sábado, 11 de febrero de 2017

Capítulo Seis
Después  de consumir  mucho  más whisky del  que debía la  noche  anterior,  Tom se despertó con  el vivo  recuerdo  de  Tira  en  sus  brazos y  lanzó  un  gruñido. Lo  había estropeado  todo una  vez más.  Esta vez,  no  sabía  cómo iba a  arreglarlo.  Jill  se  pasó por su casa y  se  invitó a  almorzar  con él, y trató  de  sonsacarle  el motivo  de su mal  humor. Tom le comentó someramente que había ido a  la  ópera  y que había  tenido  una discusión con Tira, pero  no  se  extendió en detalles.  Jill  le preguntó si  había esperado encontrar a Tira  en  el teatro, pero  Tom le contestó con  una evasiva y alegó que tenía mucho trabajo. Jill  se  puso enferma al temer que Tira  se estuviera adentrando en su  territorio cuando, según ella,  todo iba tan  bien. Llamó  a  Tira  por  teléfono  y  la  señora  Lester  le dijo que  había  ido de  compras.  El resto  fue fácil... Tira, aún enfadada consigo  misma por  la  debilidad  de su  carne,  entró en  un pequeño café en el  centro de la  ciudad a almorzar. El  destino estaba en contra  suya, pensó  cuando,  mientras  tomaba  un  sandwich  y  un café, vio  a Jill  Sinclair entrar en  el establecimiento. -Vaya, ¿cómo estás?  —preguntó Jill  con una  sonrisa inocente-.  ¿Sólo sandwiches en  un café?  ¡Pobrecilla!  Yo he  quedado  con Tom para almorzar en Chez Paul. -En  ese  caso,  ¿por  qué  estás  aquí?  -le  preguntó Tira,  poco dispuesta  a mostrarse amistosa  con su  peor  enemiga. Jill arqueó  sus perfectas  cejas. -Porque,  al  ir a  entrar  a la  tienda  de al  lado a  comprar  una pulsera  de diamantes, te  he  visto  aquí  y  quería  tener  unas  palabras contigo  -mintió Jill-. Verás, a  Tom le disgustó  mucho  encontrarte  anoche  en la ópera.  En  adelante,  ahórrate  arreglar estos encuentros  «accidentales»,  persiguiéndolo  no  vas a conseguir  nada.  ¡Hoy está  de  un humor  de perros! -¡Me  alegro! -contestó  Tira apenas  controlando la  cólera-. ¿Te  apetece tomar un café  conmigo,  Jill?
Con  la  taza  de café en la  mano, Tira  echó el  brazo  hacia atrás y añadió: -¡Toma, te  presento  a la  señorita  Taza de  Café! Al momento,  la taza se estrelló contra  el  suelo,  a pocos  centímetros  de donde estaba Jill, manchándola  de  cafe. -¡Dios  mío, qué torpeza  la  mía!  -exclamó  Tira  con  voz  dulce. Jill,  que  no  había esperado  esa reacción de  Tira,  tragó  saliva. -Bueno, tengo  que  irme  ya. -¡Oh, mira!  -dijo Tira  levantando la cafetera  de plástico  que la  camarera  había dejado  encima  de  la  mesa-.  ¡La  señorita  Cafetera  va  a  seguir  a  la  señorita  Taza  de Café! Jill echó a correr.  De no encontrarse tan deprimida, Tira se habría  echado  a  reír. Tira  le pidió  disculpas  a la  camarera  y le  dejó una enorme propina.  Luego,  salió del café y  se  fue a  su  casa.  Allí,  empezó  a trabajar en  una nueva escultura  para la galería.  No  tenía  que  hacerlo,  pero  el  trabajo  le  daba  algo  que  hacer  para  así  no pasarse todo  el  tiempo recordando  los  besos de  Tom. Al  día  siguiente le  pidieron  asistir a  un  comité  que  iba a  supervisar  las festividades navideñas en  un  refugio infantil  de  la  zona.  Tom era  el presidente del comité y, por ese  motivo, Tira declinó  la  invitación. Pero él la llamó más  tarde  para preguntarle  por  qué  se había negado a ir. Tira estaba  furiosa. -¿Es que  no  lo  sabes?  ¿Crees que me  gusta que  le  pidas  a Jill  que  me  eche  en cara que he  ido a la  ópera persiguiéndote? Se hizo  una  prolongada  pausa. -Le pedí  a  Sherry que  te  diera  esa  entrada, ya  que ella no puede  ir  -confesó Tom-. Si  alguien  estaba  cazando a  alguien,  era  yo. A Tira casi  se  le paró el  corazón. -¿Qué? -Ya  me  has  oído  -Tom  hizo  otra  pausa-.  Ven  a trabajar  conmigo en  el comité,  lo pasarás bien. Sí, Tira sabía  que lo  pasaría  bien, pero  le daba  miedo estar  cerca  de  Tom. -No lo  sé  -respondió  ella  finalmente-.  Últimamente  estás muy raro. -Sí,  lo sé. ¿No podemos  empezar otra  vez?  Tira vaciló. -¿Como qué?  -preguntó directamente. -Como  compañeros de  trabajo.  Como  amigos.  Como  lo  que tú  quieras. Eso era una  especie  de  capitulación.  Quizá  se  hubiera cansado  de  hacerla  que pagase  por  la  muerte  de  John.  Se  debiera  al  motivo  que  se  debiese,  su  vida  estaba vacía sin él.  La  amistad era  mejor  que  nada. -¿Está jill en el  comité? -¡No! -En  ese  caso, de  acuerdo. Lo haré. -¡Estupendo.  Me  pasaré a recogerte para  ir  a  la  reunión  de  mañana por la  noche. -No. Iré  en mi  coche  yo  sola, muchas  gracias.  ¿Dónde es?
Tom  le dio  la dirección y se  despidieron  hasta el  día  siguiente. Tira fue a  la reunión  y se  encontró con varios  amigos que estaban  en el  mismo comité.  Trabajaron durante tres  horas discutiendo la preparación ;  de una fiesta  de Nochebuena  para los  niños,  en la que un anciano de la  localidad iba a hacer  de  Papá Noel.  Tira  iba  a ayudar  a servir  la  comida  y  la  bebida,  e iba  a  preparar  dos  tartas; había  accedido porque  no tenía  otros  planes  para  la  Nochebuena. Otra mujer,  una viuda, también  se  ofreció  voluntaria  para  ayudar; y  dos  hombres,  uno de  ellos  Tom. Después de  la reunión,  Tom  la  acompañó hasta el  coche. -Mis  hermanos celebran  una fiesta de Navidad  el  sábado por la  noche  en Jacobsville, me  han  dicho  que  les  gustaría  que  fueses. -No... Tom  le  selló  los labios  con  un  dedo.  El  gesto  íntimo  la  hizo  temblar. -Charles  podrá sobrevivir sin ti  un  sábado por  la noche, ¿no?  -preguntó él secamente. -Últimamente  no  veo a Charles. -Su  hermano,  Gene,  está  en  el  hospital  -dijo  Tira, sin  acordarse  si  lo  había  mencionado  o  no-.  Nessa no  está  muy  bien y Charles  no quiere dejarla sola. -¿Nessa? -La  mujer de  Gene. Quería contarle  lo de  Nessa  y Charles,  pero no podía revelar  el secreto  de  otro; además,  dejar que  creyera  que ella y  Charles eran amantes era  la  única  protección que tenía. No  podía bajar la  guardia.  Seguía  sin  fiarse de  él.  El cambio  de  actitud de  Tom respecto  a  ella  le sorprendía,  y no  sabía a qué  se  debía. -Entiendo. -No, no  lo  entiendes,  pero da igual.  Bueno, quiero  ir  a  casa,  tengo  frío. Tom la  miró  fijamente al rostro. -Podría ofrecerte una alternativa  -dijo con  voz  suave y aterciopelada. Tira  lo  miró  con  frío  desdén. -No soy propensa a  las aventuras amorosas  pasajeras,  Tom  -declaró Tira directamente-.  Te  lo  digo  por si  se  te  había  pasado  por  la  cabeza. Pareció como  si  a Tom  le hubieran  abofeteado. -¿No? En  ese  caso,  si  tu  aventura  con Charles  Percy no  es  pasajera,  ¿por  qué no se ha casado  contigo? -No quiero volver  a casarme -respondió  Tira con  voz ronca,  apartando la  mirada-. Nunca. Tom vaciló.  Sabía el motivo  de  que  Tira  no  quisiera  volverse  a  casar nunca, había  sido  traicionada.  El  suegro  de  Tira  se lo  había  contado todo pero  Tom no estaba seguro de  que decírselo  fuera lo  acertado en esos  momentos.  Tira  lo miró. -¿Sabe  Jill  que  aún  estás llorando la  muerte de  tu  esposa? -preguntó Tira  con la intención  de  defenderse atacando-. ¿O  se  trata de  un asuntillo  de  poca  importancia? Tom  arqueó  una  ceja. -Tu  caso no  puede  compararse al mío.
-¿No? En  fin,  me voy  a  casa. -Ven a  Jacobsville  conmigo. -¿Para que  se  me ofrezca la cocina  o  la  muerte?  -bromeó ella-.  No,  sé  lo obsesionados  que  estáis  tú y tus  hermanos  con la repostería.  Me  niego  a que  me encierren en  una  cocina. -Te garantizo  que  no  se acercarán  a ti  -le  prometió  él-.  Corrigan ha  contratado una cocinera  que  sabe cocinar  de  todo. -No  durará ni  dos  semanas,  Leopold conseguirá  que se vaya  antes de  eso  -le aseguró  Tira. A  Tom le  gustaba  que Tira  conociese  tan bien  a  sus  hermanos,  que  se interesara  por  la  cosas de  su  familia.  Ella  y Corrigan  eran  amigos  desde hacía  años, incluso  habían salido  juntos  algunas veces,  pero  nunca había  habido  química  entre  ellos. En realidad, Charles Percy siempre  se  había interpuesto  entre  Tira  y los demás hombres. ¿Por qué  no  se había dado  cuenta  de  ello  antes? -Llevas  saliendo  con Charles  desde que dejaste a John  -recordó  Tom en tono ausente. -Charles  es un  buen amigo  -dijo  ella. -Ya, menudo  amigo  -dijo  Tom en  tono  insultante-. ¿Es así  como se  lo  llama ahora? -Tú  deberías  saberlo. ¿Cómo  lo llama  Jill?  Tom, enfadado,  empequeñeció los ojos. -Al menos ella  es  honesta  y  me dice  lo  que quiere  de  mí. Y no  es mi dinero. Tira se  encogió  de hombros. -Cada uno tiene  lo  que se  merece.  Tom  se  quedó  unos momentos mirándola a  los ojos. -La  otra  noche,  respondiste  a  mis  besos.  De  repente,  las  mejillas  de  Tira enrojecieron y apartó la  mirada. -Tengo  que  marcharme. Tom  la  siguió.  No  la  tocó,  pero Tira sintió  en  la espalda el  calor  que emanaba  de él. -¡Deja de  correr! Tira  cerró  los ojos  un instante  antes  de agarrar la  manija  del  coche. -Hace años, creíamos que  éramos  amigos  -dijo Tira  con  voz  ronca-, pero no lo éramos. Tú  sólo  me  tolerabas.  Me  sorprende haber estado  tan ciega para  no  darme cuenta  de  que  tú, simplemente, me  aguantabas. -Tira... Ella  se  volvió  y alzó una  mano. -No te  estoy acusando.  Lo  único que quiero es que sepas que no sufro  porque tú vayas  por ahí  del brazo de Jill. De  repente,  Tom  se  dio  cuenta  de  lo  mucho  que  Tira  había adelgazado  en  los últimos meses. Tenía  un  aspecto  sumamente frágil, parecía  a  punto  de  romperse. -¿Qué  es lo  que  quieres  decir?
-Que no necesito  tu  compasión,  Tom -declaró  Tira  con orgullo-. No  quiero intimidad contigo,  a  pesar  de  lo  que diga Jill  o de  lo  que tú  puedas creer.  Estoy rehaciendo mi vida, he  empezado de  nuevo.  No  quiero volver  al punto  de partida. A  Tom  esas  palabras se le clavaron  como  cuchillos. Tira  hablaba en serio. -Entiendo. -No,  no  lo  entiendes  -replicó ella-. Tú eres  una  especie  de  droga.  Estaba adicta a ti, pero  me  he curado;  de todos  modos,  eres  muy peligroso para mí  incluso  en pequeñas dosis. A  Tom le  dio  un vuelco  el  corazón.  Le  captó  la  mirada  y  se  la  mantuvo. -¿Qué  has  dicho? -Sabes perfectamente lo  que  he  dicho.  No  quiero  volver a estar  obsesionada contigo. Tú tienes  a Jill y  yo  tengo a  Charles, sigamos  con nuestras  vidas  cada  uno por separado. Y por si  tienes dudas,  lo de  la  pistola y  el ratón era  verdad, no una excusa. No me suicidaría por  ti. -Por  favor, eso ya  lo sabía. -Entonces, ¿por  qué...? -¿Sí? Tira se volvió. -¿Por qué continúas  preparando  encuentros  «accidentales»?  No  tiene  sentido. Tom suspiró. -No puedes  olvidar,  ¿verdad?  -preguntó él  despacio. -Lo  estoy  intentando -le aseguró ella-. Pero  cada  vez que estamos  juntos,  la gente murmura.  Fue  muy difícil  para  mí  aguantar  las  consecuencias  de  lo  que  publicaron los periódicos. No  me  apetece  dar pie  a  más  cotillees. -Antes  eso no  te importaba. -Porque  no me  habían  descuartizado  públicamente -respondió  ella-.  Me  han puesto  como si fuera una pobrecilla llorando  por  un  hombre  que  no  le corresponde.  ¡Me han herido  el amor propio! Tom  la miró  entrecerrando los ojos. -¿Cómo sabes  que no te  correspondo, Tira? Tira se  lo quedó  mirando  sin contestar. -Pasaré  a recogerte el  sábado a  las  seis  de  la  tarde  para  ir  ajacobsville  -anunció Tom-. Vístete de  forma elegante, es  una ocasión  formal. -No voy a  ir. -Sí, sí vas a ir  -respondió  Tom con estremecedora  certidumbre. Tom se  dio  media vuelta  y  se dirigió  a  su coche mientras Tira  lo miraba  furiosa. Apenas  faltaba  una  semana  para  Navidad.  Tira  contaba  con  la  preparación de la fiesta  de  los niños  para  animarse, para ayudarse  a  entrar  en el espíritu  navideño.  Tenía un árbol  de  Navidad  artificial en  su  casa;  le  habría gustado uno auténtico, pero era extremadamente alérgica a las plantas coniferas.  El árbol  estaba  encima de  una alfombra roja y  rodeando la  alfombra  había  montado  un  tren  eléctrico,  el que vio  en el escaparate el  día que se encontró con Tom  en la tienda de juguetes.  Ahora,  después de comprarlo, disfrutaba  viéndolo  dar  vueltas. Se  retiró unos pasos y  contempló  la decoración  del  árbol  de  Navidad y  el  tren  a su  alrededor.  Tira  llevaba puesto  un  caftán  dorado  y blanco  que  hacía juego  con  la decoración navideña. Era sábado,  pero no iba  a ir  a  la  fiesta  de  la  familia Kaulitz.  Y  cuando  Tom llamó al  timbre,  Tira había decidido  no dejarle  entrar en  la  casa. -Muy  bonito  -dijo  una voz a sus espaldas. Tira  se volvió  y  encontró  a  Tom, vestido de  gala,  mirándola desde  la  puerta. -¿Cómo... cómo has  entrado?  -tartamudeó ella. -La señora  Lester  ha  tenido la amabilidad  de  dejar la  puerta de  atrás  sin  el cerrojo. Le dije  que íbamos  a salir  juntos,  pero que quizá  se  te  habría olvidado.  La señora  Lester  es un  encanto, una  mujer  muy romántica. -¡Voy a despedirla el  lunes  en el momento  en  que  ponga un  pie en  la  casa!  -exclamó Tira enfadada. -No,  no  vas  a despedirla. Esa mujer  es  un  tesoro.  Tira  se  echó  el  pelo  hacia  atrás. -No voy a  ir  a Jacobsville. -Sí vas a ir. Y  te  vistes... o  te  visto. -Ja!  -Tira  cruzó  los brazos,  desafiándolo. La  idea  pareció  divertir  a  Tom.  La  agarró  del  brazo  y  tiró  de  ella  hasta  su dormitorio, la  hizo entrar  y cerró la puerta.  Tom ya había estado  allí  hacía  un  rato, porque había un vestido  blanco  de  noche  encima de la cama; al lado  del  vestido había unas piezas diminutas de  ropa  interior. -¡Has... has invadido mi  privacidad!  –exclamó  Tira furiosa. -Sí,  lo  he  hecho,  y  ha  sido  muy  instructivo.  No  te  vistes  como  una  sirena,  la mayoría de  la  ropa que tienes son camisas,  camisetas  y vaqueros  -Tom se  la  quedó mirando-.  Me gusta  ese  caftán que  llevas,  pero  no es apropiado  para  la  fiesta  de esta noche. -No  voy  a  ponerme  ese  vestido.  Tom  rió  quedamente. -Sí, antes o después  vas a ponértelo.  Tira  dio unos pasos hacia la  puerta; de repente,  se  encontró pegada a él, clavada  al  suelo. -No voy  a  hacerte  daño  -le  prometió Tom-, pero vas  a ir  a la  fiesta.  -¿Yo...  qué  estás  haciendo? Tira  se había olvidado de  la  cremallera  delantera del  caftán.  Tom  la  bajó  y la prenda  cayó  al  suelo, dejándola completamente  desnuda, a  excepción de  unas diminutas bragas  blancas. Tira  se  quedó perpleja.  Tom  le contempló  el  cuerpo, desde  la  cremosa suavidad de sus pechos, bajando  por  la  suave curva de  la  cintura y  las  redondas  caderas hasta las  largas y  elegantes  piernas. -¡No... no  me mires! -jadeó  ella.  Tom  la  miró  a los  ojos. -¿No  quieres  que  lo haga? -preguntó  Tom con  voz queda. La pregunta sorprendió  a Tira.  Se limitó  a  mirarlo,  viéndola contemplarla  de nuevo de  pies a cabeza  con absoluto  placer.  Tira  tembló  bajo  esa  mirada.
-No te  preocupes,  te  prometo que no voy a  tocarte -dijo Tom con voz  tierna, sorprendido  por la  forma como  Tira estaba reaccionando. Tira respiró  profundamente,  muy quieta,  mientras Tom levantaba la  mano  para acariciarle la  mejilla. Era una  criatura  sorprendente,  pensó Tom  confuso.  Tira estaba avergonzada de estar ahí  desnuda delante de  él.  Se sonrojaba como  una niña  pequeña. Él sabía que no  podía ser totalmente inocente, pero  no  reaccionaba como una mujer con experiencia. El  silencio  en  la habitación  era como  el  silencio en  el ojo  del huracán. Los labios de Tom se mantuvieron muy  cerca de los  de ella  como  si no  estuviera seguro  del siguiente movimiento. Tira  tembló  mientras contemplaba la  amplia curva de  la  boca de Tom. Tom  se movió  ligeramente,  hasta  que el cuerpo de Tira estuvo  completamente  pegado al  suyo,  y la  dejó  sentir  su excitación. Al  momento, la vio  enrojecer  intensamente. -Tira, dime  qué  es lo  que quieres. -No... no  lo  sé  -susurró  ella  con  voz quebrada-. No lo  sé. Tom sintió  moverse  las caderas  de  ella, la  sintió  arquearse contra  él. -¿No  lo  sabes?  -murmuró  Tom-. Tu  cuerpo  sí  lo  sabe.  ¿Quieres  que  te demuestre  lo que  tu cuerpo me está pidiendo que  haga? Tira  no  consiguió contestar,  no  le  salían  las  palabras,  pero  a  Tom no le  hicieron falta.  Con  una  débil  sonrisa,  empezó a acariciarle los pechos.  Tira  tembló y contuvo la respiración,  su  mirada  llena de deseo y,  simultáneamente,  temor. -No voy a  hacerte daño  -le  susurró  él  acariciándole un pezón. Tira  se  aferró  a  sus  hombros y  apoyó  la  cabeza  en  él, y  gimió. -¿Qué  te  pasa? -preguntó  él  con ternura  sin  dejar  de masajearle los  pechos. La expresión del rostro de Tira  lo  inmovilizó. La vio  temblar  con un placer sobrecogedor. Si  Tira estaba excitada, él  también lo estaba.  Se  habían  entregado a un  juego amoroso  relativamente inocente,  pero Tira estaba reaccionando  como si  él estuviera moviéndose  dentro de  ella. -Ven aquí  -dijo  Tom con  urgencia,  tirando  de ella  hacia  la  cama. La tumbó  y  se  tumbó  a su lado. Se  estremeció  incluso antes de  besarla y  comenzó a acariciarla íntimamente. -Tom  -gimió ella, pero se  pegaba a él, se  frotaba contra  él. Tom le  lamió  los pezones y la oyó gritar  de  placer.  Quería  hacerle cosas que jamás  había  querido  hacerle  a otra  mujer. Por  fin, la mano de  Tom se  deslizó por  debajo del elástico  de la  braga, descendiendo lentamente. Ella abrió las  piernas  y gimió cuando Tom empezó  a tocarla;  gimió,  lloró  y se  aferró  a él. Estaba  lista para  recibirlo  y  él  apenas  había empezado.
A  pesar del  placer,  Tom sabía  que  aquello estaba mal. Llevaba mucho  tiempo  sin estar  con una  mujer. Iba a estallar en  un  momento  y  Tira no disfrutaría.  Pero tampoco podía parar. -Tira,  cielo, ahora no.  Así  no.  ¡Por  el  amor  de  Dios,  ayúdame!


Una disculpa no habia podido subir pero aqui esta. Hasta pronto

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