lunes, 9 de enero de 2017

Capítulo Cinco
Tom no  estaba  de  bueno humor cuando  fue a trabajar a  la  mañana  siguiente. Su secretaria, la  señora  Mackey, una  mujer  de  mediana  edad,  le detuvo  delante  de la puerta de  su  despacho  para  decirle  que tenía un  mensaje  urgente  del gobernador. Tom sabía de qué se  trataba y  gruñó para  sí. No  quería ser  fiscal del estado, pero sabía que  era  eso  lo  que Wally iba  a proponerle. Wallace  Bingley  era  un  hombre  que no aceptaba  fácilmente  un  «no»  por  respuesta,  y era un  buen  gobernador,  al  igual que un buen amigo. Tanto Tom como  Tira  le  habían  ayudado  en  la  campaña  electoral. -Gracias, señora  Mack  -murmuró  Tom sonriendo por el  uso del  apodo-. Llámelo y páseme la  llamada. La secretaria  sonrió  traviesamente  porque  también ella  sabía  lo que  pasaba. Unos minutos más  tarde, la  señora  Mackey  le  pasó  la llamada. -Hola,  Wally -dijo  Tom-.  ¿En  qué puedo  ayudarte? -Ya  sabes  en qué puedes  ayudarme. ¿Vas  a hacerlo  o no? -Me gustaría una  semana  para  pensarlo -respondió  Tom serio -.  Es  algo que no tenía pensado  volver a  hacer. Además,  tengo  entendido  que está  abierta la veda para cazar a los  fiscales del  estado. Wallace  rió. -No  tienes  tantos enemigos políticos como  él;  además, eres más  ladino. Está  bien, piénsatelo,  te  doy dos  semanas.  Después de  la  Navidad  tengo que  nombrar  al nuevo fiscal,  así  que  no me  falles. -Te prometo  que  te  daré  una  respuesta  para  entonces  -le  aseguró  Tom. -Y  ahora, hablemos  de  otras  cosas.  ¿Vas  a  venir  a  la fiesta de  Navidad que da la familia Stark?
-Me gustaría mucho, pero mis  hermanos  van a dar una  fiesta en  Jacobsville  y  les he prometido  ir. -Hablando de tus  cuatro hermanos, ¿cómo están? -Desesperados  -Tom  rió-.  Corrigan los ha llamado hace  dos días  para anunciarles  que Dorie  cree que está embarazada.  Si  lo  está, los otros  van a  tener que buscarse otra  víctima que  los  prepare pastas y  tartas. -¿Por qué  no  contratan una  cocinera? -Porque  ninguna los aguantaría,  y  tú  sabes por qué -comentó  Tom  burlonamente. -Sí,  lo  sé. No  ha  cambiado  nada. -Nunca  cambiará  -dijo Tom refiriéndose a su  hermano Leopold, incorregible en la forma en  que  trataba  al servicio  doméstico. Al contrario  que sus otros  dos  hermanos, de  los  tres que  permanecían solteros  y que  vivían  juntos, Callaghan y  Reynard,  Leopold  era un  puro  nervio. -¿Cómo  está  Tira? -preguntó  Wallace  inesperadamente-.  Tengo  entendido  que  su exposición ha sido  un  éxito. Tom vaciló  un  momento. -Supongo  que está  bien. -Oh, perdona,  se me  había  olvidado.  La  publicidad debe  haber  sido algo muy  duro para  los dos; aunque,  por supuesto, nadie  lo ha  tomado  en  serio. Pero  no  te preocupes, Tom, no  va a  afectar  tu carrera  política, si  es por eso  por lo que no  estás seguro  de aceptar el  puesto que  te he  ofrecido. -No, no era  por eso. Me pondré  en contacto  contigo pronto,  Wally.  Y  gracias por la oferta. -Espero  que  la  aceptes.  No  me vendría  nada mal tenerte en el  equipo. -Te daré  una  contestación  lo  antes  que  pueda. Se  despidieron  y Tom colgó,  mirando  muy  serio a la  ventana mientras recordaba la  conversación con  Henry  la noche anterior.  A  Tira  le llevaría  mucho tiempo poder  perdonarlo,  si podía hacerlo. La  había  llamado  por  teléfono  desde su  casa aquella mañana;  pero al  reconocer  su voz, Tira  le  había colgado. Al  volver  a llamarla, le  había respondido  el contestador.  No tenía sentido  dejarle  un  mensaje;  al  parecer, Tira estaba  decidida a  excluirlo  de su vida.  Tom  no  sabía qué  podía hacer. Pero  recordó  a  Sherry Walker,  una amiga  tanto de él como  de  Tira  a  quien le encantaba la ópera y que tenía entradas  justo al  lado de las butacas reservadas  a él. Sabía que  Sherry se  había roto  una pierna esquiando  hacía poco, y que  no  salía  de casa por  el momento. Por lo  tanto, quizá  hubiera  una  forma de hacer que Tira le  hablara... Después de  la exposición, Tira estaba muy  deprimida. No  tenía nada  que  hacer,  y sólo había dos  personas  a las que comprarles  regalos  de Navidad:  la señora Lester y Charles.  Fue de  compras,  vio a  padres  con  sus hijos y  se atragantó  con su dolor. Nunca tendría hijos,  nunca  tendría la  familia  numerosa  con la que  siempre había  soñado. Viviría y moriría  sola. Mientras miraba  unos  trenes  eléctricos  en el escaparate  de  una tienda  de juguetes,  se  preguntó qué  se sentiría al comprar  un tren  así  para un hijo. Una lágrima solitaria  resbaló  por su  mejilla.  De  repente,  sintió  un  súbito  e inesperado  calor en su  espalda. Le dio un  vuelco  el  corazón antes  de  levantar  la  mirada. Sabía que era Tom, sentía  su  presencia. -Muy  bonitos,  ¿verdad? -comentó  él  con voz  queda-. Cuando  era pequeño, mi padre  nos  compró  a  mis  hermanos y  a  mí un  tren  eléctrico  de la  marca Lionel.  Solíamos pasar  horas  sentados  viéndolos  correr  por  las vías. Estaba  guapísimo  con  el abrigo de cashemere gris  encima del  traje azul marino. La  camisa  era de un  blanco  inmaculado,  adornada  con una  corbata  azul  marino. Irresistible.  Y llevaba  la  prótesis. -¿Qué  estás  haciendo  por  aquí? -le preguntó  ella  con voz  tensa., -Me gustan las jugueterías.  Al  parecer,  a ti también. Tom contempló el perfil  de Tira. Llevaba ese glorioso cabello recogido en  una trenza,  y un traje  pantalón  de seda verde debajo  de un  abrigo  de cuero  negro. -Los  juguetes  son para  los niños -dijo ella  fríamente. Tom frunció  el ceño. -¿No  te  gustan los niños? -¿Qué  importancia tiene que  me gusten o no? Nunca  voy a tener  hijos.  Y  ahora,  si me disculpas... Pero  Tom se plantó delante de ella, bloqueándole  el  paso. -¿No  quiere Charles  tener hijos? La pregunta sobre Charles la  molestó.  El  hermano de Charles,  Gene,  seguía  en  el hospital  y no  había  mejorado.  Quizá no  mejorase nunca. Tenía  el  corazón muy dañado. Charles  iba a  cuidar  de Nessa,  a quien  amaba,  pero Tom no  sabía  nada  de  eso. -Nunca le he  preguntado  a Charles  su  opinión sobre  los  niños -respondió Tira. -¿No  te  parece  que deberías hacerlo?  Es  algo sobre  lo  que las personas  hablan antes de  comprometerse la  una con  la  otra. ¿Acaso  Tom estaba haciéndola  sufrir  deliberadamente? No  debía  extrañarle. -Tom,  es  un  tema que no es asunto tuyo. Y ahora,  por favor,  deja que me  vaya, tengo que  hacer unas compras. Tom  le  tocó  el  hombro,  pero ella  dio un salto  hacia  atrás. -¡No! ¡No me toques!  Tom apartó  la mano. -Déjame en paz, márchate.  ¿De  acuerdo?  -dijo  Tira  con voz ahogada. Al momento, se  alejó  de él, perdiéndose  entre la  multitud.  No  podía  soportar  que Tom notara lo  mucho que le  afectaba.  Cada vez que  la  tocaba  sentía  corrientes eléctricas corriéndole  por  todo el  cuerpo.  Por  suerte,  se  alejó antes  de que  Tom notara  que no era repulsión  lo que  la había  hecho  apartarse de él. Tom la vio  marchar con creciente tristeza. Podría haber  sido tan  diferente si no  la  hubiera juzgado  con tan precipitadamente, si se hubiera molestado en preguntarle su  versión  sobre la  brevedad de  su matrimonio. Pero no  lo había hecho, la condenó sin más.
Tom volvió  a su  oficina tan  deprimido  que la  señora  Mackey le  preguntó  si quería una  aspirina. Tira  decidió  no  pensar en  su inesperado encuentro  con  Tom y  se animó  al recibir una llamada de  una  vieja amiga que le ofrecía una entrada  para Turandot,  su ópera  preferida,  para  la  tarde  del día  siguiente. Tira aceptó con  placer.  Le sentaría  bien salir  y hacer  algo con  lo que disfrutaba. Se  puso  un  bonito  vestido negro con tirantes  plateados  y se  cubrió con un chal  de terciopelo. No  tenía mal aspecto  para ser  una  solterona,  se  dijo a  sí misma.  Pero  daba igual,  porque  no tenía a  nadie para  quien  vestirse. Pidió un  taxi porque  sabía que aparcar cerca  del  teatro de la ópera sería imposible.  Al  salir  del taxi y encontrarse entre una multitud  de amantes de la  música parte de  su  dolorosa  soledad desapareció para ser reemplazada por  el  entusiasmo  de la  obra que  iba a ver. Su  asiento  estaba  en un  palco  y recordó las  muchas noches  que había ido allí en compañía  de  Tom, cuyo  asiento reservado estaba vacío.  De  haber creído  que  cabía la posibilidad de  que  Tom fuera a  la  función de  aquella  noche,  no  se  le  habría  ocurrido aparecer. Pero  sabía  que Tom ya  había  ido  allí con  Jill, por  lo que era  poco probable que quisiera  ver  la  ópera otra vez. Se  oyó  un  tambor. El  teatro  quedó  a  oscuras.  Se  levantó  el telón.  La orquesta comenzó a tocar. Tira  se  relajó y sonrió,  dispuesta a disfrutar  una agradable experiencia. De  repente,  todo se  volvió  contra ella. Hubo  un  movimiento  a  su  izquierda y, cuando  volvió  el  rostro, vio  a Tom  sentado a su  lado. Tom le  lanzó  una mirada,  asintió  con  la  cabeza y  después volvió  la atención  al escenario. Tira  apretó el  bolso  con las  manos.  El  hombro  de  Tom  le  rozó  el suyo  cuando  él se  movió  en  su  asiento,  y  Tira  sintió  fuego  en  todo  el  cuerpo.  Sintió  un  impulsivo  deseo de  besarlo,  de  apretar  el  cuerpo  contra  el  de  él  y  de  sentir  su  mejilla  en  la  suya.  El deseo  fue tan fuerte que  la  hizo  temblar. -¿Tienes  frío?  -susurró él.  Tira apretó los  dientes. -No,  nada  -respondió  ella  ciñéndose la  capa  de  terciopelo. Tom  descansó el  brazo en el  respaldo  del  asiento  de ella.  Tira  se quedó  inmóvil, sin atreverse casi  a respirar.  ¿Se  daba cuenta  Tom de  que  era una  tortura para  ella estar  tan cerca de  él?  Probablemente.  Tom había  encontrado  otra forma de  hacerla pagar  por lo  que  creía  que había hecho.  Tira  cerró  los ojos  con  angustia. Se  olvidó  de  la ópera,  a pesar  de  ser extraordinaria. Lo  único  que podía  hacer  era pensar  en  cómo escapar  de allí. Empezó a ponerse en pie, pero  la  mano  de  Tom le  sujetó  el  hombro,  obligándola a quedarse  donde estaba. -No  te  muevas  -le  dijo  él. -Siento  que te  moleste,  pero necesito ir  al baño. -Oh.
Tom suspiró  y apartó el  brazo.  Cuando  salió  del palco, Tira se  apresuró  al vestíbulo del  teatro. Le resultó  fácil  salir  y encontrar  un taxi. Se subió  en  el  primero  que  pasó,  le  dio al taxista su  dirección  y,  recostándose en  el  respaldo  del  asiento, suspiró.  Lo  había hecho, había escapado.  Ahora  estaba a salvo. Cuando  llegó  a  su  casa  se  sintió  peor  que  nunca.  Se  puso  el  pijama y  una  bata  de seda blanca y  se  soltó  el pelo con  un  largo suspiro. No podía enfadarse con su  amiga Sherry, ella no  tenía la culpa de  que Tom hubiera  decidido  ver  la ópera  otra vez aquella noche. Preparó un café  y acababa de  sentarse  en  el cuarto  de  estar para  beberlo cuando  sonó  el  timbre de  la puerta. Debía  ser  Charles. No  lo  había  llamado por teléfono en  todo  el día y  debía  haber decidido pasarse  por  su casa para  decirle  cómo estaba Gene. Tira abrió  la puerta  sin pensar, y se  encontró frente  a  Tom, que  tenía una expresión furiosa. Tira intentó  cerrar,  pero  él puso un pie,  impidiéndoselo.  Después,  entró en la  casa y cerró la  puerta. -Está bien, pasa  -dijo ella  en tono  seco,  sus  ojos  verdes  brillaban  de  ira. Tom se  la quedó mirando  sin disimular  su  curiosidad.  Nunca la  había visto  en ropa de  dormir.  La  bata blanca ensalzaba su  cremosa  piel, y el encaje  apenas  le  cubría las suaves  curvas  de los senos. Con ese extraordinario cabello rubio  rojizo cayéndole sobre  los hombros,  presentaba  una imagen que  quitaba la  respiración. -¿Por  qué te  has marchado? -preguntó  él  con  voz queda. Tira enrojeció  ligeramente. -No esperaba  verte allí. Ya habías  visto esa  ópera. -Sí,  con jill. Tira desvió  la  mirada. Tom nunca la  había mirado de esa  forma, como un depredador  a  punto  de  tirarse  a  su  presa.  La  ponía nerviosa. -¿Quieres  un café?  -preguntó  ella  para  romper el  tenso  silencio. -Sí, si no echas  arsénico  en  él. -No me  tientes. Tira le condujo a la cocina. Allí,  sacó una  taza  y  le  sirvió  un  café.  No  le  ofreció leche  ni azúcar porque  sabía que  a Tom  le  gustaba el  café solo. Tom  se  sentó en  una  silla  a  caballo,  con el  respaldo  delante.  Luego,  bebió  un sorbo  de  café  sin  dejar  de  mirarla  por encima  del borde  de  la  taza. Sin  disimular  la curiosidad, Tira le clavó los ojos  en la  mano artificial, que descansaba en  el  respaldo de la  silla. -No soporto  dar  pena -explicó él-.  Parece  tan real  que  la  gente ni se  fija en ella. -Sí, parece  de  verdad. Tom  bebió  otro sorbo de café. -Pero no  la siento real. De  repente,  Tira  se  puso  furiosa consigo  misma por  darle la oportunidad  de hablar  de asuntos personales  con  ella. -No me  importa cómo  la  sientes.  La verdad  es que no tengo ningún  interés  en  tu vida. -Sí,  ya  lo sé  -Tom acabó el café-. Te  echo  de menos.  Ya  nada  es  como  antes. A Tira  le  dio  un  vuelco  el  corazón,  pero  desvió  la  mirada  para  que  Tom  no  viera el placer que  sus  palabras  le  habían provocado. -Éramos amigos,  pero  estoy  segura  de  que  tienes  otros muchos amigos. Incluyendo  a Jill. Tom  suspiró. -No me había dado cuenta de lo  mal  que  os  lleváis  Jill y tú. -¿Y qué  más  da? -Tira le sonrió  burlonamente-. Ya  no  formo parte  de  tu vida. -Pero formabas  parte  de mi  vida.  No  me he  dado cuenta  de  lo importante que eras  para mí  hasta  que ha sido demasiado tarde. -¿Más  café?  -preguntó  ella  evasivamente.  Tom negó  con la  cabeza. -No,  me da insomnio. Wally me ha llamado  para ofrecerme  el  puesto de fiscal general del  estado. Tengo  dos  semanas  para  pensármelo. -Eras  un  buen fiscal  del  estado -observó ella-.  Conseguiste que  la asamblea general te  aprobara  unas  leyes  muy  buenas. Tom sonrió  débilmente. -No me  gustaba el  politiqueo. -Nada es  perfecto  en  la  vida.  Tom  la  miró  fijamente. -Cuéntame qué  es  lo que pasó  la  noche de antes  de  que  te llevaran al hospital..  Tira  se encogió de  hombros. -Me  emborraché y perdí  el  conocimiento. -¿Y  la  pistola? -El  ratón -Tira  indicó  el  frigorífico  con la  cabeza-. Está ahí  debajo,  puedo  oírlo. No cae  en  ninguna trampa. Me  emborraché y decidí  matarlo como  John  Wayne, con una pistola.  Erré  el  tiro. Tom rió quedamente. -Sí,  pensé  que debía ser  algo  así.  Tú no  tienes instintos  suicidas. -Eres  la  única persona que  lo  cree.  Ni  siquiera  el  doctor Gaines me  creyó,  estaba empeñado  en  que  fuera a ver a  un  psiquiatra. -Los  periódicos se pasaron,  aunque  supongo que Jill tuvo mucho  que  ver en ello. Tira  lo  miró  sorprendida. -¿Lo  sabías? -No hasta  que ella me  lo dijo, y para  entonces  era demasiado  tarde para hacer nada. Aunque  no  sirva  de  nada,  quiero  que sepas que  no conozco  a  mucha  gente que crea  lo que  publicó  el periódico del  primo  de  Jill. Tira se  recostó en el  respaldo de  su silla  y lo  miró  a  los  ojos. -¿Que  lo  que  hice  fue por estar  enamorada de  ti?  -dijo  Tira  con  una  sonrisa amarga-.  Me  hiciste  mucho  daño  al acusarme  de  matar  a mi  marido.  Estaba  agotada, deprimida y cometí una estupidez. Pero  espero  que  no creas  que me paso  las noches llorando y emborrachándome  por  ti.
Tom  se  puso en pie  lentamente, empequeñeció los  ojos  mientras  la miraba de arriba abajo. -Es tarde, quiero acostarme  ya  -dijo ella  rápidamente, sintiéndose  en desventaja. -¿En  serio? -preguntó él  con voz sensual,  que  la hizo  temblar. Tira no se  fiaba  de esa mirada.  Se  puso  en  pie  y empezó  a  andar en dirección a  la puerta  de la  cocina, pero  Tom  la  detuvo  agarrándole la  mano y  tiró de ella  hacia  sí. Tira nunca  había estado  tan cerca de  él,  nunca  había sentido el susurro  de los latidos de su  corazón.  Estaba  casi mareada. Lo que  sentía le asustó tanto  que,  con  las  palmas de  las  manos en el  pecho de  Tom, lo  empujó. -¡Tom,  suéltame!  -exclamó Tira  con voz ronca. Tom  no  la  soltó, no podía  hacerlo.  Jamás  había imaginado  que sentiría  aquello  al tenerla en  sus brazos. Tira era  suave, cálida  y  olía a  flores.  Bebió  su  aroma y  la  sintió temblar.  Embriagado,  le  acarició  el  pelo,  le  puso  la  mano  en  la  nuca  y  tiró  de  ella  hacía sí. A  ambos  les  costaba  respirar.  Tom  acercó  los labios  a  los de  ella. -No...  -gimió  Tira  tímidamente,  con  un grito apenas audible. -Es  demasiado  tarde -le  contestó  Tom con  voz ronca-.  Por Dios, Tira,  bésame. Oyó  la  suave orden con  sentido de  irrealidad.  Trató de  volverle a empujar  para apartarse de  él;  pero  como Tom había  dicho,  era demasiado tarde. Tom  movió  la  cabeza  un  centímetro  y  cubrió  la  boca  de  Tira  con  la  suya, abriéndole  los  labios  para explorarla con  exigencia.  Sintió el  temblor  de  la boca de Tira; la probó,  la saboreó y la  devoró. Tom  gimió  de placer mientras  estrechaba  su  abrazo.  Ella gimió  al  sentir  la boca de él de  lleno,  al  sentir  el  beso  con  el  que había soñado durante  tantos años  y que ahora,  por  fin, se  convertía en  realidad. Los  labios  de  Tom eran duros y exigentes, sensuales  e insistentes.  Y  Tira  no  protestó, se  aferró  a él  saboreando  los más maravillosos momentos de  su  vida,  pensando  que  jamás  volvería a sentir  nada parecido. La respuesta  de  Tira  le  sorprendió, porque  no  era la respuesta de  una mujer con experiencia.  Tira  le  permitió besarla,  pegándose a él, incluso parecía disfrutar  de su ardor, pero  no  tenía  iniciativa.  Era  casi  como  si  no  supiera... Tom se  separó de  ella  despacio.  Sus ojos  claros  la miraron  con sensual arrogancia  y mucha curiosidad. Aquél era un  Tom desconocido para  Tira, un  hombre sensual  y con  experiencia con  las  mujeres.  Y le  daba  miedo  porque  no tenía defensas contra  esa  clase  de  ardor,  y el  miedo  la  hizo empujarlo para  apartarlo de sí. Tom dio  un  paso  atrás  y  dejó  caer  los  brazos. Ella  también  retrocedió, con los ojos  desmesuradamente  abiertos  y el rostro enrojecido, hasta  toparse  con el mostrador de  la  cocina. Tom la  miró con pasión,  notando  las  señales de  su excitación  sexual  bajo  la bata de seda.  Jamás  había imaginado  que él  y  Tira  pudieran despertar tal pasión el  uno  en el otro.
Tira  se  acercó  despacio  a  la  puerta  posterior  de  la  casa,  que  estaba  en  la  cocina, y la  abrió  con  extraordinaria calma.  Estaba  preciosa. Tom  no  se  hizo  de  rogar,  pero  se  detuvo  en  la  puerta  y  se  la  quedó  mirando. Tira estaba demasiado ruborizada para ser  una mujer con un amante. De repente,  le sorprendió  la punzada de  celos  de que  la que  se vio  inesperadamente  presa. -Charles  tiene  mucha suerte -dijo  Tom de  mala gana-. ¿Es esto lo  que le das? Los ojos  de Tira chispearon. -¡Vete  de  aquí ahora mismo!  ¡Vete,  vete! Tras  vacilar un  instante,  Tom salió  de  la  casa  y  Tira  cerró  la  puerta de  un  golpe. Salió  de la  cocina, recorrió  el  pasillo y fue a su  dormitorio antes  de permitirse  el lujo de  entregarse al llanto.

Hola .. bueno feliz año nuevo chicas .. para empezar. Aqi esta el capitulo .. si puedo agrego pronto el que sigue .. hasta entonces :)

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