Después de consumir mucho más whisky del que debía la noche anterior, Tom se despertó con el vivo recuerdo de Tira en sus brazos y lanzó un gruñido. Lo había estropeado todo una vez más. Esta vez, no sabía cómo iba a arreglarlo. Jill se pasó por su casa y se invitó a almorzar con él, y trató de sonsacarle el motivo de su mal humor. Tom le comentó someramente que había ido a la ópera y que había tenido una discusión con Tira, pero no se extendió en detalles. Jill le preguntó si había esperado encontrar a Tira en el teatro, pero Tom le contestó con una evasiva y alegó que tenía mucho trabajo. Jill se puso enferma al temer que Tira se estuviera adentrando en su territorio cuando, según ella, todo iba tan bien. Llamó a Tira por teléfono y la señora Lester le dijo que había ido de compras. El resto fue fácil... Tira, aún enfadada consigo misma por la debilidad de su carne, entró en un pequeño café en el centro de la ciudad a almorzar. El destino estaba en contra suya, pensó cuando, mientras tomaba un sandwich y un café, vio a Jill Sinclair entrar en el establecimiento. -Vaya, ¿cómo estás? —preguntó Jill con una sonrisa inocente-. ¿Sólo sandwiches en un café? ¡Pobrecilla! Yo he quedado con Tom para almorzar en Chez Paul. -En ese caso, ¿por qué estás aquí? -le preguntó Tira, poco dispuesta a mostrarse amistosa con su peor enemiga. Jill arqueó sus perfectas cejas. -Porque, al ir a entrar a la tienda de al lado a comprar una pulsera de diamantes, te he visto aquí y quería tener unas palabras contigo -mintió Jill-. Verás, a Tom le disgustó mucho encontrarte anoche en la ópera. En adelante, ahórrate arreglar estos encuentros «accidentales», persiguiéndolo no vas a conseguir nada. ¡Hoy está de un humor de perros! -¡Me alegro! -contestó Tira apenas controlando la cólera-. ¿Te apetece tomar un café conmigo, Jill?
Con la taza de café en la mano, Tira echó el brazo hacia atrás y añadió: -¡Toma, te presento a la señorita Taza de Café! Al momento, la taza se estrelló contra el suelo, a pocos centímetros de donde estaba Jill, manchándola de cafe. -¡Dios mío, qué torpeza la mía! -exclamó Tira con voz dulce. Jill, que no había esperado esa reacción de Tira, tragó saliva. -Bueno, tengo que irme ya. -¡Oh, mira! -dijo Tira levantando la cafetera de plástico que la camarera había dejado encima de la mesa-. ¡La señorita Cafetera va a seguir a la señorita Taza de Café! Jill echó a correr. De no encontrarse tan deprimida, Tira se habría echado a reír. Tira le pidió disculpas a la camarera y le dejó una enorme propina. Luego, salió del café y se fue a su casa. Allí, empezó a trabajar en una nueva escultura para la galería. No tenía que hacerlo, pero el trabajo le daba algo que hacer para así no pasarse todo el tiempo recordando los besos de Tom. Al día siguiente le pidieron asistir a un comité que iba a supervisar las festividades navideñas en un refugio infantil de la zona. Tom era el presidente del comité y, por ese motivo, Tira declinó la invitación. Pero él la llamó más tarde para preguntarle por qué se había negado a ir. Tira estaba furiosa. -¿Es que no lo sabes? ¿Crees que me gusta que le pidas a Jill que me eche en cara que he ido a la ópera persiguiéndote? Se hizo una prolongada pausa. -Le pedí a Sherry que te diera esa entrada, ya que ella no puede ir -confesó Tom-. Si alguien estaba cazando a alguien, era yo. A Tira casi se le paró el corazón. -¿Qué? -Ya me has oído -Tom hizo otra pausa-. Ven a trabajar conmigo en el comité, lo pasarás bien. Sí, Tira sabía que lo pasaría bien, pero le daba miedo estar cerca de Tom. -No lo sé -respondió ella finalmente-. Últimamente estás muy raro. -Sí, lo sé. ¿No podemos empezar otra vez? Tira vaciló. -¿Como qué? -preguntó directamente. -Como compañeros de trabajo. Como amigos. Como lo que tú quieras. Eso era una especie de capitulación. Quizá se hubiera cansado de hacerla que pagase por la muerte de John. Se debiera al motivo que se debiese, su vida estaba vacía sin él. La amistad era mejor que nada. -¿Está jill en el comité? -¡No! -En ese caso, de acuerdo. Lo haré. -¡Estupendo. Me pasaré a recogerte para ir a la reunión de mañana por la noche. -No. Iré en mi coche yo sola, muchas gracias. ¿Dónde es?
Tom le dio la dirección y se despidieron hasta el día siguiente. Tira fue a la reunión y se encontró con varios amigos que estaban en el mismo comité. Trabajaron durante tres horas discutiendo la preparación ; de una fiesta de Nochebuena para los niños, en la que un anciano de la localidad iba a hacer de Papá Noel. Tira iba a ayudar a servir la comida y la bebida, e iba a preparar dos tartas; había accedido porque no tenía otros planes para la Nochebuena. Otra mujer, una viuda, también se ofreció voluntaria para ayudar; y dos hombres, uno de ellos Tom. Después de la reunión, Tom la acompañó hasta el coche. -Mis hermanos celebran una fiesta de Navidad el sábado por la noche en Jacobsville, me han dicho que les gustaría que fueses. -No... Tom le selló los labios con un dedo. El gesto íntimo la hizo temblar. -Charles podrá sobrevivir sin ti un sábado por la noche, ¿no? -preguntó él secamente. -Últimamente no veo a Charles. -Su hermano, Gene, está en el hospital -dijo Tira, sin acordarse si lo había mencionado o no-. Nessa no está muy bien y Charles no quiere dejarla sola. -¿Nessa? -La mujer de Gene. Quería contarle lo de Nessa y Charles, pero no podía revelar el secreto de otro; además, dejar que creyera que ella y Charles eran amantes era la única protección que tenía. No podía bajar la guardia. Seguía sin fiarse de él. El cambio de actitud de Tom respecto a ella le sorprendía, y no sabía a qué se debía. -Entiendo. -No, no lo entiendes, pero da igual. Bueno, quiero ir a casa, tengo frío. Tom la miró fijamente al rostro. -Podría ofrecerte una alternativa -dijo con voz suave y aterciopelada. Tira lo miró con frío desdén. -No soy propensa a las aventuras amorosas pasajeras, Tom -declaró Tira directamente-. Te lo digo por si se te había pasado por la cabeza. Pareció como si a Tom le hubieran abofeteado. -¿No? En ese caso, si tu aventura con Charles Percy no es pasajera, ¿por qué no se ha casado contigo? -No quiero volver a casarme -respondió Tira con voz ronca, apartando la mirada-. Nunca. Tom vaciló. Sabía el motivo de que Tira no quisiera volverse a casar nunca, había sido traicionada. El suegro de Tira se lo había contado todo pero Tom no estaba seguro de que decírselo fuera lo acertado en esos momentos. Tira lo miró. -¿Sabe Jill que aún estás llorando la muerte de tu esposa? -preguntó Tira con la intención de defenderse atacando-. ¿O se trata de un asuntillo de poca importancia? Tom arqueó una ceja. -Tu caso no puede compararse al mío.
-¿No? En fin, me voy a casa. -Ven a Jacobsville conmigo. -¿Para que se me ofrezca la cocina o la muerte? -bromeó ella-. No, sé lo obsesionados que estáis tú y tus hermanos con la repostería. Me niego a que me encierren en una cocina. -Te garantizo que no se acercarán a ti -le prometió él-. Corrigan ha contratado una cocinera que sabe cocinar de todo. -No durará ni dos semanas, Leopold conseguirá que se vaya antes de eso -le aseguró Tira. A Tom le gustaba que Tira conociese tan bien a sus hermanos, que se interesara por la cosas de su familia. Ella y Corrigan eran amigos desde hacía años, incluso habían salido juntos algunas veces, pero nunca había habido química entre ellos. En realidad, Charles Percy siempre se había interpuesto entre Tira y los demás hombres. ¿Por qué no se había dado cuenta de ello antes? -Llevas saliendo con Charles desde que dejaste a John -recordó Tom en tono ausente. -Charles es un buen amigo -dijo ella. -Ya, menudo amigo -dijo Tom en tono insultante-. ¿Es así como se lo llama ahora? -Tú deberías saberlo. ¿Cómo lo llama Jill? Tom, enfadado, empequeñeció los ojos. -Al menos ella es honesta y me dice lo que quiere de mí. Y no es mi dinero. Tira se encogió de hombros. -Cada uno tiene lo que se merece. Tom se quedó unos momentos mirándola a los ojos. -La otra noche, respondiste a mis besos. De repente, las mejillas de Tira enrojecieron y apartó la mirada. -Tengo que marcharme. Tom la siguió. No la tocó, pero Tira sintió en la espalda el calor que emanaba de él. -¡Deja de correr! Tira cerró los ojos un instante antes de agarrar la manija del coche. -Hace años, creíamos que éramos amigos -dijo Tira con voz ronca-, pero no lo éramos. Tú sólo me tolerabas. Me sorprende haber estado tan ciega para no darme cuenta de que tú, simplemente, me aguantabas. -Tira... Ella se volvió y alzó una mano. -No te estoy acusando. Lo único que quiero es que sepas que no sufro porque tú vayas por ahí del brazo de Jill. De repente, Tom se dio cuenta de lo mucho que Tira había adelgazado en los últimos meses. Tenía un aspecto sumamente frágil, parecía a punto de romperse. -¿Qué es lo que quieres decir?
-Que no necesito tu compasión, Tom -declaró Tira con orgullo-. No quiero intimidad contigo, a pesar de lo que diga Jill o de lo que tú puedas creer. Estoy rehaciendo mi vida, he empezado de nuevo. No quiero volver al punto de partida. A Tom esas palabras se le clavaron como cuchillos. Tira hablaba en serio. -Entiendo. -No, no lo entiendes -replicó ella-. Tú eres una especie de droga. Estaba adicta a ti, pero me he curado; de todos modos, eres muy peligroso para mí incluso en pequeñas dosis. A Tom le dio un vuelco el corazón. Le captó la mirada y se la mantuvo. -¿Qué has dicho? -Sabes perfectamente lo que he dicho. No quiero volver a estar obsesionada contigo. Tú tienes a Jill y yo tengo a Charles, sigamos con nuestras vidas cada uno por separado. Y por si tienes dudas, lo de la pistola y el ratón era verdad, no una excusa. No me suicidaría por ti. -Por favor, eso ya lo sabía. -Entonces, ¿por qué...? -¿Sí? Tira se volvió. -¿Por qué continúas preparando encuentros «accidentales»? No tiene sentido. Tom suspiró. -No puedes olvidar, ¿verdad? -preguntó él despacio. -Lo estoy intentando -le aseguró ella-. Pero cada vez que estamos juntos, la gente murmura. Fue muy difícil para mí aguantar las consecuencias de lo que publicaron los periódicos. No me apetece dar pie a más cotillees. -Antes eso no te importaba. -Porque no me habían descuartizado públicamente -respondió ella-. Me han puesto como si fuera una pobrecilla llorando por un hombre que no le corresponde. ¡Me han herido el amor propio! Tom la miró entrecerrando los ojos. -¿Cómo sabes que no te correspondo, Tira? Tira se lo quedó mirando sin contestar. -Pasaré a recogerte el sábado a las seis de la tarde para ir ajacobsville -anunció Tom-. Vístete de forma elegante, es una ocasión formal. -No voy a ir. -Sí, sí vas a ir -respondió Tom con estremecedora certidumbre. Tom se dio media vuelta y se dirigió a su coche mientras Tira lo miraba furiosa. Apenas faltaba una semana para Navidad. Tira contaba con la preparación de la fiesta de los niños para animarse, para ayudarse a entrar en el espíritu navideño. Tenía un árbol de Navidad artificial en su casa; le habría gustado uno auténtico, pero era extremadamente alérgica a las plantas coniferas. El árbol estaba encima de una alfombra roja y rodeando la alfombra había montado un tren eléctrico, el que vio en el escaparate el día que se encontró con Tom en la tienda de juguetes. Ahora, después de comprarlo, disfrutaba viéndolo dar vueltas. Se retiró unos pasos y contempló la decoración del árbol de Navidad y el tren a su alrededor. Tira llevaba puesto un caftán dorado y blanco que hacía juego con la decoración navideña. Era sábado, pero no iba a ir a la fiesta de la familia Kaulitz. Y cuando Tom llamó al timbre, Tira había decidido no dejarle entrar en la casa. -Muy bonito -dijo una voz a sus espaldas. Tira se volvió y encontró a Tom, vestido de gala, mirándola desde la puerta. -¿Cómo... cómo has entrado? -tartamudeó ella. -La señora Lester ha tenido la amabilidad de dejar la puerta de atrás sin el cerrojo. Le dije que íbamos a salir juntos, pero que quizá se te habría olvidado. La señora Lester es un encanto, una mujer muy romántica. -¡Voy a despedirla el lunes en el momento en que ponga un pie en la casa! -exclamó Tira enfadada. -No, no vas a despedirla. Esa mujer es un tesoro. Tira se echó el pelo hacia atrás. -No voy a ir a Jacobsville. -Sí vas a ir. Y te vistes... o te visto. -Ja! -Tira cruzó los brazos, desafiándolo. La idea pareció divertir a Tom. La agarró del brazo y tiró de ella hasta su dormitorio, la hizo entrar y cerró la puerta. Tom ya había estado allí hacía un rato, porque había un vestido blanco de noche encima de la cama; al lado del vestido había unas piezas diminutas de ropa interior. -¡Has... has invadido mi privacidad! –exclamó Tira furiosa. -Sí, lo he hecho, y ha sido muy instructivo. No te vistes como una sirena, la mayoría de la ropa que tienes son camisas, camisetas y vaqueros -Tom se la quedó mirando-. Me gusta ese caftán que llevas, pero no es apropiado para la fiesta de esta noche. -No voy a ponerme ese vestido. Tom rió quedamente. -Sí, antes o después vas a ponértelo. Tira dio unos pasos hacia la puerta; de repente, se encontró pegada a él, clavada al suelo. -No voy a hacerte daño -le prometió Tom-, pero vas a ir a la fiesta. -¿Yo... qué estás haciendo? Tira se había olvidado de la cremallera delantera del caftán. Tom la bajó y la prenda cayó al suelo, dejándola completamente desnuda, a excepción de unas diminutas bragas blancas. Tira se quedó perpleja. Tom le contempló el cuerpo, desde la cremosa suavidad de sus pechos, bajando por la suave curva de la cintura y las redondas caderas hasta las largas y elegantes piernas. -¡No... no me mires! -jadeó ella. Tom la miró a los ojos. -¿No quieres que lo haga? -preguntó Tom con voz queda. La pregunta sorprendió a Tira. Se limitó a mirarlo, viéndola contemplarla de nuevo de pies a cabeza con absoluto placer. Tira tembló bajo esa mirada.
-No te preocupes, te prometo que no voy a tocarte -dijo Tom con voz tierna, sorprendido por la forma como Tira estaba reaccionando. Tira respiró profundamente, muy quieta, mientras Tom levantaba la mano para acariciarle la mejilla. Era una criatura sorprendente, pensó Tom confuso. Tira estaba avergonzada de estar ahí desnuda delante de él. Se sonrojaba como una niña pequeña. Él sabía que no podía ser totalmente inocente, pero no reaccionaba como una mujer con experiencia. El silencio en la habitación era como el silencio en el ojo del huracán. Los labios de Tom se mantuvieron muy cerca de los de ella como si no estuviera seguro del siguiente movimiento. Tira tembló mientras contemplaba la amplia curva de la boca de Tom. Tom se movió ligeramente, hasta que el cuerpo de Tira estuvo completamente pegado al suyo, y la dejó sentir su excitación. Al momento, la vio enrojecer intensamente. -Tira, dime qué es lo que quieres. -No... no lo sé -susurró ella con voz quebrada-. No lo sé. Tom sintió moverse las caderas de ella, la sintió arquearse contra él. -¿No lo sabes? -murmuró Tom-. Tu cuerpo sí lo sabe. ¿Quieres que te demuestre lo que tu cuerpo me está pidiendo que haga? Tira no consiguió contestar, no le salían las palabras, pero a Tom no le hicieron falta. Con una débil sonrisa, empezó a acariciarle los pechos. Tira tembló y contuvo la respiración, su mirada llena de deseo y, simultáneamente, temor. -No voy a hacerte daño -le susurró él acariciándole un pezón. Tira se aferró a sus hombros y apoyó la cabeza en él, y gimió. -¿Qué te pasa? -preguntó él con ternura sin dejar de masajearle los pechos. La expresión del rostro de Tira lo inmovilizó. La vio temblar con un placer sobrecogedor. Si Tira estaba excitada, él también lo estaba. Se habían entregado a un juego amoroso relativamente inocente, pero Tira estaba reaccionando como si él estuviera moviéndose dentro de ella. -Ven aquí -dijo Tom con urgencia, tirando de ella hacia la cama. La tumbó y se tumbó a su lado. Se estremeció incluso antes de besarla y comenzó a acariciarla íntimamente. -Tom -gimió ella, pero se pegaba a él, se frotaba contra él. Tom le lamió los pezones y la oyó gritar de placer. Quería hacerle cosas que jamás había querido hacerle a otra mujer. Por fin, la mano de Tom se deslizó por debajo del elástico de la braga, descendiendo lentamente. Ella abrió las piernas y gimió cuando Tom empezó a tocarla; gimió, lloró y se aferró a él. Estaba lista para recibirlo y él apenas había empezado.
A pesar del placer, Tom sabía que aquello estaba mal. Llevaba mucho tiempo sin estar con una mujer. Iba a estallar en un momento y Tira no disfrutaría. Pero tampoco podía parar. -Tira, cielo, ahora no. Así no. ¡Por el amor de Dios, ayúdame!
Una disculpa no habia podido subir pero aqui esta. Hasta pronto
Virgii al fin!
ResponderEliminarSiguelaa. Jusyo la dejas ahii..
Subeeeeee porfaa
ResponderEliminarVirgiiii??
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