿No? ¿Por  qué no? Todo el mundo ha creído lo que han publicado,  palabra por palabra. -Pero  yo  te  conozco mejor que ellos.  Tira lo  miró  a  los ojos  y se le  encogió el corazón. -No, no  me  conoces en  absoluto, Tom.  Nunca  me  has  conocido -declaró Tira  con dolor. -Creía  que sí... hasta  que te  divorciaste  de  John. -Y hasta  que murió.  Sí,  ya lo  sé, para  ti  soy  una  asesina. -¡Yo  no  he dicho eso! -¡Pero  lo  piensas! -contestó  ella  alzando  la  voz, sin  importarle  que alguien pudiera oírlos-. ¡Si  Melia hubiera  muerto  de forma similar a  John, a mí jamás  se  me  habría pasado por  la cabeza  culparte de su muerte!  Te conozco  lo  suficiente para saber que jamás  tomarías  parte en algo  que pudiera causar  daño a  otro  ser humano. Pero claro,  sentía  por ti algo  que no tenía cura. Tira  se  puso  muy  tensa  y  añadió: -No  te  hagas  el  tonto,  Tom,  no  me  digas  que  no  has  leído  los  periódicos. Y  sí, es verdad,  lo admito:  estaba obsesionada contigo,  deseaba desesperadamente estar contigo y  por eso hacía todo  lo  que  hacía.  No  me importaba que  tú  sólo  me  tolerases, estaba dispuesta a pasar  el  resto  de la  vida  viviendo de lo  que quisieras  arrojarme... A  Tira  se  le  quebró la  voz.  Las  piernas le  temblaron y  lanzó una carcajada de desprecio por sí  misma. -¡Qué idiota  he sido!  ¡Qué idiota!  ¡A  los veintiocho  años, acabo  de darme  cuenta de lo  estúpida que  soy! Tom frunció  el ceño. -Tira... Ella  retrocedió  un  paso, sus ojos verdes  brillaron con  orgullo. -Jill  me  ha  contado  lo  que has  ido  diciendo  por  ahí, que me  culpas de  haber  hecho que  parezcas  el malo  de  la película en público  con mi  supuesto intento  de suicidio; además de culparme  de la  muerte de  John,  por  supuesto. ¡Está bien, adelante,  ódiame todo  lo  que  quieras,  ya  me  da  igual!  -Tira  había  perdido  el  control,  pero  no  le  importaba-.  Ni siquiera me  sorprende verte  con Jill,  Tom.  Esa mujer tiene una  mentalidad tan  estrecha como tú,  y también  sabe cómo hacer daño.  ¡Estáis  hechos  el uno para el otro! Tom apretó los dientes. -¿Y no  te  importa que esta  noche esté con otra mujer  en vez  de  contigo? -preguntó  con burlona sonrisa. Tira palideció.  Pero  aunque  le  costase la  vida, jamás  le  daría  el  gusto de  ver  cómo la  estaba haciendo  sufrir.  Sonrió  deliberadamente. -No,  no  me importa.  Este  incidente me  ha servido para  una cosa,  para hacerme ver  los  años  que he  perdido  estando pendiente  de ti.  Me  hiciste  un  favor  al  decirme  lo que realmente pensabas  de  mí. Ahora,  por  fin,  estoy  libre  de  ti,  Tom  -mintió  Tira-.  ¡Y nunca he  sido  tan  feliz  en  la  vida! Tras  esas  palabras, se  apartó  de él y  empezó a  avanzar hacia  Charles, que acababa  de aparecer con  su  coche. Cuando  Charles la  ayudó a  subir,  Tira  volvió  la cabeza  a tiempo de  ver a  Tom entrando  en  la  casa.  Lo  conocía  lo  suficiente  para  saber,  a  juzgar  por  su  postura,  que estaba furioso. ¡Estupendo!  Que enfureciese,  se  lo merecía. -Vamos, tranquilízate  -le  dijo Charles con  voz  suave. -¡Maldito  Tom  y  maldita  ella! -exclamó Tira  apoyando  la  cabeza en  el  cristal de la ventanilla. -¿Qué  te ha  dicho? -Me ha preguntado  que  qué me  ha dicho  Jill  para  después  volver  a darme  su opinión  sobre mi  carácter. Pero esta vez no he  dejado  que  se diera  cuenta del  daño  que me ha hecho,  de eso puedes  estar  seguro. Charles lanzó  un  suspiro. -¿Por qué  no podemos decidir de  quien nos enamoramos? -murmuró  Charles filosóficamente. -No  lo  sé.  Si  alguna  vez  lo  averiguas, dímelo.  Mientras  contemplaba  el paisaje  por
el  parabrisas, Tira  se  sintió  como  si hubieran vuelto  a romperle el  corazón. -Ese  hombre  es idiota. – y Jill. Y  Gene. Todos  somos idiotas. Continuaron  el  trayecto  en silencio  hasta  la  casa  de  Tira.  Allí, Charles  apagó  el motor del  coche y miró preocupado  a  su  amiga. Tira estaba muy pálida. -Vamos,  entra. Luego,  cámbiate de ropa  y haz  la maleta  -dijo  Charles  de  repente. -¿Qué? -Que nos vamos a Nassau  a pasar un  largo fin de semana. Es  sábado, nos tomaremos  tres días de  vacaciones.  Tengo  un  amigo que  tiene  una  villa  allí, y  tanto a  él como a su  mujer  les  encanta que  los vayan  a  visitar.  Comeremos  marisco,  iremos  al casino  y  pasaremos  largas  horas  en la playa. ¿Qué te  parece? Tira  se  animó  al  instante. -¿Lo  dices en  serio? -Claro. Los  dos necesitamos un descanso. -De  acuerdo. -Estupendo  -Charles  sonrió-.  No tardes mucho.  Mientras  lo  preparas todo,  yo  voy a casa  a  cambiarme y a  hacer unas  llamadas. Pasaré  a  recogerte  dentro de una  hora. -¡Genial! Fue  maravilloso. Las breves  vacaciones revivieron a Tira. Charles  fue extraordinario  con  ella, un  compañero  perfecto,  más un  hermano  que un amigo.  Nassau le  pareció a Tira  la ciudad  más excitante y cosmopolita del  mundo. Estiraron  el fin  de  semana  hasta  cinco  días, y  volvieron  a  San Antonio descansados y  contentos,  aunque  Charles  confesó  que había echado de  menos a  su coche.  Y  para  demostrarlo,  decidió  ir  directamente  a  su  casa  después de  dejar a  Tira en la  suya. -Te  llamaré  mañana por  la  mañana.  Si  te  apetece,  podríamos  ir a  jugar  al  tenis  el sábado. -Me parece  muy bien.  Gracias,  Charles.  ¡Muchísimas gracias por  todo!  Charles  rió. -Yo también  lo he pasado  muy bien. Hasta la  vista. Tira entró  en su casa.  Una casa  vacía en  la que sólo la señora Lester  estaba ahí para  darle  la  bienvenida. La  señora  Lester  lo  saludó  con  entusiasmo. -¡Cuánto  me alegro de  que esté  en casa!  El  teléfono  empezó a sonar el día siguiente  al  que  se  marchó  y  no  ha  parado  hasta  hace  tres  días  -la  mujer  sacudió  la cabeza-.  No comprendo  por  qué los  periódicos  están tan empeñados  en  seguir  hablando del  asunto, aunque  supongo que  con  lo del  tiroteo el  martes... -¿Qué  tiroteo? -Ese  hombre,  el  que estaba en libertad  vigilada porque  el  fiscal general  se  la había  dado...  Bueno, pues  estaba  en el  juicio  cuando,  de  repente, se  avalanzó sobre el juez y quería estrangularlo.  Bueno, pues cuando los policías fueron a  sujetarlo, le  quitó la pistola  a  uno de ellos.  Tuvieron  que dispararle. No  han dejado  de  hablar de eso en televisión.
-¡Dios mío! -exclamó  Tira. -El  señor Kaulitz  se  ha visto envuelto  en ello.  Estaba allí porque  tenía un  caso cuando  el  prisionero  se  soltó. -¿Tom?  ¿Lo han  herido? -No, no. Fue él quien logró apartar  al hombre  del  juez, y por eso  el  atacante, cuando le quitó  la  pistola  al policía, apuntó  al  señor Kaulitz con  ella.  El  pobre  señor Kaulitz se ha  librado  de  que le  den  un  tiro  de  milagro.  Pero  nadie lo  diría, en  las entrevistas  de televisión  parecía como  si no  le hubiera  afectado para nada. Tira  se  sentó  en  el  sofá  con  gran  alivio. Le  apenaba  que  Tom y  ella ya no  fueran amigos. -El  señor Kaulitz quería  saber por qué  no  lo  ha llamado  por  teléfono, teniendo  en cuenta lo  que ha pasado  -comentó  la señora Lester. -¿Ha llamado?  -preguntó  Tira  conteniendo la  respiración. La  señora  Lester asintió  con  la  cabeza. -Quería saber si se había enterado  de  lo  del  tiroteo  y si estaba  preocupada, tuve que decirle que usted estaba fuera. Espero  que no le  moleste que se  lo  haya dicho, no me ha quedado  más remedio. Tom debía  creer que había  ido  a pasar  unos  días de  vacaciones con su amante, con Charles.  Bien,  que pensara  lo que  quisiera. -No se  preocupe,  señora Lester. En  fin,  lo  he  pasado  de maravilla  en Nassau. -Ya veo que le han sentado  bien las  vacaciones. El señor  Percy  es  un  buen hombre. -Sí,  es  un  hombre extraordinario  -dijo  Tira  poniéndose  en pie-.  Estoy cansada, creo  que voy a  echarme un rato.  Así que no  prepare nada de  comer  hasta dentro  de un par  de horas, ¿le  parece? -Por  supuesto, querida.  Vaya a  descansar;  cuando  se despierte,  le  tendré preparados  unos  sandwiches  y un  café. Tira se  dirigió a su  habitación  sintiéndose vacía y profundamente triste.  Su condición normal, por  el momento.

Hola aqui esta el cap . Disfrutenlo . Hasta pronto

viernes, 9 de diciembre de 2016

Capítulo Dos

Tira tardó  un  día entero en salir  de su  estupor y  ser  consciente de  dónde  estaba. Era una agradable  habitación de  hospital,  pero no sabía cómo  había llegado allí. Se encontraba desorientada  y tenía  náuseas. El  doctor  Ron  Gaines, un  viejo amigo de  la  familia,  entró en la habitación  seguido de  una enfermera.  El  médico  iba vestido con  pantalones blancos y  una blusa multicolor con muchos  bolsillos. -Tómele la  tensión,  el  pulso  y  la temperatura -dijo el  médico. -Sí,  doctor. Mientras la enfermera se  encargada de  medirle  las  constantes vitales,  el  doctor Gaines hizo unas rápidas anotaciones.  La enfermera  le  indicó los  resultados  y  él, después  de apuntarlos, la invitó  a  salir de  la habitación. El  médico  acercó  una  silla a  la  cama  y  se  sentó. -Creía  que  eras  una  de las mujeres más  equilibradas  que conozco. ¿Qué  demonios te ha pasado? -He  sufrido  un  duro  golpe -confesó  ella  en  voz  baja-.  Ha  sido  algo  inesperado  y, como  una  tonta,  me  he emborrachado. -¡No  me  vengas  con  ésas!  La  mujer  de  la  limpieza  te  encontró  con  una  pistola cargada  en  la mano. -Ah, eso... Se dispuso  a  decirle  que  la  noche  anterior, ebria  como estaba,  le pareció  una cosa  perfectamente lógica  intentar  cazar  a tiros  a un ratón. -Verás...  —empezó  a decir  Tira.  El  médico  suspiró  sonoramente, interrumpiéndola. -Tira,  ha sido un  intento  de  suicidio. Vamos,  cuéntamelo. Ella  parpadeó. -Jamás  se  me  ocurriría suicidarme!  -exclamó  ella  indignada-.  Sólo  estaba  un  poco deprimida, nada más.  Ayer  me enteré  de que Tom me considera responsable  de la muerte de  John. -¿No  sabe  el motivo  de  la  ruptura de  tu  matrimonio? Ella  negó  con la  cabeza. -Por  el  amor  de Dios, ¿por  qué  no se lo  has  dicho? -Lo  afectaría mucho,  John era  su  mejor amigo.  Nunca se  me  había ocurrido que Tom pudiera  culparme  a  mí  de  ello,  hemos sido amigos.  Él  no  quería  ir  más lejos conmigo y  yo  suponía que era porque aún no  había superado  la  muerte  de Melia. He sido  una  estúpida. -Desde  luego,  lo de  anoche sí ha sido  una  estupidez. Tira frunció  el ceño. -Me  has lavado el  estómago. -Sí. -Ahora  entiendo  porque  lo  siento  completamente  vacío.  ¿Por  qué  lo  has  hecho? Sólo  bebí  whisky con  el estómago  vacío. -La señora  de la  limpieza encontró  un  frasco  vacío de  pastillas  tranquilizantes  en el cuarto  de baño  -insistió  el  médico. -Ah,  eso  -murmuró  ella-.  Era  un  frasco  vacío  que  lo  tenía  desde  hace  años, nunca tiro nada; era de  unas  pastillas que me recetó  el doctor James hace  tres  años cuando hice los exámenes  finales. Tira  lo  miró  sin  parpadear y  añadió: -No  soy  una suicida.  Nunca se  me  ocurriría suicidarme.  Sin  embargo,  todo  el mundo tiene  un  límite  y yo alcancé el  mío  anoche, por eso  me  emborraché.  Nunca bebo alcohol y ése  es el  motivo de  que  me afectara  tanto. El médico le tomó la  mano. Justo en ese  momento se  abrió la puerta y Tom Kaulitz  entró  en la habitación.  Tenía  el rostro  pálido  como  la  cera  y  se  quedó  mirando  a Tira sin hablar. No  era culpa  de él, pero  Tira  lo  odiaba por lo  que la había obligado a hacer.  Se  lo dijo con la  mirada,  una  mirada fría, sin  afecto. -¡Sal  de mi habitación!  -le  gritó  ella.  El  médico  agrandó los ojos,  era  la primera  vez que  Tira  le levantaba la  voz a  Tom. -Tira  -dijo  Tom  con incertidumbre. -¡Sal de aquí ahora  mismo!  -repitió ella,  avergonzada de  haber  sido acusada de intento de  suicidio-. ¡Fuera! Histérica, Tira empezó a mover  las  manos. El  médico  decidió poner  remedio a  la  situación  inmediatamente y pulsó  el botón del interfono. -Enfermera,  venga  aquí  inmediatamente.  Traiga  un tranquilizante -después,  miró a  Tom-.  Sal.  Hablaré  contigo  dentro de unos  minutos. Tom se acercó  a la  puerta y,  antes de salir, cedió  el paso  a una  enfermera que entraba  con una jeringuilla. Al salir,  Tom pudo oír desde el  pasillo  los  sollozos de Tira;  allí,  se reunió con  su hermano  Corrigan. La mujer de la limpieza había llamado  a  Corrigan al descubrir a Tira,  y  Corrigan había  llamado  a Tom para  contarle lo  que había  pasado. -¿Qué  ha pasado?  -le  preguntó  Corrigan. -No lo  sé  —respondió  Tom  con  voz ronca.  Su  manga vacía  atrajo  la  atención  dalgunas  personas  al  pasar-.  Me  ha  visto  y  ha  empezado  a  gritar.  Nunca  la  había  visto así. -Nadie la ha  visto así  nunca -dijo Corrigan-.  Jamás  se me  habría pasado  por  la cabeza que una mujer como  Tira  tuviera instintos  suicidas. -¡Qué! -Tom  lo  miró  sin poder creerlo. -¿No  sabías  que  ha  tomado  alcohol con pastillas tranquilizantes?  Y  también  tenía una pistola  en la  mano  cuando  la señora Lester la  encontró. -¿Una... pistola? Estremeciéndose,  Tom  cerró  los  ojos  y se  pasó  una mano  por  el  rostro. No soportaba  pensar en  lo  que  podía  haber  ocurrido.  Estaba convencido de haber provocado en  Tira  esa  reacción.  No podía olvidar  la expresión  de Tira  cuando,  la  noche anterior,  él  la  acusó de  haber matado a John. Tira  no  se  defendió,  pero se  quedó  muy callada y muy pálida. No debería haberla  dejado  sola.  No  debería haberla dicho  nada. La había considerado una mujer fuerte, egocéntrica e  inmune  a las  críticas.  Se  había equivocado. -Ayer fui a verla —confesó  Tom con  voz atormentada-.  Le  eché en cara  su comportamiento después  del divorcio y también que dejara a  John  marcharse  a una plataforma  petrolífera. No  debería haberle dicho  nada,  pero estaba enfadado  porque hace un  tiempo, en  una subasta  de  ganado,  en  broma,  intentó  ponerme celoso;  como  si realmente  creyera que  una mujer como  ella  podría  atraerme. Tom suspiró  y  añadió: -La  consideraba muy dura,  no  creía que  nada de lo que yo dijera  pudiera  afectarla. -Y yo me consideraba  ciego -dijo Corrigan. -¿Qué  quieres decir? Corrigan  miró a su  hermano.  Después, sonrió  y  apartó la  mirada. -Olvídalo. La  puerta  de la  habitación  de Tira se  abrió  y el  doctor Gaines  salió al pasillo. Inmediatamente,  se  acercó a Corrigan  y  a  Tom. -No vuelvas  ahí  dentro  -le ordenó  a Tom-.  Está  al límite  y lo  que  menos  necesita es que  la  empujen. -Yo  no  he hecho  nada  -contestó Tom-. Lo único  que he  hecho  ha  sido  entrar  por la puerta. El doctor Gaines  apretó los  labios.  Miró  a  Corrigan,  que  encogió  los hombros y sacudió  la  cabeza. -Voy a  ver si logro convencerla  para  que vaya  a  ver a una  amiga mía,  una  psicóloga. No  le  vendría mal una  terapia -comentó  Gaines. -No  está  loca  -dijo  Tom ofendido. El doctor Gaines  lo miró  fijamente y frunció el ceño. -Has  sido fiscal  general del estado  durante  cuatro  años.  Eres un  famoso  abogado y un  hombre inteligente.  ¿Cómo puedes ser tan estúpido  al  mismo  tiempo? -¿Podría  decirme alguien  qué es  lo que pasa?  -preguntó Tom. El  doctor  Gaines  miró  a  Corrigan,  que  con  un  gesto  con  la  mano  invitó  al  médico  a realizar el  trabajo sucio. -Tira  nos  matará a  los  dos si  se  entera  de que  se  lo  hemos dicho  -le  dijo Gaines  a Corrigan. -Es mejor eso  que dejarla  morir. -Amén  -Gaines miró  a  Tom,  que  se debatía entre  la confusión  y  la cólera-. Tom, Tira  lleva  años  enamorada de  ti.  Y  yo  también he  pasado años  intentando convencerla  de  que  vendiera el  rancho y de  que dejara  las  recaudaciones  de fondos, porque para  ella  era  la forma de  estar  cerca de ti.  Se  ha matado  a trabajar  porque pensaba que si estabais  en contacto cabía  la  posibilidad  de  que  tú  algún día acabaras enamorándote de ella también.  Sin  embargo, yo  sabía que era imposible que eso ocurriese, ¿me  equivoco? El  médico  miró  a  Corrigan, que  asintió. Tom  se  apoyó contra  la  pared. Sintió como  si  le  hubieran  clavado un  cuchillo. No podía hablar. -En realidad, le has hecho  un favor,  aunque  no  lo  creas  -continuó  el  doctor Gaines-.  Tira  tenía que  darse  cuenta  de  que no puede  seguir  viviendo  de  ilusiones,  y los cambios  que  ha  hecho en  su  vida  recientemente son  prueba  de  que, por  fin, está empezando a aceptar  que no  sientes  nada  por  ella.  Con  el  tiempo, acabará  superándolo. Es  lo  mejor  que ha podido pasarle.  Llevaba semanas  al  borde de una profunda  crisis nerviosa  y,  al final,  ha  estallado. El médico  le puso una  mano en  el  brazo a  Tom. -Sé  que no es culpa  tuya. Tira  es  una mujer  muy  equilibrada, excepto en  lo que  a ti concierne. Pero  si  de  verdad  quieres ayudarla,  mantente alejado de  ella.  Lo  ha pasado muy mal y  necesita  tranquilizarse. El  médico  asintió  en dirección a Corrigan  y  luego  se marchó. Tom seguía sin  moverse,  sin hablar.  Estaba  muy pálido, casi no  creía lo que el médico  le había dicho. Corrigan  le  agarró  del brazo y tiró  de él. -Vamos, de  camino  a tu  oficina  pararemos  para  tomar un  café  en alguna  parte -le dijo Corrigan a  su hermano mayor. Tom  se  dejó llevar. Estaba  destrozado. Unos  minutos más tarde,  estaba  sentado  a  la  mesa  de  un  pequeño café con  su hermano. -Ha  intentado  quitarse  la vida  por  mí -dijo  Tom por  fin. -Pero le ha salido mal. No  volverá a intentarlo,  ya  verás  como  no dejan  que lo haga  -Corrigan se  inclinó hacia delante-.  Tom,  tarde o temprano  tenía que pasarle esto. No  hay mujer  que  aguante  lo  que  ella  ha  aguantado  sin arriesgar  su  salud,  tanto física como  mental.  Si  no le hubieras  dicho  lo  que le  dijiste  anoche,  cualquier  otra  cosa la habría  hecho estallar... estaba  mal. Tom hizo un esfuerzo por  respirar con normalidad. Seguía sin poder  creerlo. Bebió un sorbo  de café ausentemente. -¿Sabías tú todo esto? -le preguntó  a  Corrigan. -No me  lo  había confesado claramente, si es eso  lo  que  estás preguntando -contestó  su  hermano  menor-. Pero,  por la  forma como hablaba  de tí,  era evidente.  Me daba pena. Todos  sabemos lo  mucho que  querías a  Melia,  y también  que  no  has dejado que  ninguna  mujer  se acerque a ti  desde  el  accidente.  Tira  tenía  que  saber  que  no tema posibilidades. Tom  dejó su taza  de  café  en  la mesa. -Ahora  empiezo a comprender  -comentó  Tom  con voz distante-. Siempre estaba  ahí,  aunque  no fuera  necesario.  Trabajaba en  comités  de organismos a  los que yo  pertenecía, realizaba trabajo  voluntario  en  empresas con  las  que yo  tenía negocios. Tom sacudió  la  cabeza y añadió: -No me di cuenta. -Lo  sé. Tom levantó  los ojos. -John también lo  sabía  -dijo  Tom de repente.  Corrigan  vaciló; luego,  asintió. Tom contuvo  la respiración. -¡Dios mío,  fui yo  quien  destrozó  su  matrimonio! -Es posible,   no sé. Tira  nunca  habla  de John -Corrigan se quedó  pensativo unos momentos-. ¿Pero no has  notado  que ella  y  el  padre de  John siguen  estando  muy unidos? El no  la  culpa  de  la  muerte  de  su  hijo. Tom no  quería pensar  en eso. -Fui yo  quien  prácticamente  la  arrojó  a los brazos  de John. -Sí, me acuerdo muy  bien. Parecían tener  mucho en común. -Sí,  me  tenían  a  mí  en  común  -Tom rió amargamente-.  Ella  me  amaba... Bebió un sorbo  de café,  le remordía  terriblemente la  conciencia. -Por  favor,  Tom,  que no  se entere de que te lo  hemos  dicho,  le heriría profundamente  en su  amor propio, y ya  va  a  sufrir  bastante porque...  Tom,  los periódicos se han enterado  de lo que ha  pasado, los  titulares  son espectaculares. Aunque no  le  lleven  el  periódico  para  que lo  lea,  es  muy posible que  alguien acabe diciéndoselo.  Hay gente muy  mala  por el  mundo. Tom apoyó  la  cabeza en  una  mano.  Estaba  agotado. Era el  peor  dia  de su  vida; en  algunos  sentidos,  era peor  que  el  accidente que tan caro  le  había  costado. Corrigan  miró a su  hermano preocupado. -Vamos,  Tom,  no  te  pongas  así,  no  es  culpa  tuya.  Tira  está  sufriendo  las consecuencias  de  la tensión a  la  que se ha  sometido  a  sí  misma. Ya  verás como  se  pone bien. -Me quería  -dijo  Tom  otra vez,  como  si  no  pudiera creerlo. -No  se  puede  obligar a  nadie  a amar. -Tú no  sabes lo que le he  dicho  -le dijo  Tom  a su  hermano  con el rostro contraído-.  Le  he  dicho  que  era  superficial,  fría y  egocéntrica; y  que jamás  querría tener cerca  a una  mujer como ella...  Dios  mío,  cómo  ha  debido  dolerle oír  eso  viniendo de mí. Corrigan  lanzó  un  suspiro. -Bueno, ya  no tiene  solución, es agua pasada. Ahora está  a  salvo  y  aprenderá  a vivir  sin  ti... con  un  poco  de  ayuda. Tom no  dijo  nada. Tira pasó  el resto  del día durmiendo.  Cuando abrió los  ojos,  la habitación  estaba vacía.  Una  suave luz  de pared estaba encendida y Tira se sintió agradablemente adormilada. La enfermera de  noche  entró,  sonriendo, para  tomarle la  temperatura  y el pulso. Le dieron  unas  pastillas. Unos  minutos  más  tarde,  Tira volvió a dormirse. Cuando  se despertó, un hombre alto,  rubio  y apuesto  de ojos oscuros  estaba sentado en  el  borde de la  cama.  Estaba muy guapo con esos  pantalones blancos  y una camisa  roja. -¡Charles,  qué sorpresa!  -Tira sonrió. -¿A quién iba a  contarle yo mis  penas  si  te  suicidaras,  idiota? -murmuró él mirándola enfadado-.  Lo que has hecho  ha  sido  una estupidez. Apoyándose  en un  codo,  Tira  se  incorporó  al tiempo  que emitía un  gruñido. -¡No  he  intentado  suicidarme!  Me  emborraché, eso  es  todo. Y cuando  la  señora Lester  vio  un  frasco  de  pastillas  vacío  se  puso  histérica  -Tira  se  puso  la  mano  en  la boca  al bostezar-.  En  fin, supongo  que  no  puedo  echárselo  en cara.  Yo  aún  tenía  la pistola  en  la  mano y había un  agujero  en la  pared. -¡Una  pistola! -No  grites,  me duele  la cabeza. Sí,  una  pistola -Tira  sonrió  traviesamente-. Iba a pegarle un  tiro  a un ratón. Los  ojos de Charles se  agrandaron. -¿Qué? -Hay un  ratón en la  casa  -explicó  ella-.  He  puesto  trampas por  todas partes,  pero nada, sigue  apareciendo por  la  cocina  constantemente. Después  de  un  par  de copas, me acordé de  una escena en  una película  en la que  John  Wayne  dispara un tiro a una rata; cuando  ya  me  había  bebido  la  mitad de  la  botella, me  pareció perfectamente  lógico disparar a  un  ratón. Tira  se  interrumpió  y rió  débilmente. -Deberías haberme  visto. -Sí, supongo que sí -murmuró  él  fijándose en  los enrojecidos  ojos  de  su  amiga-. Trabajas demasiado,  Tira. Ayudas  a todo  el  mundo  a recaudar  fondos  para  todo tipo de  causas.  Y ahora, a  pesar de  que  estás  preparando las  esculturas  para la  exposición, sigues intentando  cumplir  con  tus  obligaciones  sociales.  Me sorprende  que no  te hayas derrumbado  mucho  antes.  Intenté advertírtelo,  sabes que lo  intenté.  Tira  asintió  y suspiró. -Lo sé. No me había  dado cuenta de lo  mucho que  me  estaba esforzando. -Lo  que necesitas  es  casarte y  tener  una familia, eso  te  mantendrá ocupada.  Tira arqueó las  cejas. -¿Estás  sugiriendo  que  estarías dispuesto  a hacer ese  sacrificio?  Charles  rió. -Quizá fuese lo mejor  para ambos. Los  dos  estamos enamorados de alguien que no  nos  quiere;  al menos,  nos tenemos  mucho  cariño. -Sí, pero  el  matrimonio  debería  basarse en algo  más que  en  eso. Charles se  encogió  de  hombros. -No le  des  más  vueltas,  sólo  era una  idea -se inclinó sobre  ella y  le  dio una palmada  en  la  mano-. Ponte bien, ¿de acuerdo?  Hay una fiesta  la  semana  que  viene a la que quiero que me acompañes.  Ella  va a estar  allí. Tira sabía  quién era «ella»:  la cuñada  de Percy, la  mujer  con la que  se habría casado.  Pero  ella  nunca  se  había  fijado  en  Charles,  a pesar  de lo  guapo que era, y  se había casado  con el medio  hermano de  él. El  medio  hermano  de  Charles  era veinte años mayor que  él  y, en su  círculo, a nadie  le caía  bien.  Ese matrimonio  era un  misterio para todo el  mundo.  -No tengo un vestido para la fiesta.  -Cómprate  uno. Tira vaciló. -Vamos,  yo  te  protegeré de  él -dijo Charles  al  darse cuenta  de  que casi con seguridad Tom estaría en la  fiesta-.  Te juro  por mi  glorioso  Mark VIII rojo que no te dejaré sola  ni un  momento. Ella  le  lanzó  una débil  mirada.  De  todos  era  conocida  la  obsesión de  Charles por ese coche,  ni siquiera dejaba  que  lo  lavaran  en el  garaje.  Lo  lavaba  y lo enceraba él mismo  y  lo llamaba «Big Red». -Bueno,  si  lo  juras por  tu  coche,  de  acuerdo.  Charles sonrió  maliciosamente. -Te dejaré que  lo  conduzcas. -¡Qué honor! -Te  he  traído  unas  flores -añadió  él-.  Una de  las enfermeras  ha  tenido  la amabilidad de  buscar  un  jarrón  para  ponerlas. Ella  le sonrió. -No  me  extraña.  Todas las  mujeres se  vuelven  locas  por  ti. -Menos  la  que  me  gustaría  que  se  volviera  loca  por  mí  -dijo  Charles  con tristeza-. En fin,  ya es  demasiado  tarde. Tira le  tomó la  mano  y  se  la apretó suavemente. -Lo  siento,  Charles. -Y yo -Charles se  encogió  de  hombros-. ¿No  te parece  una verdadera pena?  ¡Mira lo que se  están perdiendo! Tira  sabía  que se  estaba refiriendo  a Tom y a la mujer  que Charles quería, y sonrió. -Sí, ellos  se  lo pierden. Y  sí, estaré  encantada de ir  contigo  a la fiesta. Hoy me dan  el  alta,  ¿quieres  llevarme a  casa? -¡Claro! Pero  cuando  el  médico  entró en la  habitación,  se mostró contrario  a  darle el  alta. Tira  lo  miró  fijamente. -Lo digo  en  serio,  no  tenía ninguna  intención  de  suicidarme. -¿Qué  hay de  la pistola? Habías  disparado  un  tiro. Tira apretó los  labios. -¿Nadie  se ha  fijado en dónde  dio la  bala?  El  médico frunció  el  ceño. -¡El  ratón! -exclamó  Tira-.  ¡Llevo  semanas  persiguiendo a  un  ratón! ¿Es que no te gustan  las  películas  de  John  Wayne? De  pronto,  el médico agrandó  los ojos. -¡Dios mío,  claro! -¡Exacto, claro! El  médico  estalló  en carcajadas. -¿Querías matar al  ratón  a tiros? -Tengo  buena puntería -protestó  ella-;  al menos, cuando estoy sobria.  ¡La  próxima vez no fallaré! -Te recomiendo  que pongas trampas. -Es  demasiado  listo -dijo  ella-.  Ya  lo  he  hecho,  pero  sin  éxito. -Cómprate  un  gato. -Me  dan alergia -confesó  Tira. -¿Qué  me dices  de  esos  aparatos electrónicos  que  emiten unas ondas especiales?  Tira sacudió la cabeza. -También  lo  he  probado  y el  ratón  ha  mordido  el cable. -¿Y no murió  electrocutado?  Tira  arqueó las  cejas. -No. Es  más,  parecía  más sano después  del  incidente.  Apuesto  a que  incluso  le gusta  el veneno.  No,  tengo  que  matarlo a tiros. El médico y  Charles  intercambiaron una  mirada; después,  los  dos  se  echaron  a reír. El  médico  la  vio  a  solas  al  cabo  de  un  rato,  mientras  Charles  sacaba  el  coche  del aparcamiento  para recogerla a ella  a  la  entrada del  hospital. -Sólo  una cosa  más  -dijo el doctor  con voz suave-. Diga  lo  que diga  Tom,  tú no mataste  a  John. Nadie  podría  haber  impedido  lo que  ocurrió. Y lo primero  que  no debería  haber hecho  fue  casarse contigo. -Tom  hacía lo  imposible para que  estuviéramos juntos -dijo  Tira-.  Pensaba  que éramos  la  pareja perfecta. -Tom  no  lo  sabe.  Estoy  seguro  de  que  John  no  se  lo  dijo,  y  también  estoy seguro de que  tú tampoco se  lo  has  dicho. Tira desvió la  mirada. -John  era el  mejor amigo  de  Tom; de  haber  querido que  Tom lo  supiera, se  lo habría  dicho  él  mismo.  Como  no  lo  hizo,  no  me  he  creído  con  derecho  de  hacerlo  yo -Tira  levantó  el  rostro  y  miró  al  médico  a  los  ojos-.  Y  sigo  pensando  lo  mismo,  así  que tú tampoco se  lo vas  a decir,  ¿de acuerdo?  No tenemos  derecho  a destrozarle una ilusión.  Su  vida no  ha  sido  un  lecho  de rosas,  ha  perdido un  brazo  y también a su esposa, a la  que  amaba  con locura. -Aunque no  sé  por  qué -dijo el doctor  Gaines, que  sabía  todo  lo que había que saber  sobre  la  elegante señora Hart,  cosas  que  Tira  tampoco  sabía. -Él la amaba con todo  su corazón -dijo  ella simplemente -. Sobre gustos no  hay nada escrito.  -El médico le  sonrió. -No, supongo  que no. -Sabes  una cosa,  doctor Gaines,  eres  un  buen  hombre.- El rió. -Eso  es lo  que dice  mi  mujer. -Y  tiene  razón. -¿No  tienes  familia?  Tira negó con la cabeza. -Mi  padre murió de  un  infarto  y  mi madre murió  antes  que  él,  de cáncer.  Fue  muy duro  para  mi padre,  la quería  demasiado. -No se  puede querer  demasiado. -El rostro de  Tira mostró  una profunda tristeza. -Sí, sí  que  se puede  -declaró  ella  con  solemnidad-.  Pero  voy a aprender a no hacerlo.- Charles apareció con  su coche  y el  médico  se  despidió de  ellos. -¡Míralo,  me  tiene envidia! -dijo  Charles  con una  sonrisa  maliciosa-.  Quiere mi coche.  Todo el  mundo quiere  mi  coche. ¡Pero  es mío,  sólo  mío! -Charles, estás  demasiado obsesionado con  este coche -le  advirtió  ella. -¡No, no lo  estoy!  Ten cuidado,  me  vas  a dejar marcas en la ventanilla.  Y espero que te  limpies  los  pies antes  de entrar. Tira  no  sabía si reír  o  llorar. -¡Eh, es  una broma!  -exclamó él. Tira dejó escapar  un  suspiro  de alivio. -¡Y el doctor Gaines quería que  yo  fuera  a  ver  a un  psicólogo! -No  necesito  un  psicólogo, a  los  hombres  les  gustan los  coches.  Un  tipo  que conocí  incluso llegó  a  escribirle  una canción  a  su camioneta. Tira contempló el  lujoso interior  del  vehículo  y asintió. -Bueno,  reconozco que  podría  enamorarme de Big Red -apoyó  la cabeza  en  el respaldo del  asiento y  cerró  los  ojos. Charles  dio unas  palmadas  al  volante  de su  coche. -¿Lo  has  oído?  Le  estás  gustando.  Tira  abrió  los  ojos. -En el momento en  que lleguemos  a mi casa, voy a llamar  al  psicólogo.  Charles arqueó las  cejas. -¿También al  psicólogo  le  gusten  los  coches? -¡Me  rindo! Cuando  llegó  a  su  casa,  una  preocupada señora Lester salió a recibirla. -¡Era un  frasco  de pastillas viejo! -le explicó  Tira  a  la  mujer-.  Y la pistola no  era para  suicidarme, sino  para matar  al  ratón de la  cocina. -¿Para el  ratón? -Todavía  no  hemos  podido cazarlo, ¿no? La  señora Lester  enrojeció  y  metió  las manos en  los bolsillos  del  delantal. -Pues parecía  como  si..;  Tira  le  dio  un  abrazo. -Es usted un  encanto  y la adoro.  Pero lo  único que  me  pasó  es  que me emborraché, eso  es todo. -Usted no  bebe nunca  -declaró  la  señora  Lester. -No me quedó  más  remedio -respondió  Tira. La señora Lester  miró  a  Charles. -¿Por culpa  suya? No  debería  estar  con él  si  la  impulsa  a  beber. -¿Lo ves? -dijo  Charles-. También  ella quiere  mi  coche,  por  eso quiere que me vaya.  No puede soportar  verlo día  tras  día.  La  envidia la  corroe... -¿De qué  está  hablando? -preguntó  la señora  Lester con  curiosidad. -De  su  coche. Cree  que  usted  quiere su  coche. La  señora  Lester bufó. -¿Esa cosa  roja  que  corre como  un  rayo? ¡No puedo  imaginarme  a  mí misma en  una cosa  así!  Charles sonrió  maliciosamente. -¿Quiere dar  una vuelta en  mi coche? -preguntó. Charles  pestañeando.  La señora Lester se  echó a reír. -Soy demasiado mayor  para  coches  deportivos. Pero Tira  tiene  la  edad  apropiada. -Sí,  así  es. Y  necesita  que la  mimen. -Le daré  de  comer y la obligaré  a  que descanse.  , No debería haber  dejado  que me convenciera de que  me  fuera  de vacaciones.  ¡La primera vez que  la dejo y  mira lo que pasa!  ¡Y los  periódicos...! De  repente,  se  interrumpió. Tira la  miró  fijamente. -¿Qué  periódicos? La  señora  Lester  y Charles  intercambiaron una mirada. -Verás...  has  salido en los  periódicos -contestó  él  con desgana. Tira  lanzó un  gruñido. -¡Oh,  no!  Seguro  que me  ha  costado  la  exposición. -No,  no es  así  -respondió  Charles-.  Esta  misma  mañana,  antes de ir  al  hospital,  he hablado  con Bob y me  ha  dicho que el  teléfono  no  ha dejado  de sonar  un sólo momento, todo llamadas  preguntando por la  exposición. Al  parecer,  ha sido una  excelente publicidad. -No necesito...  -Puede que  tú  no, pero  el hospital  adonde  va a  ir a  parar  el  dinero  que se recoja con la exposición  sí -le recordó  él-.  ¡Si  sigue  así van  a poder comprar una ambulancia nueva! Tira sonrió, pero sin demasiado ánimo. -Vamos, anímate,  no  es  tan  grave.  Además,  mañana  ya  se  le habrá olvidado a todo el mundo. Lo único  que  tienes  que hacer es no  contestar  el  teléfono  durante un  par  de días. -Sí, supongo que tienes  razón. Bueno,  hasta  el sábado.  Vendré  a recogerte a las seis. -¿Qué  vas a hacer  hasta entonces?  -le  preguntó  Tira  sorprendida,  porque Charles solía pasarse  a  tomar  café  casi todas las  tardes. -Me  voy  a  Memphis  -contestó él  con  un  suspiro-.  Tengo que  encargarme personalmente de un  negocio, así  que voy a estar  fuera una semana entera.  Ya sé que es  un  mal  momento para marcharme,  pero... -No  te  preocupes,  estaré  bien -le aseguró Tira-.  La  señora Lester está  aquí conmigo. -Sí,  ya  sé  que  no  tengo motivos  para  preocuparme  —Charles  sonrió—.  Pero  como yo  tampoco  tengo  padres  ni  hermanos...  supongo  que  tú  eres la  única  familia  que  tengo. -A  mí me pasa lo mismo. Charles la  miró a los ojos  fijamente. -Somos  muy  parecidos, ¿verdad? Y  tampoco somos muy  listos  a la hora  de enamorarnos. -Como  has  dicho  antes, ellos  se  lo  pierden -dijo  Tira  obstinadament e-.  En fin, conduce  con  cuidado.  ¿Vas a  ir  en  Big  Red? Charles negó con  la cabeza. -No me dejan  meterlo en  el  avión. Tira se  echó a reír. -Me  alegro  de  que seas  mi  amigo  -declaró  ella  con  sinceridad. Charles le  estrechó las  manos.  -A  mí  me  pasa  lo  mismo.  Cuídate.  Te  llamaré  durante  la  semana  para  ver cómo  estás,  ¿de  acuerdo?  Y  si  me  necesitas para  lo  que  sea... -Tengo  el  número  de  tu  móvil  -le recordó  ella-.  Pero  no  te  preocupes,  estoy bien. -Entonces,  hasta dentro  de  una  semana.  -Gracias por  traerme a casa.  Charles  encogió  los hombros  y le dedicó una resplandeciente y blanca  sonrisa. -Ha sido  un  placer.

Aqi estal otro capitulo

martes, 6 de diciembre de 2016

Capítulo Uno

 El  lote  de  vacas  Hereford  en  la subasta  de  San Antonio  había salido  por  un precio  de  ganga, pero  Tira  Beck  permitió,  sin  siquiera  murmurar, que el hombre sentado  a su lado se  lo  llevara.  Nunca  habría  admitido  que no necesitaba añadir  más cabezas  de  ganado a  la  manada de  Montana  que tenía, y  que le  llevaba su  capataz ya que ella vivía en  Texas.  Sólo  había  ido  a la  subasta  porque  sabía que Tom Kaulitz iba  a estar  allí.  Normalmente,  los cuatro hermanos  de  Tom  en Jacobsville, Texas,  eran quienes se  encargaban  de las ventas;  pero  Tom,  al  igual que Tira,  vivía en  San  Antonio, lugar  en  el  que  se celebraba la  subasta,  y  por  ese motivo estaba él  allí. Ya no  era ganadero.  Seguía siendo alto  y  bien formado,  con anchos  hombros y cabeza  leonina con  espesos  cabellos  negros  ondulados,  pero  la  vacía  manga izquierda era testimonio  de que  sus  días como  ganadero  habían pasado. Cosa  que no le  impedía ganarse la  vida; había sido  fiscal general del  estado de  Texas y  era un abogado de fama  en todo  el país.  Ganaba mucho dinero.  Su voz, profunda,  rica  y aterciopelada, le ayuda  en  los  juicios; además  de ello,  contaba con unos  modales  engañosamente amables que procuraban un falso sentido de  seguridad a  los  testigos  antes de  verse descuartizados  por él al subirse  al estrado.  Verbalmente, tenía  el instinto  de un asesino, y  sabía  utilizarlo. Por  su  parte,  Tira  dedicaba gran  parte de  su  tiempo  a las obras de  caridad, era independiente económicamente y  tenía dinero. Era una mujer  divorciada  cuyas relaciones  con  los  hombres  eran platónicas, y  tampoco tenía muchos amigos. Tom Kaulitz y  Charles  Percy  eran  los únicos,  y  Charles estaba  perdidamente  enamorado de la mujer  de  su hermano,  su  cuñada. Tira  era  la  única que lo sabía.  Mucha gente  creía que ella  y  Charles tenían relaciones,  lo que les  hacía  mucha gracia a  los dos; a  ella  le  servía para  ocultarle  a  Tom  sus verdaderos sentimientos. -Has  apostado  una  cantidad ridicula -comentó Tom cuando  llevaron al  centro del círculo  a la  siguiente  manada de  vacas-.  ¿Qué  es  lo que  te  pasa  hoy? -No sé, no  puedo concentrarme  en  esto  -respondió Tira-. Desde la muerte  de  mi padre  no he  tenido mucho  que ver con el  rancho  de  Montana.  Incluso he pensado en venderlo. Nunca volverá a  vivir  allí. -No lo venderás jamás,  te  unen demasiadas cosas  al rancho. Además, tienes  un capataz  extraordinario  que se  encarga  de  todo  -observó  Tom. Tira  se  encogió  de  hombros y  apartó  de  su  rostro  un  mechón  del glorioso  cabello rojizo que  llevaba  recogido en un-elegante  moño en la  nuca. -Sí,  eso es verdad. -Pero prefieres  pasearte  por San  Antonio  del  brazo de Charles  Percy  -murmuró él con  una  sonrisa  burlona. Tira  volvió  a  Tom  sus encantadores ojos  verdes, disimulando la  secreta esperanza de que pudiera estar celoso. Pero el  rostro de Tom no  mostró  lo que sentía, ni tampoco  sus claros  ojos  grises. Así era siempre.  Ocho  años atrás,  el  accidente  que le costara el  brazo  también le  costó  la  vida  de  su  amada esposa,  Melia; a pesar  de  sus  pequeñas diferencias, nadie dudaba  de su  amor por ella.  Desde la muerte de Melia,  no  había salido en serio con  ninguna  mujer,  aunque  fuera  acompañado de sofisticadas mujeres  a fiestas y  cenas. -¿Qué  te  pasa? -le  preguntó Tom al notar su  desilusión. Tira, que  vestía  un  elegante  traje  pantalón negro, encogió los hombros. -Nada,  sólo  que  esperaba  que  te  pusieras  en pie  y amenazaras con matar  a Charles  si  se le ocurriera volver  a  acercarse  a mí -Tira  notó la  expresión de sorpresa de Tom  inmediatamente-. ¡Eh,  es  una broma! Tom  la  miró  a los ojos un  momento y  después  desvió  la mirada  hacia la  arena. -Estás  de un  humor  muy  extraño hoy. Tira  suspiró  y  volvió su  atención al programa de  la subasta. -Llevo años de  un humor extraño.  Aunque,  por supuesto, no  esperaba que lo notaras. Tom cerró  su programa de  golpe  y la  miró  furioso.
-Me pone  enfermo  que  dejes las  cosas  a  medias. Si quieres decirme  algo,  dilo directamente. Típico de  él  ser  tan brusco, pensó  Tira antes  de hacer un  gesto de  futilidad con la mano. -No vale  la  pena molestarse  -contestó  ella  con tristeza antes  de ponerse en  pie-. Bueno,  ya  he  hecho  todas las apuestas  que  iba  a hacer. Hasta  la  vista,  Tom. Tira  se  puso  en  camino hacia  la  salida.  Muchos  ojos  la  siguieron,  y no porque fuera  una de  las pocas  mujeres presentes. Tira  era hermosa. A su  espalda,  Tom  gruñó en silencio mientras  ella  se  alejaba. El  comportamiento de Tira  había despertado  su  curiosidad. Últimamente  la veía  más distante,  no se parecía  en  nada a  la  animada y  simpática  mujer  que había  sido su único  consuelo  tras  el accidente  que  le había  costado  al  vida a  Melia.  Su  esposa  había sido  lo  más  importante en  el mundo  para él,  hasta esa  última noche  en la que  ella se traicionó a sí  misma, revelando  el  secreto que  destruyó  el  orgullo de Tom  y el  amor  por  su  esposa. Como  un idiota,  creía  que Melia se  había casado con  él por amor;  sin embargo,  se había casado  por su  dinero  y no  había renunciado a  su amante. Le había herido  en lo más  profundo  al confesarle su  relación  amorosa con otro  y el aborto al que se  había sometido. Incluso  se  rió al  ver  su  consternación.  ¿Acaso  creía que  podía querer tener un hijo suyo?  Dar a  luz  le  habría destrozado  el  tipo; además,  según le  dijo con  calculadora frialdad, tampoco  sabía si  el  niño era de Tom o de su amante. La verdad  lo  hirió  profundamente. Mientras discutían,  Tom apartó los  ojos de la carretera  un momento;  fue  entonces cuando  el hielo en el asfalto  hizo que patinara el coche y que  Tom  perdiera  el control.  El  coche se salió de  la carretera  y  Melia, que siempre  se  había  negado  a abrocharse el  cinturón de seguridad, salió despedida del vehículo por el parabrisas.  Su  muerte fue instantánea. Tom tuvo  más suerte,  pero el golpe sacó  la portezuela  de su  sitio y  un  trozo de  metal  se  le  clavó en  el  brazo izquierdo. Tuvieron que  amputarle  el  brazo para  salvarle  la  vida. Tira  fue  a  verlo al  hospital  tan  pronto  se enteró  de  la tragedia.  Acababa de iniciar  el  proceso  de su  divorcio con John Beck  y su  presencia en el  hospital  al  lado de Tom había despertado maliciosos  rumores  sobre  su  infidelidad. Tira nunca  hablaba  de  su  breve matrimonio. Nunca hablaba de  John.  Tom  ya estaba casado  cuando  se conocieron, y fue Tom  quien  hizo de  Celestina  entre  John y Tira. John era su  mejor  amigo,  y tenía  mucho dinero,  igual  que Tira, y los  dos  parecían tener  mucho en  común. Pero  el  matrimonio  no llegó  a  durar un  mes entero. Nunca preguntó sobre  el  motivo  de la  ruptura, pero  desde entonces  dejó  de sentirse cómodo con ella. Tira  había resultado ser  una  mujer  superficial  y  Tom no estaba dispuesto a sufrir  por una  mujer así,  por  despampanante que fuera. Por  experiencia sabía  que el  matrimonio no  era  sólo cuestión de tener  una esposa hermosa. John  Beck tampoco  habló de  su  matrimonio y,  a partir del divorcio, evitó  la compañía  de Tom.  En  una  ocasión,  en  una fiesta  a la  que  ambos asistieron,  después  de beber  en exceso  llegó  a decirle a  Tom  que  era él quien le  había destrozado  la  vida, aunque no le  dio ninguna  explicación. Llevaban  años siendo  amigos... hasta que  John  se  casó  con  Tira.  Al  poco  tiempo del divorcio,  John se  marchó  de Texas y  un año después,  en  la  plataforma petrolífera, perdió la  vida. La muerte  de  John  pareció dejar a  Tira  desconsolada  y dejó de  vérsela en los círculos sociales.  Cuando  emergió,  parecía  otra  mujer.  La vivaz y animosa Tira de antaño  se había  convertido  en  una  elegante  dama  que  parecía  haber  perdido  su  espíritu de lucha.  Tira volvió  a  la Escuela de Arte para  terminar  sus estudios; pero tres  años después  de  graduarse,  no  parecía  haber  hecho  gran  cosa  con  el  título.  No  obstante, seguía trabajando incesantemente  en obras  de caridad,  nunca  parecía  cansarse. Tom se preguntaba si  la  razón de que  trabajara  tanto no  se  debería a  que quería  evitar tener  tiempo  para pensar. Inconsciente de  los hostiles  sentimientos  de  Tom hacia  ella,  Tira llegó  a su Jaguar  plateado  y se  montó  al  coche.  Se quedó  quieta  unos  minutos  con la  cabeza apoyada en  el  volante. ¿Cuándo  iba a  aceptar  que  Tom  no  la quería? Se  estaba  martirizando  a sí  misma  y tenía que  parar.  Por fin,  admitió  que  su  relación  con  él  no  iba  a cambiar,  tenía que alejarse de  Tom,  salirse  de  su  círculo. Cada vez que lo veía, era como morir un  poco.  Llevaba años  sufriendo en los  que  lo  único que  conseguía  era pasar con él  un  rato de  vez  en  cuando.  Vivía un sueño  imposible. Tenía que encontrar  un camino sola, sin  Tom,  por  mucho  que le  doliera. Lo  primero era vender  la  propiedad  de Montana.  Tira  la  puso  a  la  venta inmediatamente. Su  capataz se asoció  con un  amigo para  comprarla. Cuando se  vio  libre del rancho,  Tira  no  tuvo  ya motivos  para  asistir a  las  subastas de  ganado. Dejó  el  piso  en el  que  vivía,  a  sólo dos  manzanas  de donde  vivía  Tom,  y  se compró una  elegante casa  en  las  afueras  de  la ciudad,  en  la  calle Floresville.  Era de estilo español  con elegantes arcos y  una verja  de  hierro  forjado. La  casa tenía un patio adoquinado con  una  fuente  en el medio  y un  estanque. Era  un  lugar  mágico. -Es la  clase  de casa que  merece que  viva  en ella  una familia  -le había comentado el agente  inmobiliario. Tira  no contestó nada. Recordaba  la  conversación  porque sabía  que  nunca  tendría  una familia. Iba  a  ser sólo ella, viviendo  en un  mundo  en el  que  no  había  Tom ni esperanza. La casa  tardó varias  semanas en estar  arreglada y decorada.  La  misma  Tira se había  encargado  de  la  decoración y, cuando  la  casa  estuvo terminada,  era un reflejo de su  personalidad. De  su  verdadera  personalidad, no  de  la  imagen  que  proyectaba  al exterior. El papel que  cubría  las  paredes  del  cuarto  de estar tenía  el  fondo en blanco  y un delicado  dibujo  color  azul  pastel, la  alfombra era gris; el  mobiliario  era Victoriano, las sillas  de palo de  rosa  y  el sofá  de  terciopelo. El dormitorio principal tenía  una cama  de dosel de  madera  de cerezo, con enormes patas  redondeadas y  un  cabecero  en  madera tallada con  motivos  florales. Las  cortinas eran Priscillas, en  estampado rosa  y  azul.  El resto de la  casa tenía  la misma  discreta  elegancia  de  estilo y color.  La  decoración reflejaba la  personalidad de una  mujer  introvertida,  sensible y conservadora;  lo que Tira era  en  el  fondo, bajo esa  máscara de exuberancia. La casa  sólo tenía  un  defecto,  el ratón  que vivía en  la cocina.  Advirtió  la presencia del roedor la  primera  noche  que  pasó  en  la  casa,  estaba  comiendo  unas  migas de galleta que,  inadvertidamente,  Tira  no había limpiado. Compró  trampas para  ratones con la  esperanza de que  esos  objetos  horribles cumplieran  su cometido y  no  la dejaran  con un  ratón herido en  las  manos; pero  la sabia criatura  sorteó las trampas.  Probó  varios sistemas más,  pero  sin resultado.  A  Tira  sólo se le  ocurrieron  dos explicaciones:  o el ratón era  inteligente, producto de un  experimento  científico; o era un  producto  de su  imaginación. Casi  histérica, rió  al  pensar  que To, después de tantos  años,  había acabado volviéndola loca. A  pesar  del ratón, le  encantaba su  nueva casa. No  obstante, aunque  estaba siempre  muy  ocupada,  seguía teniendo  que enfrentarse a las  solitarias  noches.  Cada día se sentía  más oprimida y, a parte del  trabajo  en la  recaudación de fondos  para campañas  políticas, no  tenía aficiones y sí  demasiado  dinero  para ponerse  a trabajar ocho horas diariamente.  Lo  que necesitaba  era  una  actividad  que pudiera realizar  en  su casa, algo  que la  tuviera  ocupada por las  noches  cuando estaba  sola.  Pero... ¿qué? Era una lluviosa  mañana de lunes.  Tira  había  ido  al  mercado  a  comprar verdura cuando,  al  doblar  una esquina,  se  topó  con Corrigan  Kaulitz y  su nueva  esposa,  Dorothy. -¡Dios mío  qué  sorpresa!  ¿Qué  estáis  haciendo aquí  en  San  Antonio?   Corrigan  sonrió  traviesamente. -Comprar  ganado -dijo  poniéndole  la  mano  en  la  cintura a una radiante  Dorothy-. A  propósito,  no  te  hemos  visto en  la  subasta  esta  vez.  He  ido  en  nombre  de  Tom  que, por un motivo  que desconozco,  lleva bastante  tiempo  sin  ir a  las subastas. -Yo tampoco voy  ya -contestó  Tira con  una  sonrisa-. La verdad es  que  he  vendido el rancho  de  Montana. Corrigan  lanzó  un  silbido. -Pero si  te  encantaba el  rancho. Era lo  que aún  te  unía  a tu padre. Eso  era  verdad,  y a Tira  le había entristecido venderlo  por  ese  motivo.  Se  cambió de mano la  bolsa de  la  compra. -Quería  un  cambio de vida. -Ya,  ya  veo  -comentó Corrigan  con  voz queda-. Pasamos por tu  piso  para saludarte y fue  cuando  nos  enteramos  de  que ya  no  vivías  allí. -Sí,  me he cambiado.  He  comprado  una casa  -contestó Tira. Corrigan empequeñeció  los  ojos. -¿A  un  sitio  donde no  puedas  tropezarte  con Tom accidentalmente?  Tira enrojeció al  instante. -Si quieres  que  te diga  la verdad, a un sitio donde no vea a  Tom en  absoluto -contestó ella directamente-.  He  roto con  el  pasado,  ya no voy a encontrarme «accidentalmente»  con él. Me  he  hartado  de llorar  por  un hombre  que no quiere  saber nada de mí. Corrigan  pareció  sorprendido.  Dorothy  miró  a  la  otra  mujer con silenciosa comprensión. -A la  larga,  puede que  sea  lo  mejor -dijo Dorie-. Aún eres joven  y muy guapa...  y el mundo  está  lleno  de  hombres. -Sí, es  verdad  -dijo  Tira devolviéndole la  sonrisa a  Dorie-.  Me alegro  de que, al final, todo se  haya  arreglado  entre  vosotros  dos.  Siento mucho  que estuvierais a punto de  romper por culpa  mía;  en  serio,  no  fue intencionadamente. -Ya lo sé,  Tira  -contestó Dorie recordando  el  accidental  comentario de Tira en una boutique que hizo que Dorie saliera corriendo  en busca de Corrigan. Pero eso ya formaba  parte del  pasado-.  Corrigan me  lo explicó todo.  El  motivo  de  que  pasara  lo  que pasó  fue  porque yo  no  tenía  plena confianza en él  aún,  al contrario  que  ahora. Dorie vaciló  un  momento antes de añadir: -Siento  mucho lo  que te  pasa con Tom. Tira enderezó los  hombros. -No  se  puede obligar  a una  persona a  que  se enamore  de  ti -dijo  Tira  con infinita tristeza  en  la  mirada-.  En  fin,  él  tiene  la  vida  que  quiere  y  yo  estoy  intentando  hacer  lo mismo. -¿Por qué  no preparas  una colección de  esculturas  y  montas una exposición? -le sugirió Corrigan. Tira rió. -Hace  años  que no hago  una  escultura. Además,  no  soy  suficientemente buena. -Lo  eres, y tienes  un  diploma en  arte. Utilízalo.  Tira reflexionó. Después  de un minuto, sonrió. -La  verdad es  que  me  gusta la  escultura,  y  solía vender alguna que  otra. -¿Lo  ves?  Es  una  solución  -Corrigan  hizo una pausa-.  Aunque  claro,  también podrías hacer  un  cursillo de  cocina. Tira  alzó  las  manos,  sabía  lo  obsesionados  que  esos  tres  hermanos  de  Corrigan, además de  Tom, estaban  con  la  comida. -Diles  a Leo,  a  Cag  y a  Rey que  no  tengo  intención  de convertirme en  una cocinera. -Se  lo  diré. Pero Dorie necesita  refuerzos  -añadió Corrigan sonriendo  a su esposa antes de  volverse  a  Tira-.  La  habrían  encerrado en la cocina si  yo  no  se  lo hubiera impedido. -Ni  lo  sueñes  -dijo  Tira  fingiendo  estremecerse-. Dorie,  cometiste un  gran error al decirles que sabías  cocinar. -Al  final,  ha merecido la  pena, ¿no  te parece? -comentó  Dorie  sonriendo radiantemente a su  marido. Tira  intercambió  un par de  comentarios  más  con ellos  antes de despedirse. Eran una  pareja  encantadora,  y  le  tenía mucho cariño  a  Corrigan, pero  le  recordaba demasiado  a  Tom. Tira  se  apuntó en  una academia  de escultura para  practicar. Al  cabo  de  unas semanas ya  esculpía reconocibles  bustos. -Tienes una habilidad especial para  la  escultura -murmuró  su profesor contemplando  la  cabeza de  la estrella  de  cine preferida de  Tira-.  Se  puede  ganar dinero  con esto, ¿sabías?  Mucho  dinero. Tira casi  lanzó un  gruñido. ¿Cómo  iba  a decirle a ese hombre encantador que ya tenía mucho dinero? Se  limitó  a sonreír  y a darle las gracias  por el halago. Pero  el profesor puso  la  escultura en una  vitrina donde  tenía dignas piezas  de  sus alumnos  aventajados.  El propietario  de  una galería  de arte vio  la escultura,  se  puso  en contacto  con  Tira y  le  ofreció  montar una  exposición  exclusiva  de  sus piezas.  Tira intentó  disuadirle,  pero  la  oferta  fue  demasiado  tentadora:  Al  final,  accedió  bajo  la condición  de  que  el dinero  que  se  recaudara  en la exposición  fuera a  un hospital  que se encargaba de  gente indigente sin  seguro  médico. Tira  se  lanzó  a  trabajar con ahínco.  Pasaba hora  tras  hora  recobrando  fuerza en las manos  y  recuperando  la  facilidad para el  detalle  en sus  esculturas. Hasta que no  acabó una de  Tom no  se dio  cuenta de que era él  el modelo.  Se quedó  mirando  su  obra  con furia contenida y estaba  a punto  de golpearla con ambos puños  cuando sonó el  timbre de la  puerta. Irritada  por  la  interrupción,  cubrió  su obra con  un  paño  y  fue a abrir,  limpiándose de camino la arcilla  de las  manos. Llevaba el  pelo recogido en un  moño,  pero tenía la blusa manchada de barro. Estaba hecha  un  desastre:  sin maquillar,  sin zapatos y con unos viejos  vaqueros. Abrió la  puerta sin  preguntarse  quién  podía  ser y  se  quedó  helada al  ver  a  Tom en  el  porche.  Notó  que  él  llevaba  la  prótesis  que  tanto  odiaba,  y  también  notó  que  la mano artificial parecía  increíblemente real. Por  fin, subió los  ojos y  los  clavó en  los  de  él.  Pero  no  le  invitó  a  pasar,  ni  siquiera lo sonrió. -¿Qué  quieres?  -preguntó Tira.  Tom lanzó  un  gruñido. -He venido a ver  cómo  estás  -respondió  él-.  Se  ha notado  tu  ausencia últimamente. -He vendido  el  rancho  -declaró ella  de repente.  Tom asintió. -Lo  sabía  por  Corrigan  -Tom miró  al  porche  de  la  casa  y  al  jardín-.  Muy  bonita. ¿Necesitabas  una casa  tan grande? Ella  ignoró  la  pregunta. -¿Qué  es  lo  que quieres?  —volvió a  preguntarle.  Tkm  notó  las  manchas de arcilla en  su  blusa. -¿Te dedicas ahora a la  construcción? Tira  no  sonrió, al  contrario de  lo  que habría  hecho  en  el  pasado. -Estoy haciendo  esculturas. -Sí,  sé  que  estudiaste  arte.  Y  no  se  te  daba  mal. -Estoy  muy  ocupada  -observó  ella. Tom arqueó  las cejas. -¿Ni siquiera vas a invitarme a  un  café? Con inquebrantable determinación,  Tira contestó: -No tengo  tiempo para  visitas. Estoy  preparando  una  exposición. -En  la  galería de Bob  Henderson  -dijo él-.  Sí,  lo  sabía. Tom alzó  las  manos  cuando  ella, con  enfado,  fue a protestar. -Eh,  te aseguro que no  sabía  que  él  había  visto tu  trabajo, no  he sido  yo  quien le he  sugerido lo  de  la exposición. Pero  me  gustaría  ver  lo  que has  hecho;  en  realidad,  me interesa mucho. Tira guardó  silencio. Simón suspiró. -Tira, ¿qué  es lo  que te  pasa? Tira  se  miró  a  las manos en  vez  de  mirarlo a  él. -Vamos,  dímelo.  Has vendido  el  rancho,  te  has  cambiado  de  casa  y ya  no  vas  a ningún sitio  en  el que puedas  encontrarte conmigo... Tira  lo  miró  fingiendo  sorpresa. -Te aseguro  que no lo  he  hecho por  ti  -mintió  convincentemente-.  Necesitaba un cambio  en  mi  vida,  eso  es  todo. El  la miró con  ojos  brillantes. -¿Y el cambio en tu  vida  incluye olvidarme por  completo? -Supongo.  No  había  conseguido  superar lo  ocurrido  en  mi matrimonio; los recuerdos  me estaban  atormentando y tú  avivabas  ésos  recuerdos. Tom arqueó  las cejas. -¿Y por  qué te  atormenta el recuerdo de tu  matrimonio? -preguntó  él  en  tono burlón-.  John  no  te importaba  nada,  te  divorciaste  de él al  mes de la  boda  y  no  parecía preocuparte  no  verlo.  A  la  semana  del divorcio,  ya estabas paseándote por  ahí  con Charles  Percy. La  amargura  de  la voz  de Tom abrió  los ojos  de  Tira  respecto  a algo  que  no había  visto antes:  Tom la  culpaba de la  muerte de John. Habían  transcurrido tres años desde  su  muerte  y era la primera vez que se daba  cuenta de lo que Tom pensaba. Era lo último.  Se  enamoró  de ese hombre  formidable  nada más  conocerlo;  a partir de entonces, sólo  él le  había  arrebatado  el corazón, a pesar  de  empujarla a casarse con  John. Y ahora, al  cabo de los  años, descubría  el  motivo  por  el que Tom mantenía las distancias  con  ella. -¡De  lo  que  se  entera  una  al  cabo  de  los  años!  -exclamó  ella  furiosa-.  Así  que  yo he matado  a John,  ¿verdad? ¿Es  eso lo  que crees,  Tom? El inesperado  ataque  tomó totalmente desprevenido  a Tom. -Él  te  quería, pero  tú  no  querías tener nada que  ver  con él. Al  mes  de  la boda le presentaste los papeles del divorcio.  Lo  dejaste  ir  a la  plataforma petrolífera,  a pesar de saber  el riesgo  que  eso  conllevaba,  sin  intentar  detenerlo.  Fue  entonces  cuando me di cuenta  de lo  superficial y fría  que  eras.  Sí,  un  pelo maravilloso,  un  rostro  precioso  y un  cuerpo admirable...  y nada  más.  Nada de compasión y amor  sólo para  ti  misma. Tira  casi  no  podía respirar.  Tragó saliva  una vez,  dos,  intentando absorber el horror  que contenían las  palabras de  Tom. —Es la  primera  vez que  dices  esto  —murmuró ella. —No creía  que  fuera necesario  —respondió  él simplemente-. Hemos  mantenido una cierta amistad... y  espero  que sigamos  siendo amigos, siempre  y  cuando te  des cuenta  de  que  jamás  te  permitiré llegar  a nada más. No  soy  masoquista, a  pesar de  que John lo fuera. Más tarde, cuando  se  quedara  sola, moriría.  Lo  sabía.  Pero  en  ese  momento,  el orgullo le  evitó  más sufrimiento. Antes  de  que Tom pudiera decir nada,  Tira  le  cerró la  puerta  y  echó  el  cerrojo. Después,  volvió  a  su  estudio. A  la  mañana  siguiente, la  mujer de  la  limpieza,  la  señora  Lester, la  encontró encima de  la  cama  con  una pistola  cargada  en  las  manos  y una  botella de  whisky  en  la alfombra. La  señora Lester corrió  al cuarto  de  baño y encontró el frasco  de pastillas tranquilizantes vacío.  Descolgó el auricular  del  teléfono  y  pidió  que enviaran una ambulancia  inmediatamente. Cuando  la ambulancia  se  detuvo  delante  de la  casa, Tira seguía inmóvil.

Ahora si aqui esta el capitulo ... enserio una disculpa .. 3 o mas y agrego 😊