Tom no estaba de bueno humor cuando fue a trabajar a la mañana siguiente. Su secretaria, la señora Mackey, una mujer de mediana edad, le detuvo delante de la puerta de su despacho para decirle que tenía un mensaje urgente del gobernador. Tom sabía de qué se trataba y gruñó para sí. No quería ser fiscal del estado, pero sabía que era eso lo que Wally iba a proponerle. Wallace Bingley era un hombre que no aceptaba fácilmente un «no» por respuesta, y era un buen gobernador, al igual que un buen amigo. Tanto Tom como Tira le habían ayudado en la campaña electoral. -Gracias, señora Mack -murmuró Tom sonriendo por el uso del apodo-. Llámelo y páseme la llamada. La secretaria sonrió traviesamente porque también ella sabía lo que pasaba. Unos minutos más tarde, la señora Mackey le pasó la llamada. -Hola, Wally -dijo Tom-. ¿En qué puedo ayudarte? -Ya sabes en qué puedes ayudarme. ¿Vas a hacerlo o no? -Me gustaría una semana para pensarlo -respondió Tom serio -. Es algo que no tenía pensado volver a hacer. Además, tengo entendido que está abierta la veda para cazar a los fiscales del estado. Wallace rió. -No tienes tantos enemigos políticos como él; además, eres más ladino. Está bien, piénsatelo, te doy dos semanas. Después de la Navidad tengo que nombrar al nuevo fiscal, así que no me falles. -Te prometo que te daré una respuesta para entonces -le aseguró Tom. -Y ahora, hablemos de otras cosas. ¿Vas a venir a la fiesta de Navidad que da la familia Stark?
-Me gustaría mucho, pero mis hermanos van a dar una fiesta en Jacobsville y les he prometido ir. -Hablando de tus cuatro hermanos, ¿cómo están? -Desesperados -Tom rió-. Corrigan los ha llamado hace dos días para anunciarles que Dorie cree que está embarazada. Si lo está, los otros van a tener que buscarse otra víctima que los prepare pastas y tartas. -¿Por qué no contratan una cocinera? -Porque ninguna los aguantaría, y tú sabes por qué -comentó Tom burlonamente. -Sí, lo sé. No ha cambiado nada. -Nunca cambiará -dijo Tom refiriéndose a su hermano Leopold, incorregible en la forma en que trataba al servicio doméstico. Al contrario que sus otros dos hermanos, de los tres que permanecían solteros y que vivían juntos, Callaghan y Reynard, Leopold era un puro nervio. -¿Cómo está Tira? -preguntó Wallace inesperadamente-. Tengo entendido que su exposición ha sido un éxito. Tom vaciló un momento. -Supongo que está bien. -Oh, perdona, se me había olvidado. La publicidad debe haber sido algo muy duro para los dos; aunque, por supuesto, nadie lo ha tomado en serio. Pero no te preocupes, Tom, no va a afectar tu carrera política, si es por eso por lo que no estás seguro de aceptar el puesto que te he ofrecido. -No, no era por eso. Me pondré en contacto contigo pronto, Wally. Y gracias por la oferta. -Espero que la aceptes. No me vendría nada mal tenerte en el equipo. -Te daré una contestación lo antes que pueda. Se despidieron y Tom colgó, mirando muy serio a la ventana mientras recordaba la conversación con Henry la noche anterior. A Tira le llevaría mucho tiempo poder perdonarlo, si podía hacerlo. La había llamado por teléfono desde su casa aquella mañana; pero al reconocer su voz, Tira le había colgado. Al volver a llamarla, le había respondido el contestador. No tenía sentido dejarle un mensaje; al parecer, Tira estaba decidida a excluirlo de su vida. Tom no sabía qué podía hacer. Pero recordó a Sherry Walker, una amiga tanto de él como de Tira a quien le encantaba la ópera y que tenía entradas justo al lado de las butacas reservadas a él. Sabía que Sherry se había roto una pierna esquiando hacía poco, y que no salía de casa por el momento. Por lo tanto, quizá hubiera una forma de hacer que Tira le hablara... Después de la exposición, Tira estaba muy deprimida. No tenía nada que hacer, y sólo había dos personas a las que comprarles regalos de Navidad: la señora Lester y Charles. Fue de compras, vio a padres con sus hijos y se atragantó con su dolor. Nunca tendría hijos, nunca tendría la familia numerosa con la que siempre había soñado. Viviría y moriría sola. Mientras miraba unos trenes eléctricos en el escaparate de una tienda de juguetes, se preguntó qué se sentiría al comprar un tren así para un hijo. Una lágrima solitaria resbaló por su mejilla. De repente, sintió un súbito e inesperado calor en su espalda. Le dio un vuelco el corazón antes de levantar la mirada. Sabía que era Tom, sentía su presencia. -Muy bonitos, ¿verdad? -comentó él con voz queda-. Cuando era pequeño, mi padre nos compró a mis hermanos y a mí un tren eléctrico de la marca Lionel. Solíamos pasar horas sentados viéndolos correr por las vías. Estaba guapísimo con el abrigo de cashemere gris encima del traje azul marino. La camisa era de un blanco inmaculado, adornada con una corbata azul marino. Irresistible. Y llevaba la prótesis. -¿Qué estás haciendo por aquí? -le preguntó ella con voz tensa., -Me gustan las jugueterías. Al parecer, a ti también. Tom contempló el perfil de Tira. Llevaba ese glorioso cabello recogido en una trenza, y un traje pantalón de seda verde debajo de un abrigo de cuero negro. -Los juguetes son para los niños -dijo ella fríamente. Tom frunció el ceño. -¿No te gustan los niños? -¿Qué importancia tiene que me gusten o no? Nunca voy a tener hijos. Y ahora, si me disculpas... Pero Tom se plantó delante de ella, bloqueándole el paso. -¿No quiere Charles tener hijos? La pregunta sobre Charles la molestó. El hermano de Charles, Gene, seguía en el hospital y no había mejorado. Quizá no mejorase nunca. Tenía el corazón muy dañado. Charles iba a cuidar de Nessa, a quien amaba, pero Tom no sabía nada de eso. -Nunca le he preguntado a Charles su opinión sobre los niños -respondió Tira. -¿No te parece que deberías hacerlo? Es algo sobre lo que las personas hablan antes de comprometerse la una con la otra. ¿Acaso Tom estaba haciéndola sufrir deliberadamente? No debía extrañarle. -Tom, es un tema que no es asunto tuyo. Y ahora, por favor, deja que me vaya, tengo que hacer unas compras. Tom le tocó el hombro, pero ella dio un salto hacia atrás. -¡No! ¡No me toques! Tom apartó la mano. -Déjame en paz, márchate. ¿De acuerdo? -dijo Tira con voz ahogada. Al momento, se alejó de él, perdiéndose entre la multitud. No podía soportar que Tom notara lo mucho que le afectaba. Cada vez que la tocaba sentía corrientes eléctricas corriéndole por todo el cuerpo. Por suerte, se alejó antes de que Tom notara que no era repulsión lo que la había hecho apartarse de él. Tom la vio marchar con creciente tristeza. Podría haber sido tan diferente si no la hubiera juzgado con tan precipitadamente, si se hubiera molestado en preguntarle su versión sobre la brevedad de su matrimonio. Pero no lo había hecho, la condenó sin más.
Tom volvió a su oficina tan deprimido que la señora Mackey le preguntó si quería una aspirina. Tira decidió no pensar en su inesperado encuentro con Tom y se animó al recibir una llamada de una vieja amiga que le ofrecía una entrada para Turandot, su ópera preferida, para la tarde del día siguiente. Tira aceptó con placer. Le sentaría bien salir y hacer algo con lo que disfrutaba. Se puso un bonito vestido negro con tirantes plateados y se cubrió con un chal de terciopelo. No tenía mal aspecto para ser una solterona, se dijo a sí misma. Pero daba igual, porque no tenía a nadie para quien vestirse. Pidió un taxi porque sabía que aparcar cerca del teatro de la ópera sería imposible. Al salir del taxi y encontrarse entre una multitud de amantes de la música parte de su dolorosa soledad desapareció para ser reemplazada por el entusiasmo de la obra que iba a ver. Su asiento estaba en un palco y recordó las muchas noches que había ido allí en compañía de Tom, cuyo asiento reservado estaba vacío. De haber creído que cabía la posibilidad de que Tom fuera a la función de aquella noche, no se le habría ocurrido aparecer. Pero sabía que Tom ya había ido allí con Jill, por lo que era poco probable que quisiera ver la ópera otra vez. Se oyó un tambor. El teatro quedó a oscuras. Se levantó el telón. La orquesta comenzó a tocar. Tira se relajó y sonrió, dispuesta a disfrutar una agradable experiencia. De repente, todo se volvió contra ella. Hubo un movimiento a su izquierda y, cuando volvió el rostro, vio a Tom sentado a su lado. Tom le lanzó una mirada, asintió con la cabeza y después volvió la atención al escenario. Tira apretó el bolso con las manos. El hombro de Tom le rozó el suyo cuando él se movió en su asiento, y Tira sintió fuego en todo el cuerpo. Sintió un impulsivo deseo de besarlo, de apretar el cuerpo contra el de él y de sentir su mejilla en la suya. El deseo fue tan fuerte que la hizo temblar. -¿Tienes frío? -susurró él. Tira apretó los dientes. -No, nada -respondió ella ciñéndose la capa de terciopelo. Tom descansó el brazo en el respaldo del asiento de ella. Tira se quedó inmóvil, sin atreverse casi a respirar. ¿Se daba cuenta Tom de que era una tortura para ella estar tan cerca de él? Probablemente. Tom había encontrado otra forma de hacerla pagar por lo que creía que había hecho. Tira cerró los ojos con angustia. Se olvidó de la ópera, a pesar de ser extraordinaria. Lo único que podía hacer era pensar en cómo escapar de allí. Empezó a ponerse en pie, pero la mano de Tom le sujetó el hombro, obligándola a quedarse donde estaba. -No te muevas -le dijo él. -Siento que te moleste, pero necesito ir al baño. -Oh.
Tom suspiró y apartó el brazo. Cuando salió del palco, Tira se apresuró al vestíbulo del teatro. Le resultó fácil salir y encontrar un taxi. Se subió en el primero que pasó, le dio al taxista su dirección y, recostándose en el respaldo del asiento, suspiró. Lo había hecho, había escapado. Ahora estaba a salvo. Cuando llegó a su casa se sintió peor que nunca. Se puso el pijama y una bata de seda blanca y se soltó el pelo con un largo suspiro. No podía enfadarse con su amiga Sherry, ella no tenía la culpa de que Tom hubiera decidido ver la ópera otra vez aquella noche. Preparó un café y acababa de sentarse en el cuarto de estar para beberlo cuando sonó el timbre de la puerta. Debía ser Charles. No lo había llamado por teléfono en todo el día y debía haber decidido pasarse por su casa para decirle cómo estaba Gene. Tira abrió la puerta sin pensar, y se encontró frente a Tom, que tenía una expresión furiosa. Tira intentó cerrar, pero él puso un pie, impidiéndoselo. Después, entró en la casa y cerró la puerta. -Está bien, pasa -dijo ella en tono seco, sus ojos verdes brillaban de ira. Tom se la quedó mirando sin disimular su curiosidad. Nunca la había visto en ropa de dormir. La bata blanca ensalzaba su cremosa piel, y el encaje apenas le cubría las suaves curvas de los senos. Con ese extraordinario cabello rubio rojizo cayéndole sobre los hombros, presentaba una imagen que quitaba la respiración. -¿Por qué te has marchado? -preguntó él con voz queda. Tira enrojeció ligeramente. -No esperaba verte allí. Ya habías visto esa ópera. -Sí, con jill. Tira desvió la mirada. Tom nunca la había mirado de esa forma, como un depredador a punto de tirarse a su presa. La ponía nerviosa. -¿Quieres un café? -preguntó ella para romper el tenso silencio. -Sí, si no echas arsénico en él. -No me tientes. Tira le condujo a la cocina. Allí, sacó una taza y le sirvió un café. No le ofreció leche ni azúcar porque sabía que a Tom le gustaba el café solo. Tom se sentó en una silla a caballo, con el respaldo delante. Luego, bebió un sorbo de café sin dejar de mirarla por encima del borde de la taza. Sin disimular la curiosidad, Tira le clavó los ojos en la mano artificial, que descansaba en el respaldo de la silla. -No soporto dar pena -explicó él-. Parece tan real que la gente ni se fija en ella. -Sí, parece de verdad. Tom bebió otro sorbo de café. -Pero no la siento real. De repente, Tira se puso furiosa consigo misma por darle la oportunidad de hablar de asuntos personales con ella. -No me importa cómo la sientes. La verdad es que no tengo ningún interés en tu vida. -Sí, ya lo sé -Tom acabó el café-. Te echo de menos. Ya nada es como antes. A Tira le dio un vuelco el corazón, pero desvió la mirada para que Tom no viera el placer que sus palabras le habían provocado. -Éramos amigos, pero estoy segura de que tienes otros muchos amigos. Incluyendo a Jill. Tom suspiró. -No me había dado cuenta de lo mal que os lleváis Jill y tú. -¿Y qué más da? -Tira le sonrió burlonamente-. Ya no formo parte de tu vida. -Pero formabas parte de mi vida. No me he dado cuenta de lo importante que eras para mí hasta que ha sido demasiado tarde. -¿Más café? -preguntó ella evasivamente. Tom negó con la cabeza. -No, me da insomnio. Wally me ha llamado para ofrecerme el puesto de fiscal general del estado. Tengo dos semanas para pensármelo. -Eras un buen fiscal del estado -observó ella-. Conseguiste que la asamblea general te aprobara unas leyes muy buenas. Tom sonrió débilmente. -No me gustaba el politiqueo. -Nada es perfecto en la vida. Tom la miró fijamente. -Cuéntame qué es lo que pasó la noche de antes de que te llevaran al hospital.. Tira se encogió de hombros. -Me emborraché y perdí el conocimiento. -¿Y la pistola? -El ratón -Tira indicó el frigorífico con la cabeza-. Está ahí debajo, puedo oírlo. No cae en ninguna trampa. Me emborraché y decidí matarlo como John Wayne, con una pistola. Erré el tiro. Tom rió quedamente. -Sí, pensé que debía ser algo así. Tú no tienes instintos suicidas. -Eres la única persona que lo cree. Ni siquiera el doctor Gaines me creyó, estaba empeñado en que fuera a ver a un psiquiatra. -Los periódicos se pasaron, aunque supongo que Jill tuvo mucho que ver en ello. Tira lo miró sorprendida. -¿Lo sabías? -No hasta que ella me lo dijo, y para entonces era demasiado tarde para hacer nada. Aunque no sirva de nada, quiero que sepas que no conozco a mucha gente que crea lo que publicó el periódico del primo de Jill. Tira se recostó en el respaldo de su silla y lo miró a los ojos. -¿Que lo que hice fue por estar enamorada de ti? -dijo Tira con una sonrisa amarga-. Me hiciste mucho daño al acusarme de matar a mi marido. Estaba agotada, deprimida y cometí una estupidez. Pero espero que no creas que me paso las noches llorando y emborrachándome por ti.
Tom se puso en pie lentamente, empequeñeció los ojos mientras la miraba de arriba abajo. -Es tarde, quiero acostarme ya -dijo ella rápidamente, sintiéndose en desventaja. -¿En serio? -preguntó él con voz sensual, que la hizo temblar. Tira no se fiaba de esa mirada. Se puso en pie y empezó a andar en dirección a la puerta de la cocina, pero Tom la detuvo agarrándole la mano y tiró de ella hacia sí. Tira nunca había estado tan cerca de él, nunca había sentido el susurro de los latidos de su corazón. Estaba casi mareada. Lo que sentía le asustó tanto que, con las palmas de las manos en el pecho de Tom, lo empujó. -¡Tom, suéltame! -exclamó Tira con voz ronca. Tom no la soltó, no podía hacerlo. Jamás había imaginado que sentiría aquello al tenerla en sus brazos. Tira era suave, cálida y olía a flores. Bebió su aroma y la sintió temblar. Embriagado, le acarició el pelo, le puso la mano en la nuca y tiró de ella hacía sí. A ambos les costaba respirar. Tom acercó los labios a los de ella. -No... -gimió Tira tímidamente, con un grito apenas audible. -Es demasiado tarde -le contestó Tom con voz ronca-. Por Dios, Tira, bésame. Oyó la suave orden con sentido de irrealidad. Trató de volverle a empujar para apartarse de él; pero como Tom había dicho, era demasiado tarde. Tom movió la cabeza un centímetro y cubrió la boca de Tira con la suya, abriéndole los labios para explorarla con exigencia. Sintió el temblor de la boca de Tira; la probó, la saboreó y la devoró. Tom gimió de placer mientras estrechaba su abrazo. Ella gimió al sentir la boca de él de lleno, al sentir el beso con el que había soñado durante tantos años y que ahora, por fin, se convertía en realidad. Los labios de Tom eran duros y exigentes, sensuales e insistentes. Y Tira no protestó, se aferró a él saboreando los más maravillosos momentos de su vida, pensando que jamás volvería a sentir nada parecido. La respuesta de Tira le sorprendió, porque no era la respuesta de una mujer con experiencia. Tira le permitió besarla, pegándose a él, incluso parecía disfrutar de su ardor, pero no tenía iniciativa. Era casi como si no supiera... Tom se separó de ella despacio. Sus ojos claros la miraron con sensual arrogancia y mucha curiosidad. Aquél era un Tom desconocido para Tira, un hombre sensual y con experiencia con las mujeres. Y le daba miedo porque no tenía defensas contra esa clase de ardor, y el miedo la hizo empujarlo para apartarlo de sí. Tom dio un paso atrás y dejó caer los brazos. Ella también retrocedió, con los ojos desmesuradamente abiertos y el rostro enrojecido, hasta toparse con el mostrador de la cocina. Tom la miró con pasión, notando las señales de su excitación sexual bajo la bata de seda. Jamás había imaginado que él y Tira pudieran despertar tal pasión el uno en el otro.
Tira se acercó despacio a la puerta posterior de la casa, que estaba en la cocina, y la abrió con extraordinaria calma. Estaba preciosa. Tom no se hizo de rogar, pero se detuvo en la puerta y se la quedó mirando. Tira estaba demasiado ruborizada para ser una mujer con un amante. De repente, le sorprendió la punzada de celos de que la que se vio inesperadamente presa. -Charles tiene mucha suerte -dijo Tom de mala gana-. ¿Es esto lo que le das? Los ojos de Tira chispearon. -¡Vete de aquí ahora mismo! ¡Vete, vete! Tras vacilar un instante, Tom salió de la casa y Tira cerró la puerta de un golpe. Salió de la cocina, recorrió el pasillo y fue a su dormitorio antes de permitirse el lujo de entregarse al llanto.
Hola .. bueno feliz año nuevo chicas .. para empezar. Aqi esta el capitulo .. si puedo agrego pronto el que sigue .. hasta entonces :)
Feliz año Virgi.
ResponderEliminarSii sube ni bien puedas ;)
Un abrazoo.
Sigueeeee
ResponderEliminarVirgi cuando subes??
ResponderEliminar