jueves, 2 de marzo de 2017

Capítulo Nueve
Se  levantaron,  se  ducharon  y juntos  prepararon  el desayuno. A  Tira  no  se  le había pasado  la timidez del todo después de lo que  habían  hecho,  pero a  Tom  eso le parecía encantador. Contempló  a  Tira  mientras ella  freía  el  bacon  y los  huevos; entre tanto,  él  preparó  el  café.  Tira  llevaba  puesta  una  de  las  camisas  de  Tom,  y  él  sólo
llevaba unos  pantalones. -Me  encantas  con esa camisa.  Me  parece que vas a  tener  que  probarte unas cuantas más. -Sin  embargo,  a mí me gustas  más  sin  la  camisa -murmuró ella  mirándolo con dulzura. Tom  no llevaba la prótesis y frunció  el  ceño, no  pudo  evitar sentirse  inseguro. Tira  sacó  los  huevos de  la  sartén  y los puso  en un plato  con el  bacon,  apagó el  gas y se  acercó  a él. -Sigues siendo Tom -dijo  ella  simplemente. Nunca me ha importado lo  de tu brazo,  lo  cual no quiere  decir  que  no sienta lo  que te  pasó. Le  tocó  el  pecho con  suma  ternura. -Me gusta mirarte, Tom.  He  dicho  en  serio  que me  gustas  sin camisa. Tom la miró con  una expresión  en  los ojos  que  dejó  confusa  a Tira. Después,  le acarició  el  cabello  con ternura. -Lo  he hecho todo  mal -dijo  él con voz queda-. Debería  haberte llevado por  ahí, debería haberte  regalado  rosas y  bombones, y  debería haberte  llamado  por  las mañanas para charlar  simplemente. Y  luego  debería haberte comprado un  anillo y pedirte que  te  casaras conmigo.  Lo  he estropeado todo porque  no podía  aguantar más sin acostarme  contigo. A Tira le  sorprendió  la  preocupación  de  Tom. -No te preocupes,  no  pasa nada.  Tom respiró  profundamente y  luego  agachó  la cabeza  para  besarle la  frente  con  ternura. -De  todos  modos,  lo siento. Tira  sonrió  y  se acercó  a él. -Te amo. A  Tom esas palabras se  le  clavaron  en  el  corazón. Contuvo la respiración  y le hundió  los  dedos  en los  hombros.  Inevitablemente,  pensó  en  todos  esos  años desperdiciados  en  los  que  había  tratado a Tira  con desdén. -Eh  -Tira  rió, y  se  zafó de  él. Tom le  soltó  los  hombros.  La expresión que  Tira  vio  en  ese  rostro amado lo preocupó.  Tom no parecía  un  novio feliz,  sino  torturado. Tom  la  apartó  de sí  con  una forzada sonrisa,  que no engañó  a  Tira. -Bueno,  vamos  a desayunar. -Sí,  vamos a  desayunar. Comieron  en silencio,  apenas  intercambiaron  unas  palabras.  Tom se  sirvió  una segunda  taza  de café  y, disculpándose,  salió de la  cocina  mientras  Tira ponía  los cacharros en  el  lavavajillas. Tira supuso  que Tom se  estaba vistiendo y que quería que  ella  hiciera lo  mismo; por tanto,  volvió  al  dormitorio  y  se puso  la  ropa  que  Tom le había quitado la  noche anterior. No comprendía qué  le  pasaba a  Tom, a menos que ahora se estuviera arrepintiendo  de su  proposición matrimonial.  Había oído decir que los hombres a veces decían cosas  que no  sentían a las mujeres  con las  que  querían acostarse. La noche  anterior había sido  una  noche  maravillosa,  una noche de  ensueño.  Ahora,
la  mañana  era sórdida  y vacía.  Tira  se  miró  en  el  espejo  y vio en  sus  ojos  y  en su expresión  una  nueva  madurez,  y sintió  compasión  por  la  joven  que había  ido  a  esa casa  con  él. Tom se detuvo  en  el umbral  de la  puerta y  la contempló. Estaba  completamente vestido, y  llevaba puesta  la  prótesis. -Vamos, te  llevo a tu  casa -dijo él  con voz  queda. -Sí, será  lo  mejor. No hablaron  durante  el  trayecto y,  cuando Tom fue a apagar  el  motor,  Tira  alzó una mano. -No, no  es  necesario  que me acompañes  hasta  la puerta -dijo  ella en tono formal-. Bueno, adiós. Tira  salió del coche, cerró  de  un  portazo  y  le falto poco  para correr  hasta la puerta  de  su  casa. No consiguió meter la  llave en la  cerradura a la primera y  luego las lágrimas le impedían ver. No se dio cuenta de  que Tom la había seguido  hasta que  sintió  su  mano  en la espalda,  ayudándola a entrar  en la  casa. -No,  por  favor...  -dijo  Tira  sollozando. Tom la  estrechó  en  sus  brazos y  la acunó. -No, cielo,  no llores.  Vamos,  no  pasa  nada.  No  llores. Tom la llevó hasta el  sofá  del cuarto de  estar,  se  sentó y  sentó  a  Tira sobre sus  rodillas. -Ni siquiera tengo  que preguntarte  qué estabas pensando  -murmuró  él irritado  consigo  mismo  mientras  secaba  las  lágrimas  de  Tira-.  Lo  he  visto  todo  en  el espejo.  Dios  mío,  puedes  estar segura  de  que  yo lo  siento  tanto  como  tú. -Lo  sé  -dijo ella  con  voz ahogada-. No  te  preocupes, no  tienes  por  qué sentirte culpable,  yo  podría  haberme negado. Tom se  quedó muy quieto. -¿Culpable de  qué? -¡De seducirme! -¡No  me  siento  culpable  de  eso! -¡Claro  que  sí!  -exclamó  ella  agrandando  los  ojos-.  Entonces,  ¿qué  es  lo  que sientes?  -preguntó Tira  arqueando  las cejas. -Que hayas  tenido que  volver  a  casa en traje  de  noche,  sintiéndote como una prostituta  a la  que  he  pagado por una  noche -respondió  Tom irritado-.  Ni  siquiera tenías un  cepillo  de  pelo ni  maquillaje. Tira  lo  miró  con  curiosidad,  Tom  no  dejaba  de  sorprenderla  últimamente. -Bueno,  ahora ya estás  en casa  -dijo  él-.  Vamos, ponte unos  vaqueros  y  una  camisa e iremos  a  Jacobsville  a montar  a  caballo  y a  almorzar  en el  campo. -¿Que  quieres llevarme  a montar a  caballo? -preguntó  Tira con incredulidad. -Bueno,  pensándolo  bien, puede  que no sea una  buena  idea -se corrigió  Tom paseando  la  mirada por el cuerpo  de  Tira  con expresión  insinuante.
-¡Tom! -Está bien, dejemos  de  andarnos con  rodeos. Estás  un  poco dolorida, ¿verdad? -preguntó Tom directamente.  Tira  apartó  la mirada. -Sí. -En ese  caso, comida campestre. Primero  iremos  al rancho a por  una camioneta  y al campo a  comer. Tira  se lo  quedó mirando. Ese día  Tom le parecía  mayor,  pero más  relajado  y más  cercano a  ella  que  nunca.  Tenía  unas  hebras de cabello  plateado  en las  sienes,  y Tira levantó  la  mano para  acariciarlo. -Tengo  casi cuarenta años  -dijo  él. Tira se mordió el labio  inferior  al pensar  en los  años  que podían  llevar  juntos, tener hijos.. Tom le  acarició  la  mejilla  con la  suya, la  besó  y  un  gruñido  de  angustia  escapó de su  garganta.  ¡Cuántos  años  desperdiciados! De  repente,  sonó el  timbre  de la  puerta,  y  los  dos  se  sobresaltaron. -Debe  ser  la señora Lester  -dijo  Tira. -¿En  domingo? Creí que  pasaba los  fines de  semana con su  hermana. Y así era.  Tira  tuvo el  presentimiento  de que  al abrir  la  puerta  su  vida entera  iba a cambiar. Y no  se  equivocó. Charles  Percy estaba delante de  ella  con  las  manos  en  los bolsillos,  con aspecto de haber  envejecido  diez años. -¡Charles!  -exclamó  Tira.  Charles se  fijó  en el traje  de  noche  de  su  amiga  y arqueó las  cejas. -¿No  es  un  poco pronto  para eso? ¿O es que  acabas  de volver  a  casa? -Sí, acaba  de  volver a casa  -dijo  Tom desde  la  puerta  del  cuarto  de  estar. Tira lo  miró  con  aprensión mientras  Tom  se  aproximaba a  Charles sin disimular su enojo. -¿No  es  un  poco  pronto  para las visitas?  -preguntó  Tom. -Tengo  que  hablar con Tira  -respondió  Charles, evidentemente  sin comprender la situación-. Es  urgente.  Tom con  un  gesto,  le  invitó a que  entrara. Charles le lanzó una  furiosa  mirada. -A solas.  Y otra  cosa, ¿qué  haces tú  aquí? Me  sorprende que Tira  hable contigo después  de lo  que tú  y la  víbora  de  tu amiga  le dijisteis en  la  fiesta. -Jill forma  parte del  pasado -contestó Tom mirando  a Tira. -¿Lo es?  -preguntó Charles en tono altanero-.  Es extraño, porque  anda diciendo por  ahí que  cualquier día  de  éstos vas a proponerle  matrimonio. Tira  palideció al momento y dejó de mirar  a  Tom. Tom llamó a  Charles  algo  que hizo  enrojecer a  Tira, y  Charles abrió la puerta del todo.
-Creo que  éste  es un buen  momento para dejar  a  Tira  en  paz. Tom  no  se  movió. -Tira, ¿quieres que me vaya?  Ella  siguió  sin  atreverse  a  mirarlo. Puede que  sea lo  mejor. De  repente, las  dudas  asaltaron  a  Tom.  ¿Estaba Tira realmente  enamorada de Charles?  ¿Había  sido  sólo  puro  deseo  sexual  lo  de  la  noche  anterior  y  ahora  se avergonzaba  de  ello en  presencia de Charles? -Por  favor,  Tom, vete -dijo  Tira  cuando  le  vio  vacilar. Tom miró coléricamente  a Tira  y  luego  a  Charles.  Se  dirigió  a  su  coche  sin añadir una palabra más. Tira  sirvió  café  en el  cuarto  de  estar después de  ponerse  unos  vaqueros  y un jersey. No  podía dejar  de  pensar  en Tom y en  Jill... -¿Qué  ha  pasado?  -le  preguntó  Charles. -Estábamos  prometidos y, en  un  instante, Tom ha desaparecido. -¿Prometidos?  Tira  asintió. Charles  relacionó  el  vestido  de noche con Tom y lanzó  un  gruñido. -Oh, no. Por  favor,  no  me  digas  que  he  metido la  pata  otra  vez. Tira se  encogió  de hombros. -Si  Jill  dice  que le  va  a proponer  matrimonio, ya  no  sé  qué pensar.  Supongo que he sido una  imbécil. -No  debería haber venido.  No debería haber  abierto  la  boca. Lo  siento mucho. -A  todo esto,  ¿por qué  has  venido? -preguntó  ella  de  repente. -Gene ha muerto esta mañana.  He  dejado  a Nessa con una  enfermera y  luego  he hecho los  arreglos  para el  funeral.  He  venido para preguntarte si  podrías  quedarte con Nessa esta  noche. No  quiere estar  sola  y,  por  motivos  evidentes, no  puedo tenerla en mi  casa estando los  dos  solos. -¿Quieres  que vaya a tu  casa a pasar  la noche?  -preguntó Tira. Charles asintió. -¿No  te  importa? -Por  supuesto  que  no  me  importa,  Charles.  Espera  un  momento,  no  tardaré  nada en meter en  una bolsazo  que  voy a necesitar. -Está  bien.  Iremos  en  mi  coche,  no  necesitas  ir  en  el  tuyo.  Mañana  por  la  mañana te traeré. -Nessa  podrá  venir conmigo  si quiere. La  señora Lester la  cuidará. -Te  lo  agradecería mucho. Pero  esta noche no, le  han tenido  que dar  unos sedantes y  está durmiendo,  no quiero sacarla de  casa. -Lo  comprendo. -Tira, ¿quieres que llame a Tom  y le explique  todo  antes  de  que  nos vayamos? -preguntó Charles preocupado. -No, eso  puede  esperar. A  la  mañana siguiente, la  señora Lester encontró  una nota  en la que  Tira  le decía que estaba  en casa de  Charles, pero sin explicarle el  motivo. Por eso,  cuando Tom
llamó, la señora  Lester  le confesó  que Tira  había  pasado  la  noche en  casa de  Charles  y que no había vuelto aún. -Supongo  que le  ha  llegado  el turno -comentó  Tom furioso  antes  de colgar. Hizo una  maleta  y se  subió al  primer  avión que iba  a Austin.  Tenía  que ver  al gobernador  para  hablar  del puesto  de  trabajo  que  le había ofrecido. El  miércoles  tuvo  lugar  el  funeral  de  Gene  y,  por  la  forma  como  Nessa  se aferraba a Charles, Tira  se  dio  cuenta de que  al  menos  la  vida  de ellos  dos  estaba resuelta.  Después de  que la  señora Lester  le contara lo  de la llamada de  Tom y lo furioso que  se  puso  al  enterarse de  que Tira  había  pasado  la  noche en casa  de Charles, ésta  no tenía  ya ninguna esperanza respecto a su futuro  con él. Pasó  los días  siguientes  ayudando a Nessa  a  deshacerse de  las  cosas  de Gene  y  a organizar su  vida.  Charles ayudó  también en  lo  que pudo.  Cuando la  Nochebuena llegó, Tira  estaba sola, triste  y llorando. A  pesar  de  lo  cual,  se  vistió,  se  maquilló  y  fue  a  la  fiesta  del  orfelinato a  la  que había prometido  asistir. Tira no  esperaba encontrar  allí  a  Tom,  y  no lo encontró.  Sin embargo,  lo  hizo Jill, y cargada de  regalos. -Vaya,  encantada de  verte,  Tira  -exclamó  Jill, pero  sin  acercarse porque  aún recordaba  la  taza de  café. -Yo  también me alegro  de  verte,  Jill. Diviértete. -Oh, lo  siento,  pero no  puedo quedarme -explicó  ella  rápidamente-.  He  venido  en lugar  de  Tom.  El  pobrecillo  tiene  dolor de  cabeza y no ha podido  venir. -Tom no  tiene  dolores  de  cabeza, los  da  -respondió Tira  secamente. -Creía  que  sabías  que  los vuelos  le  dan jaquecas  -murmuró  Jill en  tono condescendiente-. Llevo varios  días cuidándolo. Acaba  de volver de  Austin, ha aceptado  el  puesto de  fiscal general. Jill  suspiró  dramáticamente y  añadió: -¡Voy  a  ir  con  el  a  la  fiesta  de  Nochevieja  que da el  gobernador! A Tira le  dieron  ganas de vomitar, su vida se  había convertido  en  una pesadilla. -Bueno, tengo  que marcharme ya -dijo  Jill  rápidamente-,  Tom me está esperando.  En  fin,  que lo  paséis  bien.  Adiós. Aquella,  noche,  cuando  volvió  a  su  casa,  Tira  pasó  media  hora  vomitando.  La náusea  era  algo  nuevo  para ella. Nunca había sentido náuseas,  nunca vomitaba. Sólo podía haber  una explicación.  A las  dos  semanas  de  estar  embarazada de  ella, su  madre empezó  a sentir  náuseas;  incluso  antes de que los médicos  pudieran  estar  seguros de que estaba  embarazada. Tira se  metió  en  la  cama y se  durmió llorando.  Quería tener un  hijo,  pero  estaba tan enfadada con Tom  que le  daban ganas de pegarle un  tiro.  ¡Pobre niño, con  un padre tan sinvergüenza! Se  preparó un  batido  de leche como  comida  de  Navidad  y  se lo  llevó a su  estudio. Llevaba  unos  vaqueros, un jersey y calcetines, y nada de  maquillaje.  Tenía el estómago delicado  y lo  único  que  toleraba era la  leche.
Charles  y Nessa la  habían  invitado a pasar  con  ellos  el  día  de Navidad, pero  Tira había rechazado  la  invitación. Contempló sus  últimas  creaciones. Se  sentó a  la  mesa  de  esculpir  y  se  quedó mirando a una  masa  de  arcilla tapada  con un  trapo  mojado  con  la  que  había  empezado  a trabajar esa  misma  mañana. No  estaba  de humor para  trabajar, pero  no  sabía  qué  otra cosa  podía  hacer. En ese momento,  oyó  unos  golpes  en  la  puerta posterior de la  casa. Frunció  el ceño. La mayoría  de la  gente llamaba al timbre. Se  levantó,  con  el vaso  de  batido de  leche  en  la  mano,  fue  a  la  puerta  posterior  y descorrió  la cadena  antes  de abrir. Tom  se  la  quedó mirando con expresión  inescrutable. Tenía unas  ojeras  muy marcadas. -Es  Navidad,  ¿me  vas a  dejar  pasar?  Llevaba  traje y  corbata.  Estaba  muy elegante. Tira  se encogió de  hombros. -Si quieres... Tira  miró  por encima del hombro por si  le  acompañaba  alguien. -¿Crees  que  voy a  traer  compañía? -Se  me  ha  ocurrido  que Jill  podía estar contigo.  Tom  parpadeó. -Perdona, ya sé  que  tu  vida privada no es  asunto mío  -se  disculpó  Tira  mientras cerraba  la  puerta. Al  darse la  vuelta,  Tira notó  que tenía  la mano  cerrada en un  puño. -Hablando de vidas  privadas,  ¿dónde está Charles?  -preguntó él  con  voz  gélida. -Con  Nessa,  por supuesto -respondió  ella sin  comprender. -¿Qué  está  haciendo  con  ella? -Gene ha muerto  y Nessa necesita a  Charles  más  que nunca -Tira  frunció  el  ceño al  ver a  Simón tan  sorprendido-.  Charles lleva años  enamorado de  Nessa.  Gene  la convenció  para  que  se  casara  con  él  porque, en realidad, lo que  quería  era el  dinero  y la empresa  del padre  de  Nessa. Pero  el  padre  de  ella se  arruinó  y  Gene  empezó  a hacerle la  vida  imposible.  Nessa no se  atrevía a  dejarle porque  sabía que  Gene estaba  delicado del  corazón,  y  Charles  lo  pasó  muy  mal.  Ahora  que  Gene  ya  no  está,  se  van  a  casar  tan pronto  como  puedan. Tom estaba  confuso. -Pero tú  fuiste con  él  a su  casa... -Sí,  a  cuidar  a  Nessa  cuando  murió  Gene  -explicó  ella-.  Charles  dijo  que  no  se vería bien que  pasara  la noche con él  a solas en su  casa,  por  eso  fui. Tom apartó los  ojos de  Tira,  no  podía mirarla.  Había  vuelto a estropearlo todo. -¿Para qué  has  venido? -le  preguntó ella. Tom  se  metió  la  mano  en  el  bolsillo  y  entonces  fue  cuando  notó  el  vaso  con  el batido que  Tira tenía  en  la  mano. -¿Qué es  eso? -Mi  comida de  Navidad. -¿No  vas  a  tomar  pavo?
-No tengo  apetito. Tom arqueó  unas cejas y  los  ojos empezaron  a brillarle  al mirarle  al vientre  con elocuencia. -¿En  serio? Tira  le  arrojó el  batido  a  la  cara.  Tom agachó  la cabeza y el  líquido  acabo  en  las puertas  de  un  armario  de cocina. -¡Te  odio!  -gritó  ella-.  Me  has  seducido y luego me  has  despreciado como  a  un trapo viejo.  Has dejado que Jill te  cuide los dolores  de cabeza  y que pasara  la Nochebuena  contigo.  ¡Bien, pues espero  que te  cases con  ella, sois  tal  para  cual! Tira  empezó  a  sollozar,  había perdido  el control por  completo. Tom  la  rodeó con sus  brazos. -Vamos, vamos,  tranquilízate.  Ya  sé  que los primeros  meses  son duros,  pero  luego te sentirás  mejor.  Te compraré pepinillos en  vinagre, helado,  tostadas y  té, y  todo lo que se  te  antoje. Tira se  quedó muy  quieta. -¿Queeeé? -Estás  embarazada, ¿verdad? Se  te nota...  ¡Y me  dan  ganas de salir  y  gritarlo  a los cuatro  vientos!

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